sábado, 9 de noviembre de 2019

ROMÁNTICOS




ROMANTICISMO: LOS ORÍGENES DE LA CONTEMPORANEIDAD




   El Romanticismo se manifiesta en la cultura europea como una reacción a las tendencias uniformizadoras de la cultura afrancesada del siglo XVIII, basadas en el predominio de la Razón. Se origina, por lo tanto, en ámbitos alejados de los núcleos más desarrollados de la cultura ilustrada y su triunfo sólo tiene lugar ya a finales del Siglo de las Luces, tras la superación de estos modelos imperantes anteriores. Es cierto que uno de los teóricos de la exaltación de los sentimientos fue una persona muy vinculada a la cultura francesa de la segunda mitad del siglo, Jean-Jacques Rousseau, pero su pensamiento no llegó a penetrar en los circuitos culturales establecidos de una forma profunda sino más bien como una moda superficial que se adaptó de inmediato a los modelos neoclásicos –pastoriles, didácticos...- que triunfaban en los medios ilustrados. La nueva etapa cultural conocida como Romanticismo a finales de siglo tendrá en cuenta esas ideas innovadoras de Rousseau pero habrá de organizar todo su nuevo modelo estético de sustitución al margen de las formas rápidamente anticuadas utilizadas por el ginebrino.

   De este modo, la renovación cultural romántica se origina en ambientes en los que la presión de Neoclasicismo había sido menor o más superficial, como Gran Bretaña o Alemania. Por otra parte, sus orígenes, previos a la Revolución Francesa, hubieron de acomodarse sobre la marcha a la inmensa repercusión histórica de los cambios políticos e ideológicos acontecidos en Francia y, sobre todo, a las posteriores guerras napoleónicas. Hay que tener en cuenta que la transformación de la cultura europea fue radical a finales del siglo XVIII provocando el paso de la Edad Moderna a la Contemporánea. Las ideas estéticas renovadoras de la época, es decir, el Romanticismo, como suele suceder, se anticiparon a los acontecimientos históricos pero de inmediato se vieron moduladas por estos.

   El Romanticismo, que comienza como una mera reivindicación de los sentimientos, se impone definitivamente antes de que acabe el siglo como una apología del depositario de esos sentimientos, el individuo. Mientras que la Razón, tal y como propugnaba la propia Ilustración, se presentaba como motor y garante de la organización social, el predominio del Sentimiento va a reivindicar la preeminencia del Individuo y con ella, en el terreno artístico, el rechazo de las normas, concebidas como convenciones impuestas por la sociedad al individuo.

   De inmediato, este prejuicio a favor del individuo va a conectar con movimientos políticos potenciados por las guerras napoleónicas a favor de la “individualidad colectiva”. Por un lado, se va a insistir en la unidad nacional de países fragmentados, como Alemania o Italia, y por otro, en la fragmentación, también nacional, de grandes bloques estatales como Austria o Rusia. En ambos casos, el proceso es similar, vinculado siempre al auge del nacionalismo: se rechaza el imperio de normas comunes a toda la cultura europea para insistir en la primacía de la individualidad creadora –más como teoría que como práctica- y, sobre todo, en el prestigio de normas localmente comunes surgidas de un supuesto “genio nacional”.

   De este modo, por vez primera en la historia de la cultura europea, el punto de partida del nuevo modelo cultural renunciaba, al menos en teoría, a la búsqueda de pautas comunes para la elaboración de las manifestaciones artísticas de todo el continente. Es el comienzo de la Etapa Disolvente.

   Es cierto que los poetas van a invocar su derecho a la originalidad y el individualismo pero, a la hora de la verdad, ese individualismo no va a ir más allá de la imitación de modelos de prestigio, como venía sucediendo en todos los periodos de la cultura europea desde la Edad Media. El caso más llamativo y en ciertos casos hasta ridículo es la inmensa presión imitativa que la figura de Lord Byron ejerció sobre los principales poetas líricos de todas las lenguas europeas, no solo en su forma de escribir sino incluso en su vida privada.

   Históricamente, el Romanticismo ha sido un movimiento cultural de una importancia enorme por tres causas. En primer lugar, por la profunda ruptura que llegó a suponer en relación con el pasado inmediatamente anterior; en segundo, por la perfecta conjunción que mantuvo con los cambios políticos y sociales de su época, en lo cual admite una comparación directa con el Renacimiento del siglo XVI; por último, por su prolongada extensión en el tiempo. Téngase en cuenta, en relación con esto último, que las ideas básicas del Romanticismo se prolongaron a lo largo de todo el siglo XIX, de forma más o menos cuestionada, y se hallan en la base no sólo del Simbolismo de finales de siglo sino de la propia Vanguardia

Romanticismo francés



Víctor Hugo, por Léon Bonnat (1879).
  El Romanticismo francés tuvo su manifiesto en Alemania (1813), de Madame de Staël, aunque el gran precursor en el siglo XVIII fue Jean-Jacques Rousseau, autor de Confesiones, Ensoñaciones de un paseante solitario, el Emilio, Julia, o La nueva Eloísa y El contrato social, entre otras obras.
 En el siglo XIX sobresalieron François-René de Chateaubriand, Víctor Hugo, Charles Nodier, Alphonse de Lamartine, Alfred Victor de Vigny, Alfred de Musset, Gérard de Nerval, George Sand, Alexandre Dumas (tanto hijo como padre), entre otros; son los mayores representantes de esta estética literaria.
  Junto a estos autores, cabe reseñar el resurgimiento de literaturas en lenguas no oficiales como la provenzal, en la que escribe el grupo Félibrige, acaudillado por el gran poeta Federico Mistral y que pretende restaurar la antigua poesía trovadoresca medieval. Entre sus obras cabe destacar la Mireya de Mistral.

Romanticismo inglés



Retrato de John Keats por William Hilton
   El Romanticismo comenzó en Inglaterra casi al mismo tiempo que en Alemania; en el siglo XVIII ya habían dejado sentir un cierto apego reaccionario por la Edad Media (los prerrománticos Thomas Chatterton, James Macpherson) y una nueva sensibilidad melancólica había sido explorada por los llamados Poetas de cementerio, corrientes ambas que convergen en el Prerromanticismo inglés; pero el movimiento surgió a la luz del día con los llamados Poetas lakistas (Wordsworth, Coleridge, Southey), y su manifiesto fue el prólogo de Wordsworth a las Baladas líricas publicadas conjuntamente por los dos primeros, aunque ya lo habían presagiado en el siglo XVIII Edward Young con sus Pensamientos nocturnos o el originalísimo William Blake.
  Lord Byron, Percy Bysshe Shelley, Mary Shelley y John Keats son los líricos canónicos del Romanticismo inglés. Después vinieron el narrador Thomas De Quincey, y los ya postrománticos Elizabeth Barrett Browning y su marido Robert Browning, este último creador de una forma poética fundamental en el mundo moderno, el monólogo dramático.
 En narrativa destacan el escocés Walter Scott, creador del género de novela histórica moderna con sus ficciones sobre la Edad Media inglesa y escocesa, imitadas en todo el mundo y hasta en la propia Escocia por Robert Louis Stevenson, y otro nuevo género romántico, las novelas góticas, entre las cuales destacan Los misterios de Udolfo (1794), de Ann Radcliffe, Las aventuras de Caleb Williams (1794) de William Godwin, El monje de Matthew Lewis o Melmoth el Errabundo, de Charles Maturin.

Romanticismo alemán



Goethe en la campiña romana (año 1799), por Johann Heinrich Wilhelm Tischbein.

Busto de Novalis

El filósofo alemán Friedrich Schelling.
  El Romanticismo alemán no fue un movimiento unitario. Por ello se habla en las historias literarias de varias fases del Romanticismo. Una etapa fundamental fueron los años noventa del siglo XVIII (Primer Romanticismo), pero las últimas manifestaciones alcanzan hasta la mitad del siglo XIX.
  Una gran importancia en su nacimiento tuvieron dos movimientos, uno espiritual, el Pietismo, que se desarrolló mucho en Alemania durante la segunda mitad del siglo XVIII y el primer tercio del XIX y procuraba renovar la religión protestante volviendo a la religiosidad individual e íntima frente a los aspectos más formalistas y teológicos del culto, para hacer la religión cada vez más un asunto del corazón y de la vida y no sólo de la inteligencia, y otro de orden estético y anticlásico, el Sturm und Drang.
  Los filósofos dominantes del romanticismo alemán fueron Johann Georg Hamann y Johann Gottfried Herder y, sobre todo, Johann Gottlieb Fichte, con su insistencia en la lucha del yo contra el no-yo, creador del nacionalismo alemán y defensor del iusnaturalismo. Junto con Friedrich Wilhelm Joseph Schelling crearán una corriente fundamental del pensamiento del siglo XIX, el Idealismo alemán, que culminará en Hegel.
  En primer lugar, el Prerromanticismo reaccionó contra la Aufklärung o ilustración alemana con autores como Albrecht von Haller y su poema Los Alpes, seguido por la admiración de lo infinito y lo insignificante en el paisaje de Klopstock y el apasionado y suicida poeta Heinrich von Kleist (1777-1811).
   Después vinieron autores más importantes, la llamada primera generación romántica (Frühromantik). Son Goethe, autor de la obra maestra de esta estética en literatura, las dos versiones del drama Fausto, el dramaturgo Friedrich Schiller, los poetas Friedrich Hölderlin, Novalis y Karoline von Günderrode, así como los ensayistas Ludwig Tieck, hermanos August y Friedrich von Schlegel, Clemens Brentano y Achim von Arnim.
  En la segunda etapa (jüngere Romantik) destacan los hermanos Grimm, Jakob y Wilhelm, importantes filólogos y compiladores de tradiciones y cuentos populares, muchos de ellos de hadas; E. T. A. Hoffmann, creador de relatos fantásticos, y, en el teatro, Georg Büchner fraguará dos tragedias maestras: La muerte de Dantón (1835) y Woyzeck. Otras figuras importantes son Adelbert von Chamisso (1781-1838), autor de La maravillosa historia de Peter Schlemnihl, también sobre el mito de Fausto, y Joseph von Eichendorff, autor de una novela picaresca, Aus dem Leben eines Taugenichts ("De la vida de un tunante", 1826). El poeta más importante es Heinrich Heine, autor de un Romancero y un Libro de cantares.

Romanticismo español



José de Espronceda (1808-1842) es el prototipo de poeta romántico en España. Liberal exaltado, activista político y lírico desbordado, su temprana muerte a los 34 años lo convirtió en el poeta del Romanticismo español por excelencia.
En España el movimiento romántico tuvo precedentes en los afrancesados ilustrados españoles, como se aprecia en las Noches lúgubres (1775) de José de Cadalso o en los poetas prerrománticos (Nicasio Álvarez Cienfuegos, Manuel José Quintana, José Marchena, Alberto Lista...), que reflejan una nueva ideología presente ya en figuras disidentes del exilio, como José María Blanco White. Pero el lenguaje romántico propiamente dicho tardó en ser asimilado, debido a la reacción emprendida por Fernando VII tras la Guerra de la Independencia, que impermeabilizó en buena medida la asunción del nuevo ideario.
Durante la Década Ominosa en España (1823-1833) vuelve a instaurarse un régimen absolutista, y quedan suspendidas todas las publicaciones periódicas, las universidades cerradas y la mayoría de las principales figuras literarias y políticas en el exilio; el principal romanticismo era el núcleo cultural español se sitúa, sobre todo, en Gran Bretaña y Francia. Desde allí, periódicos como Variedades, de Blanco White, contribuyeron a fomentar las ideas del Romanticismo entre los exiliados liberales, que paulatinamente fueron abandonando la estética del Neoclasicismo.
Mariano José de Larra. José Gutiérrez de la Vega. (Museo Nacional del Romanticismo de Madrid).

En la segunda década del siglo XIX, el diplomático Juan Nicolás Böhl de Faber publicó en Cádiz una serie de artículos entre 1818 y 1819 en el Diario Mercantil a favor del teatro de Calderón de la Barca contra la postura neoclásica que lo rechazaba. Estos artículos suscitaron un debate en torno a los nuevos postulados románticos y, así, se produciría un eco en el periódico barcelonés El Europeo (1823-1824), donde Buenaventura Carlos Aribau y Ramón López Soler defendieron el Romanticismo moderado y tradicionalista del modelo de Böhl, negando decididamente las posturas neoclásicas. En sus páginas se hace por primera vez una exposición de la ideología romántica, a través de un artículo de Luigi Monteggia titulado «Romanticismo».
   Por otro lado, algunos escritores liberales españoles, emigrados por vicisitudes políticas, entraron en contacto con el Romanticismo europeo, y trajeron ese lenguaje a la muerte del rey Fernando VII en 1833. La poesía del romántico exaltado está representada por la obra de José de Espronceda, y la prosa por la figura decisiva de Mariano José de Larra. Un romanticismo moderado encarnan José Zorrilla (dramaturgo, autor del Don Juan Tenorio) y el duque de Rivas, quien, sin embargo, escribió la obra teatral que mejor representa los temas y formas del romanticismo exaltado: Don Álvaro o la fuerza del sino.
   Un Romanticismo tardío, más íntimo y poco inclinado por temas político-sociales, es el que aparece en la segunda mitad del siglo XIX, con la obra de Gustavo Adolfo Bécquer, la gallega Rosalía de Castro, y Augusto Ferrán, que experimentaron el influjo directo con la lírica germánica de Heinrich Heine y del folclore popular español, recopilado en cantares, soleás y otros moldes líricos, que tuvo amplia difusión impresa en esta época.

¿Qué es el romanticismo?

   Según la RAE es un Movimiento cultural que se desarrolla en Europa desde fines del siglo XVIII y durante la primera mitad del XIX y que, en oposición al Neoclasicismo, exalta la libertad creativa, la fantasía y los sentimientos sobre la razón y el examen crítico.

   Picoche decía a sus estudiantes: «Por favor, no empleen nunca la palabra romanticismo. Es una palabra peligrosísima porque tiene tantos sentidos diversos y hasta opuestos que no significa nada si no se explica de qué manera se la entiende, y eso es muy difícil». Y les proponía diversos ejemplos tan opuestos como una novela de amoríos juveniles y apasionados, y unas leyendas lúgubres con apariciones de sombras ensangrentadas. Eso para mostrarles que dicha palabra es algo que puede tener tantos sentidos que más vale dejarla. Lo malo es que es difícil evitarla. No queda pues otro remedio que aclarar lo que significa. Hubo muchas tentativas para definir el romanticismo y todas fracasaron. Se trata tan solo de llegar a una explicación satisfactoria para todos. Cosa difícil, es verdad, pero posible.

Origen
   Ante todo, es necesario aclarar el origen del movimiento, lo que ha de facilitar la manera de juzgar las cosas. Generalmente, se considera que se sitúa en Inglaterra o en Alemania a fines del siglo XVIII. Pero, si la fecha es exacta, el lugar no se justifica. ¿Dónde se produce un acontecimiento histórico capaz de cambiar las ideas, la manera de vivir y de pensar del mundo? Forzosamente, se trata de un acontecimiento excepcional que trastorna completamente la vida y produce una reacción general. Se trata de la mal llamada Revolución Francesa. No es que los revolucionarios franceses que se cortaban la cabeza unos a otros con júbilo intenso fueran ya románticos. Eran unos fanáticos guiados por la Diosa Razón, pero los actos de tales señores a nadie pudieron dejar indiferentes.

   Una vez terminada la revolución se alza la figura extraordinaria de Napoleón I. Desde luego, el personaje tampoco es un romántico sino un ambicioso calculador. Sin embargo, el mundo contempla el espectáculo de un hombre de estirpe humilde, capaz de alzarse hasta los honores y poderes máximos, de conquistar gran parte de Europa y que, después de su caída, se muere en una islita del atlántico. Dicho espectáculo constituye un modelo trágico, impuesto a la humanidad. Es el tipo perfecto del héroe romántico a pesar suyo. La muerte de Napoleón en Santa Elena en 1821 coincide con el verdadero movimiento romántico.

   No es una casualidad que la tercera sinfonía de Beethoven esté dedicada a Napoleón. La revolución y el Imperio napoleónico provocan un trastorno general de Europa, capaz de edificar un movimiento universal. Todo cambia en 1815. Caída de Napoleón y vuelta de Luis XVIII. Los europeos se sienten aliviados de un gran peso y tienen tiempo para reflexionar. Políticamente, se dividen entre los que consideran que la revolución fracasó y hay que continuarla, y los que ansían la vuelta a la situación anterior. Ambos se equivocan. No es posible volver sencillamente a lo pasado, tampoco se puede reanudar enseguida con la violencia. Son dos maneras de ver la vida que topan con un muro. La insatisfacción de los neo–revolucionarios y de los reaccionarios provoca la duda y el sarcasmo. Nadie está contento. Unos se refugian en el tiempo pasado para recordar las grandezas de la patria, otros ambicionan un trastorno definitivo de la sociedad. Despechados, escriben, pintan, componen música, ambicionan una política mejor.

   Entonces, nace una profusión enorme de obras, no exclusivamente literarias marcadas por ese desasosiego. ¿Revolucionario? ¿Reaccionario el romanticismo? Los dos evidentemente y a veces en una sola persona.

   No es un movimiento con meta definida. Al contrario, es algo como la explosión de un volcán cuyas cenizas caen por donde quieren.

Un catálogo

   ¿Cómo decidir si una obra es romántica o no? Resulta casi imposible por la imposibilidad de tener una definición precisa. Preguntamos: ¿Es romántica la pintura de Goya? ¿Sí o no? ¿Es romántica la obrita póstuma de Cadalso llamada Las noches lúgubres (conocida en 1798) o no es más que una mala imitación de Young o un recuerdo autobiográfico? Quien lo dirá con argumentos convincentes no ha nacido todavía y, finalmente tal definición ¿tiene alguna importancia? ¿No vale más ver o leer tales obras sin ponerles una etiqueta? Pero si no tiene importancia, ¿Por qué discutimos sobre asuntos tan poco importantes? Para aclarar las cosas, lo mejor es no hablar de “romanticismo” sino de “literatura del siglo XIX”, lo que no sufre ninguna discusión, pero no aclara la definición de lo romántico de las obras de Gil y Carrasco y coetáneos. Así que estamos dando vueltas sin aclarar nada. Si muchos consideran que el Romanticismo nació a finales del siglo XVIII, es decir, en tiempos de revolución, basta leer los poemas y los discursos de los revolucionarios (por ejemplo, las ridículas palabras de la Marsellesa), para darse cuenta que se trata de un perfecto ejemplo de neoclasicismo. Lo mismo diríamos de la poesía de Quintana y los numerosísimos poemas al Dos de Mayo o para glorificar al general Espartero, publicados a lo largo del siglo XIX.

Lo hermoso y lo feo
   Es cierto que el origen del Romanticismo, lo encontramos en las Revoluciones de fines del siglo XVIII por el trastorno que causaron por el mundo entero. El hecho más importante fue el asesinato legal del rey Luis XVI. El rey que debe decidir, proteger y mandar se ve acusado y condenado por sus propios súbditos. Es una inversión total de los valores.

   A partir del momento en que una asamblea se declara oficialmente regicida, todo se entiende al revés. Los regicidas franceses llamados Clément, Ravaillac o Damien, eran autores del crimen absoluto y sufrieron un castigo horroroso pero merecido. Al contrario, cuando se proclama oficialmente que una nación entera es regicida, la gente puede pensar que todo se ha trastornado. Trastornado ¿qué quiere decir eso? Significa que no hay ningún valor seguro. Hubo entonces caricaturas que proclamaban: “Lo bello es lo feo” y tales caricaturas tenían razón. Un pintor como el Goya de la Quinta del Sordo estaba persuadido que, efectivamente, lo bello es lo feo. A partir de esta consideración, todo es posible. La caída en la nada del Don Álvaro del Duque de Rivas, el satanismo de El estudiante de Salamanca de Espronceda, la pasión del Amor de los amores de Carolina Coronado, el ideal monárquico del Zapatero y el rey de Zorrilla (que más que Don Juan Tenorio es su obra maestra), la fidelidad absoluta de Los amantes de Teruel de Hartzenbusch, la investigación de Durán para conseguir una colección de romances antiguos, la religión mística de Tula Avellaneda, todo esto revela que todo y su contrario es posible y podríamos citar otras tantas obras tan contradictorias. El romanticismo es un conjunto de tendencias religiosas y satánicas, progresistas y reaccionarias, dirigidas a un pasado histórico o legendario, una voluntad de descubrir el mundo o el amor a la patria chica.

Unas fechas

   Si no se puede definir el Romanticismo, demasiado complejo para abrazarlo, ¿es posible fijar unas fechas de principio, apogeo y final? ¿Sería posible verlo nacer hacia 1780 y morir hacia 1840? Claro que no.

   La primera fecha aplicable al nacimiento del romanticismo coincide con el choque universal de la revolución francesa, el asesinato de Luis XVI y el ejemplo vivo de Napoleón I. La segunda porque existen numerosas obras llamadas románticas, más tardías y entre ellas el famoso Señor de Bembibre. Entonces ¿Qué? La contestación es muy sencilla. El Romanticismo nace con el retorno a una vida normal, una vez vencido Napoleón. En 1815 o mejor algunos años más tarde, sobre todo en España donde nace con algunos años de retraso, empieza a manifestarse. Curiosamente, el Romanticismo difícilmente existe sin la paz y la tranquilidad que producen un choque tan fuerte como el de la revolución y la guerra. Los autores, cansados por una época de trastornos terribles se encuentran de repente en la calma total. No tienen nada que hacer y aprovechan este tiempo de calma para crear algo que se llama el Romanticismo.

    En España, la primera guerra carlista estorba el pleno desarrollo del movimiento.

   Ahora bien, ¿ha muerto el Romanticismo, y cuándo? Consideremos las obras de los poetas actuales donde es imposible encontrar reglas de prosodia, la música atonal, la pintura abstracta, la moda absurda y fea (sobre todo femenina) que se nos impone, para comprender que para gran parte de la gente o de los autoproclamados artistas, ¡lo hermoso es lo feo!
   Es necesario pensar que el movimiento de mayo 1968, agitación que se produjo precisamente en un momento de tranquilidad, de plenitud y cuyo lema es “Se prohíbe prohibir”, es un movimiento romántico que sigue imponiéndose en la actualidad. No, el Romanticismo no ha muerto, sigue vigente con sus excesos y sus sinrazones. Si tenemos la sensación de vivir en un mundo absurdo, un Diablo Mundo, es porque los artistas, los políticos y nosotros mismos vivimos en el ambiente magnífico, quizás, pero demoledor, creado a principios del siglo XIX y que llamamos Romanticismo.





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