viernes, 8 de noviembre de 2019

ESPIDO, LA MÁS JOVEN



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María Laura Espido Freire,​ más conocida como Espido Freire (Bilbao16 de julio de 1974) es una escritora y columnista española. Hasta la fecha es la ganadora más joven (25 años) del Premio Planeta, con su novela Melocotones helados.
   Hace unos quince años la editora Ana María Moix me animó a publicar Aland la Blanca. Era un libro de poesía que se alejaba tanto de lo que entonces escribían los poetas de mi edad que de no haber sido por el apoyo entusiasta de la novísima no me hubiera atrevido a ello.  Otro de los Novísimos, Pere Gimferrer (nos conocimos en Seix Barral cuando yo publiqué Donde siempre es octubre),  también me animó.
   Ana María fue la editora de Aland, en una colección muy cuidada y limitada que ahora es prácticamente imposible de encontrar. Ahora, entre otros proyecto, estoy corrigiendo y rescatando esa obrita rara, que tampoco encaja demasiado con la poesía que ahora ha logrado atraer a los jóvenes lectores; pero nunca se sabe. Mientras sacábamos estas fotografías, todo azul y sol y Mediterráneo, pensaba en ese poemario y en las viejas historias.

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María Laura Espido Freire (Bilbao, 1974) ya ha dejado de ser la ganadora más joven de todos los premios literarios de este país, pero sigue siendo una especie de criatura fuera del tiempo. Algo a medio camino entre lo aristocrático y lo gótico. Ha ganado el Azorín con un vívido novelón sobre la última zarina rusa, Llamadme Alejandra. Sentarse a hablar con ella es entrar en un ámbito que hiela amablemente la sangre. Espido es exquisita. Es feroz. Es, bueno... es distinta. Distintísima.
   Aland la Blanca habla del mar, de las mentiras de nuestro origen y de los ideales imposibles. Del espejismo de convertirse en un héroe. El segundo poema dice así:
JANTES
Recuerdo la estatua de un caballo alado,
el cuello tenso, el fluir en el aire
y una mujer tranquila;
debió de ser mi madre.
Sólo eso queda de mi infancia.
El resto me lo robó un remolino.

Yo no recuerdo…
El brillo en el cielo,
el mármol del caballo, la luz.
Luego la noche.
Mi padre me pide que calle,
y junto a él arrojo las redes
en la bahía tranquila.

Las barcas se mecen suavemente,
voces de pescadores sobre el agua.
-¡Jantes, -gritan-, despierta!
Ya tendrás tiempo de soñar en el invierno.
Yo corro y les arrojo cuerdas
y aseguro las barcas al viejo muelle.
A menudo retorna el caballo alado.
Jugaba a sus pies, hubo una plaza.
En las noches solas, hablo con mi padre;
mueve la cabeza.
–No regresan las cosas del pasado.
Tu vida está aquí, Jantes.

Cuando muera heredarás mi barca.
Como yo desangrarás el mar,
y con suerte,
encontrarás una ostra con perla,
un jarro de plata que te libre
de tostar tu piel y vender tu alma.
Gasté mis años en el puerto,
con redes remendadas,  atando barcas,
y un día de resaca, entre el pescado
salió del mar un brazalete.
Sentado en la barca agitada por las olas
contemplé el metal desconocido,
el dibujo de un laberinto, y en su interior,
el trazado, la marca de un caballo.
Así me enfrenté a mi padre,
con el brazalete ante mí como un escudo.
-¿Es que sólo he vivido entre mentiras?
¿Qué decías cuando hablaba de otra tierra,
de un país surcado por canales,
del castillo que dominaba el mar
desde un alto escarpado?
No, Jantes, son paisajes de tus sueños.
También yo los vi, y los perdí al crecer.
Yo te creía.

Recuerdo otra patria, otro hogar,
una mujer que me miraba reír,
barcos negros de negras velas,
un cielo luminoso que presidía la tierra,
un caballo de mármol de enormes alas
junto a la plaza cuadrada del palacio…
¿Por qué me has retenido?
Cuando te rogaba Déjame marchar,
seré mercader en las tierras altas,
y cuando regrese, te cubriré de oro,
abriré un nuevo camino al sur,
Vivirás en la gloria y la fortuna.
¿Qué decías?
No, Jantes, del sur no se vuelve,
no marches de Ilión.
Tú perteneces al mar, aquí has nacido.
La nostalgia anida lejos del agua.
Mentiras siempre. Dime ahora.
¿Quién soy yo?
No nací aquí.
Pocos recuerdos quedan de mi infancia
a salvo del remolino.
Mi país ya no existe:
sus ciudades las barrió la tormenta.
Su capital quedó arrasada.
Callé, el brazalete en mi mano
y mi padre inclinó la cabeza.
Las redes se extendían bajo sus pies
como olas rotas en un océano olvidado
y mientras las recogía, narró mi historia.
-Naciste del mar, el mar te trajo…


La escritora Espido Freire.

Espido Freire: "Dios vuelve a parecer necesario y sexy, aunque yo soy agnóstica"

HAMBRE
11 de mayo
   Puede empezar de cualquier manera, en cualquier lugar. A veces, tras una discusión con mi hermano, en la que mi madre se inclina y muestra aprobación, con gestos sutiles pero inequívocos, por su causa. A veces, un anuncio en la televisión, en el que una modelo de mi edad agita su melena, mientras yo continúo en este sofá, en esta ciudad, sin haber logrado nada de lo que deseaba cuando era una niña. A veces, una mirada de deseo destinada a mi mejor amiga, por la calle, un desconocido, que me salta, sin reparar en mí, como si los ojos sólo se sintieran atraídos por el hierro, y yo no fuera más que chatarra.

   Cualquier cosa puede iniciarlo, y en ese momento ya no encuentro la manera de parar. Con pasos de pluma, a oscuras entro en la cocina. La luz del interior de la nevera deja un halo a mis pies que debo disimular para que no alerte a mi familia. Por la rendija entreabierta, mi mano busca comida. Incluso con los ojos cerrados podría adivinar dónde está la mantequilla, los yogures, la mermelada, el pan rajado en rebanadas esponjosas y blanquísimas.

   Mientras aprieto mi botín escondido contra el cuerpo, huyo. Me escondo en mi cuarto, un territorio estrictamente vedado a mi hermano. Corro el cerrojo del baño y allí, sentada sobre la taza, como. Lo hago sin la delicadeza que muestro en la mesa: soy una chica bien educada, y mi familia considera esenciales los buenos modos durante las comidas. A solas, en cambio, la urgencia me impide tantas pamplinas. Además, correría un nuevo riesgo si escamoteara los cubiertos adecuados, y un tercero al reintegrarlos a su cajón. Por lo tanto, me he acostumbrado a apretar los yogures en el punto justo para que el vaso de plástico se vacíe de un golpe, a generar una cámara de aire artificial de un movimiento. He aprendido a comer las latas de atún, de berberechos, de paté, empleando la tapa como cuchara, y lo he hecho con tanta habilidad que nunca me he cortado.

   Luego, llega el vómito. Eso es lo mejor de que los atracones me encuentren  en casa. Conozco la potencia del chorro de agua de los tres baños, el ruido exacto, el contenido de comida digerida que pueden absorber sin atascarse.

   Lo aprendí de manera dolorosa…, y tras un atasco épico. Había comido casi un puchero entero de marrones, con carne picada, y luego media docena de donuts, y el inodoro decidió estropearse. Busqué con desesperación un desatascador por toda la casa. Por suerte, mi madre estaba de viaje, y mi padre no regresaría con mi hermano hasta un par de horas más tarde. Eran las ocho de la tarde, y ya no pasaban autobuses hacia el centro comercial. Corrí escaleras abajo, atravesé el jardín y le pedí al vecino que me prestara un desatascador. Me miró con cierto estupor y luego se asomó de nuevo a la puerta con esa campana de goma que me podía salvar o condenarme. Bombeé coma una loca, mientras los pedacitos de comida flotaban, la harina de la pasta casi deshecha, en la superficie.  Por fin, una succión imprevista, como si un gigante sorbiera sus propias lágrimas, se tragó todo aquello. Me senté en el suelo del baño, al borde del llanto, Porque me había sentido muy cerca del desastre. Desde entonces, medí mejor qué podía comer y a qué intervalos debía ir al baño a vomitar.

   Nunca gozo de esa seguridad cuando como fuera, aunque la parte positiva es que no debo ocultarme, ni robar comida de esa manera. Incluso los baños de la facultad, tan conocidos, no me ofrecen confianza. Algunos no tienen escobilla y no puedo limpiar la taza como debo. Muchos de ellos están abiertos por arriba, y también por debajo, y eso me ha obligado a vomitar en silencio, como si apenas suspirara y a estudiar mi postura: si el hueco en la base de la puerta es demasiado ancho, he de aguardar a que nadie más comparta el baño. Desde el exterior, cualquiera vería que mis pies apuntan hacia la taza, y no en dirección opuesta, y eso me delataría. Contra el olor hay poco que hacer. En el bolso llevo siempre mi perfume, un ambientador diminuto, que debo recargar cada noche, y una botellita de elixir bucal.

   Lo peor llega después, cuando me miro en el espejo del baño. Si estuviera en mi mano, eliminaría todos y cada uno de los espejos en los baños de este mundo, con especial inquina si se encuentran mal iluminados. Ese cristal me muestra los ojos rojos, el rostro congestionado. Me devuelve, sobre todo, la realidad de mi horroroso cuerpo, mi gordo, fofo, despreciable, rebelde cuerpo. Soy una foca, una vaca, una montaña de grasa.

   Tengo diecinueve años, mido uno sesenta y cinco y peso cincuenta y cinco asquerosos, odiados kilos. Mi nombre no importa. No se me escapa el que mi familia sufre por mi culpa.

   Ni soy tan ingenua como para no anunciar que también yo sufro por culpa de ellos. Mi madre, esbelta, inteligente, enfermera, se siente íntimamente agraviada por la enfermedad de una hija que la desafía en su terreno profesional. Haría lo que fuera por que todo esto pasara ya, pero mientras tanto, guerrea conmigo, me riñe por cualquier cosa, y apenas me deja respirar. Mi padre, a quien en realidad no conozco, me dejaría morir antes que abandonar su posición de poli bueno. Nunca nos ha puesto el menor límite, pero, al mismo tiempo, sabemos perfectamente qué es lo que le decepciona y lo que no le gusta. En mi caso, no le gusta nada de lo que hago, de lo que pienso o de lo que deseo. Sin embargo, apenas hay roces con él, porque mantengo mis buenas notas.

   Tampoco él me conoce. No sé cuándo decidió que yo era como él deseaba. Creó una hija perfecta, una mirada complaciente sobre su familia y su estatus, y me modeló hasta que encajé. Lo sé porque se ha comportado de manera similar con mi madre, que a todo dice que sí y luego hace lo que le viene en gana. Él se considera el señor de la casa, y ella ha encontrado su espacio. Apenas se hablan, y se comportan en público con una hipocresía repulsiva. A menudo siento ganas de gritar en las comidas familiares, de romper esta armadura rígida que nos cubre. Mi padre sería más feliz con una mujer más dócil y que le dedicara más tiempo; mi madre se convertiría en otra mujer si se divorciara; y mi abuela, y con ella, todos que la rodean, estaría mejor muerta.

   Mi hermano es un imbécil, un quejica consentido, a cuya futura mujer compadezco. Me saca de mis casillas con su presencia. Entiende a mis padres mejor que yo, entiende las normas sociales mejor que yo, y con su atractivo, con su superficialidad y su profunda mediocridad en todo, está destinado a ser más feliz de lo que yo nunca seré. Quedan en la lista mi abuela paterna, una bruja exigente, flaca y arisca; y mi perrita Nina, a la que no trato todo lo bien que debiera. A veces la pobre paga por mi mal humor; y la encierro fuera de mi cuarto. Cuando escucho sus patas zapando contra la puerta, me calmo. Al menos, alguien desea estar conmigo.

   A mi alrededor nadie parece compartir esa sensación. Mis padres me rehúyen. Mis amigas lo son porque, después de tantos años, no les queda otro remedio. Mis compañeros de clase me rodean porque no encontrarán mejores apuntes que los míos. No tengo novio. Hasta mi psicólogo me escucha porque le pagan por ello.

   Cualquier cosa puede iniciar el atracón. Antes no lo sabía. Ahora me doy cuenta de que apenas soy capaz de resistir el dolor psicológico. Una mala mirada de un profesor me cubre de culpa, me tiene en vilo acerca de mis notas hasta que llegan los exámenes y me obliga a esforzarme más, a sonreír cada vez que se acerca, a redoblar mis deberes y mis trabajos. Una frase hiriente de una de mis amigas me lleva a llorar, primero, y a humillarme ante ella, después, a seguirle la corriente y a temer que deje de ser mi amiga. Me desprecio por mi debilidad. Querría que me dejaran en paz, o encerrarme en mi cuarto y dormir años enteros. Ojalá fuera de nuevo una niña. Si hubiera sabido lo duro que era crecer, nunca lo habría hecho: no habría cumplido los quince años.

   Pienso mucho en ello. Quizá aún esté a tiempo. Nada me indica que mi vida logre una mejoría en los próximos años, y si encontrara una manera adecuada y poco dolorosa de matarme, lo haría. A menudo fantaseo con cortarme las venas, pero lo hago como una evasión: a diferencia de otras chicas, nunca me he herido a mí misma. Carezco de valor. Soy casi tan cobardica para el dolor físico como para el dolor emocional. Amelia, una de las chicas, que mostraba un mapa impresionante de cicatrices  en los brazos y en los muslos, me contaba que el alivio que sentía era inmediato. Le bastaba con cortarse  para cerrar los ojos y relajarse. Yo admiraba esa mente en blanco, esa manera tan sencilla para conseguir que el mundo desapareciera y que la mente se adormeciera.

   Otra de las chicas del grupo sí se mató. Se tiró por una ventana. Yo sería incapaz de algo así. Era una niña menudita, muy callada. O, al menos, la más silenciosa de nosotras. El psicólogo y la nutricionista hablaban con cierto optimismo de ella. Nosotras veíamos que no mejoraba, que se retraía. No nos inspiraba demasiadas simpatías. Había sufrido dos ingresos, sabía más que nosotras de tratamientos y de cómo torear a los médicos. Una tarde regresó a casa del instituto, le dijo a su madre que se iba a hacer los deberes, abrió la puerta del balcón y se lanzó desde un sexto piso. A las chicas del grupo nos lo ocultaron, porque temían que la imitáramos, pero nos enteramos de igual modo: enmudecimos. Qué cosa tan terrible..., pero al mismo tiempo, para ella se acabó.

   El psicólogo dijo que había sido un grito de auxilio. No estoy de acuerdo. Pobrecilla... De nada le sirvió su grito. Además, nadie se mata para llamar la atención. Puede que lo intentara, un amago, pastillas, puede, pero si quisiera pedir ayuda, nunca se habría tirado de un sexto piso. Esa niña sabía perfectamente que iba a morir, y saltó decidida a matarse.
   Yo, en cambio, nunca he sido capaz de gritarle a nadie lo que pienso: en realidad, nunca he sido capaz de gritar en absoluto. Ni para pedir auxilio, ni para exigir lo que quiero. A veces, el grito que contengo frente a algunas de las ocurrencias de mi abuela se me muere dentro, y noto que poco a poco me pudre por dentro. En mi casa, la norma es el silencio. Silencio entre mis padres, silencio cuando hacemos las tareas. Los únicos castigos que ha recibido la pobre Nina han sido por aullar. La televisión se ve entre susurros, con muy poco volumen. La primera vez que me emborraché fue en un parque, con mis amigas, y mientras que a algunos les da por llorar, o por decir tonterías, yo comencé a gritar. Grité, chillé tanto que al día siguiente tenía la garganta hinchada, y la voz ronca. Ojalá pudiera hacer algo así en mi casa, alguna vez. Sentarme en el sillón de la sala y berrear, hasta que a mi madre le diera un ataque pensando en qué se imaginarían los vecinos.

   Ese grito sólo se acalla con comida. Exige comida, como un dios pagano en un altar exigiría vacas, corderos, palomas en sacrificio. Mi grito acallado demanda cualquier cosa que pueda comerse. Chorizo, por ejemplo, o helado, o cereales con leche, o chocolate, o paella. Cualquier alimento. Siento hambre. Siempre tengo hambre, antes o después de comer. Incluso mientras me lleno la boca de azúcar, el hambre me araña las tripas, y no me permite pensar en nada que no sea comer, comer, comer.

   Comer. Vomitar. Hacer ejercicio. Nunca, nunca, un minuto de satisfacción.

20 de julio       
   Ya he logrado ver que no, no cualquier cosa inicia mis crisis. He necesitado cambiar de psicólogo (me atiende ahora una chica más joven, mucho más amable) y también de grupo. Ahora me reúno dos veces por semana con seis enfermas como yo, con unas circunstancias mucho más similares a las mías. Ya no siento que no tengo derecho a quejarme o a estar enferma porque mi familia se encuentra en mejor situación económica que otras. Tampoco me miran con lástima, porque estoy más gorda que en mi primera etapa, ni se dan aires por atravesar etapas de anorexia. Incluso entro por la puerta con otra ilusión.

   Me arrojo sobre la nevera cuando siento que no me comporto como los otros me piden. Pero lo hago antes de que los demás me pidan nada, con lo que ni siquiera tengo el consuelo de complacerlos. Siento tanto miedo a no complacerlos, a perder su atención o su respeto, que me  olvido de mí misma. Me convierto en ellos. Me convierto en cosa. Me convierto en tantos que dejo de ser yo.

   No sé quién soy yo. Me estoy entrenando para decir la verdad, en lugar de mentiras a medias para que me quieran. Una de las chicas de mi grupo, que viene una vez a la semana porque ha mejorado mucho, me ha preguntado cuándo fue la última vez que dije no a algo importante. Fui incapaz de responderle. No recuerdo haberme negado a nada, nunca. Me han construido otros: me ha formado la mirada de mi padre, y lo que él ha deseado para mí. Me he adaptado a lo que mi madre ha trazado para su familia, y he competido con mi hermano para transformarme en la hija perfecta. Sólo mi abuela ha sabido yerme tal y como soy, y me ha provocado para que continuara siéndolo, la vieja bruja. Durante muchos años he creído que quería ponerme en evidencia ante mi familia. Ahora pienso que quizá me he equivocado al juzgarla.

   Tengo más tiempo, ahora que el curso ha finalizado, y no sé muy bien qué hacer con él: me asusta el simple pensamiento de mostrarme en bikini, y mis amigas casi no cuentan conmigo para sus planes. No las culpo: ha buscado excusas durante demasiado tiempo. De todas maneras, hace demasiado tiempo que me aburro con ellas. Prefiero quedarme en casa y ver películas. He comenzado a adelantar materia para el curso que viene.

   He sacado buenas notas, pero el año que viene me demandará más, y quiero prepararme. No sé en qué emplear mis ratos libres, porque todo lo que me gustaba hacer hace unos años se vio absorbido por la bulimia, y por el ejercicio, y por los estudios, y han destronado poco a poco aquello que me divertía: el cine, las compras. ¿Cuándo se convirtió el irme a comprar ropa en una tortura? Me gustaba patinar, y no lo hacía mal. Recuerdo que me gustaba dibujar, y pintar, y hace cuatro años que mi padre bajó el caballete al sótano porque no lo usaba, y nos hacía tropezar a todos en la terraza.

   De momento, cada día llamo a Nina, que acude con todo el entusiasmo del que es capaz su colita en movimiento, y me la llevo al parque. Es tan sociable, tan divertida, tan agresivamente cariñosa que no puedo menos que reírme con ella. Tiene un amigo pastor alemán, que le dobla el tamaño, y al que somete por completo. Su dueña, una mujer mayor, y yo nos sentamos a la sombra y los vemos correr, pelearse entre bromas, y les arrojamos sus pelotas. Luego regreso a casa, con Nina muy ufana, con su hueso de goma entre los dientes, y me doy cuenta de que hacía tiempo que era incapaz de salir a la calle y no comprarme algo para comer.

   Ahora he vencido el pánico a dejar mi casa sin dinero en el bolsillo. Sólo meto en el bolso mi móvil, las llaves, juguetes para Nina y una revista que hojeo cuando me aburro.

   Mientras veo alguna película, la perrita se duerme en mi regazo. Noto su peso, su calor, y aunque julio aprieta y llamea, me encanta sentirla junto a mí. Ella, en realidad, es muy similar a su pobre ama: desesperada por complacer y por arrancarme una caricia, tan dependiente de mí como lo soy yo de la atención y la complacencia ajena. Cuando observo a Nina me conozco mejor, y siento mucha lástima por mí misma. A veces, lloro sin causa, y luego me siento tranquila, con una calma que no me daban los ansiolíticos, cuando me los recetaron.

   De la misma manera que lloro de nuevo, también me río más: no de la misma manera en la que lo hacía antes, en un esfuerzo por ocultar lo vacía que estaba mi alma. Me río porque encuentro algunas cosas divertidas, y otras, abiertamente desternillantes. Mi hermano, que es un payaso, comienza a decir tonterías, con el único fin de que me ría, hasta que comienzo a hipar. Entonces son los otros los que se ríen, y aunque esos ratitos duren poco, antes ni siquiera los compartíamos.

   Sigo atracándome, aunque algo menos, y sigo vomitando, aunque menos, también. Ayer por la noche me comí un bocadillo de jamón y dos donuts, y luego me sentí tan culpable que bebí dos vasos de leche y fui al baño. Al cabo de media hora sentía hambre, esa compañera infatigable, que respira tan cerca de mi cuello. Encontré otro donut y una manzana, y en esta ocasión hice el esfuerzo consciente de no vomitar. Me costó mucho. Tendida en la cama, con las manos sobre el estómago, notaba cómo mi respiración elevaba y bajaba mi barriga, y me aseguraba que todo estaba bien, que todo estaba bien.

   Me gustaría que esta etapa terrible pasara, pero cada vez soy más consciente de que necesitaré cambiar muchas cosas en mi vida, en mi mente, para recuperar la salud. Ya no quiero tumbarme y dormir durante los siguientes años. Ocurren demasiadas cosas cercanas de las que quiero ser testigo, en lugar de quedarme aparte, un testigo mudo, como lo he sido estos últimos cinco años. Ahora que he dejado de mirarme el ombligo y, a cambio, echo una ojeada tímida a mi alrededor, hay demasiados espacios que me disgustan.

   No me gusta mi relación con mis padres, ni la presencia constante de mi abuela. Ya he hablado de mis amigas. No me gusta, como nunca me ha gustado, mi cuerpo, pero quizá mi cuerpo no sea lo único importante. O lo más importante.

   Ha llegado un punto en el que me estoy planteando si escogí mi carrera porque era lo que deseaba o por contrariar a mi padre. No quiero que esas ideas acudan a mi mente con demasiada frecuencia: me faltan fuerzas para, de la noche a la mañana, reconocer que me he equivocado y empezar de cero otros estudios.

   Daría cualquier cosa por encontrar novio: sé que no es un buen comienzo, que no una afirmación tan desesperada delata mi desesperación, y que me lleva a venderme barato, pero qué le voy a hacer si es lo cierto. Nunca he tenido novio, nunca he interesado a quien yo deseaba, y los únicos que se han acercado a mí me daban pena o me inspiraban indiferencia abierta. Aunque no se lo confiese a nadie, me avergüenza seguir siendo virgen a mi edad.

   Hace unos años me gustó mucho un niño de mi clase: nos gustaba a casi todas, en realidad. Yo escribía su nombre junto al mío, entrelazaba nuestros apellidos..., las típicas tonterías de esa edad. La primera vez que me recuerdo llorando por algo ajena a mí misma fue por él. Le había dibujado una postal por su cumpleaños, a la que había dedicado mucho tiempo. Entonces dibujaba con mucha frecuencia. Imagino que me permitía escaparme, y que me ayudaba a olvidar los problemas que teníamos en casa. Mi madre acababa de descubrir que mi padre tenía un lío. Supongo que no sería la primera vez, pero en esta ocasión ella le pidió el divorcio. Mi padre le suplicó perdón, y, durante dos semanas en las que se evitaban, mi padre con expresión contrita, mi madre, con plena conciencia de gozar, por una vez en su vida, con cierto poder sobre él, pospuso la respuesta hasta extremos crueles. A veces, mi hermano y yo sentíamos ganas de gritarles que pararan ya, que de una vez rompieran la burbuja asfixiante que crecía y crecía bajo el techo de nuestra casa.

   Pero, como todos saben, como yo misma sé, yo no he sido capaz de gritar en mi vida.

   Mi madre le perdonó, pero negoció duramente sus condiciones y comenzó a trabajar a jornada completa, y a marcharse a congresos y encuentros, cosa que nunca había sucedido antes. Fue entonces cuando la abuela vino a vivir con nosotros, para que fueran dos las mujeres que pactaran frente al hombre de la casa y para que se ocupara de nosotros. A los niños ni se nos tuvo en cuenta, ni se nos explicó nada. Lo supimos como se sabe todo: porque olvidan que tenemos ojos, oídos y capacidad para relacionar hechos.

   Perdí todo respeto por mi padre, y gran parte del que mi madre me merecía. Entonces creía que me casaría muy joven, que me iría de casa en cuanto pudiera y que crearía, lejos de ellos, una casa distinta, una familia que permitiera enmendar sus errores. En cada uno de los trazos de la postal que le dibujé a aquel chico, yo había fijado mi cariño, mis esperanzas.

   En el descanso de matemáticas me acerqué a él, muerta del sonrojo, para entregársela. Él, sentado de espaldas a mí, se volvió con brusquedad al oírme llamarle, y me clavó el codo en la tripa. Me doblé del dolor, mientras mis compañeros se reían, y luego dejaban de hacerlo cuando vieron mi expresión. Él se levantó, me dio dos besos, me agradeció el detalle. Se disculpó por su torpeza.
   Cuando volví al grupo de mis amigas, encontré en ellas una extraña mueca de envidia.
   —Cómo te gusta hacer teatro —dijo la que yo creía mi mejor amiga—. Es imposible que te haya dolido tanto, con la de grasa que tienes en esa zona.

   Esas palabras martillearon en mi cabeza durante el resto del día. Esa noche me salté la cena con una excusa. Ante el espejo, me quité la blusa y me froté el vientre. Palpé la zona dolorida por el golpe, pellizqué la piel, intenté adivinar qué cantidad de grasa podía esconder. Inicié una dieta al día siguiente, y me juré no acercarme de nuevo a ese niño hasta que no perdiera peso.

   Nunca me aproximé a él de nuevo: muy pronto me salté la dieta con un atracón. Llena de vergüenza, como si hubiera cometido un pecado mortal, me encontré tan mal que intenté vomitar. Para mi sorpresa, lo conseguí, y de nuevo me sentí en paz. Creí haber dado con el modo de comer sin que mi peso aumentara. Luego, ese monstruo abrió la boca y me engulló.

   Hacía muchos años que no recordaba esos días. Me he entristecido. Llamo a Nina para abrazarla, y ella, sorprendida, gime bajito y acomoda su cabeza en mi hombro. Lloro por la maldad de aquella amiga, lloro como si sintiera de nuevo el codazo en mi vientre, por mi debilidad, por la niña que era yo entonces y que no supo defenderse, ni cuestionar las razones por las que me había sentido tan mal. Lloro por haber sido cobarde y por el silencio ante mis padres, furiosa con ellos por su preocupación egoísta con su matrimonio y sus infidelidades, cuando debíamos ser nosotros, los hijos, lo primero.

   Lloro por la falta de comprensión de mi abuela, que me castigaba y me ridiculizaba en lugar de ser el consuelo que no encontraba en mis padres. Lloro por mi hermano, aunque no sé muy bien por qué. Por las frases que murieron en mis labios y que me habrían liberado, por la comida que se perdió por el inodoro y el dinero que gasté en ella, por todas las pequeñas vergüenzas que he arrostrado, por los errores de los médicos, primero, y del psicólogo, después.

   Con las lágrimas sale la pena que no sentí por la enfermita que se suicidó, y el horror que me invadía cada vez que Amelia me mostraba un nuevo corte. Aflora el miedo a volverme loca y a que me trataran como tal, y el rencor hacia mis padres por haberme llevado al médico sin ni siquiera preguntarme lo que me ocurría, ni preguntarse qué les ocurría.

   Lloro por cada vez que le he cerrado la puerta a Nina, y por las tardes con mis amigas que me he perdido porque me sentía gorda, o porque, tras probarme tres pantalones, me derrumbaba en la cama, desesperada, y luego corría a la nevera a devorar lo que fuera. Lloro por recordar mejor dónde podía esconderme para comer durante aquellas colonias de verano que los rostros de los amigos que hice. Por los cumpleaños a los que renuncié a asistir, porque creía que no sabría controlarme, por las fiestas en la piscina de mi prima a las que falté. Por aquella vida que no iba a regresar y que había desperdiciado minuto a minuto. Por aquellas punzadas de hambre que en realidad eran otra cosa, otro dolor, otra herida.
   Y, en ese momento, rompí a llorar.
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HECHA AÑICOS (I)


    Sara tiene 39 años y padece SIDA desde hace once. Fue diagnosticada tras sufrir una neumonía que no cedía con los antibióticos convencionales y le estaba provocando tos y expectoración desde hacía semanas, además de dolor en el pecho y un cansancio que limitaba casi todas sus tareas, tanto en casa como en su recién estrenado trabajo de maestra y que era la ilusión de su vida.

     Tras atiborrarla a tratamiento sintomático para la tos y la fiebre y ante la persistencia de su malestar, el médico de primaria decidió enviarla a urgencias del hospital. En el área de urgencias, acompañada por su novio permaneció largas horas, a la espera de analíticas, radiografías, toma de muestras para análisis microbiológico y resto de exploraciones rutinarias. Su aspecto era de abatimiento, su rictus triste, facies emaciada y un tinte en la piel que daba una idea bastante clara de la gravedad del caso. Se procedió a su ingreso en la planta de medicina interna no sin antes consultar con el médico intensivista, habida cuenta del marcado deterioro físico y la baja saturación de oxígeno.
  
 Permaneció ingresada durante unos interminables 39 días, “los mismos que años tiene”, comentó resignado Pedro, su pareja desde los 17 años. El diagnóstico al alta fue de Neumonía por Neumocistis Carinii. Iba a precisar un largo tiempo de recuperación pero, lo peor vino cuando la Doctora Cava, mirando con dolor el informe impreso, que temblaba en sus manos sudorosas, leyó las malditas palabras Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida. El desconcierto se apoderó de Sara, miró a Pedro con ojos escrutadores y a modo de lamento dijo: “no es posible, si yo nunca…”, segundos después se derrumbó en la cama que había sido su “refugio” durante el interminable ingreso.
  
 Las siguientes semanas fueron horribles, la tensión entre la joven pareja era indescriptible hasta que finalmente Pedro confesó entre lágrimas que, hace un tiempo, mientras Sara preparaba las oposiciones que la tuvieron “encerrada” durante dos largos años, él realizó un viaje relámpago con sus amigos a Tailandia, para celebrar la despedida de soltero de su amigo Guille, -“pero prácticamente no hice nada, sólo tonteé con una chica en un local de alterne…”-, su rostro expresaba al mismo tiempo incredulidad, vergüenza, pero sobre todo sentimientos de culpa, sólo pudo meter la cabeza entre los hombros mientras Sara retiraba la suya y miró hacia la mesita de noche que había junto a la cama, de un súbito manotazo tiró al suelo el jarrón de tiernas margaritas que Pedro le había obsequiado esa misma mañana a primera hora, cuando las luces del alba empezaban a iluminar la calle. Las flores quedaron esparcidas inconexas por el suelo, entremezcladas con los trozos de cristal del jarrón hecho añicos y el agua que milagrosamente había pasado de ser transparente y pura a tomar un tinte rojizo que semejaba la sangre dolorida de la chica.
  
    Aunque las fuerzas aún eran muy exiguas por la gravedad de su cuadro clínico, en un alarde de valentía y con voz ciertamente sonora, no exenta de asertividad y por qué no decirlo dolor, contrariedad y pena, invitó a “su chico” a que saliera de la habitación, quería asimilar en soledad el duro golpe recibido, nunca había dudado sobre él y tenía que meditar con serenidad sobre el camino a seguir, antes de tomar una decisión tan trascendental para su vida, máxime cuando sabía que el proceso de recuperación, si es que ésta había de producirse, iba a ser un calvario que a buen seguro él iba a suavizar con sus cuidados y mimos.

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