viernes, 8 de noviembre de 2019

OCULTAR LAS HERIDAS




La herida oculta



El dios de los vacíos
Pilar Adón
 Portada de La herida oculta
En el siglo XXI, la locura ya no existe. Existen, sí, las enfermedades de la mente, esos trastornos crónicos o pasajeros a los que llamamos depresión, ansiedad, esquizofrenia... Heridas ocultas, quizá demasiado, que la ficción literaria ha venido reflejando desde el principio de los tiempos.
De la mano de Ricard Ruiz Garzón, ocho escritores han aceptado renovar ese compromiso y arrojar otra luz sobre el tabú, inventando personajes y universos que revelen los secretos de una realidad tan dura como apasionante, tan próxima como ignorada. Pilar Adón, Álvaro Colomer, Espido Freire, Fernando Marías, Gustavo Martín Garzo, Ricardo Menéndez Salmón y José Carlos Somoza, además del propio Ruiz Garzón, han escrito ocho relatos que describen cómo enfrentarse al abismo y vivir para contarlo.
«¿Por qué ocho ficciones sobre los transtornos de la mente? Sabemos mucho más sobre los desequilibrios de la mente de lo que nunca se ha sabido y, a pesar de ello, callamos. Guardamos silencio, lo ocultamos todo ignorando que, según la Organización Mundial de la Salud, una de cada cuatro personas padecerá algún tipo de transtorno mental a lo largo de su vida. Tratamos de olvidar, por miedo o por vergüenza, que nadie es inmune al asalto de la cordura. Y con todo ello, aumentamos sin necesidad el dolor de los afectados. La herida oculta busca arrojar luz sobre ese padecimiento clandestino, secreto a veces, y busca hacerlo mediante el espejo de la ficción literaria.»


El dios de los vacíos

   El silencio existe, y Caterina Vidal lo sabía porque lo había visto varias veces cuando era niña. Lo vio en el rostro ausente de su madre y a lo largo de la extensa franja de terreno que separaba su casa de las casas de los demás, en el camino por el que circulaban los otros padres sin detenerse jamás para girar la cabeza y, levantando la mano, saludar a Caterina, que, entonces, en esa precisa ausencia de saludo, en esa demostración de nada, notaba que el silencio existía. Porque lo había visto. Y porque lo había sentido en el fondo de su espíritu curioso que buscaba la verdad en aquellas palabras que los demás pronunciaban a veces como sin pensar, como si hubieran estado guardadas desde siempre en su interior y de pronto brotaran igual que brota una hoja de mala hierba en cualquier espacio medianamente fértil. Como se dice tengo hambre o tengo frío o parece que va a llover. Sin pensarlo.

   Caterina sabía que el silencio existe. Lo había besado sobre la cara lisa de su madre. Se había acercado a ella despacio, muy despacio, y, sin querer alborotar nada ni romper nada ni provocar nada, había acariciado el silencio que vivía en aquel rostro tranquilo y acogedor. Un silencio con sabor a jabón de frutas y a crema. Blando y cómodo. Un silencio similar al de su hermana mayor, porque había mucho en común entre su madre y su hermana. El mismo pelo desordenado color de brasas, la misma contemplación diagonal de todo lo que quedaba a su alrededor. La misma manera estudiada de hacer las cosas que nadie más dice y de demostrar un amor rabioso por la pequeña, que observaba primero a una y observaba luego a otra y, en realidad, como creía haber pensado ya en muchas otras ocasiones y como creía habérselo oído murmurar antes a alguien tremendamente indiscreto, y como creía haber sentido desde siempre, desde que era una niña y comprendía ya que el silencio existe, no sabía muy bien quién era quién, y a cuál de las dos debía querer más. Porque ambas protegían a la joven Caterina con un amor delirante y desatado. Ambas sonreían como sólo sonríe una madre cuando ella empezaba a entonar una canción que había escuchado en la radio. Ambas le preparaban zumo de naranja cuando tenía sed y ambas le aconsejaban que no abusase de los dulces si no quería tener anchas las caderas y gordas las piernas cuando fuera mayor. Ambas le echaban dos mantas por encima en las noches de invierno, y Caterina las quería tanto que no sabía por cuál de las dos tendría que llorar más y con más pesar cuando sucediera algo malo. Porque las dos eran buenas y porque las dos eran delicadas y afectuosas y suaves.

  -Cuando son las mujeres quienes dirigen los destinos de una casa cualquiera, una casa como esta, por ejemplo, con tres mujeres en su interior, nada puede salir mal –solía murmurar su madre mientras se mecía en su silla favorita, apoyada la espalda sobre el oscilante descanso de un mimbre ya un tanto consumido. Cuidamos a la pequeña Caterina, que cuidará a su vez de su pequeña Caterina, que hará lo mismo hasta que una horda de Caterinas haya poblado el mundo. Es muy improbable que algo pueda ir mal en una casa donde sólo viven mujeres.

  -Mejor hablamos de otro tema, ¿de acuerdo? –decía Sofía, la hermana mayor.
-¿Qué mejor tema, cariño?
-Otro. El que quieras pero otro.

   Ella contemplaba los pacientes labios de su madre y luego los de Sofía, y sabía que aquellos labios eran también los suyos, y que las palabras que sus labios expulsaban eran las palabras que también ella diría algún día. Porque las movía un mismo motor, las inspiraba una misma misión y las animaba un mismo deseo: el de que Caterina, su pequeña, no tuviera que probar jamás algo que ellas ya habían probado.

   La madre y la hermana mayor quisieron evitar que la pequeña tuviera que recorrer determinados caminos, y, tras unas cuantas charlas desmayadas en el sofá, cambiando de postura cada cierto tiempo, tomaron una decisión sin esforzarse mucho, ya que cada una podía adivinar qué era lo que había en la cabeza de la otra en todo momento. Hablaron de lo esencial que era contar con una buena base, con un inicio, y decidieron que, si querían que Caterina pareciera una auténtica señorita, con el pelo siempre limpio y las uñas aseadas, la ropa muy blanca y los zapatos bien cepillados para asistir a un concierto de piano con asientos en la primera fila, donde todo se ve y donde todo se aprecia, era primordial que saliera de su casa. Debía hablar inglés con soltura y elegancia si quería presumir de haber estudiado en los colegios británicos más caros durante las vacaciones de verano. Y sería también muy beneficioso que poseyera un tono de voz adecuado y una sonrisa acogedora. Así que las dos dispusieron que lo mejor para Caterina era sacarla de allí. Apartarla de ellas.

   Y se equivocaron.
   Las dos sonrieron y repitieron que ahora que era una niña mayor podía pasar sola un tiempo con otros niños de su edad. Las dos creían que era una buena idea que se relacionara, sin ellas, con otros niños de su edad y, además, las dos estaban seguras de que disfrutaría haciéndolo. Así que las dos se fueron, y Caterina, con las palabras “otros niños de tu edad” tronando en su cerebro, sufrió un nuevo ataque de absoluta inmovilidad. Sucedió la primera mañana en el centro, al admirar desde una de las ventanas el salvaje avance de la niebla que descendía entre la espesura del monte más cercano. Eran poco más de las nueve, y se había apostado en esa ventana para vigilar, durante cerca de cuarenta minutos, el progreso de la niebla indiferente. Paralizada, no podía distinguir ninguna nube con claridad, y, aunque no hubiera ningún sonido a su alrededor, en su cabeza, dentro, retumbaba un bullicio constante que resultaba agotador. Estaba sola, pero advertía un crujido continuado; un zumbido semejante al de la corriente eléctrica cuando transita por unos cables mal unidos o cuando no termina de llegar a su destino. Se pasó entonces una mano por el pelo y miró al suelo, pero no vio nada. Elevó la cara hacia el cielo, y tampoco.

   -¡Caterina Vidal! ¡Niña! ¡Vamos a clase! ¿Quiere usted llegar tarde el primer día?
   Lo que no quería era estar allí.
   -¡Caterina! ¡Vamos! ¡Corra a clase!

   Alguien decía su nombre. Pero aquella no era la voz de su madre. Y tampoco era la voz de su hermana. Ahora estaba sola y debía deshacerse de esa pasividad creciente, de esa parálisis de brazos y piernas, incluso mental, que le había llevado a una contemplación tenaz de lo que tenía delante, sin pensar en nada. Al menos sin pensar en nada de manera consciente. Debía quitarse de encima esa cosa. No pensar en ella.

   Las dos sonreían enormemente cada vez que iban a verla. Las horas de visita eran las de máximo bullicio en la puerta exterior del recinto del colegio, cuando los familiares llegaban para ver a los niños y, a veces, hasta llevárselos a casa durante todo un fin de semana, interrumpiendo así, temporalmente, aquella inútil separación que pretendía una madurez prematura. Caterina se aferraba al cuello de su madre durante las visitas, pero su madre se disponía a hacer las preguntas habituales: has aprendido muchas cosas, te ha regañado la profesora, no hablarás en clase, no habrás dejado ninguna galleta escondida debajo del pupitre…Caterina miraba luego a su hermana y se abrazaba también a ella.

   -¿Por qué no nos cuentas algo?  ¿Tienes muchas amigas?
   -Y vosotras, ¿Por qué no me sacáis de aquí? ¿Qué ganáis con esto?

   Sabía que no debía ser injusta. Con esas palabras hacía daño a las dos personas que creían que aquello era por su bien, y no quería ver la desolación en sus caras. No quería que se cansaran y pudieran decidir que debían espaciar las visitas. Así que empezaba de inmediato a contarles cualquier cosa.

   -Mi querida niña recupera el sentido común –decía su madre.
   -¿Qué tal las cosas por casa? ¿Todo igual?
   -Siempre igual. Nada nuevo…
  -Hoy no tenéis prisa, ¿verdad? Podemos salir a comer. Me dejan hacerlo…
   -Hoy no. Otro día.
   -Otro día. La próxima semana tal vez.

   Nunca salían. Y luego, cada vez que su madre y su hermana se marchaban del colegio, después de la visita, ella iniciaba el ritual. Entraba en clase, se sentaba en una silla sin decir nada y, mientras fingía estar leyendo (esta niña se pasa el día leyendo…¿No juega? No. Sólo lee), se concentraba en el ceremonial de la introspección. Debía poner todo su empeño en su arranque y desarrollo porque sólo ella era capaz de hacer que las cosas marcharan como debían marchar. Así que se centraba en conseguir que ocurriera lo que debía ocurrir, y veía como su madre regresaban a casa por una carretera que ella ya conocía, completamente despejada. Una de las dos iba al volante y llevaba los ojos firmes en las señales y en los otros coches. La conversación entre ellas, pacífica. El cielo, sereno, sin una nube. El acceso a su casa, claro en su cabeza como las letras del libro que tenía ante los ojos… Comprobaba cómo bajaban del coche, cómo recogían sus bolsos del maletero, cómo giraban la llave en la cerradura y cómo se aseguraban de que todo estaba en orden. Después de respirar profundamente, confirmaba en la distancia que ambas entraban en el salón, y constataba mentalmente que estaban a salvo.

   Siempre había sido así. Debía regular sus horarios, contemplar sus avances, estabilizar sus comidas y procurar que todo estuviera bien. Constantemente, Porque, de lo contrario, si todo no estaba bien, si algo fallaba, sería por su culpa y entonces tendría que desempeñar un esfuerzo multiplicado, un esfuerzo descomunal, para conseguir que las cosas volvieran a desarrollarse con normalidad. Con armonía.

   En su casa siempre seguía todo igual, hasta que una mañana llegó su hermana sola al colegio para contarle que habían recibido una carta de su padre.

   -Mamá está como loca. Va de habitación en habitación sin parar.
   -Me vais a sacar de aquí?
  -No es eso lo que he venido a decirte. ¿Es que quieres ver a papá? Ya sabes cómo es.
   No. No lo sabía. Pero su padre regresaba a casa y ella quería salir de allí.
   -Yo quiero salir de aquí.
   -No sé si será el mejor momento. Va a ser todo muy difícil.
   -Entonces, ¿a qué has venido?

   Su querida hermana mayor, que tenía el pelo del color del fuego, y que, cuando se dejaba maquillar con esos tonos dorados que la madre guardaba en una bolsita verde de pinturas, resultaba ser una de las mujeres más hermosas que había visto en su vida, sólo había ido para decirle que su padre regresaba a casa.

   -Mamá nunca te ha contado nada, ¿verdad? No sabes por qué se marchó papá…No tienes ni idea.
   -¿Y por qué no me lo cuentas tú? ¿Me estás escuchando?
   -Claro que te estoy escuchando.
   -Entonces cuéntamelo. ¿Por qué se fue?
   -Ahora no puedo, no tenemos mucho tiempo-. Sofía se frotaba las manos mientras hablaba, y entreabría los labios pálidos y dúctiles como harina extendida a lo largo de una mesa limpia.
  –No te preocupes. Será mejor que te des prisa si quieres que nos marchemos. Prepara tus cosas. Vamos.

   Un par de horas más tarde, Caterina llevaba sus bolsas en ambas manos y avanzaba con firmeza siguiendo los pasos de su hermana en dirección al coche. De vez en cuando volvía la cabeza para terminar de creerse que de verdad se iba.

   -¿Tienes frío? –le preguntó Sofía minutos después, más relajada tras haberse incorporado a la autopista. -¿Por qué no te echas por los hombros la manta que hay detrás? Quizá así te sientas mejor.

   No le había contado nada, y su madre tampoco lo haría porque su madre siempre había pensado que las niñas lo escuchan todo y que las niñas son capaces de repetir todo lo que ven. Las niñas siempre están atentas a lo que sucede y se deslizan junto a las paredes más escondidas de la casa dispuestas a aprender las confidencias que los mayores se hacen entre susurros por las noches, cuando dan por hecho que las niñas ya están durmiendo. Las niñas sonríen cuando no deben hacerlo, y lloran cuando es imposible que lloren, porque desean conocer las sensaciones de lo extraño. Las niñas ya saben lo que se cree que no deben saber, pero desean aprender mucho más. Muchísimo más. Y por eso su madre debía tener un inmenso cuidado con lo que se hablaba delante de sus hijas.

   Samuel llegó a casa con una maleta cargada de regalos que entregaría durante la cena, cuando su madre se sentara a su lado y Sofía al lado de Caterina. La cena en la que intentarían hablar amablemente, con vasos de vino oscuro en las manos y sonrisas doloridas por la tensión de los músculos en la cara. La cena en la que su madre luciría un vestido azul con un ligero pañuelo de seda por encima de los hombros, y su hermana una bonita falda de color marrón con una camisa a juego y unos zapatos altos, negros y brillantes. Su padre, perfectamente aseado, acercaría con suavidad la jarra de agua a Sofía, y luego relataría alguna historia. Y Caterina pensaría, mientras le escuchaba, que no es que sus ojos tuvieran nada especial, pero…”Me gustan y me gusta que me miren.” Y no es que lo que Samuel dijera fuera especialmente hermoso, pero…A continuación vendrían los regalos. Todos aquellos objetos envueltos en múltiples capas de papeles de colores: papeles rojos, papeles azules, papeles naranjas…Los papeles caerían al suelo y, alrededor, las mujeres observarían lo que fuera surgiendo de las cajas de cartón, guiadas por las palabras, a veces entusiastas, a veces meramente informativas, de un padre convertido en maestro de niñas ansiosas por descubrir qué era para cada una de ellas. Articoli per la casa, tutti di ottima qualità! No podrían esperar a que terminara la cena, a los postres. ¿Por qué esperar, si el vino bianco per pesce e carne bianche, antipasti e piatti freddi in genere, o el olio extra vergine di oliva da agricoltura biológica latina, estaban a su disposición y podían ser utilizados esa misma noche?

   -Esto es para…Caterina. Nuestra pequeña y queridísima niña Caterina.
   Su padre extendería hacia ella un paquete cuadrado envuelto en grueso papel verdoso y adornado con una cinta gris, y ella, lentamente, como si deseara realizar un sincero ceremonial de celebración, comenzaría a abrirlo sin mirar a nadie, concentrada en la delicada labor de ir separando la cinta primero, el papel después, la tapa de la caja a continuación.

   -Un hermoso piatto in cerámica, interamente decorato a mano con motivo floreale- exclamaría Samuelal ver que Caterina no terminaba de abrir su regalo y que todos estaban pendientes de ella,como si se tratara de la única destinataria de lo que había traido. Estaba ansioso por seguir descubriendo ante los ojos admirados y algo confusos de las damas los variados paquetes que contenían la pasta fatta a mano, di colore brillante, o la pasta di patate e farina. Parecía haberse transformado en un padre, por encima de cualquier otra cosa, deseaba que comprendieran que lo que iban a extraer del interior de las cajas no eran simples obsequios comprados al azar y por compromiso en cualquier tienda barata y poco sofisticada, sino objetos verdaderamente exquisitos que debían disfrutarse con piacere, amore, passione

   -No todo el mundo tiene las mismas prioridades- dijo Sofía.
   -No todo el mundo se divierte igual, eso es cierto…

   Pero existe un momento para el deber e, igualmente, un momento para el placer. Y el placer, su encanto, es tan necesario como el cumplimiento del deber. ¿O es que acaso el hombre debe únicamente trabajar y contar sus ganancias?

   Caterina observó cómo su madre, por primera vez en mucho tiempo, subía los pies al sillón en que estaba sentada, se abrazaba las piernas con fuerza y parecía sonreír. Sofía, en cambio, no dejaba de caminar por el salón.

   -¿Por qué no te estás quieta, cariño? ¿Qué te ocurre?
   -Nada…- murmuró. -No me ocurre nada. Aunque tendréis que dormir los dos en la misma cama, ¿no? A no ser que alguno de los dos quiera dormir en el sillón.
   -Yo dormiré aquí, por supuesto- dijo Samuel. –Vuestra madre seguirá en el dormitorio…Es impresionante lo mucho que habéis crecido y lo guapas que estáis.
   -¡Qué comprensivo!- Exclamó entonces Sofía agarrando a Caterina de una mano y obligándola a salir del salón. -¡Y qué adulador!
   Ante lo que su madre cambió de postura para apoyarse en uno de los brazos del sillón.
   -¡Qué haces?- Preguntó Caterina después de que su hermana cerrara la puerta de su dormitorio con fuerza, tras arrastrarla hacia allí.
   -¿No crees que debería marcharse? ¿A qué ha venido? ¡Con todos esos regalos! Menuda farsa…
   -¿Y me lo preguntas a mí? ¿Cómo voy a saberlo yo si nunca me contáis nada?
   -¿De verdad quieres que te lo cuente? ¿No preferirías seguir siendo la niñita de mamá que no se entera de nada y que vive en su propio y asqueroso paraíso de algodón?

   Más que preguntar, Sofía gritaba. Le gritaba a su hermana, y Caterina observó cómo se le había desordenado el pelo que ahora le caía, revuelto, por la cara.

   -Yo no vivo en ningún paraíso- dijo.
   Y entonces, Sofía, que a veces, cuando lograba olvidar el encierro en que vivía, era capaz de mostrar la calma misma del anochecer en sus ojos y el talento preciso para convertirse en un ser diferente, empezó a hablar:
   -Antes de que se largara, se pasaba el día entero diciendo que mamá estaba para que la encerraran. Todo el día diciendo lo mismo. Con un sarcasmo envenenado. Riéndose como un diablo. “Tú sálvate, niña- me decía. –Vete de aquí en cuanto puedas o te pasará lo mismo. Esto es una puta lacra, se contagia. Y entonces yo le contestaba que no me iría jamás, que esta casa era mía y que él saldría de aquí mucho antes que yo.

   Pero su padre se reía de nuevo, y mostraba la extensión de sus brazos por encima de su cara impasible. Hasta que llegó el día en que ella, de verdad, intentó marcharse. Tenía casi dieciséis años, la misma edad de Caterina en ese momento, y se quedó dormida, tan dormida parecía estar, que daba pena despertarla. No obstante, su padre la tomó en brazos, la metió en el coche sin contemplaciones, y la violencia fue extrema como extremo parecía ser el odio. Llegó al hospital con la boca abierta, las manos caídas a ambos lados del tronco, y las piernas pálidas, palidísimas, inmaculadas, ascendiendo hasta las rodillas, descendiendo luego hacia los pies. Su padre había dicho que nadie moriría en aquella casa, así que la llevó a un hospital y allí le devolvieron la vida. Allí le dijeron a la familia que había sido un auténtico intento de suicidio, nada de ideas locas de una muchacha excéntrica para llamar la atención, y allí quisieron devolverle también las ganas de seguir caminando hacia algún lugar en el que pudiera trabajar y amueblar un piso y comprar unas cortinas nuevas para evitar las miradas indiscretas de los vecinos. También allí fue donde oyeron cómo su padre le decía a Sofía que si deseaba alguna otra vez cometer un disparate como aquel, que lo hiciera en cualquier otro lugar del mundo, donde quisiera, y que se lanzara desde un décimo piso para asegurarse de que nada volvería a salir mal. Pero no en su casa. Jamás de nuevo en la casa donde también viví él.

   Después de aquello, Samuel tuvo que irse, Sofía empezó a tomar unas pastillas idénticas a las de su madre, con las que había intentado desaparecer, y la madre de ambas volvió a caminar alrededor de la mesa de la salita con las manos apoyadas delicadamente en los labios, diciendo: “Qué espectáculo tan espléndido. Cuanta armonía y cuánta belleza”.

   Siguieron hablando hasta la madrugada, y cuando Caterina abrió los ojos por la mañana, advirtió que algo había cambiado en el interior de su casa. Una extraña animación, las puertas que se abrían y cerraban con demasiada frecuencia, una voz que se elevaba y, al instante, comenzaba a susurrar palabras que ella no podía descifrar…Se incorporó en la cama y apoyó los codos sobre la almohada. Podía oír cómo su madre demandaba silencio: “¡Deja de hacer ruido! ¡Por favor! ¡Deja de moverte por toda la casa! ¡Las niñas están durmiendo!”. Y podía oír cómo su padre exclamaba: “¡No puedo creerlo! ¡Estoy aquí de nuevo!”

   Se vistió y, sin haber desayunado abrió la puerta de su casa y salió al exterior. Comenzó a caminar muy deprisa, notando como a veces el viento era suave y apartaba el pelo de su cara como con una caricia, y como a veces se levantaba con fuertes ráfagas que hacían que ella cerrara los ojos y siguiera avanzando sin saber bien por dónde iba. Recordaba lo que había dicho su padre acerca de que aquello era una lacra. ¿Y si tenía razón?

   Al cabo de unas tres horas, llegó a la ciudad. Cruzó una avenida y no se detuvo a mirar las luces del semáforo. No quiso calcular si podía atravesar las gruesas líneas discontinuas o no. Quizá viniera un coche hacia ella y quizá el coche llevara una velocidad considerable que hiciera imposible un control rápido de los frenos. Quizá sin poder anticiparlo, porque Caterina no estaba enferma y porque todo lo que quería era sentarse en algún lugar agradable sin que nadie se dirigiera a ella, sin que nadie la mirara, de repente recibiera un golpe en el vientre, o en el pecho, y saliera despedida unos metros, sin saber por qué, sin haber planeado nada parecido. Solo porque avanzaba sin observar las luces de los semáforos.
   “¿Tendré que cuidar siempre de ellas? ¿Siempre?”, se preguntó. Y siguió caminando casi inclinada hacia delante, como si tuviera que llegar lo antes posible a algún destino, cuando lo que quería era esconderse entre las páginas de su libro tras haber elegido una buena mesa en el interior de cualquier cafetería. Quería olvidar que tendría que esforzarse un poco más. Tan sólo un poco más. Quería perderse por las calles de esa ciudad y perderse por las calles de todo el mundo porque el mundo era lo único capaz de subsistir gracias a sus propios recursos, sin contar con ella, sin suplicar en ningún momento su protección. Sin pretender que Caterina sintiera la constante obligación de resguardar, socorrer, amparar, defender y salvar. El mundo era la única realidad cercana de la que podía asegurar, sin ninguna duda, sin ninguna vacilación, que no dependía de ella. Así que quería perderse en el mundo como un cachorro muerde la mano de su amo, con los dientes dóciles y sin llegar a morder, sin rabia. Por pura necesidad.

   Todos estaban durmiendo cuando llegó por la noche a su casa. Sabía dónde estaba cada cosa, dónde habían dejado los montones de libros y dónde se cerraba cada puerta, así que pudo caminar con las luces apagadas porque no corría peligro. El único peligro residía en ver los cuadros, las sillas, las camas y las flores aromáticas con las que habían decorado los cuencos de colores que aparecían repartidos por las mesas. Los objetos que siempre habían estado allí y que, si aparecieran en ese momento, nítidos y familiares bajo las luces de las lámparas, le causarían un nuevo dolor inaguantable.

   Su hermana se despertó al oír sus pasos. Salió de su dormitorio y se la encontró en el pasillo.
   -¿Caterina? ¿Estás bien?
   ¿Estaba bien?
   -¿Podemos hablar?
   -Claro. Pasa.

   Ambas sabían lo que era aquello y lo que podía suceder a continuación, cuando de repente faltara el aire y cuando de repente no pudieran respirar.
   -¿Se va a quedar? ¿Sabes algo?
   Sí, Creo que sí.
   No debía llorar.
   -Seguro que no ha cambiado.
   -Ya. Pero no creas que algo así me interesa demasiado. Y a ti tampoco debería interesarte. Es su vida. Hay que aprender a asumirlo.

   No quería llorar porque, cuando comenzara, no podría detenerse. Pero no estaba bien. Necesitaba darse cientos de órdenes internas antes de ejecutar cada uno de sus movimientos, incluso los más nimios. Si pudiera meterse en ese instante bajo el chorro de una ducha muy caliente, y mecerse a un lado y a otro escuchando el ritmo cambiante del agua sobre su pelo, su espalda y sobre sus ojos cerrados, seguramente se sentiría mejor.

   -No tendría que haberte contado nada…- dijo Sofía.
   -No entiendo por qué dices eso.
   -Porque no te ha aportado nada bueno.
   ¿Por qué todo le parecía definitivo y aterrador mientras, a la vez, en su cabeza se sucedían las risas y la esperanza de que las cosas volvieran a ser limpias y sanas, como al principio? Aunque, ¿Había habido alguna vez algo limpio y sano en su casa?
   -Si él se queda, yo me iré.
   -Claro. Tienes que volver al colegio. Y prepararte para la universidad.
   -No estaba pensando en el colegio.
   Su hermana se tumbó sobre las sábanas de su cama y volvió la cara hacia la pared.
   -No tendría que haberte contado nada…- repitió mientras se echaba un brazo por encima de los ojos, como si hubiera demasiada luz en la habitación.

   Y aquello, precisamente aquello, aquel secreto y aquella actitud, era lo que provocaba a Caterina tanto pánico y tanta angustia, y lo que le dejaba en el rostro una mirada de horror ante el vacío que tenía entre las manos. Sus propias manos de niña en un colegio apartado en el que debía aprender a comportarse como una mujer juiciosa que no advertía los escalofríos del miedo echándole carreras por la espalda, espalda arriba, espalda abajo, recorriendo cada centímetro de su piel. Aquella mirada inmovilizada en una cara de pavor…Y la crispación de los dedos ante la falta de aire, ante la imposibilidad de respirar con naturalidad, sin tener que hacer unos increíbles esfuerzos para poder respirar con naturalidad. Tenía que aplacar la tensión mediante técnicas mentales que consistían, básicamente, en la repetición de frases que aludían a que debía ser consciente de su independencia y de su propia capacidad para dominar cualquier escenario. “Tú no estás enferma…Ellas sí. Pero tú no. Tú no. Sólo cansada. Terriblemente cansada…” Y no debía volver a sentir paralizados los músculos del rostro, ni dejarse arrastrar por la inseguridad, por la duda, por el planteamiento del “¿y si…?” No existía ningún “¿y si…?”. ¿Y si…? Nada.

   -Claro que tenías que contármelo. Yo debía saberlo. No te sientas mal…
   -Qué sabrás tú de lo que es sentirse mal?- Oyó. –Has salido de un lugar protegido para entrar en otro, y nos tienes a todos detrás de ti, preocupados por ti, queriéndote y cuidándote y procurando que no te enteres de nada que pueda hacerte sufrir…- Sofía volvía a dirigirse a ella con una voz que rozaba casi el desprecio. –Cuántas veces has visto llorar a mamá? ¿Eh? ¿Cuántas veces has tenido que soportar sus dichosos sermones? Todos sus  ataques…¡Bah! No tienes ni idea.

   Caterina se llevó entonces las manos a la boca y comenzó a llorar. Su hermana tenía razón: no quería oír más.
   -No sé por qué me hablas así. ¡No lo entiendo!

   Intentó librarse de las lágrimas con las dos manos y salió corriendo hacia su habitación. Una vez dentro se sentó a los pies de su cama, y desde allí pudo distinguir el tono tenebroso, casi negro, del cielo. Volvió a gemir sin querer gemir, y pronunció súplicas tan abatidas como las dos ocasiones anteriores, cuando todo lo que deseaba era arroparse en silencio y dormir. Ella sabía lo que significaba sentir demasiado afecto por alguien. Lo que se experimentaba al querer en exceso a otra persona, al colocar la figura de una unidad llamada mamá o la figura de una unidad llamada familia sobre una hermosa y rosada plataforma de metal que dominaba todos sus actos y que estaría siempre presente en cada una de sus reflexiones. Y sabía también que resultaba imposible luchar contra aquel espanto insondable.

   Se metió en la cama y se tapó hasta los ojos con las sábanas, advirtiendo cómo se le movían los pies de un lado a otro si proponérselo, yendo y viniendo como olas en un mar acompasado, mientras unas largas y pesadas lágrimas le rozaban por la cara. Pasó el resto de la noche sorteando la idea de que había estado toda su vida encerrada en aquella casa. El alejamiento. El frío. El espanto. De manera irremisible. Y una y otra vez la misma frase pretendidamente balsámica: después del pánico, llega el sopor. Su madre y su hermana habían hablado con ella, habían acariciado su pelo y lavado su cuerpo cuando era una niña. Habían permanecido en su dormitorio noches enteras y habían vigilado su sueño y su apetito. Pero existía un dolor que nadie podría aliviar. Una angustia que no desaparecía por mucho que las dos lo intentaran. Y ahora ella tenía que decidir si quería saltar con energía para atravesar el aro como si se tratara del león de un circo o si, por el contrario, deseaba retroceder y volver a la enorme banqueta achatada en la que reposar y quedarse para siempre, agazapada, a cuatro patas, con la cabeza escondida entre los hombros, sin que ellas supieran que sus técnicas de amparo y de refugio habías sido un absoluto desastre. Que no habían servido de nada.

   Se cubrió la cabeza con las sábanas. Seguía llorando, ahora sin emitir sonido alguno y sin intentar siquiera secarse las lágrimas. Un sudor frío se apoderó de ella y, sin mover un solo músculo, volvió a considerar la idea de que ninguna de las dos debía averiguar que la separación había sido inútil, y que la inseguridad y el agotamiento más desolador se sucedían en su ánimo con una rapidez inverosímil. Pronto amanecería y, con la llegada del día, las tres volverían a verse y volverían a constatar esa valiosa intensidad. Se sonreirían cuando se sentaran a la mesa del desayuno para tomarse la leche con el café, y ella intentaría comer algo. Después iría a sentarse en uno de los sillones más alejados de las ventanas, justo debajo de una lámpara de pie, donde se dedicaría a leer y leer, durante horas. Hablaría poco y no preguntaría nada y tampoco anunciaría nada. Sólo leer y comer. Sólo dejar que el tiempo pasara y que los acontecimientos se desarrollaran como debían, sin que en ningún momento fuera necesaria su intervención. Y jamás les diría que habían fracasado, por completo, en su pretensión de impermeabilizarla y de rescatarla del miedo. Al día siguiente podría contemplar cómo avanzaban las nubes hacia el sur, hacia un cielo que era de un azul profundo y que anunciaba lluvia, o sentarse en las escaleras de la parte trasera de la casa, al lado de Sofía, mientras ambas sujetaban sus tazas de té y observaban cómo la oscuridad iba ganando terreno. Quizá tuviera tiempo para hablar con su madre, sin prisas, consciente de que las nubes llegarían y las nubes partirían, y advirtiendo cierta inocencia en el movimiento de sus arrugadas manos.

(Pilar Adón)

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   Pilar Adón nació en Madrid en 1971. Se licenció en Derecho por la Universidad Complutense, y más tarde se especializó en Legislación Medioambiental. Narradora y ensayista, con 17 años ganó su primer premio literario en RNE-R3 con un relato breve. En 1995 empezó a publicar relatos en revistas literarias como La Hora Feliz, El Pájaro de Papel y Píntalo de Verde, de Mérida. Como ensayista obtuvo en 1998 el Premio Regenta de Salamanca con Donde acaba la creencia. En septiembre de ese año participó además en la Primera Exhibición Internacional de Poetas Contemporáneos de la Universidad St. Thomas de Fredericton, Canadá, con el poema Parábola.

   En 1999 obtuvo el I Premio Nuevos Narradores Ópera Prima con El hombre de Espaldas, su primera novela. Viaja a Lima, Perú, para participar, en mayo de 2001, en los IV Encuentros Hispano-Peruanos de Jóvenes Narradores.

   Es una de las quince jóvenes escritoras seleccionadas por la Editorial Castalia para su antología Ni ariadnas ni penélopes.

   En junio de 2001 participa en la 5ª Edición de Libros a la calle, con el primer párrafo de El hombre de Espaldas.

   Su segunda novela, Las hijas de Sara, se publica en 2003 y la sitúa en el panorama literario español. Obtiene el segundo Premio Hucha de Oro 2004 con el cuento Oxford.

Además, añade que "sin nombrarla en ningún momento, pero desnudándola con una precisión poética demoledora", la madrileña Pilar Adón retrata en 'El dios de los vacíos' la "tremenda" herencia de las depresiones. 


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INCÓMODAS CORRIENTES

   Pedro Ángel  tiene 26 años y vive solo en un pequeño apartamento alquilado que sufraga con ayuda de los servicios sociales municipales, percibe una Pensión no contributiva que le gestionó su padre a través del trabajador social de su centro de salud mental. Hasta hace un  año y medio trabajó como empleado en una ferretería ubicada cerca del domicilio familiar.


  Recientemente ha estado ingresado por segunda vez en la Unidad de hospitalización psiquiátrica del Hospital General de la capital, en esta ocasión por un episodio depresivo que empezó a manifestarse tres meses antes.

 Casi a diario permanecía largas horas encerrado en su habitación sin contacto con el exterior y un día,  cuando su padre fue a visitarlo encontró una soga sobre la mesa de la cocina, Pedro admitió que planeaba ahorcarse, llegó a confesar a su padre: “Papá, es que no te puedes imaginar lo que estoy sufriendo, vosotros no os lo creéis, las voces martillean continuamente mi cabeza, la gente me mira mal, les tengo miedo y yo les doy miedo, se apartan cuando camino por la calle, la televisión me habla, los personajes de las películas se mofan de mí, los vecinos me increpan, hablan entre ellos, un día de éstos vienen a por mí, me quieren eliminar como si fuera escoria y vosotros no hacéis nada, lo mío no tiene solución, ¿Es que no lo ves?”.

   Su padre, entre lágrimas, lo llevó inmediatamente a Urgencias del hospital de referencia  y quedó  ingresado. Ocho meses antes había estado internado en el mismo hospital por un episodio psicótico. Durante el año anterior se había vuelto progresivamente introvertido y se recluía en su habitación de la casa paterna. Dijo que tenía la sensación de que sus compañeros de trabajo lo vigilaban y hablaban de él a sus espaldas. Tenía dificultad para concentrarse y a menudo se retiraba por mucho tiempo al baño. En la calle la gente lo miraba de manera poco usual y tenía la impresión de que lo creían homosexual.

   Sentía que su teléfono estaba intervenido. Cuando estaba en su cuarto escuchaba a sus vecinos  hablar acerca de lo que él hacía y pensaban “ahora está yendo nuevamente al baño, seguro que es homosexual,  trataremos de deshacernos de él”. Un día, sin justificación, dejó de ir al trabajo y fue despedido. Después de ello se encerró en su habitación y sólo salía de noche. Tenía la sensación de que sus vecinos trataban de molestarlo, enviando corrientes eléctricas que afectaban sus genitales, por lo que finalmente se mudó a un hotel. Aún allí oía las voces procedentes de las habitaciones contiguas y sentía la influencia de la electricidad que mandaban; finalmente fue a la policía. Desde la comisaría llamaron a su padre quien manifestó haber estado preocupado por su hijo desde hacía tiempo. Dijo que éste se había vuelto tan poco comunicativo que se negaba a contestar el teléfono. Su padre lo llevó al hospital y fue internado de urgencia.

   En el hospital se lo trató con Risperidona (6 mg./día) y después de un mes mejoró como para ser dado alta. Siguió en tratamiento ambulatorio con el mismo fármaco a dosis de 4.5mg/día y pudo continuar viviendo solo en su departamento con un subsidio social. Aún oía voces que hablaban de él casi a diario pero ahora se daba cuenta de que eran parte de su enfermedad y no le daba demasiada importancia. Nada lo entusiasmaba y pasaba gran parte del tiempo sin hacer nada, mirando por la ventana, o fumando. Concurría regularmente a sus citas de seguimiento y tomaba sus medicamentos según prescripción médica. Según su ficha de evaluación aparecía apático e hipoafectivo, pero aparte de eso, se lo veía en estado de remisión. Para tratar efectos colaterales, recibía biperideno (4mg /día).

    Antecedentes: El paciente nació y creció en una ciudad donde su padre era contable en una compañía importante. Era el cuarto de cuatro hermanos. Después de terminar la escuela secundaria optó por un ciclo formativo de grado medio de informática y poco después comenzó a trabajar en una ferretería. No era ambicioso y se contentaba con ser empleado. Había sido buen alumno en la escuela y tenía muchos amigos con los que se mantuvo en contacto los primeros años después de finalizarla.

   Más adelante se apartó de sus amigos y cada vez se encerró más en sí mismo. Al terminar la escuela salió con una chica, pero luego perdió interés, y ella lo dejó por otro. Después de ello no tuvo más interés en conocer otras mujeres. En la ferretería era un empleado responsable aunque tenía una peculiar falta de ambición e interés. Trabajaba mecánicamente y a veces los clientes se quejaban de que no entendía lo que le pedían. Su padre había notado el cambio y su familia había tratado de sacarlo de su aislamiento. Debido a que respondió agresivamente lo dejaron solo aunque se mantuvieron en contacto por teléfono. Los últimos años el paciente había vivido solo en un apartamento alquilado, ya que parecía capaz de manejarse bien de esta manera. No había información alguna de enfermedad mental en su familia. Su salud siempre había sido buena y nunca había sido ingresado.

    Al ser internado por segunda vez, se lo notó moderadamente deprimido. Contestaba en forma dubitativa y con frases cortas, y admitió que hacía tiempo que pensaba en suicidarse pues creía que su situación no era nada halagüeña. Admitió que desde hacía tiempo no se interesaba por nada, no sentía placer por ninguna actividad y había perdido la confianza en sí mismo. Recientemente su sueño se había visto alterado, y se despertaba muy temprano. No tenía mucho apetito y había perdido algo de peso. Aún oía las voces que lo aludían pero no tan frecuentemente, y aseguró que ya no les prestaba tanta atención. Se dio cuenta de que tenía una enfermedad mental pero no pensaba en ella y no la usaba como excusa para sentirse desamparado. El examen físico, incluyendo el neurológico no revelaron anormalidades. En su internamiento previo le habían realizado pruebas EEG y un TAC,  que resultaron normales y no se consideró necesario repetirlas en el segundo ingreso. Las pruebas de laboratorio de rutina fueron normales.

    El paciente fue diagnosticado de Trastorno Depresivo que reunía los criterios para un episodio depresivo moderado: con humor depresivo, pérdida de interés y placer, baja confianza en sí mismo, pensamientos suicidas recurrentes, dificultad para pensar (probablemente debido a discreta inhibición psicomotriz), perturbación del sueño y pérdida de peso por disminución del apetito. El episodio depresivo apareció once meses después de haber sido internado por primera vez con signos de trastorno esquizofrénico, manifestado por voces que comentaban sus actos, experiencias somáticas pasivas, delirio de perjuicio y retraimiento social, los que se desarrollaron insidiosamente mas allá de los últimos seis meses. No había evidencia de trastorno cerebral orgánico o de abuso de sustancias psicoactivas. En su primer internamiento sus síntomas coincidían con los de una esquizofrenia paranoide (F20.0). Al ser tratado con Risperidona obtuvo una remisión parcial, aunque aún sentía la presencia de voces y tenía síntomas negativos como falta de iniciativa, embotamiento afectivo y retraimiento social. Al aparecer un episodio depresivo moderadamente severo dentro de los doce meses posteriores al diagnóstico de esquizofrenia, el episodio actual responde a los criterios diagnósticos para depresión post-esquizofrénica (F20.4). Es de destacar que el paciente demostró tener cierta conciencia de enfermedad, respecto de su esquizofrenia, pero no consideraba que tuviera relación con su actual depresión. Nosotros, en cambio, sí la vemos como una manifestación esquizofrénica, catalogada como F20.4 Depresión post-esquizofrénica.

  A mi juicio, y me consta que muchos colegas opinan como yo, la “etiqueta” diagnóstica es importante para establecer un pronóstico y prescribir el tratamiento más adecuado, y aunque el paciente y los familiares tienen todo el derecho a conocer el nombre de la enfermedad, es más importante el reconocimiento de que tiene un problema de salud mental que hay que seguir en el tiempo para conseguir una normalización de su funcionamiento a todos los niveles: personal, familiar, social y laboral, intentando evitar que el impacto de esa “enfermedad” sea un mazazo estigmatizador para él y su entorno. El abordaje debe ser interdisciplinar, implicando a todos los profesionales que van a acompañar al paciente en el proceso, a buen seguro durante años, pero el objetivo debe ser conseguir la integración completa en su medio socio-familiar.

   Es controvertido el hecho de que la persona afectada pueda decidir si debe llevar o no un tratamiento farmacológico a largo plazo, como defienden últimamente las emergentes Asociaciones en Primera Persona, es decir, asociaciones integradas únicamente por enfermos mentales. Mi opinión es que el tratamiento, individualizado a cada persona y revisado con la continuidad apropiada, garantiza un mejor funcionamiento y reduce la tasa de recaídas e internamientos que, sin duda, agravarían el pronóstico y supondrían un enorme sufrimiento en el paciente y su familia. Existe un consenso, basado en estudios rigurosamente científicos, según el cual ,el tratamiento farmacológico, optimizado y revisado de forma continua y por supuesto, complementado por abordaje psicoterapéutico y las medidas rehabilitadoras necesarias y adaptadas a cada individuo, asegura un mejor pronóstico a largo plazo, el paciente aprende a funcionar mucho mejor, acepta la medicación como un eslabón “salvador”, no como un castigo divino ni impuesto y VIVE  su vida de una manera natural, sin temor a interpretaciones estigmatizadoras de una sociedad que,  a día de hoy, tiene mucho que aprender de los enfermos mentales, capaces, como cualquier otra persona, de mantener un comportamiento civilizado, productivo y nada peligroso.
(PETRUS RYPFF)

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“Los locos no son asesinos”

 Oigo una y otra vez como nos llamáis asesinos, peligrosos, violentos, a los mal llamados enfermos mentales (no creo en los diagnósticos), extendiendo esa idea a todos nosotros, cuando son una pequeña y ridícula minoría. Sí que habrá locos violentos igual que hay entre los que supuestamente están cuerdos; la mayoría de violadores y asesinos no están diagnosticados de ninguna enfermedad mental (mirar estadísticas).  

   Recordad que los llamados locos aman y sueñan y saben querer y cuidar y respetar y consolar y reír y compartir y apreciar y luchamos cada día con nuestros miedos y por superar grandísimos dolores que vienen del alma y tenemos muchos compañeros que se fueron por no soportar más. A enloquecer se llega después de muchísimo dolor, después de arrastrar muchas noches de insomnio y desengaños y muchos golpes en el corazón, habría que rastrear la vida del llamado enfermo mental para analizar qué sufrimiento tan grande le ha hecho pasar al otro lado, la locura.

 
   
   No penséis que el loco es un objeto que ni siente ni padece sino que el loco huye del mundo compartido mentalmente porque no puede soportar más el peso de éste. No caigáis en el error de pensar que el loco no sufre; la locura es muy dolorosa y el loco NO NACE sino que lo crea este mundo terrible y absolutamente, este sí, enfermo . Así que menos cuestionar a los llamados enfermos mentales y achacarles violencias y cosas terribles y pedir más responsabilidad a esta  sociedad estructuralmente desquiciada.


  















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