martes, 19 de noviembre de 2019

EL DELIRIO, UN ERROR NECESARIO



Carlos Castilla del Pino, El delirio, un error necesario, Oviedo, Nobel, 1998, 270 pp

    Nota preliminar

    PRIMERA PARTE: PRESUPUESTOS LÓGICOS, PSICO(PATO)LÓGICOS Y SISTÉMICOS DEL DELIRIO Y EL DELIRAR
    1. Qué es el delirio 
    Definiciones. Delirio y creencia. Teoría del delirio. Excurso etimológico.

    2. Presupuestos lógicos.

    3. Realidad y juicio de realidad 
    Realidad, situación. Juicio de realidad: dos momentos. Evidencia y verosimilitud. Interpretación. Diácrisis. El error del delirante. Lógica del error delirante.

    4. Presupuestos psicológicos
    Creencias adoptadas. El sujeto. Sujeto/realidad. Sujeto, realidad, deseo. La fantasía. Fantasía versus imaginación. Función yoica del sujeto. Relación sujeto/yo. La relación sujeto/otro(s). El yo semiótico. El yo, discurso del sujeto. El lugar del yo. Función de la afectividad. La racionalización.

    5. "Estar (no estar) en la realidad"
    Ilusiones sobre la realidad. "Dentro" o "fuera" de la realidad. La realidad como organización.

    6. La realidad, sospechosa
    Revestir el yo. Descubrimiento de la intimidad. La relación interpersonal, relación incierta. Saber/poseer. El limitado saber sobre el otro. Lo cierto/incierto en la interacción. El principio confianza. Conceptualización y grados de la confianza, 85. Confianza, luego incertidumbre. Entropía en la interacción. Apuesta por la confianza, apuesta por el otro. Doble estrategia en la interacción. Opciones: confianza/desconfianza. De la desconfianza a la sospecha. Teoría de la sospecha. Sospecha y suspicacia. Sospecha y miedo.
        SEGUNDA PARTE: SUJETO DELIRANTE, DELIRIO,            DELIRAR
        
       7. El sujeto predelirante y el delirante
        El dinamismo paranoide, caracterización existencias. Delirar,    una posibilidad. El                      sujeto  predelirante: A) El sujeto insuficiente; B) La imagen de los otros; C) Las                           estructuras comprometidas del sujeto; D) La inseguridad, observable. Paranoidia. El                   Sujeto delirante: A) La proyección; B) Delirar, enfermedad del sujeto; C) El yo delirado,            ¿un nuevo yo?; D) El equilibrio (homeostasis) delirante.

8. La organización y el discurso delirante

De la idea y de la creencia. Material del sistema delirante: deliremas,. Deliremas de tipo I. Deliremas de tipo II. Degradación de deliremas. Concordancia y coherencia del delirio. La identificación del delirio.

9.Temas del delirio

Monotematismo. Tesis sobre el monotematismo. La "opción" por el tema. El delirio, ortopedia del sujeto. Taxonomía temática del delirio: A) El tema erótico; B) El tema de la corporalidad; C) El tema actitudinal; D) El tema intelectual. Folie á deux. La evolución del delirio. Lo que el delirio enseña. Diálogos con delirantes.

10. Función del delirio

Una pregunta: ¿teleología del delirio?. Sujeto/realidad, relación asimétrica. Recalificación del sujeto. 0 delirio o depresión. Excurso: la depresión provocada. Delirio y vida.

11. Continuismo/discontinuismo en la génesis del delirio

De la cordura a la locura. Fantasía (no delirante) y de lirio (fantasía delirante). 0 fantasear (y soñar) o delirar. Adiacrisis pasajeras y permanentes. Interpretaciones hiperanticipadas. Juicios de intención.

12. Consideraciones -no psico(pato)lógicas- desde una teoría del delirio

Sujeto/realidad. Antropocentrismo y perspectiva. El error, necesario. Corrección, conversión. Una alternativa: mentir, mentirse. Epistemología del sujeto.


Apéndices 1. Delirio, fantasía, literatura. 2. Teoría de la locura en Schopenhauer.



El delirio, un error necesario

   Es un tratado con el que el psiquiatra Carlos Castilla del Pino ganó el Premio Jovellanos de Ensayo en 1998. Castilla del Pino descubre en su texto que el delirio nace de que "todos tenemos algo distinto de lo que SOMOS". Sin embargo, señaló Fernández Campo, presidente del jurado del premio, la necesidad del error tiene que atenuarse para pensar en lo que de verdad somos, "y aparecer desprovistos de artificios, llenos de verdad". Para Jorge Tizón, el delirio está basado en el dolor y el sufrimiento del sujeto, que quiere evitarlo creando una fantasía que finalmente le acarrea más pesar. Castilla del Pino establece que el delirio es un error de la percepción humana y constituye una necesidad para muchas personas al no tolerar la verdad sobre aquello en lo que yerran, pero "los normales" le dan a la fantasía un valor de ensoñación, y los delirantes patológicos se la creen.

Necesidad del error

"Un cierto grado de error es imprescindible para vivir", señaló en su día Castilla del Pino. "Vivir es una invitación al error de imaginarnos dentro de nuestro mundo e imaginarnos, además, que el mundo nos precisa", añadía al enunciar la síntesis de sus hallazgos que ha compendiado en este estudio. Castilla del Pino, nacido en San Roque (Cádiz), psiquiatra y catedrático de Psicología y dinámica social de la Universidad de Córdoba, es autor de más de 27 libros y 80 monografías. Respecto a su obra sobre el delirio, Castilla del Pino considera que "no es un libro de divulgación en el sentido de vulgarización de lo ya sabido". El estudio está concebido con un lenguaje sugestivo y "perfectamente accesible para cualquier persona inteligente”


Las funciones de la sinrazón
El delirio, un error necesario
CARLOS CASTILLA DEL PINO - Ediciones Nobel, Oviedo, 1998

   Quizás por el horror que supone ver nuestro lado más oscuro a través del espejo deformante de la locura, hay pocos escenarios humanos tan fascinantes como el de aquellas personas que –sin mostrar un deterioro intelectual general como el que se observa en una demencia– muestran un pensamiento delirante. Hay personas que creen que las intentan envenenar en su casa, otros están convencidos de que su padre no es tal sino el diablo disfrazado y otros piensan que el fin del universo está escrito en clave en las matrículas de los coches de su calle. Decimos que estas personas deliran. Pero no es fácil definir formalmente el delirio, como no es fácil, por cierto, definir el pensamiento «normal». La mayor parte de las definiciones comparten la idea de que un delirio es un pensamiento considerado implausible por los demás, mantenido con una convicción firme, no modificable por la argumentación y la experiencia, y con un valor emocional tan elevado para quien lo expresa que una parte sustancial de su existencia acaba girando en torno a esa idea delirante. El delirio se aparta del razonar común, de la senda implícitamente consensuada que nos permite a los no delirantes compartir una realidad mutua.
   El libro de Castilla del Pino es una notable excepción porque, por una vez, se intenta articular una teoría psicológica del delirio. La aparición hace cerca de 60 años de los psicofármacos antipsicóticos permitió cortocircuitar el delirio de muchos pacientes, pero también tuvo la consecuencia indeseable de limitar hasta la consunción la reflexión de los clínicos sobre las funciones psicológicas que cumplían los delirios, de tal modo que ante el delirante el psiquiatra actuaba más como un cirujano que como un clínico pues se trata de «extirpar» un apéndice inútil producto de alguna desconocida aberración neurobiológica.

   Con este libro, Castilla del Pino, a contrapelo del actual biologismo acientífico en que se mueve buena parte de la psiquiatría actual, va desarrollando articulada y parsimoniosamente frente al lector un armonioso sistema explicativo para explicar el significado que tiene el delirio en la vida del delirante. Su tesis es que el delirio es un error, sí, pero un error necesario: el delirio se convierte en el único sustento que le queda al sujeto para soportar una realidad personal insoportable, para mantener un yo frágil y vencido. Para el delirante, vivir en el delirio supone su única tabla de salvación, su único medio de salvar su autoestima y su integridad psicológica.

   El delirio no consistiría, como desde una postura diametralmente opuesta han intentado explicar desde hace décadas otros autores, en un subproducto de desecho de procesos biológicos subyacentes sino en un síntoma revestido de pleno significado biográfico. La aproximación terapéutica al delirio es por eso una tarea ardua (inexpugnable para algunos, siguiendo la tradición de K. Jaspers), pues supone desarticular la única estructura psicológica fuerte (anómalamente fuerte por su carácter defensivo) que le queda al sujeto. El delirio, pues, sería el producto necesario de una situación vital insoportable psicológicamente que exige una transfiguración para ser soportada. La idea de ser perseguido por la CIA, o de ser el destinatario de una revelación divina o demoníaca, no hace sino situar al delirante en un estrado de proyección personal y de relevancia que fuera de su delirio nunca podría haber obtenido. El delirio cumple, así, la función de tapar fisuras e insuficiencias vitales. De hecho, para Castilla del Pino, las típicas depresiones que se observan cuando el delirio se atenúa con la medicación antipsicótica, sería el resultado de que el sujeto se ve impedido, de súbito, para utilizar esa ortopedia (en expresión textual del autor) que suponía hasta entonces el delirio. Si el delirio se extirpa, siguiendo la analogía quirúrgica anterior, ¿qué le queda al sujeto para sustentar su identidad?

   La teoría de Castilla del Pino está articulada desde una teoría del sujeto y del conocimiento (o construcción) de la realidad. Según Castilla del Pino, el delirio hay que entenderlo atendiendo a dos frentes. Por un lado, el delirio transgrede una serie de normas básicas de la lógica (sobre todo porque el delirante parece incapaz de ver/aceptar que existen otros puntos de vista diferentes al suyo, lo que es una premisa básica de la comunicación) y, por otro, se nutre de una serie de necesidades y deseos psicológicos no satisfechos en cuyo lugar queda instalado el delirio. Aunque podamos estar de acuerdo con este punto de partida, realmente a contracorriente del quehacer psiquiátrico vigente, resulta más discutible apoyarse en la teoría psicoanalítica, como hace Castilla del Pino en este libro, para desenmarañar los mecanismos de formación del delirio. La psicología científica, aun admitiendo la idea de que el delirio encierra un significado, explica su formación a través de vías menos esotéricas que las propuestas por él.

   Pero dejando de lado estas discrepancias de carácter más técnico, el libro de Castilla del Pino puede calificarse de moderno pues intenta la comprensión psicopatológica del delirio desde la comprensión del pensamiento de las personas normales. Del mismo modo que nadie hoy día se atreve a explicar las amnesias sin partir del conocimiento que tenemos del funcionamiento de la memoria normal, parece poco probable, aunque todavía se intenta desde la psicopatología más rancia y acartonada, entender el delirio como un producto cualitativamente diferente del pensamiento normal. Por ejemplo, algunos estudios de E. Peters (University College of London) y P. Garety (Oxford University) pusieron de manifiesto que hay una línea de continuidad entre las ideas religiosas de personas muy creyentes y las ideas psicóticas. La diferencia es más de grado en ciertas dimensiones que de radicales diferencias en cuanto a su naturaleza. Las funciones y características del pensamiento delirante no se hallarían, por lo tanto, tan alejadas de las que caracterizan al pensamiento llamado «normal» y en esta línea se sitúa también la argumentación de Castilla del Pino.

   El libro se lee con placer porque, además, Castilla del Pino muestra una firme voluntad literaria en este ensayo. Pero, como lector atraído por el argumento central de este libro, habría deseado un epílogo (¡o quizás la continuación en otro libro!) sobre la terapia psicológica de los delirios. Mientras que el psicoanálisis se ha mostrado típicamente impotente para desarticular el delirio, creando a veces explicaciones rocambolescas próximas también a un delirio, comienzan a aparecer vías modernas –derivadas en muchos casos de las psicoterapias cognitivas y la terapia de conducta– para ayudar al delirante. Algo se mueve en este sentido en el campo de la psicología clínica actual, sobre todo en el entorno británico. Las aportaciones de Chadwick, Lowe, Bentall, Haddock, Garety, etc., permiten augurar que, en un futuro cercano podamos disponer de algunas llaves que nos permitan acceder a disolver el error delirante y ayudar a quien ha perdido la razón a reconstituir su realidad de un modo socialmente más aceptable y con menor sufrimiento.

   El libro, aun en su forma de ensayo para un público más general, se convirtió en un punto de referencia obligado para el especialista y sirvió también de germen para desarrollar programas de investigación empíricos para contrastar las agudas intuiciones clínicas con que el profesor Castilla nos regaló en esta obra de madurez creadora. A pesar de que el delirio es el epicentro de la locura, desconocemos casi todo sobre él. Parte de este desconocimiento se debe, como señaló Castilla del Pino, a la escisión que muy tempranamente, a principios del siglo XX, se produjo entre la psiquiatría y la emergente psicología científica experimental. Sería deseable recuperar ese diálogo interdisciplinar porque las teorías y los modelos de razonamiento, de memoria, y de percepción que ofrece la psicología actual pueden proporcionar las claves epistemológicas para desentrañar la naturaleza del delirio, así como de otros síntomas cognitivos psicopatológicos. Quizás, finalmente, el delirio no sea tan «necesario» como el profesor Castilla sugiere. La ciencia ya no se considera un asunto determinista sino más bien probabilista y, en este sentido, aún no se ha descubierto ninguna circunstancia que necesariamente conduzca a un trastorno mental. Así pues, nos queda finalmente por dilucidar por qué unas personas, ante constelaciones de circunstancias semejantes, deliran y otras no (bien permaneciendo sanas o bien sucumbiendo a algún otro tipo de psicopatología no delirante). Poder predecir quiénes tienen más probabilidad de delirar queda, en mi opinión, fuera del alcance del método clínico de observación que sigue Castilla del Pino. Esta es una tarea más accesible desde una perspectiva nomotética que, aunque inspirándose en lúcidas hipótesis clínicas, permitirá más fácilmente desentrañar relaciones generales entre variables. En cierto modo, el intento de Castilla del Pino es que el pensamiento psicopatológico retome un surco de razonamiento y profundidad de análisis en el que, lamentablemente, parece haberse perdido, en un naufragio en el que abundan por igual vanos artificios verbales como recetas de fármacos dispensados con una generosa y, a menudo, ignorante mano. La apuesta está echada.





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"Los sujetos con ideas delirantes muestran una mayor convicción, pero también una mayor preocupación y malestar con sus ideas que las personas normales con firmes ideas religiosas".

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G. Berrios y F. Fuentenebro (El delirio, Madrid, Trotta, 1996), consideran que "el delirio apenas tiene valor informativo psicopatológico pues estaría tan contaminado de «ruido» cultural y social en su expresión final, que apenas diría nada al clínico sobre el «locus biológico» del cual supuestamente se habría originado".


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