viernes, 13 de diciembre de 2019

LA LLORONA Y EL CLUB 21



Naturaleza, Aguas, Lago, Isla, Paisaje


LA LLORONA


   Érase una vez una joven que era muy pobre, la Llorona la llamaban, que estaba locamente enamorada de un noble rico. El noble se encaprichó de ella y con el paso del tiempo, juntos, tuvieron tres hijos. La chica deseaba casarse con el noble, pero él la rechazó. Él le dijo que podría haber considerado casarse con ella si no se hubiera dejado embarazar de los tres hijos que tenía, que él consideraba una desgracia. La joven trató de complacerlo y ahogó a sus hijos para demostrar su amor por él. Aun así, no quiso saber nada de ella y se casó con otra de su rango. Loca de dolor, la mujer se dirigió a lo largo del río, llorando y llamando a sus hijos. Pero ya no estaban. Así que ella se ahogó. Por su crimen, su espíritu fue condenado a vagar por las vías fluviales, llorando y buscando a sus hijos hasta el fin de los tiempos. Se decía que cada vez que aparece la mujer que se lamenta, alguien va a morir.

   Una noche, dos jóvenes que volvían desde el trabajo a su casa con las ventanas del coche abiertas, escucharon un terrible gemido. Sonaba como el grito desesperado de un bebé o tal vez el grito de una mujer herida. Al lado de la carretera, una niebla blanca comenzó a formarse, se movió rápidamente entre un bosque de palmeras y cuando alcanzó el árbol más grande, se convirtió en la figura de una joven preciosa vestida toda de blanco, tenía una cabellera larga y oscura que colgaba por su espalda. Ella comenzó a llorar y retorcerse las manos en la rodilla, y los hombres se dieron cuenta de que lo que estaban viendo era el fantasma de la Llorona. El conductor encendió el motor y se alejó tan rápido como pudo. La figura resplandeciente de la Llorona se mantuvo visible en el espejo retrovisor hasta que el coche trazó una curva.

   Los hombres estaban compungidos por la visión, muertos de miedo por los rumores sobre la Llorona que ahora, podrían ser verdad. No pasó nada a ninguno de ellos el resto de la noche y cuando se sintieron a salvo por la larga distancia establecida con “el incidente”, empezaron a reírse. Decidieron que, fruto del cansancio por la dura jornada de trabajo, lo habían imaginado todo.

   La noche siguiente, los hombres viajaban de nuevo a casa desde el trabajo cuando, de pronto, un neumático delantero sufrió un reventón, casualmente, en el mismo lugar del camino donde habían visto el fantasma de la mujer la noche anterior. El que conducía perdió el control del coche y éste se salió del camino chocando estrepitosamente contra el árbol más grande del palmeral, en el lugar exacto donde la Llorona se les había aparecido. Los dos hombres murieron en el acto.

   Pasado un tiempo, el noble rico, que con frecuencia se encapricha de alguna chica mucho más joven que él, y no tenía ningún reparo en ser infiel a “su amada” esposa, salió a dar un paseo a caballo con una de sus conquistas ocasionales. Había una niebla espesa y se desorientaron, alejándose bastante de la ruta preconcebida. Llegaron al palmeral donde solía “morar” la Llorona. Estaba anocheciendo y dado que hacía frío y el tiempo empeoraba por momentos, el noble decidió que debían refugiarse en aquel lugar hasta que pasara la noche, o al menos, hasta que la espesa niebla se retirara. Sacó de las alforjas de su cabalgadura unas mantas y las extendió en una zona llana y libre de maleza, situada justo al pie del árbol grande contra el que, hacía meses, habían chocado los dos jóvenes.

   Aunque la humedad era alta y penetrante, la pareja se instaló de la forma más cómoda posible en el improvisado refugio y dándose calor mutuamente, uniendo sus cuerpos, se durmieron profundamente. Ya de madrugada se desató una terrible tormenta eléctrica y justo cuando el noble rico abrió los ojos por el destello espectacular de un relámpago, sólo le dio tiempo a escuchar el súbito crepitar de una enorme rama del árbol elegido como guarida, que se precipitó sobre la pareja de amantes, aplastando despiadadamente sus cuerpos, que quedaron inertes en un charco, también enorme, de una mezcla de agua y sangre.

   Casualmente el alma en pena de la Llorona, pasó por el lugar en uno de sus paseos nocturnos y, al acercarse y comprobar que se trataba del noble rico que años atrás le dio tres hijos que ella misma se encargó de ejecutar para conseguir su amor, esbozó una mueca, mezcla de dolor y rabia y cerrando los entrevelados ojos de la chica, dijo: “pobrecita, tú no tienes culpa de nada, pero, así es la vida…o la muerte”.

                                TORMENTAS, RAYOS Y TRUENOS 1492 Vangelis


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EL CLUB 21

 Terminé de vestirme y me miré al espejo. El vestido rojo me quedaba ceñido al cuerpo y el amplio escote de la espalda le daba un look muy sexy... calcé unas altas sandalias y sonreí complacida.


  Después de tantas semanas de estrés y depresión necesitaba alejarme un poco del silencio de mi apartamento y de la rutina de la oficina. Iría a dar una vuelta y tomar una copa en un bonito lugar. Recordé a Pierre y lo mal que se había portado conmigo. Luego de dejarme sin una explicación, se había dedicado a difamarme y alejarme de mis amistades. Con nostalgia recordé aquellas reuniones llenas de camaradería y alegría. Seguro que había hecho circular las fotos y videos que nos habíamos tomado en nuestros días de locura y pasión. Era un granuja que no merecía ni mi amor ni mi sufrimiento. Ninguno  de mis amigos me había dicho nada y se habían limitado a alejarse de mí cortésmente. Ninguno de ellos  merecía tampoco mi amistad, pero no podía evitar sentirme triste y desilusionada. En fin, suspiré, y cogiendo mi abrigo negro del armario salí la calle, que me recibió llena de entusiasmo y movimiento. La gente iba y venía presurosa, subían a los coches, entraban en los restaurantes y cines.

   Empecé a caminar entre los  transeúntes como dejándome llevar por la corriente. Poco a poco y sin darme cuenta me fui internando en un laberinto de callecitas angostas,  algo oscuras y de  construcciones bastante  desvencijadas. No me acordaba haber pasado por allí, o de repente sí lo había hecho pero ya  lo había olvidado. Caminé largo rato entre  esos viejos edificios de luces quejumbrosas y fachadas destartaladas, y cuando empezaba a sentirme algo abrumada de tanta soledad,  al volver por una esquina me topé con  una ancha fachada, de estilo belle époque  y  ostentoso cartel  iluminado -Club 21-, leí. El lugar se veía muy elegante, con sus vidrieras  art decó y su bella puerta de madera tallada tenía  una apariencia alegre y festiva, justo lo que estaba buscando para pasar un buen rato. ¿Pero, qué hacía un local así en aquel  lugar tan lúgubre y olvidado? Bueno quizás es un club privado o algo así, me dije empujando la puerta.



   Dentro el ambiente era agradable y muy animado, una orquesta tocaba lánguidos blues y muchas parejas bailaban lentamente al son de la música. –No está nada mal-, pensé, me acerqué a la barra y pedí un combinado. El barman puso delante de mí una copa con una mezcla ambarina coronada con una aceituna. Bebí lentamente perdida en mis pensamientos, cuando de pronto una voz varonil me sobresaltó, -¿bailamos?-, me di la vuelta y me topé con un rostro moreno con un hermoso par de ojos verdes que le hacían juego. - Encantada–, contesté, y nos mezclamos con las otras parejas, dejándonos seducir por la  melodía dulzona. Me dejé llevar por aquellos  brazos fuertes y aquella mirada que empezaba a hacerme sentir cosquillas en el estómago. Sin darme cuenta nos habíamos ido apartando de la pista de baile y nos encontrábamos en un lugar más apartado, fue entonces cuando sentí sus labios rozar los míos. Luego nos miramos y nos fundimos en un apasionado beso. Sentía su cuerpo musculoso pegado al mío y su cálido aliento embriagándome, entonces murmuré: -¿Por qué no nos sentamos un momentito?-. Él, galantemente, accedió y me llevó de la mano a una mesita con una lamparita de lo más coqueta. Rompiendo el hielo nos pusimos a conversar y me contó su tragedia: Hacía poco tiempo había perdido a su novia de una manera tonta y desde entonces daba vueltas todas las noches por aquel lugar con la esperanza de volver a verla. Me conmovió su voz apagada y el leve temblor de sus manos. Yo le conté mi desagradable experiencia con Pierre, el hombre que había destrozado mi corazón y mi confianza. Luego decidimos brindar por encontrar de nuevo la felicidad.


    El tiempo pasó rápidamente entre la charla y los brindis y cuando me di cuenta era ya medianoche. -Uh, mañana tengo que ir a trabajar-, le comenté y me dispuse a partir. Él se despidió de mí en la puerta, excusándose por no acompañarme.    

   - Es que no puedo salir de aquí -, me dijo bromeando y dándome el último beso de la noche. Con esa sensación cálida en mis labios y el corazón alborotado salí del edificio y me encontré de nuevo en esa sucesión de callecitas oscuras y apretadas. Debía buscar la avenida para tomar un taxi, caminando perdida en mis divagaciones,  me tropecé con un señor mayor que salía de uno de los portales, - lo siento señorita, venía usted muy distraída -, me dijo. Le sonreí y le pregunté cómo encontrar la avenida principal. -Dos calles hacia abajo y gire a la derecha -, me contestó, -Pero,  ¿Qué hace una mujer linda como usted por aquí? - Bueno es que me perdí y luego encontré el Club 21 y se me ocurrió tomar una copa allí -. -¿El Club 21? - me contestó. - Pero si ese lugar hace años que ya no existe. Éste era un barrio elegante, de gente fina, ya sabe usted, bueno, fíjese que hubo una tragedia allí, mataron a una linda chica, cosa de celos, creo. El asunto es que el lugar se desprestigió y cayó en desgracia -. Lo escuchaba  anonadada y sin decir más, le di las gracias y me fui a buscar mi taxi.
  
   Esa noche soñé con aquellos ojos seductores y esos besos robados. Al día siguiente, en la oficina, estuve bastante distraída y nada más dieron las 6 salí casi corriendo. La historia de aquel transeúnte se mezclaba en mi cabeza, con mi experiencia en aquel bar restaurante y así que, sin pensarlo dos veces, me dirigí de nuevo a aquel embrollo de callecitas y empecé a buscar ávidamente el  dichoso lugar. Después de dar varias vueltas durante un largo rato, me di de bruces con un destartalado local, con los cristales rotos y la puerta atravesada por unas toscas tablas. “Clausurado”, rezaba  un polvoriento cartel  entre los tablones. Sin saber qué decir ni pensar di media vuelta y volví a buscar un taxi.



                                            Los Secretos - Ojos De Gata


  

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