lunes, 30 de diciembre de 2019

GOETHE, LÍDER EN "SUPERDOTACIÓN"




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Cara de listo tiene el chaval, creo.



   Hoy día no se habla de "ser superdotado" sino de tener ALTAS CAPACIDADES INTELECTUALES, del mismo modo que no se habla de tener Retraso Mental sino de sufrir una Discapacidad Intelectual. Hay que adaptarse a los tiempos modernos si no quieres caer en la ignorancia ni el ostracismo. Creo que es por lo de la “inclusividad”, que está muy bien, “of course”.

   La psicóloga Catharine Cox Miles realizó en la década de 1920 una estimación del cociente intelectual (CI) de más de 300 grandes genios de la humanidad. La tabla estaba encabezada por Johann Wolfgang von Goethe, que con 210 puntos aventajaba a portentos de la ciencia como Newton, a quien Cox atribuía 190; del pensamiento, como Leibniz y Pascal (con 205 y 195 respectivamente); o de la literatura, así Friedrich Schiller y Heinrich Heine, ambos 'colegas' de Goethe y con 165 de CI.

   Aquella sorprendente relación (por lo alambicado que se antojaba el procedimiento) formaba parte del libro 'La mente humana', de nuestro eminente José Luis Pinillos, que muchos estudiantes de Psicología y curiosos de toda índole devoraban en la década de 1970 con los ojos puestos en aquel hombre, Goethe, que se suponía habitaba la cima más elevada de la inteligencia humana.

El cuadro de Johann Heinrich Wilhelm que fijó la imagen del poeta...
El cuadro de Johann Heinrich Wilhelm que fijó la imagen del poeta 'Goethe en la campiña romana'.

   Ahora, el destacado filósofo y escritor alemán Rüdiger Safranski ha buceado en la biografía, obra y sistema de pensamiento del autor de 'Las afinidades electivas' en el volumen Goethe. 'La vida como obra de arte' (Tusquets), que amplía su alabada serie de semblanzas que ya ha retratado a Nietzsche, Schopenhauer, Heidegger y Schiller.

   Como recogía Pinillos en 'La mente humana', Goethe estaba convencido de que cualquier hombre es capaz de logros asombrosos cuando encuentra su propio "genio"; dicho con sus palabras libremente entendidas, cuando dirige sus tentáculos en una dirección determinada.

   Bien porque su curiosidad intelectual era insaciable, bien porque él disponía de demasiada máquina para concentrar sus inmensas capacidades en un solo campo, Goethe "adoptó como principio la máxima de acoger en sí tanto mundo como pudiera elaborar", escribe Safranski, que comienza su obra refiriéndose al escritor como "un acontecimiento en la historia del espíritu alemán".

   Que la naturaleza es injusta lo demuestra de manera inequívoca que Goethe no sólo atesoraba un cerebro prodigioso sino también riqueza, hermosura, elocuencia y gracia. Para mayor congoja de quienes tienden a asociar inteligencia con espíritu atormentado, Safranski postula que además "tenía una admirable capacidad de ignorar" todo aquello "a lo que no podía dar una respuesta productiva".

Wartburg mit Mönch und Nonne (Wartburg con un monje y una monja) pintado por Goethe. Obra datada el 14 de diciembre de 1807.

   Hoy englobaríamos dentro de la "inteligencia emocional" ese don para saber "a qué dar entrada y a qué no" que, de acuerdo con el autor de Goethe, lo convierte en un referente tanto con sus obras como con su vida. Puesto que no podía soportar lo casual e informe, escribió y vivió para dar forma: "O bien la descubría, o bien la creaba".

   A los siete años, nuestro hombre decía cosas un tanto odiosas como: "No puedo contentarme con lo que a otros les basta". Con pocos más vio tocar a Mozart, que lo maravilló. Él era todavía un pipiolo que, eso sí, abrigaba el sueño de escribir con su hermana Cordelia una novela ¡en seis idiomas! y que le exigía a su madre tres juegos de prendas de vestir al día: uno para la casa, otro para las salidas ordinarias y un tercero para reuniones de gala.

   Una de las muchas mujeres que le rondaron le recomendó moderar su petulancia y dedicarse al estudio, sólo que la carrera de leyes le aburría y, llegado el momento de ejercer, lo hizo sin "ninguna ambición especial" a la espera de abandonarla por el oficio de escritor: ¡cuánto debe la creación en general a las facultades de Derecho!

   Safranski rastrea con conocimiento y documentación apabullantes la búsqueda de su voz interior, por supuesto su extensa aventura política al servicio del príncipe heredero Carlos Augusto de Weimar, así como los albores del movimiento Sturm und Drang y una de sus manifestaciones más visibles: "el culto al autor", convertido en "divo". La vida del artista era ahora una obra de arte, y Goethe, un semidiós adorado como su 'Werther', que impactó de tal manera en la sociedad de su tiempo que Napoleón dijo haberla leído siete veces.

Leyendo el Werther, de Wilhelm Amberg, 1870.

   La insoportable levedad de ser Goethe consiste, según su biógrafo, en que escribe sus obras "en el primer intento" o bien las deja estar hasta que llega el momento propicio para volver a probar, razón por la que 'Fausto', por ejemplo, le llevó la vida entera. "Cuando se estancaba, iniciaba algo nuevo (...). Simplemente, tenía demasiadas ideas. Por eso le resultaba fácil destruir intentos anteriores".

FAUSTO

   Armado con semejante intelecto, crea sin aparente esfuerzo, los poemas se le presentan como a Mozart las notas. Esa actitud despreocupada, "casi infantil", que le lleva a destruir periódicamente sus escritos cambia a medida que su dedicación a la política en Weimar le inocula la duda de si todavía "seguía siendo un artista".

   Con su viaje a Italia, Goethe quiere resolver si es capaz aún de «acabar algo o solamente de recoger los fragmentos», aventura Safranski, para quien aquella huida sirve para recordarle dónde se encuentra su centro de gravedad.

De vuelta en Alemania es decisiva su amistad con Schiller, cuya "alta concepción del arte" aguijonea a Goethe para dedicarse a la poesía "con seriedad profesional y obstinación artesanal". Hasta entonces, hacer poesía era para él "tan sólo una afición".

Representación de Ifigenia (obra de Goethe) en TáurideWolfgang LanghoffInge Keller y Horst DrindaBerlín (1963).

   La muerte de su amigo en 1805 le hace ver la necesidad de recoger con cuidado sus obras en lugar de someterlas a periódicos autos de fe, de pedir incluso la devolución de sus cartas a sus propios destinatarios y de iniciar la redacción de una autobiografía, 'Poesía y verdad', que terminaría, como la segunda parte de 'Fausto', poco antes de morir.

Monumento a Goethe en Leipzig

   La vida dio tiempo a Goethe para presenciar la ruptura que supuso la Revolución de 1830, que entre otras cosas trajo el arrumbamiento a un plano secundario del arte, la literatura y la filosofía en favor de la industria, las comunicaciones y el crecimiento de las ciudades.

   Como mantiene Safranski, tras unos años de olvido, su figura emergió de nuevo como "ejemplo iluminador de lo lejos que puede ir quien asume como tarea de la propia vida el proyecto de llegar a ser lo que él es", ya sea orientando sus débiles tentáculos en una sola dirección o, como en el caso de Goethe, en todas.


Casa natal de Goethe en Fráncfort, reconstruida tras la II Guerra mundial.



A Goethe no le gustaban Beethoven ni Schubert. Pero sí Bach, Mozart o músicos menos conocidos de su tiempo como Reichardt.

   Goethe disfrutó de una larga vida. Había nacido en 1749 y murió en 1832, a los 83 años. Esa longevidad le permitió conocer distintas tendencias y modas literarias y musicales. En el terreno de la música, Goethe, autor de una Teoría de los Sonidos, a la que dedicó muchos años, tenía unas preferencias que podrían sorprender, más de dos siglos después. De sus contemporáneos no llegó a conectar con Beethoven, ni con Schubert, hoy considerado el “músico de Goethe” por excelencia, pero sí con Mozart, Mendelsohn, Bach, Haendel o con músicos de su tiempo hoy menos conocidos como Reichardt, Kayser o Zelter.

   Johann Friedrich Reichardt, quien llegaría a ser el último director de orquesta de Guillermo Federico II, contaba, más o menos, con la misma edad que Goethe. Puso música a obras para escena de Goethe y también convirtió, antes que Schubert, más de 100 poemas de Goethe en exquisitos lieder. Desde el punto de vista cuantitativo, Reichardt sería, según el estudioso Eustaquio Barjau (autor de Goethe y la música, Ediciones Singulares) el " músico de Goethe por antonomasia".

Comunicación por cartas

   En aquella época esas colaboraciones se hacían por correspondencia. Pero Reichardt le comunicó muchas veces al poeta su deseo de conocerle personalmente. Y así en 1789, el compositor se alojó en la casa de Goethe en Weimar, durante algunas semanas. Allí, el poeta le ofreció el libreto de Erwin y Elmire, una historia de amores y desengaños entre dos parejas cercana a la opera buffa que con música de Reichardt se estrenaría en la corte de Weimar.

   Reichardt, que también era escritor, veló por respetar las intenciones poéticas del autor de Fausto y con su música dar a sus poemas “más fuerza, más encanto”, diría. Su objetivo era “rodear, abordar la entidad de un poema de la forma más sencilla pero más significativa” La prueba de ello son sus lieder con texto de Goethe, como Die schöne nacht (“La noche encantadora”) donde leemos “ahora dejo esta choza, mi querida morada y deambularé con pasos silenciosos, amortiguados por el oscuro y lúgubre bosque” y al que dotó de una sensibilidad musical que podríamos definir como prerromántica.

Goethe sí miró al pasado

   Al vivir tantos años, Goethe conoció, en música, el final del Barroco y el comienzo del Romanticismo, pasando por el Clasicismo. Así llegó a interesarse no sólo por Mozart y Haydn sino también por figuras como las de Haendel y Bach.

   Aunque habían pasado ya varios años de la muerte de J.S. Bach y el compositor había sido olvidado por muchos, Goethe sí llegó a conocer su música y a emocionarse con obras como La pasión según San Mateo y El clave bien temperado.

   Sobre la música del Cantor de Santo Tomás, escribió “era como si la eterna armonía del universo hablara consigo mismo, como lo habría hecho en el pecho de Dios, antes de la creación del mundo.



An Mignon (Goethe) aus J.Fr. Reichardt: Lieder von Liebe und von der Einsamkeit




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