martes, 10 de diciembre de 2019

CANTO DE ESPERANZA




                                     
                                    ESOS LOCOS BAJITOS -  JOAN MANUEL SERRAT



                             

   Los niños lloran por el mundo que les vamos a dejar y porque su mirada se pierde en un pozo oscuro sin apenas un haz de luz y por ello, se sienten obligados a sobrevivir todos los días y a ver el mundo de diferente modo después de observar como su familia se pierde en el montón de la indiferencia, la desidia y el conformismo. ¿La belleza de todo esto? Es que no la tiene. Aquí vives cada día como si fuera el último, sin pensar que nos deparará el mañana.

  Por otro lado, los viejos lloran por la soledad que les salpica de ruido y la desesperanza propiciada por el abandono. Abandono que nos priva de la posibilidad de admirar su sabiduría y aprovechar su experiencia, y todo porque van a su ritmo…sólo un poco más lentos, más sordos y más ciegos. Lentitud, sordera y ceguera que es sólo física, no emocional ni intelectiva.

   Los demás intentamos vivir con la única belleza que nos queda de esta sombría situación, la belleza del saber apreciar la vida, sin importar lo material, el conocimiento que se tenga o incluso la creencia que defiendas.

   Un servidor se rebela ante este negro panorama y propone ponerlo todo patas arriba y reconstruir un mundo diferente. ¿QUIMERAS, UTOPÍAS, ENCANTAMIENTOS?

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Carta de un padre a un hijo

   ¡Querido hijo…! Mientras duermes, viéndote descansar, desde cierta distancia, pienso en ti. Cuando la noche llega y el cansancio parece ganar la batalla, el silencio se alía con el alma y salen a combatir misteriosamente, trayendo al corazón tantas preguntas…

    ¡Cuánto te quiero! Es lo primero que me brota del corazón. Cuánto te quiero… No sé explicártelo muy bien… Tal vez cuando seas padre lo descubrirás por ti mismo. Un amor proporcional al sufrimiento que siento, a veces. Cuando uno ama, se abre al sufrimiento. Uno no puede amar sin darse, sin vaciarse, sin desnudarse, sin exponerse.

   Desde que apareciste, yo soy más fuerte en mi fragilidad. Y sufro más. Y amo más. Y soy más. ¿Eres feliz? Es la pregunta fundamental que, creo, más atormenta a un padre. Sé que tu felicidad no depende de mí, ni soy yo quién te la va a proveer, pero no puedo dejar de pensar si estoy acertando para ayudarte en esta tarea que hay que afrontar. Porque la felicidad no depende tanto de lo de fuera como de lo que uno cocina por dentro. Esa interioridad, ese misterio que nos habita, nuestras aspiraciones, nuestros sueños, nuestro dolor, nuestra serena alegría, el amor que damos y percibimos… Yo te veo feliz pero también percibo que no llego a todo lo que eres. Te conozco y no alcanzo a conocerte por completo a la vez. Y eso, en parte, me llena de preocupación. ¡Querría conocerte por entero! Pero eso sería casi poseerte… Y no, no eres mío.

   Muchas noches, al acostarme, intento relajarme, asumirme como padre con todos mis errores: no debería gritarte, ni regañarte, ni decepcionarte, ni confundirte, ni exigirte más allá de lo que puedes dar… Pero te amo, te espero siempre, te perdono, te curo las heridas. Sueño con lo mejor para ti, veo el diamante que te habita y los dones que te han sido dados. Me gusta que me abraces, que descanses en mí, que busques refugio en mis besos, en mi mirada. Aún recuerdo cuando con cinco años, cuando mamá nos dejó, lo que me dijiste una noche a la hora de irte a dormir, pidiéndome que te dejara acostarte en mi ancha cama: “Papi, no te preocupes, a partir de hoy, yo voy a ser tu marida”. Tuve una sensación extraña, pero, al mirar el brillo de tus ojos inocentes, no pude evitar que brotaran unas lágrimas de los míos, como tampoco pude evitar fundirme en un abrazo eterno contigo, para después decirte, “contigo, al fin del mundo”.

                                       

  ¡Qué difícil enseñarte! ¡Qué difícil educarte! ¿Dónde poner límites? ¿Cuándo apretar para sacar lo mejor de ti y enseñarte el camino del esfuerzo, de la tarea, de la misión, de la fidelidad, de la fortaleza? ¿Cuándo abrir simplemente los brazos y recibirte vencido, sin más? ¿En qué cosas me excedo y en cuáles me quedo corto? Me gustaría contarte muchas cosas, llevarte a mil sitios, que vivieras mucho de lo que yo he vivido y descubierto… Creo que me quedo corto en mucho, pero lo asumo. También este camino es personal y sólo tú puedes andarlo. Te acompañaré siempre, como padre.

   Me voy despidiendo. Gracias por ti. Gracias por lo que me enseñas. Gracias por tu coraje, por tu alegría, por luchar por tu autonomía. Gracias por quererme y dejarte querer.

                                





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