viernes, 3 de enero de 2020

AMOR EN CIERNES



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Enamorarse es una de las cosas más bonitas que le pueden pasar a cualquiera, y es que estamos en este mundo para vivir emociones de ese tipo, para que los sentimientos buenos nos inunden. De hecho, el primer amor, tan intenso y especial, lo recordaremos por siempre, aunque no suele ser casi nunca el definitivo, ni mucho menos el mejor. Enamorarse en la adolescencia es algo tan complicado como casi imposible de evitar, porque por nuestra situación, por nuestra edad, ya empezamos a sentir algo especial dentro.
El amor en sí siempre debe ser un sentimiento positivo, de aprecio y apego por otra persona, pero es fácil, y más con esa edad, confundirlo con el deseo, con los celos o con la necesidad de estar con alguien y no quedarnos “solos” de cara a los demás.
Hay un componente social muy importante en la manera en la que vemos el amor durante toda la vida, pero es aun más intenso en esas edades, ya que estamos más expuestos a lo que los demás puedan opinar de nosotros.
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     Creo que me gustó desde siempre. Intuía que ahí no había nada que hacer, pero bueno, soy testarudo y seguía albergando esperanzas. Siempre pensé que había algo, una chispa, una pasión enterrada bajo kilómetros de piel y sangre. Y así era.

   Siempre había una mirada furtiva, un roce casual con la mano, incluso un suspiro prolongado por su parte si la tocaba accidentalmente, o después de saludarla y darle dos besos. Ella, aunque recatada, siempre dejaba una sutil pista. Pero yo, claro, no me atrevía a considerarlas en serio. Por fin, un día me armé de valor. Me dije a mí mismo que bien valía sacrificar una gran amistad por un amor así, que bien podía soportar que me dejara de hablar, que me dejara de mirar. Sólo imaginar que no iba a tenerla cerca nunca más, que no iba a oír su voz ni oler su suave fragancia, tan característica, me ponía los pelos de punta, me aterraba. Valía la pena. Me lancé.

   La invité a salir. Le pregunté si quería tomar un café conmigo, después del instituto, en un bar que conocía. Lo planeé todo. Era un bar muy modesto, recatado, sin bullicios. Ella, modosita, dijo que sí, mostrando más timidez de la que me tenía acostumbrado. ¿Significaba eso algo? No lo sé, pero apenas podía disimular mi euforia.

   Al terminar las clases, la busqué con la mirada por el pasillo, hasta que la vi. Estaba sola, parecía esperarme. Apenas pude balbucear un torpe saludo y ella respondió con una sonrisa modesta. Nos fuimos al bar.

   Una vez allí, traje dos cafés de la barra. Nuestra mesa, alejada de la puerta, era muy tranquila, pese a que en el bar había más gente de la que tenía prevista. Durante nuestra estancia allí, hablamos de variados temas. De cómo había salido ella de su última relación, medianamente duradera e intensa. No quise que la conversación se centrara en este tema, y empecé a hablar de sus hobbies. Le gustaba la misma música que a mí, salir a caminar por el monte, los atardeceres, la lluvia, esas cosas… No le hice demasiado caso. Además, seguía nervioso, y creo que ella lo notaba.

   Cuando acabamos el café, me propuso dar una vuelta. Acepté, no viendo el momento de confesarme muy cercano. Paseamos por un parquecillo no muy lejos. Como era miércoles, no había peligro de encontrarnos con nadie conocido, y eso me aliviaba tremendamente. De pronto, mientras caminábamos, y seguíamos hablando, se acercó a mí más de lo que esperaba, y se pegó a mi costado. Yo, sorprendido, casi paralizado, no supe cómo responder, hasta que me pasó su brazo por la cintura, a lo que respondí pasando el mío por su hombro. Creo que el corazón iba a salírseme del pecho en ese momento.

   No puedo recordarlo exactamente, pero creo que la conversación se detuvo casi al instante. En ese momento sobraban las palabras. Seguíamos andando callados, hasta que ella se paró. La miré y vi en sus ojos el mismo brillo que había en las miradas furtivas, el mismo tono verdoso que me volvía loco. Tiró de mi manga, muy suavemente, indicando que bajara la cabeza, en dirección a ella. Creía que me iba a decir algo en voz baja, pero cuando acerqué mi cara a la suya, me besó.


   Me besó y se detuvo el tiempo. Un beso que duró años y alimentó todos mis sueños, mi alma y todo mi ser. Mi cabeza estaba ausente de todo pensamiento y carente de toda necesidad. Sólo una cosa me ligaba al mundo terrenal: Sus labios, dulces, dulcísimos, carnosos, llenos de escarcha que recogían los míos, henchidos de luz. Acariciaba con una mano su pelo sedoso y oscuro y con la otra su espalda, curvada graciosamente, formando el más erótico de los arcos. No existen palabras para expresar lo que las emociones no pueden repetir. Sólo sé que me besó. Me besó, y se detuvo el tiempo.

                            Michelle - Gerard Lenorman - Subtitulada en Español




                                       Entre un Hola y un Adios J M Serrat






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