domingo, 10 de noviembre de 2019

LOCURA Y LITERATURA




la locura


   
   Hay ciertos padecimientos y trastornos mentales que hacen la vida de algunas personas muy difícil, sufren una lucha constante con sus demonios internos, esos demonios que los convierten en personas aisladas, solitarias y rechazadas por los demás. Son recluidos y dejados de lado. Su persona deja de importar y su libertad crece desmedidamente. Nadie les pone límites, nadie los comprende ni entiende por qué hacen lo que hacen. Para ellos la barrera social ha quedado olvidada. Son los que, diría Freud, se atreven a romper con los tabúes, las normas y el contrato social. Se convierten en seres que viven otra realidad, ni mejor ni peor, la suya.

    La locura ha sido descrita por muchos, las interpretaciones en torno al concepto giran aleatorias. Algunos aprovechan la palabra para hacer la más bella poesía; otros la convierten en una palabra prohibida, que no debe decirse a menos que sea 100 por ciento necesario. Para unos cuantos es anhelada, la palabra más bella de la historia, que provee de libertad ilimitada a aquel que dice padecerla.

la nave de los locos


   Antiguamente se creía que la locura no era más que la manifestación de un ser de otro mundo que realizaba la posesión de una persona. En el Renacimiento, la locura era una encarnación del mal, cuyo síntoma principal era un furor extraordinario. Pero en esa misma época, muchos literatos y filósofos como Miguel de Cervantes, William Shakespeare o Erasmo de Rotterdam se enfocaron en desmitificar el tema. En sus estudios buscaban, de manera contraria, criticar a la razón a través de la locura. Posteriormente muchos estudiosos, románticos, artistas, filósofos y teóricos han intentado explicar la enfermedad mental desde muy distintas perspectivas.


Definiciones de locura realizadas por grandes escritores.

   Uno de los ensayos más célebres, “Elogio de la locura”, Erasmo de Rotterdam giró alrededor de este concepto. En él, la locura protagoniza la historia y se convierte en la crítica y justiciera de su nombre. La locura, para Erasmo, se presenta en todos nosotros, nadie se salva, ni siquiera los Reyes ni los príncipes, ni los teólogos, papas u obispos. A través de su voz, la locura nos muestra lo agradable de la vida. Se burla de aquellos que reniegan de ella. Su definición es clara: “la locura es sabiduría y la sabiduría locura”.

   Hay dos clases de locura. Una es la que las “Furias vengadoras vomitan en los infiernos cuando lanzan sus serpientes para encender en el corazón de los mortales, ya el ardor de la guerra, ya la sed insaciable del oro, ya los amores criminales y vergonzosos, ya el parricidio, ya el incesto, ya el sacrilegio, ya cualquier otro designio depravado, o cuando, en fin, alumbran la conciencia del culpable con la terrible antorcha del remordimiento. Pero hay otra locura muy distinta que es por todos apetecida con la mayor ansiedad. Manifiéstase ordinariamente, por cierto, alegre extravío de la razón, que a un mismo tiempo libra al alma de angustiosos cuidados y la sumerge en un mar de delicias”. Para Erasmo, aquél que sufre una enfermedad mental vive feliz y divertido, no en la prisión cotidiana que nos encontramos todos los demás.


bacon cabeza 6


   A Sebastian Brant le debemos el famoso libro La nave de los locos, en el que critica la sociedad de su época, en la que la necedad se hacía cada vez más presente, del mismo modo que la estupidez. En él, cuenta la historia de un grupo de locos que deben de embarcarse a un nuevo sitio, dejando la civilización y todo lo conocido, como si se tratara de un éxodo obligado. Cada personaje del barco tiene aventuras entre sí. En su obra, el loco muestra la sinrazón no sólo de los tripulantes sino del mundo. La demencia se convierte en una señal de que el fin del mundo está cerca.

   A lo largo de la literatura, existen más autores que tienen opiniones sobre la locura, algunas coinciden, la mayoría de ellos quisieran estar locos, locos de remate en un mundo en el que la razón es lo que prevalece.


   Edgar Allan Poe, uno de los cuentistas de terror más importantes en la literatura, tenía un gran interés por definir la locura.
Más cuerdo es, el que acepta su propia locura”.
La ciencia no nos ha enseñado aún si la locura es o no lo más sublime de la inteligencia”.
“Me volví loco, con largos intervalos de horrible cordura”.

Philippe Pinel

“Loco no es el que ha perdido la razón, sino el que lo ha perdido todo, todo, menos la razón”.
(Gilbert Keith Chesterton)


“Es cosa admirable que todos los grandes hombres tengan siempre alguna ventolera, algún granito de locura mezclado con su ciencia”.
(Molière)


“El amor y la locura son los motores que hacen andar la vida”.
(Marguerite Yourcenar)


“La locura, la verdadera locura, nos está haciendo mucha falta, a ver si nos cura de esta peste del sentido común que nos tiene a cada uno ahogado el propio”.
(Miguel de Unamuno)


“Si el loco persistiera en su locura, se volvería sabio”.
(William Blake)


“Vamos a plantearnos que estamos todos locos, eso explicaría cómo somos y resolvería muchos misterios”.
(Mark Twain)

Bosch pintura



“En el amor siempre hay algo de locura, mas en la locura siempre hay algo de razón”.
(Friedrich Nietzsche)


“La demencia en el individuo es algo raro; en los grupos, en los partidos, en los pueblos, en las épocas, es la regla”.
(Friedrich Nietzsche)


“La locura, a veces, no es otra cosa que la razón presentada bajo diferente forma”.
(Goethe)


“Alguna gente no enloquece nunca. Qué vida verdaderamente horrible deben tener”.
(Charles Bukowski)


“Todos nacemos locos. Algunos continúan así siempre”.
(Samuel Beckett)


“Generalmente se encuentra en la naturaleza humana más de locura que de sabiduría”.
(Francis Bacon)

“Las únicas personas que me agradan son las que están locas: locas por vivir, locas por hablar, locas por ser salvadas.
(Jack Kerouac)


“No hay loco de quien algo no pueda aprender el cuerdo”.
(Calderón de la Barca)


“El loco se cree cuerdo, mientras que el cuerdo reconoce que no es sino un loco”.
(William Shakespeare)

la piedra de la locura




   La escritora Virginia Woolf, recién terminada su última novela “Entre actos” publicada póstumamente, inició de nuevo un episodio doloroso depresivo que la llevó al suicidio. El 28 de marzo de 1941, escribió en su carta de despedida a su marido Leonard Wolf:

   “Siento que voy a enloquecer de nuevo. Creo que no podemos pasar otra vez por una de esas épocas terribles. Y no puedo recuperarme esta vez. Comienzo a oír voces, y no puedo concentrarme. Así que hago lo que me parece lo mejor que puedo hacer. Tú me has dado la máxima felicidad posible. Has sido en todos los sentidos todo lo que cualquiera podría ser. Creo que dos personas no pueden ser más felices hasta que vino esta terrible enfermedad…”.

A principios de los años 20, Virginia Woolf, en un elegante barrio de Londres, lucha contra su locura mientras empieza a escribir su primera gran novela: "Mrs. Dalloway"


Una poeta desde el manicomio

   Christine Lavant, una de las poetas austriacas más importantes del siglo XX, entró de forma voluntaria con 20 años en un hospital psiquiátrico. Errata Naturae publica sus ‘Notas desde un manicomio’, las duras, bellas y valiosas páginas en las que se refugió y en las que relató las opresiones e insurrecciones de sus compañeras internas.
   “¿Será posible que, tras semanas aquí, vuelva a tener ganas o valor para reír?”, se preguntó la que acabaría siendo una de las poetas austriacas más importantes del siglo XX (premio estatal de literatura de Austria en 1970). La duda le surgió al convivir cada día con el sufrimiento, con el delirio, con la desesperanza, con las camisas de fuerza: a una interna le fuerzan a alimentarse con un tubo en la nariz, a otra le inmovilizaron en la cama, la mayoría –la Reina, la Crucificada, la Condesa, la Mujer del Comandante…– pasaban encerradas sus días sin solución.

   Pobre no, mísera, y mujer, y poeta: nada de su parte. Christine Lavant (1915-1973) entró de forma voluntaria con 20 años en el Hospital Psiquiátrico de Klagenfurt, en 1935. ¿Pero, se puede entrar de forma voluntaria en un psiquiátrico cuando la sociedad te ha dejado al margen y has intentado suicidarte? Fueron seis semanas de las que surgieron casi once años después sus Notas desde un manicomio, que ahora Errata Naturae publica por primera vez en español –y no deja de ser llamativo, por otra parte, que sea ésta, precisamente, la primera de sus obras traducidas, como si la locura nos trajera un poco de luz.
  Lavant no era su apellido, que en realidad fue Thonhauser, sino que lo tomó prestado como seudónimo del nombre del río que cruzaba el valle de Austria donde nació. Borrar el apellido fue, cómo la escritura, un modo más de huir del fatalismo social al que le abocaba el haber nacido en el seno de una familia minera en la que ella era la novena hija. Su futuro pasaba por buscarse un novio, casarse, malvivir como costurera, tal vez, con suerte, convertirse en sirvienta. Sin embargo, escogió un seudónimo: la escritura como voluntad de supervivencia.
 


 En ese sentido, Christine Lavant ingresó en el psiquiátrico con sus cuadernos. Seguramente fue con lo que trabajó posteriormente la escritura de sus Notas desde un manicomio. El resultado son apenas unas pocas páginas publicadas de forma póstuma por primera vez en 2001. ¡Pero qué páginas! Las anotaciones no tienen fecha, no hay un orden, saltan de una a otra solo impulsadas por la desbordante necesidad de dejar testimonio de que “somos capaces de todo menos de reunir un gramo de auténtico amor”. Es un texto duro que nos deja frente a altas cuotas de dolor, “aquí se elevan -llega a decir al describir las crisis de sus compañeras- hasta el infinito montañas de sufrimiento”.

Grafitti from Jef Aerosol at the Robert Musil Museum in KlagenfurtChristine Lavant

   De Christine Lavant hay algunas fotografías. En ellas, sus ojos transmiten dolor. Son grandes –o  así lo parecen en un rostro delgado y anguloso, marcado por las enfermedades–, y tienen la desnudez propia de los pobres y desposeídos, la de aquellos que parecen estar siempre a punto de traspasar esa línea de la que ya no hay retorno posible. Christine Lavant podía estar desesperada; pero mantuvo la lucidez: “Mientras que aquí se me considere una invitada de paso y que yo misma me sienta como tal, no habré traspasado la última frontera”. No la traspasó. Se refugió en la escritura; lo hizo a pesar de que el psiquiatra forense la ridiculizara y despreciara porque ella era pobre, era fea, inculta, un ser carente de poesía. “Tiene que buscarse un novio”, le reprende así por su vocación literaria cuando debiera, mejor, buscar un “trabajo honrado”, como toca a los pobres. Y eso era algo que en el momento nadie se cuestionaba. “Cuando el médico te haga entrar en razón- le dijo en una de las revisiones-, pasado uno o dos años, te alegrarás si consigues que una señora te adiestre para hacer las faenas domésticas”.





  Pero Christine Lavant desconfía del sistema: el del psiquiátrico no deja de ser un reflejo del orden establecido afuera. Ni entre locas, logra dejar de lado el determinismo social que impera. “¿Qué esperaba? –se preguntó once años después– ¿Curarme?¿Pensaba realmente que cierta cantidad de arsénico tomada con regularidad daría sentido a mi vida?”. Desde luego que no fue nada de eso lo que dio algo de sentido a su atormentada vida. Fue la literatura, y escribir, siempre escribir, aunque fuera con “palabras corrientes, cuando, en realidad –dice  al referirse a sus anotaciones– debería romper las paredes piedra a piedra y lanzarlas contra el cielo”. Ahí está: la escritura como rebelión.
 


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