miércoles, 29 de enero de 2020

ALMA MAHLER, LA NOVIA DEL VIENTO




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Alma Malher nació en Viena el 31 de agosto de 1879. Su padre era el pintor Emil Jacob Schindler y su madre Ann von Bergen. Tuvo una infancia feliz. Su casa familiar siempre era un lugar donde el ambiente artístico fue una constante. Se reunían lo más granado de la clase alta vienesa y se citaban los más renombrados artistas, bohemios y notables del ambiente cultural de la capital austriaca en los finales del siglo XIX y los inicios del XX.
Alma falleció con 85 años, el 11 de diciembre de 1964.


La novia del viento, Alma Mahler

   La historia de Alma Mahler es la historia de una mujer apasionada y apasionante que quiso desarrollar su arte, pero terminó siendo solamente la musa de grandes artistas. En la Europa de principios del siglo XX en la que la pintura, la música y el arte en general vivieron un tiempo de gran creatividad, Alma sacrificó su talento para vivir al lado de grandes genios. Pero la sumisión duró poco en un espíritu libre como era Alma. Se casó en varias ocasiones, se divorció otras tantas, tuvo hijos a los que vio morir en una constante maldición, tuvo amantes artistas, músicos, científicos e incluso religiosos. Una vida diferente a la del resto de mortales. Pero una vida que no le dio la verdadera felicidad.

   Alma Marie Schindler nació el 31 de agosto de 1879 en Viena. Era hija del pintor Emil Jakob Schindler y su esposa Anna von Bergen. Alma tuvo una infancia feliz ensombrecida por la muerte de su padre cuando era una jovencita de doce años. Su madre se volvió a casar con otro artista, Carl Moll, que había sido discípulo de su difunto esposo.

                    Alma Mahler - Four Songs for Soprano and Orchestra (1915)


   En la casa familiar, Alma respiró siempre un ambiente artístico, gracias a las constantes visitas de los amigos de sus padres.

  Cuando Alma se casó con el compositor Gustav Mahler el 9 de marzo de 1902, ya había tenido varios romances con artistas como el pintor Gustav Klimt, el compositor Alexander von Zemlinsky o el director de teatro Max Burckhard.

                   klimt el beso

   En su juventud tuvo relaciones cortas con el famoso pintor Klimt, con el director teatral Max Burckhard y con el músico Zemlinsky. Alma Mahler escribió como compositora muy poco para ser considerada más que una figura menor, sólo escribió dieciséis leader, pero era una dotada pianista, estudiando composición con Zemlinsky en 1987. Conoció al pintor Gustav Klimt, amigo de sus padres. Con él, Alma aprendió a besar por primera vez como mujer. El recuerdo de ello, y por lo que para Klimt significó dicha experiencia, lo plasmó en un cuadro que tituló, “el beso” y cuya valoración actual en el mercado es de varios millones de dólares. el cuadro está expuesto en la Österreichische Galerie Belvedere de Viena.
                                  
                                
Gropius
                           Fotografía de Gustav Mahler
Para él, dos músicos no tenían cabida en su hogar. Amaba a su esposa y admiraba su talento como compositora, pero antepuso sus intereses como esposo y obligó a Alma a abandonar cualquier actividad creativa para centrarse exclusivamente en sus tareas domésticas.
Esta falta te actividad artística de Alma como consecuencia de su matrimonio y que inicialmente acepta la está matando poco a poco. Sin embargo, esta sumisión duró poco debido a su espíritu libre. Este papel le hacía sentirse prisionera en medio de una vida sin alicientes. Todo giraba alrededor de la genialidad de Gustav, esto la sumió en el tedio de una resignación forzada por la impotencia. Esta situación le acabó por provocar una fuerte depresión que hizo que, en el verano de 1910, tuviera que acudir al balneario de Tobeldad, cercana a la ciudad austríaca de Graz, para reponerse de la muerte de su hija María, como consecuencia de padecer escarlatina y que posteriormente se complicó con la difteria. Alma culpó de la muerte de María a Gustav, al haber compuesto “canciones a la muerte de los niños”.

                                         Gustav Mahler - Kindertotenlieder


   Mahler, veinte años mayor que Alma, amaba a su esposa y admiraba su talento como compositora, pero antepuso sus intereses como esposo y obligó a Alma a abandonar cualquier actividad creativa para centrarse exclusivamente en sus tareas domésticas. Alma y Gustav tuvieron dos hijas, María, que moriría con tan sólo cinco años, y Anna, quien se convertiría en escultora. Los primeros años de matrimonio, el único contacto que tuvo Alma con el mundo de la música fue en su papel como copista y lectora de las obras que componía su esposo. Pero Alma pronto se cansaría de esta situación.

   En el verano de 1910 Alma dejó a su marido en Toblach para que continuara trabajando en sus composiciones y se marchó una temporada al balneario de Tobelbad donde intentaría reponerse de la dramática pérdida de su hija, hecho que la había sumido en una depresión. Allí vivió un idilio con Walter Gropius, un joven y prometedor arquitecto que con el tiempo fundaría la Bauhaus. Cuando Mahler descubrió el engaño de su mujer quedó muy afectado e intentó recuperarla dejándole más libertad artística. Pero ya era tarde.

   Cuando terminó su relación con Gropius, Alma inició una nueva relación, esta vez con el pintor Oscar Kokoscha. Alma fue inmortalizada por el artista en "La novia del viento". Pero el amor apasionado terminó y Kokoscha acabó muy trastornado. 

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Se decía que Alma “era una mujer bella y con tanto talento e inteligencia que bien valía una misa”.  Si los hombres habían compuesto para Alma y la habían pintado, nunca había tenido uno que le dijera una misa. (Cuadro de Oskar Kokoschka, Alma Mahler, 1912).
                    La novia del viento | Kokoscha
Oscar Kokoschka tuvo una relación muy tormentosa con Alma, quien posó varias veces para él, fruto de este trabajo conjunto fue el famoso cuadro “la novia del viento”.  La relación levantó fuertes críticas en la conservadora sociedad vienesa. Kokoschka afirma que el poder seductor de Alma radicaba en la fuerza de la representación que hace de sí misma: “un ser excepcional, un objeto precioso, una criatura superior”. Kokoschka llevó muy mal la ruptura con Alma, llegando a tal nivel de trastornos psicológicos que se mandó hacer una muñeca con las mismas medias que Alma y cuando Oscar acudía al teatro local, llevaba consigo dicha muñeca como si de Alma se tratara. 


   Las locuras de Oskar no dejaron indiferente a Alma quien se volvió a refugiar en su antiguo amante Walter Gropius, con quien se casaría en 1915. Gustav Mahler había muerto en 1911. La hija que tuvieron en común, Manon, moriría con dieciocho años de poliomielitis.

   Antes de volverse a casar, Alma tuvo una relación, también tortuosa, con el biólogo Paul Kammerer, del que se dice que acabó tan trastocado por la atracción que sentía por Alma que la amenazó con pegarse un tiro sobre la tumba de Mahler. Otras voces la acusaron de haber boicoteado alguno de los experimentos científicos de Kammerer.

   Estando casada con W. Gropius, Alma tuvo un amante, el novelista Franz Werfel, con el que tuvo un niño que también murió prematuramente.
                                   
La señora WerfelEn 1920 Alma se divorciaba de Gropius y se volvía a casar con su amante Franz Werfel. También fue infiel a Werfel, esta vez con un sacerdote, Johannes Hollnsteiner.


   Cuando en 1938 Alemania invadía Austria y hacía efectiva la anexión, Alma y Franz Werfel huyeron a Francia donde no permanecieron demasiado tiempo. Los orígenes judíos de Werfel les obligó a escapar de la Francia ocupada e instalarse en Nueva York.  Alma se quedaba viuda en 1945. Durante el tiempo que vivió sola en Nueva York se convirtió en una celebridad. En aquellos años publicó parte de las cartas de su primer marido y sus propias memorias, bajo el título Mein Leben (El puente es el amor).

                           
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Alma Mahler ¿feminista o depredadora? (J. Leguina, C. de Oriol, J. Onieva y E. Baca)



   Al final de sus días, Alma Mahler había amado a una larga lista de hombres, había sido madre, perdiendo a casi todos sus hijos, y había intentado ser compositora. Hermosa y atrayente, Alma enamoró a muchos hombres, pero al final estuvo siempre sola. Su talento estuvo siempre ahogado a la sombra de sus amantes a los que inspiró grandes obras. Alma Mahler fallecía con 85 años, el 11 de diciembre de 1964.


Alma Mahler, un caso clínico. Joaquín Leguina

        Mi poco aprecio por Alma Mahler —que me parece una impostora— se deriva, probablemente, de la lectura de Canetti, quien habla de ella en sus memorias (El juego de ojos) y no la trata nada bien.

    En efecto, Elías Canetti fue amigo de Anna, la hija mayor de Alma, y fue ella quien le presentó a su madre. Alma recibió a Canetti en su casa y le enseñó sus «trofeos», entre los que destacaban la última partitura que escribió Mahler en su lecho de muerte, la inacabada Décima sinfonía, y el cuadro de Kokoschka donde Alma aparece representada como Lucrecia Borgia. «Esta soy yo. ¡Qué lástima que como pintor no haya llegado a nada!», dijo Alma despreciando a Kokoschka, cuyos cuadros alcanzan hoy precios astronómicos en las subastas. También como «trofeo» le fue presentada Manon, la hija que tuvo Alma con Gropius, una niña que moriría un año después. «¿Ha visto usted a Gropius? —dijo Alma—. Un hombre alto, hermoso. Justo lo que se llama un ario. El único hombre que racialmente ha hecho juego conmigo. Excepto él, siempre han sido judíos pequeños, como Mahler, los que se han enamorado de mí».

   En la época de esta entrevista entre la Gran Viuda y Canetti, Kokoschka había tenido que abandonar Alemania, pues los nuevos amos consideraban que su pintura era «degenerada». Huido a Praga, pintaba en aquellos días un retrato del presidente Masaryk.

   «¿Qué es eso de que Kokoschka no ha llegado a nada?», objetó Canetti. «Pues sí, no lo dude —contestó Alma—. Ahora anda por Praga, como un pobre emigrante». No habría de pasar mucho tiempo para que también ella, por estar casada con un judío, Werfel, tuviera que convertirse en «emigrante» (aunque no tan «pobre», como se verá más adelante) y todo a causa del racismo nazi, tan ario.

   «Era una mujer bastante alta —informa Canetti—, abundosa en carnes por todos lados, de sonrisa dulzona y unos ojos claros, muy abiertos, de cristal. En todas partes se hablaba de su belleza. Una reputación, la de su belleza, que se había venido transmitiendo durante más de treinta años. Pero allí estaba ella, de pie, e inmediatamente se arrellanó pesadamente. Una persona medio ebria, que parecía mucho más vieja de lo que en realidad era».

   Alma fue una especie rara de musa. Una musa dispersa, pues por ella sintieron una especial devoción personas tan variadas en profesiones y gustos como el músico que le dejó el apellido, el arquitecto Gropius, el pintor Kokoschka, el escritor Werfel y un número crecido de amantes más o menos ocasionales.

   En mi opinión, Alma dedicó especial atención a su propia persona y muy poca a los demás. En torno a su figura se ha producido una cantidad tan desproporcionada de literatura elogiosa que bien merece una desmitificación. Lo intentaré fijando la atención sólo en un momento y en un viaje entre Francia y Estados Unidos, realizado por un extraño quinteto cuando las tropas nazis asolaban Europa en 1940.

   Ignoro, porque la literatura a su costa suele ser muy remilgada, cuáles eran las artes eróticas de la señora Mahler, pero durante los días que se narran a continuación, y pese a lo apurado del trance, tuvo tiempo y ganas de seducir al más joven viajero de los que la acompañaban en la huida. En efecto, también Golo Mann entró a formar parte de la colección de Alma pasando por su cama, no sé si con la natural prisa de quien escapa o con la placidez de quien reposa en tan duro camino como el que aquí se va a relatar.

   De todos los hijos de Thomas Mann, es Golo quien me resulta más simpático, quizá porque fue siempre el más silencioso y estudioso, y también el menos empadrado de todos ellos. De Golo Mann se publicaron en español sus memorias de juventud (Una juventud alemana, Plaza y Janés, 1989), cuya lectura me atrevo a recomendar a todo aquel que tenga interés por la familia Mann y, sobre todo, por el desgarro social e intelectual que se vivió en el periodo de entreguerras dentro de Alemania. Golo Mann, socialdemócrata en su juventud, fue historiador e hispanista, todo ello muy a su manera, pero, sobre todo, fue un hombre solitario y generoso.

   La tormenta de la Segunda Guerra, como es habitual en tales tragedias, produjo cruces de vidas y caminos, y uno de esos cruces es el que se va a contar aquí. Fue cerca de la frontera franco-española donde coincidieron los espectros de tres figuras, las tres «M», cuyas andaduras no se habían entrecruzado antes: Mahler, Mann y Machado. Golo Mann, que mucho después escribiría un hermoso ensayo sobre Antonio Machado, estuvo allí y la historia no deja de tener su lado paradójico y hasta cómico.

La relación entre las tres «M» comienza con la muerte del poeta sevillano cerca de la frontera francesa, en el final de la guerra civil española. Pocos meses después, el ejército del Reich, a la velocidad del rayo, invadió el territorio francés, y los antinazis alemanes, exiliados en Francia, intentaron salir de allí como pudieron. Algunos quedaron en el camino. Por ejemplo, el 26 de septiembre de 1940, Walter Benjamin se quitaba la vida en Portbou. Había dejado escrito: «Sobre un muerto no tiene potestad nadie».

   Al inicio de ese mes de septiembre y vagando entre Lourdes y Marsella va una maleta con algunas partituras originales de Gustav Mahler. Una maleta arrastrada, perdida y reencontrada por Alma Schindler, quien, como sabemos, era conocida por el apellido de su primer marido, Mahler. Alma, ya entrada en años y en carnes, se había casado en su tercer matrimonio con el escritor judío Franz Werfel, junto a quien intentaba huir hacia España.

   «El último día de nuestra estancia en Lourdes —escribió más tarde Alma—, Franz Werfel desapareció durante bastante tiempo. Estuvo en la gruta de las apariciones. Me lo dijo él mismo: “He prometido a la Virgen escribir un libro sobre santa Bernadette si llegamos sanos y salvos a América”».

   En Marsella, intentando conseguir un visado en el consulado norteamericano, Alma y Franz van a formar un quinteto con Heinrich Mann, el barbudo hermano de Thomas, de casi setenta años, a quien la invasión ha sorprendido en Niza escribiendo una novela sobre el rey Enrique IV de Francia, su nueva esposa, Nelly Kröger, una joven algo alocada, y su sobrino Golo Mann.

   El viernes 13 de septiembre, conseguidos los papeles norteamericanos, el quinteto se prepara para salir de Cerbère hacia la frontera española, pero surgen dos problemas. Por ser el 13 un día marcado, la supersticiosa Nelly se niega a viajar. Solo unas bofetadas de su irritado esposo hacen entrar en razón a la joven. El segundo impedimento lo constituyen las maletas de Alma. Golo Mann, porteador casi obligado del equipaje, protesta educadamente. Su tío le apoya airado. «Y menos mal que no te has traído los pianos de Mahler y maquetas de Gropius y diez o doce cuadros de Kokoschka», le reprocha. Alma se considera vejada por las frases de Heinrich y se refugia una vez más en el Benedictine (los anisetes siempre la acompañaron), lo que retrasa algunas horas la salida.

  Con la maleta de Mahler a cuestas y no sin dificultades, el quinteto pasa a España. Barcelona y luego Madrid. Desde Madrid viajan en avión a Lisboa. Finalmente, un vapor griego, el Nea Hellas, les llevó a Nueva York. Ya en California, Heinrich Mann –que había escrito El ángel azul antes de la guerra– comenzó a trabajar para la Warner Bros a ciento veinticinco dólares por semana, hasta que se hartó de aquella vida de oficinista. Poco tiempo después, Nelly se suicidó.

   La vida de Heinrich Mann en Estados Unidos fue amarga, siempre a la sombra de su hermano. Al final, apenas escribía. Heinrich murió de un derrame cerebral en su casa de Santa Mónica el 12 de marzo de 1950 y sus últimas líneas —que no llegaron a publicarse— componían un artículo necrológico en recuerdo de su sobrino, el hermano de Golo, Klaus Mann, quien se había suicidado, tras varios intentos fallidos, el 21 de mayo de 1949 en un hotelucho de Cannes, frente al Mediterráneo.

   La última novela de Klaus, El aliento, que publicó en Ámsterdam meses antes de su muerte, concluía así: «La luminosidad del jardín se había apagado. El mundo dormía paralizado, como en las noches en que estallaban sus catástrofes, aunque ahora estemos cansados y depongamos ya la palabra».

   Golo Mann volvió a Alemania en 1945 vistiendo el uniforme del ejército americano. Fue la desolación ante su patria destruida lo que le hizo retornar a California, donde fue profesor de Historia en el Claremont Men’s College. En 1957 fue nombrado catedrático de Ciencia Política, primero en Münster, luego en Stuttgart. Más tarde se instaló en Kilchberg, al lado de Zürich, donde murió hace ya algunos años.

   Werfel cumplió su promesa y escribió de un tirón La canción de Bernadette. De la primera edición se vendieron trescientos mil ejemplares. La Twentieth Century Fox compró los derechos, y la virginal Jennifer Jones —a la sazón esposa del actor Robert Walker y amante de David O. Selznick, el productor de la Fox— interpretó el papel de la espiritual campesina con toda la convicción que fue capaz de reunir. Ganó un Oscar.

   En agosto de 1945 Werfel murió de un ataque cardiaco. A su entierro acudió todo Hollywood, pero Alma no estuvo presente. «Jamás voy a esos actos», dijo. Pero sí ordenó lo que había de introducirse en el ataúd, cumpliendo, según ella, el deseo de su esposo. A Werfel —bajo las órdenes de Alma— se le vistió de esmoquin, y al lado de su cuerpo se depositaron varios pañuelos y una camisa de seda como improbable muda. Bruno Walter tocaba el órgano mientras todos esperaban el discurso fúnebre del franciscano Georg Moenius, pero este no pudo pronunciarlo, pues Alma había querido revisar el texto de arriba abajo y sus anotaciones no llegaron a tiempo.

   Alma vivió buena parte de su vida a costa de algún hombre que, además, la admirara. Aunque esta vez, la definitiva, más bien se tratara de un milagro. Un milagro de la Virgen de Lourdes, pues aun sin estar catalogado ¿qué otra explicación puede tener el que un poeta judío, checo y probablemente ateo, consiga un éxito millonario escribiendo la lírica historia de una campesina a quien se le aparece la Virgen?

   Se asegura que Dios escribe derecho sobre renglones torcidos, pero habrá de reconocerse que en el extraordinario caso de Alma Mahler la escritura divina resulta difícilmente inteligible.

Joaquín Leguina



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