miércoles, 18 de diciembre de 2019

AMOR-ODIO (I)

    


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    ¡Cuidado!. El odio es una planta que prospera en seguida.


   


    Hace unos días tuve el “gustazo” de tropezarme con un excelente artículo en el diario La Opinión, firmado por un magnífico periodista, que no es otro que Juan Cruz Ruiz, lo cuelgo aquí porque me merece mucho la pena contribuir a su difusión, desde esta humilde atalaya, a ver si cunde el ejemplo.   


La construcción del odio

   Conocí demasiado pronto las consecuencias del odio. Entonces ni siquiera sabía del alcance de tremenda palabra, construida con letras que, juntas, significan la más sonora de las agresiones, o la madre de todas las agresiones. Esa vez me lo contaron, quizá me lo contó mi madre: un hombre había atacado a otro en el barrio y le había arrancado, de una mordida, su oreja.

   Esa historia, una más de las que escuché entonces, me ha perseguido toda la vida como una metáfora del descuido de los afectos, como el símbolo de lo último que puedes hacer, lo más perverso, para mostrar tu malestar o desacuerdo. Se empieza por el desafecto, se sigue por las palabras gritadas, y al final la sorda tentación, cumplida, de la agresión física.

   Las guerras empiezan igual, primero están las palabras, los desacuerdos, los guiños despectivos, y finalmente uno de los dos dispara y el cielo se nubla con la metralla. Mi madre también contaba cómo empezó la guerra entre nosotros, en nuestro propio pueblo, pues la guerra civil se hizo, se construyó, alimentando el odio pueblo a pueblo. En cada pueblo se hizo un monumento chiquito, mezquino, al odio, y sobre ese monolito de porquería cada uno sentía que tenía razón en su odio contra el otro.

   El caso de mi pueblo nada fue distinto, pues, a lo que ocurrió en cada pueblo de España. Primero fue la burla de las personas, por su condición social o económica, por su manera de ser o de preferir, por sus orientaciones políticas o de otro tipo. Esa burla luego se convirtió en delación, finalmente en detención y, en muchos casos, en asesinato, o en denuncia para que instancias arbitrarias pero judiciales terminaran atrozmente esta minuciosa construcción alevosa del odio.

   Ahora ya han empezado las palabras, y en algunos casos los hechos. El odio se nota en la manera de hacer y de decir, y están encharcando de aguas malolientes, y maledicentes, el ámbito donde debe cuidarse el acuerdo y no el odio. Ese ámbito es la política, cuyo centro natural es el hemiciclo parlamentario. Puede interpretarse como anecdótico lo que sucedió en el hemiciclo cuando se puso en marcha la presente y aun breve legislatura. Señorías, aunque jóvenes o inexpertas, adiestradas ya en las dudosas virtudes del odio, expresaron en sus distintos juramentos desacuerdos muy básicos contra el sistema democrático que nos une, la Constitución.

   Y unos arrojaron contra otros sus formas de vivir el patriotismo, que es históricamente el árbol, escuálido muchas veces, en el que se basa la construcción del odio.

   Esa imagen sucesiva de los juramentos es un muy peligroso precedente. Pues la mayor parte de los que, de un lado al otro del hemiciclo, usaron ese breve momento para poner sobre la mesa, sobre los escaños, armas de las cuales parece que nunca se bajarían. Y parlamentar significa hablar para buscar acuerdos. Machotes (hombres y mujeres), poseídos por la verdad de cada una de sus patrias, posaron para la posteridad que juraban por una cosa concreta («por España», incluso) y no por esa metáfora de una larga época, que es simple y llanamente la Constitución, que es la ley de la que emanan las leyes que hay que cumplir o reformar en cada legislatura. Los diputados no son votados, en cada convocatoria, para otra cosa.

   Francisco Ayala, el académico que estuvo exiliado tras la Guerra Civil en varios lugares de América, me contó muchas veces una de las raíces de la guerra. No difería de lo que me decía mi madre acerca de lo que pasó en nuestro pueblo. Personas disgustadas, por cualquier razón, incluidas razones extremadamente privadas o espurias, denunciaban a vecinos a los que habían empezado por retirar el saludo. Luego venían todas las tropelías, de modo que al final las víctimas desconocían de veras las raíces de tanta inquina, y así hasta las puertas de la muerte o ante la muerte misma.

   Ahora el lenguaje está alcanzando, en la nación, y en el mundo, su punto atroz de ignición. Están quemando las palabras; los insultos saltan de las redes a los parlamentos y a los medios; medias mentiras son medias verdades o, lo que es peor, mentiras y burlas absolutas, y el ciudadano (político, empresario, trabajador, cualquiera) se siente indefenso, presto a que, en modo metafórico y real, cualquiera le retire el saludo o le muerda una oreja.

“Cuidado. El odio es una planta que prospera en seguida”.


                                                                                                                              

¿Por qué del amor al odio solo hay un paso?



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   No es casualidad que tengamos un refrán para casi todo. En realidad, el extenso refranero, en ocasiones un compendio de psicología, refleja la tendencia de nuestro cerebro a dejarse guiar por aquellas creencias que con alta probabilidad funcionan. Tampoco es casualidad que ante una decisión importante pidamos consejo a las personas de nuestra confianza. Refranes y consejos hacen las veces de protocolos que nos indican cómo actuar en cada ocasión sin tener que tomarnos la molestia de poner en marcha un complicado proceso de toma de decisiones en cada ocasión. Se trata de atajos de pensamiento, o heurísticos, que nos indican cómo actuar en cada ocasión sin tener que pensarlo mucho.

   Investigadores de la Universidad de Brown, en Rhode Island (Estados Unidos), han descubierto que esa tendencia a seguir los consejos ya sea del refranero o de otras personas está determinada por nuestros genes, como explicaron en «Journal of Neuroscience».
 
    Del amor al odio sólo hay un paso, no sólo en el refranero, también en el cerebro. Ambos sentimientos comparten estructuras, según un estudio llevado a cabo en 2008 por Semir Zeki: el núcleo caudado, que forma parte del sistema de recompensa del cerebro, y la ínsula, donde tiene lugar la integración emocional y multisensorial. Para sorpresa de Zeki y su equipo, en su estudio vieron que el odio se origina de forma irracional en las mismas áreas donde antes surgió la pasión amorosa y que activa algunas regiones del cerebro comunes al enamoramiento.

   Pero a diferencia de lo que ocurre con el amor, que inhibe gran parte de la corteza cerebral, donde se procesan las ideas racionales, en el odio estas regiones están activas. Es más, algunas de las regiones corticales están hiperactivas, posiblemente para calcular o procesar mejor las acciones destinadas a dañar a la persona que se odia, afirma Semir Zeki.

   Y es que cuando la persona a la que amamos deja de merecer ese sentimiento, nos volvemos mucho más críticos con ella. Casi automáticamente empezamos a encontrar defectos que antes no veíamos. Es una defensa psicológica de nuestro cerebro que trata de reducir el desacuerdo entre nuestros sentimientos y la realidad. A esa discrepancia la  llamamos “disonancia cognitiva”. Para sentirnos bien tenemos que reducir la disonancia. Y puesto que no podemos modificar la realidad, optamos por cambiar la forma de pensar sobre ella. Y los defectos afloran para minimizar la pérdida sufrida…
   
   
El cerebro tiene tendencia a dejarse guiar por las creencias que funcionan, como algunas recogidas en el refranero. “Tener dos dedos de frente”, “contar hasta diez” o “el amor es ciego” son creencias populares con un fundamento biológico. 
  

   En nuestro cerebro hay dos regiones con «puntos de vista diferentes» sobre cuánto debe influir en nuestra forma de pensar la información que recibimos. Por un lado, tenemos a la corteza prefrontal, encargada de la planificación de conductas complejas, la conducta social, algunos aspectos del lenguaje y está implicada también en la personalidad, que «prefiere» tenerlo todo bajo control y suele hacer caso a los consejos y creencias.

  Justo por debajo de la parte delantera del cerebro (denominada lóbulo frontal), se sitúa otra estructura, llamada estriado, que forma parte de sistema de recompensa del cerebro y “prefiere” ser autodidacta y tiene por costumbre aprender de la propia experiencia. Se sabe que nuestra forma de actuar ante una determinada situación está determinada por un equilibrio entre estas dos estructuras.

   Ante una actividad nueva se impone en principio la corteza prefrontal y nos guiamos por los consejos o creencias previas. Pero con el tiempo la experiencia personal recogida en el estriado, toma el mando. El «mediador» entre ambas regiones del cerebro es el neurotransmisor dopamina.

   Y precisamente a la corteza prefrontal hace referencia el primero de los refranes que la neurociencia puede explicar:
  
“Tener dos dedos de frente”
  
  La parte del cerebro situada detrás de la frente se encarga de la planificación, toma de decisiones y el juicio moral. La frase tener dos dedos de frente para referirse a una persona juiciosa tiene una explicación desde la neurociencia. En el lóbulo frontal reside nuestra capacidad para planificar, tomar decisiones y es también el lugar donde se graban las normas sociales. En definitiva, podría decirse que esta zona del cerebro es la que nos ennoblece, o no... Cuando esta zona se ve afectada la personalidad cambia.

   Fue lo que le sucedió en 1848 a Phineas Gage, un joven de 25 años empleado del ferrocarril de Nueva Inglaterra. Gage era una persona amable, competente y responsable que, como capataz, tenía a su cargo a varios operarios. Su trabajo consistía en abrir el camino de la futura línea de ferrocarril con explosivos. Entre sus funciones estaba la de colocar cargas explosivas en agujeros taladrados en las rocas para removerlas. Rellenaba el agujero con pólvora, colocaba un detonador y lo tapaba con arena, que después aplastaba con una barra de hierro. Pero la mañana del 13 de septiembre mientras trabajaba, algo falló. La pólvora detonó antes de tiempo y la barra de hierro que utilizaba atravesó su cabeza. Entro por la mejilla izquierda y salió por la parte superior del cráneo. La barra pesaba cinco kilos, medía más de un metro de largo y dos centímetros y medio de diámetro. Gage quedó tendido en el suelo, algo aturdido, aunque no llegó a perder el sentido. Incluso tuvo humor para bromear con el médico que le atendió más tarde: “Doctor, aquí tiene trabajo”, le dijo. A pesar del agujero de su cabeza, se recuperó aparentemente sin secuelas. Podía caminar, hablar correctamente, no tenía ninguna zona paralizada y su inteligencia no parecía afectada.

   Sin embargo, los que le conocían se dieron cuenta de que algo había cambiado. Ahora era descuidado en su trabajo, del que finalmente le expulsaron. Se volvió impertinente y grosero. Gage ya no era Gage, decían sus amigos.

   ¿Qué había pasado? La barra había lesionado parte del lóbulo frontal de su cerebro, justo la que está detrás de la frente, Como ahí residen la capacidad de planificación, la toma de decisiones y también está implicado en el juicio moral, las cosas empezaron a ir mal para Gage. Este hombre del que podría decirse antes del accidente que tenía "dos dedos de frente", según le describen quienes le conocían bien, ahora se habían convertido en una persona poco juiciosa.

   Este famoso caso estudiado en todas las facultades de Medicina y Psicología fue la primera evidencia de que las normas éticas y sociales quedan grabadas en nuestro cerebro y que podían "perderse" por una lesión.

     La película "A propósito de Henry" dirigida por Mike Nichols, lleva a la pantalla el caso de un moderno Phineas Gage: un brillante abogado con pocos escrúpulos que recibe un disparo en lóbulo frontal. Pero en esta ocasión y a diferencia de lo que le ocurrió al capataz del ferrocarril, por la magia del cine la personalidad de Henry también cambia, pero para convertirle en una persona mucho más “humana” que antes del accidente.



                                                   A propósito de Henry - Trailer
   














  




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