lunes, 2 de diciembre de 2019

JUGADAS MAESTRAS




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Jugadas maestras
  
   Hace algunos años, una tarde de primavera, sentado en una antigua taberna del Camino de los Ingleses, en Heidelberg, esperaba, como era mi costumbre, a que algo raro sucediera. En este asunto no siempre me sentía defraudado; las extrañas ventanas de la taberna, mirando hacia el río Nékar, dejaban pasar una luz tan misteriosa dentro de la habitación de techo bajo, especialmente al atardecer, que, de alguna manera, parecía afectar los acontecimientos en el interior. Sea como sea, he visto cosas curiosas en esta taberna y me han contado cosas todavía más curiosas. Mientras estaba sentado allí, tres marineros entraron en la taberna. Acababan de regresar, según dijeron, del mar y volvían, con sus pieles quemadas por el sol, de un larguísimo viaje por el sur; uno de ellos tenía un tablero y piezas de ajedrez bajo el brazo, y los tres se estaban quejando de que no podían encontrar a nadie que supiera jugar.

   Esto ocurrió el año en que se celebró el Torneo en España. Un hombre pequeño y oscuro, sentado en una mesa en una esquina de la habitación, bebiendo achicoria, les preguntó por qué querían jugar al ajedrez; ellos respondieron que jugarían contra cualquier hombre por veinte marcos. Luego abrieron su caja de piezas de ajedrez, un juego de trebejos barato y repugnante, y el hombre se negó a jugar con unas piezas tan bastas, ante lo cual los marineros sugirieron que quizá él podría encontrar unas mejores; al final, este fue a su cuarto, que estaba cerca, trajo las suyas y se sentaron a jugar con veinte marcos como apuesta. Era una partida en consulta por parte de los marineros; dijeron que los tres debían jugar. Pues bien, el hombre pequeño y oscuro resultó ser Stankovic.

    Por supuesto, era increíblemente pobre y veinte marcos significaban más para él que para los marineros, pero no parecía tener ganas de jugar, así que fueron los marineros quienes insistieron; había hecho de la mala calidad de las piezas de ajedrez de los marineros una excusa para no jugar, pero   estos   habían   remediado   el   problema, de   manera   que   les   dijo   directamente   quién   era.   Sin embargo, los marineros nunca habían oído hablar de Stankovic. Pues bien, no se dijo nada más después de esto. Stankovic guardó silencio, ya sea porque no quería alardear o porque le indignaba que no supieran quién era. Por mi parte, yo no veía razón para poner a los marineros sobre aviso; si se llevaba sus veinte marcos, ellos se lo habían buscado, y mi admiración sin límites por su genio me hacía sentir que se merecía cualquier cosa que se le pudiera presentar en el camino. Él no había pedido jugar, ellos habían decidido la apuesta, él les había advertido y les había concedido la primera jugada; no había nada injusto en la manera de obrar de Stankovic.

   Nunca antes había visto a Stankovic, pero había jugado casi todas sus partidas del Campeonato Mundial durante los últimos tres o cuatro años; él era siempre, por supuesto, el modelo elegido por los estudiosos. Sólo los jugadores de ajedrez jóvenes pueden apreciar mi regocijo al verlo jugar en directo. Pues bien, los marineros tenían la costumbre de bajar sus cabezas casi hasta la altura de la mesa y murmuraban entre ellos antes de cada movimiento, pero lo hacían tan bajo que no se podía oír lo que planeaban. Perdieron tres peones casi en el acto, luego un caballo y, poco después, un alfil; estaban jugando, de hecho, el famoso Gambito de los Tres Marineros.

  Stankovic estaba jugando con la confianza natural que, según dicen, era costumbre en él, cuando, de repente, hacia el decimotercer movimiento, vi que parecía sorprendido; se inclinó hacia delante, miró el tablero y luego a los marineros, pero no desentrañó nada en sus rostros distraídos; miró el tablero de nuevo. Movió las piezas más pausadamente después de esto; los marineros perdieron otros dos peones, Stankovic no había perdido nada todavía.  Me echó una mirada que me pareció malhumorada, como si fuera a suceder algo que le gustaría que yo no presenciara. Creí, en un primer momento, que sentía remordimientos por ganar el diner de los marineros, hasta que empecé a comprender que podría perder la partida; vi la posibilidad en su rostro, no en el tablero, pues el juego se había vuelto casi incomprensible para mí. No puedo describir mi asombro. Unos cuantos movimientos después, Stankovic renunció. Los marineros no mostraron mayor euforia que si hubieran ganado algún juego con unas cartas grasientas, jugando entre ellos. Stankovic les preguntó dónde habían aprendido su apertura. «Más o menos se nos ocurrió», dijo uno. «Simplemente se nos vino a la cabeza de algún modo», dijo otro.

   Les hizo preguntas sobre los puertos   en   los   que   habían   estado.   Evidentemente   pensaba, al   igual que yo, que quizá  habían aprendido su extraordinario gambito en alguna antigua colonia española, de algún joven maestro de ajedrez cuya fama no había llegado a Europa. Estaba ansioso por descubrir quién podía ser este hombre, pues ninguno de nosotros se imaginaba que esos marineros se lo hubieran inventado, como tampoco nadie que los hubiera visto. Pero no obtuvo información de los marineros. Stankovic no podía permitirse el lujo de perder tanto dinero. Les ofreció jugar de nuevo contra ellos por la misma apuesta. Los marineros comenzaron a colocar las piezas blancas. Stankovic precisó que le tocaba a él hacer el primer movimiento. Los marineros estuvieron de acuerdo, pero siguieron colocando las piezas y se sentaron frente a las blancas esperando a que él moviera. Fue un incidente trivial, pero nos reveló a Stankovicy a mí que ninguno de estos marineros sabía que las blancas siempre mueven primero.

   Stankovic   les   hizo   su   propia   apertura, pensando   naturalmente  que   si   nunca   habían   escuchado hablar de él, no conocerían su apertura, y, probablemente con la firme esperanza de recuperar sus veinte marcos, jugó la quinta variación con su mañoso séptimo movimiento, o cuando menos eso se propuso, pero la encaminó hacia una variación desconocida para sus estudiosos. A lo largo de esta partida, observé atentamente a los marineros y tuve la certeza, como sólo un observador atento la puede tener, de que el de la izquierda, Marcus Benz, ni siquiera conocía los movimientos. Después   de   que   concluí   esto, observé   únicamente   a   los   otros   dos, Adam Bailey y Bill Sloggs, tratando   de   distinguir   cuál   era   la   mente   maestra; pero, durante   un   largo   rato, no pude lograrlo. Luego escuché a Adam Bailey murmurar siete palabras, las únicas que escuché durante todo el juego, de todas   sus conversaciones: «No, esa que tiene cabeza de caballo».
 
   Concluí que Adam Bailey no sabía lo que era un caballo, aunque, por supuesto, podría haber estado explicándole algo a Bill Sloggs, pero no sonaba así; de manera que quedaba este último. Lo observé después de esto con cierto asombro.  No se veía más intelectual que los otros, aunque sí más fuerte quizá.  Al pobre Stankovic lo vencieron de nuevo. Pues bien, al final pagué yo por Stankovic e intenté conseguir un juego con Bill Sloggs solo, pero este no estuvo de acuerdo: tenían que ser los tres o ninguno. Luego regresé con Stankovic a su cuarto.

    Muy amablemente me concedió una partida. Naturalmente, no duró mucho, pero estoy más orgulloso de haber sido vencido por Stankovic que de cualquier partida que haya ganado en mi vida. Después hablamos   durante   una   hora   sobre   los   marineros   y   ninguno   de   los   dos   pudo encontrarles ni pies ni cabeza. Le hablé sobre lo que había notado con respecto a Marcus Benz y Adam Bailey, y estuvo de acuerdo conmigo en que Bill Sloggs era el hombre, aunque, en lo relativo a la manera en que había llegado a ese gambito o a esa variación de su propia apertura, no tenía ninguna teoría. Yo tenía la dirección de los marineros, que era aquella taberna tanto como cualquier lugar, y ellos iban a estar  allí toda la noche. Como empezaba a anochecer temprano, regresé a la   taberna y encontré todavía allí a los tres marineros.

   

   Tenía que hacer que Stankovic se mantuviera alejado, pues así ellos no podrían conseguir a nadie para jugar al ajedrez por veinte marcos y yo tampoco jugaría con ellos, a menos que me dijeran el secreto. Entonces, una noche, encontré a Marcus Benz borracho, aunque no tanto como él hubiera querido, pues se les habían acabado los cuarenta marcos; le di casi una botella de whisky, o lo que pasaba por whisky en aquella taberna del camino de los ingleses, y me dijo el secreto de inmediato. Yo le había dado a los otros algo de whisky para mantenerlos tranquilos y, más tarde, durante la noche, debían de haberse ido, pero Benz se quedó conmigo junto a una pequeña mesa, recostado sobre esta y hablando bajo, justo en mi cara, con su aliento exhalando todo el tiempo lo que pasaba por whisky.


   Le propuse a Bill Sloggs cuarenta marcos por una partida con él solo, pero se negó, aunque al final jugó conmigo a cambio de una copa. Después me di cuenta de que no había oído hablar de la regla conocida como comer al paso y creía que el hecho de poner en jaque al rey le impedía enrocar, y no sabía que un jugador puede tener dos o más damas sobre el tablero al mismo tiempo si corona sus peones, o que un peón podía convertirse en caballo; e hizo cuantos errores típicos tuvo tiempo de hacer en una partida corta, que gané yo. Pensé que averiguaría el secreto entonces, pero sus compañeros, que habían permanecido sentados frunciendo el ceño todo el tiempo en una esquina, se acercaron y nos interrumpieron. Era una violación de su pacto, al parecer, que uno de ellos jugara solo; en cualquier caso, se veían disgustados. Así que dejé la taberna entonces y regresé al día siguiente, y luego al otro día y al día de después, y a menudo vi allí a los marineros, pero ninguno estaba en disposición de hablar.

    El viento estaba soplando afuera como suele hacerlo en las pésimas noches de noviembre, trayendo gemidos del sur, hacia donde daba la taberna con todos sus cristales emplomados, así que nadie, excepto yo, podía oír su voz mientras Marcus Benz me revelaba el secreto. Habían navegado durante años, me contó, junto a Bill Snyth; y, en su último viaje a casa, Bill Snyth había muerto. Lo habían enterrado en el mar, justo al otro lado de la línea ecuatorial, y sus colegas se habían dividido su equipo. Los tres se habían quedado con su cristal, que solo ellos conocían y que Bill había obtenido una noche en Cuba. Jugaban al ajedrez con el cristal. Iba a seguir hablándome sobre aquella noche en Cuba en la que Bill le había comprado el cristal al extraño; sobre cómo alguna gente podía creer que había visto tormentas, pero que deberían haber escuchado los truenos de la que había habido en Cuba cuando Bill estaba comprando el cristal, pues ellos  mismos se habían   dado  cuenta  de  que  no sabían lo que era un  trueno.

   Pero   entonces   lo interrumpí, desafortunadamente quizá, pues cortó el hilo de su narración y comenzó a divagar un rato, a maldecir a otras personas y a hablar de otras tierras: China, Puerto Saíd y España... Pero lo hice volver de nuevo a Cuba, finalmente. Le pregunté cómo podían jugar al ajedrez con un cristal; me dijo que uno miraba el tablero y miraba el cristal, y se veía el juego en el cristal igual que en el tablero, con todas las extrañas piececillas idénticas solo que más pequeñas, cabezas de caballos y cosas por el estilo; y, en cuanto el otro hombre hacía un movimiento, este aparecía en el cristal, y entonces el movimiento de uno aparecía después y todo lo que había que hacer era repetirlo sobre el tablero. Si uno no hacía el movimiento que había visto en el cristal, las cosas se complicaban en este: todo se veía horriblemente confuso y yendo de acá para allá rápidamente, y enfurruñándose y repitiendo el mismo movimiento una y otra vez, y el cristal se volvía cada vez más turbio.

   Era mejor desviar la mirada entonces o uno soñaba con esto luego, y las horribles piececillas venían y lo maldecían   a   uno   durante   el   sueño   e   iban de acá para  allá toda la noche   con   sus   sinuosos movimientos. Pensé entonces que, a pesar de lo borracho que él estaba, no me estaba diciendo la verdad, así que le prometí que le presentaría a personas que habían jugado al ajedrez durante toda su vida, para que él y sus colegas pudieran ganarse unos buenos marcos cuando quisieran, y le prometí que no revelaría su secreto ni siquiera a Stankovic si tan solo me decía toda la verdad; y esta promesa la mantuve hasta mucho después de que los tres marineros perdieran su secreto. Le dije con franqueza que no creía en el cristal. Pues bien, Marcus Benz se inclinó hacia delante, todavía más sobre la mesa, y me juró que había visto al hombre a quien Bill le había comprado el cristal y que era alguien para quien todo era posible. 

   Para empezar, su   cabello   era   malvadamente   oscuro   y   sus   rasgos   eran   inconfundibles, incluso allá en el sur, y podía jugar al ajedrez con los ojos cerrados e incluso vencer así a cualquiera en Cuba. Pero había más que eso, estaba el trato que había hecho con Bill, que le decía a uno quién era. Había vendido ese cristal a cambio del alma de Bill Snyth. Marcus Benz, inclinado sobre la mesa con su aliento en mi cara, asintió con la cabeza varias veces y se quedó en silencio. Comencé entonces a hacerle preguntas. ¿Acaso jugaban al ajedrez en un lugar tan lejano como Cuba? Respondió que todos lo hacían. ¿Era concebible que un hombre hiciera un trato como el que Snyth hizo? ¿No era un truco demasiado conocido? ¿Acaso no estaba en cientos de libros? Y si él no podía leer libros, ¿no debía de haber oído de los marineros que es la artimaña más habitual del Diablo para apoderarse del alma de los tontos? Marcus Benz se había echado para atrás en su silla sonriendo tranquilamente ante mis preguntas, pero cuando mencioné la palabra «tontos» se inclinó hacia delante de nuevo, puso bruscamente su cara frente a la mía y me preguntó varias veces si yo había llamado tonto a Bill Snyth.

   Al parecer, esos tres marineros tenían en gran estima a Bill Snyth y Marcus Benz se encolerizaba cuando oía decir algo en su contra. Me apresuré a decir que era el trato el que parecía tonto, no el hombre que lo había   hecho, por   supuesto; y   es   que   el   marinero   estaba   casi   amenazándome, lo   cual   no   era   de extrañar, pues el whisky de aquella sombría taberna podría enloquecer hasta a una monja. Cuando le dije que era el trato el que parecía tonto, sonrió de nuevo; entonces dio un gran puñetazo sobre la mesa y dijo que nadie había ganado todavía a Bill Snyth, que era el peor trato que el Diablo hubiera podido haber hecho, pues, de todo lo que había leído o escuchado sobre este, nunca había salido tan mal parado como la noche en la que conoció a Bill Snyth en aquella posada, en medio de la tormenta, en Cuba, dado que él ya tenía el alma más condenada de todos los mares. Bill era un buen tipo, pero su alma estaba definitivamente condenada, así que había conseguido el cristal a cambio de nada. Sí, había estado allí y lo había visto todo en persona: Bill Snyth en la posada española y las velas ardiendo, y el Diablo entrando y saliendo de la lluvia, y luego el trato entre estos dos veteranos, y el Diablo saliendo entre los relámpagos, y la tormenta retumbando, y Bill Snyth sentado, riéndose entre dientes consigo mismo en medio de los estallidos de los truenos.

   Pero yo tenía más preguntas que hacer e interrumpí esta reminiscencia. ¿Por qué jugaban siempre los   tres   juntos?   Una   mirada   de algo   semejante   al   miedo   se   dibujó   en   el   rostro   de      Benz; primero no quiso hablar. Luego me dijo que era por lo siguiente: no habían pagado por el cristal, sino que lo habían obtenido como su parte del equipo de Bill Snyth. Si hubieran pagado por él o le hubieran dado algo a cambio a Bill Snyth, no habría problema, pero no pudieron hacerlo porque Bill estaba muerto y no estaban seguros de si el antiguo trato podría seguir siendo válido. El Infierno debe   de   ser   un   lugar   vasto   y   solitario, e   ir   allí   solo   debe   de   ser   malo; así   que   los   tres   habían acordado que se apoyarían mutuamente y que utilizarían el cristal entre los tres o que ninguno lo haría, a menos que uno muriera, en cuyo caso los dos restantes lo utilizarían y el que se hubiera ido los esperaría.

   El último que se fuera llevaría el cristal consigo o quizá el cristal lo llevaría a él. Me dijo que ellos no pensaban que fueran el tipo de hombres para el Cielo y que, más aún, él esperaba que supieran el lugar que les correspondía; pero no se imaginaban la noción del Infierno solos, si es que tenía que ser el Infierno. Estaba bien para Bill Snyth, pues no le tenía miedo a nada. Marcus Benz había conocido tal vez a cinco hombres que no le tenían miedo a la muerte, pero Bill Snyth no temía al Infierno. Este había muerto con una sonrisa en el rostro como un niño que duerme; fue la bebida lo que mató al pobre Bill Snyth. Esta era la razón por la cual yo había vencido a Bill Sloggs: él tenía el cristal consigo mientras jugábamos, pero no había querido utilizarlo. Aquellos tres marineros parecían temer a la soledad como  algunas   personas  temen   que les  hagan daño; él  era  el  único  de  los   tres   que   podía jugar verdaderamente al ajedrez, había aprendido para ser capaz de responder preguntas y mantener su fingimiento, pero lo había aprendido pésimamente, como yo había podido darme cuenta. Nunca vi el cristal, nunca me lo enseñaron; pero Marcus Benz me dijo aquella noche que era casi del tamaño de lo que sería el extremo grueso de un huevo de gallina si este fuera redondo. Luego cayó dormido. Había muchas otras preguntas que quería hacerle, pero no pude despertarlo. Incluso tiré de la mesa para que cayera al suelo, pero siguió durmiendo y toda la taberna estaba oscura a excepción de una vela que ardía. Fue entonces cuando me percaté, por primera vez, de que los otros dos marineros se habían ido: no quedaba nadie, excepto Marcus Benz, yo y el siniestro camarero de aquella curiosa posada, que también estaba dormido. Cuando vi que era imposible despertar al marinero, salí a la noche.

   Al día siguiente, Marcus Benz no quiso hablar más de ello; cuando volví adonde Stankovic, lo hallé poniendo ya sobre el papel su teoría sobre los marineros, que llegó a ser aceptada por los jugadores de ajedrez, según la cual uno de ellos había aprendido su curioso gambito y los otros dos habían aprendido todas las aperturas defensivas, al igual que el juego en general. Aunque, quién se los enseñó, nadie pudo saberlo, a pesar de las investigaciones que se hicieron después por todo el Pacífico Sur. Nunca obtuve más detalles de parte de ninguno de los tres marineros; estaban siempre demasiado borrachos para hablar o no lo suficiente para ser comunicativos. Al parecer, yo simplemente había atrapado a Marcus Benz en el momento justo. Pero mantuve mi promesa: fui yo quien los presentó al Torneo y menudo lío montaron con las reputaciones establecidas.

   Así continuaron durante meses, sin perder nunca una partida y jugando siempre a cambio de sus veinte marcos de apuesta. Solía seguirlos a dondequiera   que   iban, simplemente   por verlos jugar. Eran   más  maravillosos   que   Stankovic, incluso en su juventud. Pero entonces se tomaron libertades como sacrificar su reina cuando jugaban contra ajedrecistas de primera clase. Y, al final, un día, cuando los tres  estaban borrachos, jugaron   contra   el   mejor ajedrecista de Alemania con tan solo una hilera de peones. Ganaron la partida satisfactoriamente. Pero la bola se rompió en mil pedazos. Nunca había olido un hedor semejante en toda mi vida. Los tres marineros lo asumieron de manera bastante estoica, se enrolaron en diferentes barcos y regresaron  al mar, y el   mundo   del   ajedrez   perdió   de   vista, confío   que   para  siempre, a   los más extraordinarios jugadores que se haya conocido, quienes podrían haber echado a perder el juego por completo.

(P.R.)

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  El séptimo sello es una película sueca de 1957 del género dramático-fantástico escrita y dirigida por Ingmar Bergman.

  Ambientada en la Europa medieval durante la peste negra, relata el viaje de un caballero cruzado (Max von Sydow) y de una partida de ajedrez que él juega con la Muerte (Bengt Ekerot), la cual ha venido a tomar su alma. Bergman desarrolló la trama de la película basándose en una pieza teatral suya titulada Pintura sobre tabla. El título hace referencia a un pasaje tomado del libro del Apocalipsis, que se utiliza tanto al principio como al final del filme. La película empieza con las siguientes palabras: "Y cuando el Cordero rompió el séptimo sello del rollo, hubo silencio en el cielo durante una media hora". Aquí, la frase "silencio en el cielo" hace alusión al "silencio de Dios", el cual es el tema principal de la película.


   La película es considerada un gran clásico del cine universal. Ayudó a Bergman a establecerse como un director de renombre; además, contiene escenas que se han convertido en ícono debido a que han sido parodiadas u homenajeadas a lo largo del tiempo. La revista jesuítica América atribuye a esta película el mérito de haber iniciado "una serie de siete filmes que exploraron la posibilidad de la fe en la era post-Holocausto, la era nuclear". Igualmente, los historiadores del cine Thomas W. Bohn y Richard L. Stromgren atribuyen a este filme haber iniciado "su círculo de películas que tratan con dilema el tema de la fe religiosa".





   

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