lunes, 2 de diciembre de 2019

SAN MARTÍN (DE PORRES)





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SAN MARTÍN

      Querido Petrus, hoy he ido al juicio de Jonás, bueno, en realidad, a quién se juzgaba era a su tío Juan. Jonás es aquel chico que te conté hace unos meses, el que se suicidó hace ya diez años, el que se ahorcó cuando apenas superaba la veintena por no haber superado los abusos sufridos por parte de su tío materno.

   Recuerdo que empezó a venir a la consulta recién cumplidos los dieciséis años. Vino acompañado por su madre porque había abandonado los estudios y tenía comportamientos disruptivos no típicos de él. Es cierto que en el instituto mostraba desinterés, que estaba siempre apartado de sus compañeros, decía de ellos que le hacían pequeñas putadas porque era “rarito”, porque nunca le había entrado a ninguna chica y eso a buen seguro significaba que “perdía aceite”. Como te conté, amigo Petrus, Jonás, en la consulta era muy reservado, mantenía siempre las distancias y no era muy hablador, había que sacarle la información con preguntas cerradas, y si él consideraba que eran muy personales, retiraba la mirada y volvía a su mutismo del que tanto se quejaba su madre y que tenía desde los 8-9 años.

   A pesar de esos rasgos esquizoides, Jonás despertó en María, la psicóloga del Centro y, en mí mismo una simpatía especial. Los dos coincidíamos que con sus actitudes transmitía un dolor guardado demasiado tiempo, un dolor que, a buen seguro, no había compartido con nadie. No había compartido, hasta que un día, al salir de un ingreso psiquiátrico por un episodio de agresividad en el que agredió a su hermano mayor y casi mató a golpes a su perro, un pastor alemán que le regaló su tío Juan cuando hizo la primera comunión. Hasta un día, decía, que lo contó todo. Al alta del referido ingreso, en el informe, se hacía alusión al diagnóstico de Episodio psicótico agudo polimorfo, con síntomas de Esquizofrenia. A las pocas semanas del ingreso, y sin necesidad de presionarle lo más mínimo, Jonás confesó que su comportamiento estaba mal, por supuesto, pero es que las voces que notaba desde hacía al menos 3 años, y de las que nunca había hablado, le impelían a matar a su perro porque le recordaba cada día y a todas horas a su tío Juan, que desde hacía 7 años había trasladado su residencia a Barcelona. Tras unos minutos de su acostumbrado silencio, se emocionó especialmente, lloró de forma desconsolada y pudo soltar, al fin, lo que tanto le angustiaba. Lo que describió era un espectáculo dantesco: cada tarde, su tío venía a ver a su hermana y pasaba al cuarto donde Jonás hacía los deberes; por entonces era un niño aplicado y alegre. Ya puedes imaginarte Petrus lo que ocurría cada tarde, no quiero entrar en detalles, pero ocurrió casi cada tarde durante 6 o 7 meses, nos contó Jonás, con muecas de nerviosismo mezclado con rabia, una rabia incontenible que le hacía temblar el mentón barbilampiño.

   Aunque los hechos habían ocurrido recién hecha la primera comunión, Jonás los recordaba con todo lujo de detalles, bastante años después, a modo de flash-backs que desataban todo un cortejo vegetativo de síntomas y un llanto que salía de lo más profundo de su ser.

  A pesar de lo desagradable del caso, el desarrollo de la vista, amigo Petrus, ha sido de lo más interesante. Hemos entrado al mismo tiempo en la Sala, María Rivas, Emilio Sánchez, Alfonso Martínez y yo, creo que hemos estado los cuatro de diez. Me ha sorprendido muy positivamente la intervención de Alfonso. Sin hablar previamente entre nosotros, hemos coincidido plenamente en nuestras opiniones, con argumentaciones rigurosas, vamos, de película. A pesar de que el abogado defensor nos ha machacado a preguntas, a mi juicio muy bien planteadas, hemos salido airosos, al punto que el juez, ha tenido que decirle: ¿"No ve señor letrado que ya ha hecho suficientes preguntas y que la opinión de los peritos es unánime y suficientemente aclaratoria de los hechos que se juzgan”?

    El acusado estaba detrás de mí y, las dos o tres veces que he vuelto la cabeza hacia él, he percibido la tensión y el miedo en sus ojos, me ha conmovido y creo que lo tiene crudo, pero cualquiera pensaría que “a cada cerdo le llega su San Martín”. ¿No crees que da para uno de tus relatos? Qué bien sientan estas cosas, Petrus. Quizás  esté un poco hipo, pero quiero estar así. Nos vemos. Gracias por tu paciencia. Un abrazo.

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