jueves, 21 de noviembre de 2019

CHILE HIERVE




La situación política en Chile es más catastrófica que en Venezuela: Fernando Mires

¿Es Maduro quien incendia las protestas contra Sebastián Piñera en Chile?

Daniel Gómez (ALN)

     El chileno Fernando Mires, profesor emérito de Política Internacional en la Universidad de Oldenburg, sostiene en entrevista con el diario ALnavío que en su país “hay una desconexión total” entre los partidos y la ciudadanía. Que en ningún país de América Latina ha visto algo igual. “En todos los países latinoamericanos creo que hay una representación política más o menos adecuada. Incluso en Venezuela. Pero no en Chile”.

Fernando Mires dice que en Chile hay una desconexión total entre los partidos y la gente / Foto: Gobierno de Chile


Fernando Mires dice que en Chile hay una desconexión total entre los partidos y la gente


   El gobierno de Sebastián Piñera quería terminar 2019 mostrando al mundo el desarrollo de Chile. Y lo haría celebrando dos foros de índole mundial como son la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2019 y el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico. Pero debido a la situación en el país, que acumula tres semanas de protestas, las tuvo que suspender. No es el final de año que quería Piñera. Y no lo es porque ha estallado lo que el chileno Fernando Mires, profesor emérito de Política Internacional en la Universidad de Oldenburg, Alemania, es la más grave crisis de representación política de América Latina. El académico analiza la situación del país en entrevista con el diario ALnavío:

-  Usted está muy preocupado por la situación política de Chile. ¿Tan grave es en comparación con lo que ocurre en otros países de América Latina?

- La situación más catastrófica la veo en Chile. En todos los países latinoamericanos creo que hay una representación política más o menos adecuada. Incluso en Venezuela. Que los políticos venezolanos hagan una buena o mala representación política, eso es otra cosa. Pero al menos la hay. En Chile no. Lo que pasa en el país es una abierta crisis de representación. Es una desconexión total. Los partidos son conducidos por el movimiento. Eso en Chile no se había visto jamás.

- ¿A qué se debe esta desconexión entre los partidos y la gente?

- Tienen un relato ideológico que responde al pasado. No a la era actual. A la era de la sociedad digital. Mantienen un discurso equivalente a la sociedad industrial. Sin conexión ninguna con lo que pide la gente. Por otra parte, los partidos están profundamente divididos. No hay un vínculo que diga: esta es la izquierda chilena. En la izquierda chilena ni siquiera hay un líder. El antiguo candidato presidencial, Alejandro Guillier, fue cualquier cosa menos líder.

- ¿Son entonces las protestas culpa de la representación política?

- Los partidos políticos son parte del problema de Chile. Los de izquierda y también los de derecha. Hay un descuido radical de la cuestión social en Chile. La derecha cree por suerte de una doctrina liberal, no neoliberalismo, digo liberal, que por sí solo el crecimiento económico genera igualdad de expectativas. Y yo creo que eso no es cierto. El Estado tiene que subsidiar algunos sectores, algunos muy desamparados, que necesitan de una ayuda estatal. Al igual que hay discapacitados físicos, hay una gran cantidad de discapacitados sociales.  
 
- Vemos que Sebastián Piñera ha hecho de todo para frenar las protestas, imponiendo un paquete social, renovando ministros, pero la gente sigue marchando.

- El problema es que en el movimiento de protesta no hay una conducción organizada. Es una multitud de proposiciones distintas, contrapuestas entre sí, que no puede atender ningún gobierno. Es una serie de movimientos y micromovimientos alternativos que, tengo la impresión, no saben lo que quieren.

- ¿Y acaso las protestas se pueden ordenar?

- Ojalá la izquierda, a la que no le tengo ninguna simpatía, se apoderara del movimiento, para ver si le pone algún orden. Pero no. Por suerte, lo positivo, es que se han plegado formaciones sindicalistas que, espero, otorguen al caótico movimiento en Chile una espina dorsal que permita agarrarlo por algún lado. Que elijan un comité delegativo que pueda servir para establecer algún diálogo con el gobierno. Aunque creo que el movimiento terminará extinguiéndose por sus propias contradicciones.

- Pero antes de que se extinga este movimiento, ¿no corren riesgo la presidencia y el gobierno de Piñera?

- Una cosa son las demostraciones callejeras, y otra las elecciones. Piñera fue elegido por una amplia mayoría, y eso es lo que cuenta en un país democrático. A menos que el movimiento se organice y quiera el quiebre del gobierno. Pero no creo que esto ocurra. No tiene ni medios ni respaldo político para ello.

- Usted dijo en Twitter: “Chile debe ser uno de los pocos países del mundo en donde el presidente de derecha debe realizar un programa de izquierda debido a que la presidenta de izquierda realizó un programa de derecha”. ¿De verdad?

- No lo dije tan en serio. Pero corresponde en gran parte a la verdad. Hay una gran cantidad de reivindicaciones que debieron de resolverse por el gobierno de la concertación. Ahora quieren convertir el gobierno de Piñera en un gobierno social. Piñera vino para aumentar el crecimiento económico del país y en cierto modo lo ha logrado. Para repartir la riqueza están los gobiernos de izquierda. Y si ellos no asumieron su función, deben asumir su responsabilidad. Ahora bien, creo que las medidas sociales se pueden conversar con Piñera.
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Protestas en Chile: 4 claves para entender la furia y el estallido social en el país sudamericano

Fernanda Paúl - BBC News Mundo. 23 octubre 2019

La crisis en Chile se desató después de que el gobierno anunciara el alza de los precios del pasaje de metro. El despliegue de militares armados y de dispositivos de la policía uniformada no logró frenar la furia de los centenares de manifestantes que tiene a varias ciudades de Chile sumidas en un verdadero caos.

Protestas.
    La crisis se desató cuando, por recomendación de un panel de expertos del Transporte Público, el gobierno del presidente Sebastián Piñera decidió subir el precio del pasaje del Metro en 30 pesos, llegando a un máximo de 830 pesos (US$1,17 aproximadamente).

   A modo de protesta, los estudiantes comenzaron a realizar "evasiones masivas" en el metro, levantando torniquetes para ingresar a los andenes sin pagar. La situación fue agravándose cuando la violencia se tomó las calles de la capital chilena, Santiago, con quema de diversas estaciones de metro y buses, saqueo de supermercados y ataques a cientos de instalaciones públicas.

   El gobierno, entonces, decretó estado de emergencia, lo que significó el despliegue de los militares quienes, además, ordenaron toque de queda la tarde del sábado. El presidente Piñera se vio forzado a ceder y anunció el sábado 19 de octubre la suspensión del alza en la tarifa del metro afirmando que había escuchado "con humildad la voz de la gente". Sin embargo, ninguna de estas medidas y anuncios atenuó la furia de los chilenos.

"No vamos a parar": la voz de 4 manifestantes en Chile (y qué tan factible es que se cumplan sus demandas)

 "En Chile se cumplió lo que nuestros profesores de Chicago esperaban que ocurriese": entrevista con Rolf Luders, ministro de economía de Pinochet

Protestas en Chile: las 6 grandes deudas sociales por las que muchos chilenos dicen sentirse
Protestas en Chile: las 6 grandes deudas sociales por las que muchos chilenos dicen sentirse "abusados"
"Un duro golpe": las consecuencias económicas y de imagen para Chile de la cancelación de 2 grandes cumbres internacionales por el estallido social
  
  Al día siguiente, ciudades como Santiago, Valparaíso y Concepción amanecieron con graves daños en edificios y espacios públicos, además de paros en puertos y cortes de carretera. Las autoridades extendieron el toque de queda en la Región Metropolitana de Santiago, desde las 19:00 hora local (22:00 GMT) hasta las 6:00 (09:00 GMT) del lunes; y en las regiones de Concepción y Valparaíso, desde las 20:00 hasta las 6:00 del lunes. Además, se suspendieron las clases del lunes en Concepción y en 43 comunas de Santiago.

Edificios dañados en Chile.
              Los edificios de varias ciudades registraron graves daños.

  Poco después, el ejército de Chile también anunció toque de queda desde las 20:00 del domingo hasta las 6:00 del lunes en las ciudades de Coquimbo y La Serena, ubicadas a unos 470 km al norte de Santiago; y en Rancagua, unos 90 km al sur de la capital. Pese a todo, las manifestaciones no parecían apaciguarse.
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¿Usted sabe por qué las protestas sacuden el mundo? Moisés Naím lo explica


¿Será posible un efecto contagio en Venezuela de las protestas de Ecuador y Chile?

Por Moisés Naím - Martes 29 de octubre de 2019
   
Las protestas callejeras son como los incendios forestales que han aumentado en frecuencia e intensidad. Los expertos alertan que estos enormes incendios van a continuar y tendremos que aprender a vivir en ecosistemas propensos a incendiarse.

El aumento del precio del metro encendió las protestas en Chile / Foto: Bomberos de Chile
El aumento del precio del metro encendió las protestas en Chile / Foto: Bomberos de Chile   
 
1- Es por la desigualdad económica.

2- Y los bajos salarios.

3- También por la baja o nula movilidad social y la falta de un futuro mejor para los jóvenes.

4- Es por los servicios públicos infames.

5- Y por la globalización y la pérdida de puestos de trabajo causada por las oleadas de inmigrantes, de productos chinos o de robots.

6- También por los políticos que han perdido la sintonía con la gente y no se representan más que a sí mismos y a los intereses de las élites.

7- Por las redes sociales y los agentes furtivos que las utilizan para sembrar discordia, profundizar en los resentimientos y la desconfianza que divide a la población, o hasta para crear nuevos conflictos.

8- Es el resultante debilitamiento de la familia como núcleo de la sociedad. Es la pérdida de dignidad, de comunidad y de las tradiciones y reglas que contribuyen a crear identidad y sentimientos de afiliación y solidaridad.

9- Es también por la discriminación racial o las tensiones entre grupos étnicos, religiosos o regionales.

10- O por la necesidad de desalojar del poder un régimen político inaceptable o de resistir a la adopción de leyes injustas.

   Estas son sólo algunas de las explicaciones más comunes de las protestas callejeras que sacuden el mundo. Qué ensalada, ¿verdad? Hay de todo. Tanto mitos probadamente falsos como realidades fácilmente verificables.

   Pero cada una de estas explicaciones es motivo de ensayos, artículos y libros que las razonan. Todas buscan las causas más profundas de disturbios callejeros que tienen disparadores muy concretos. El aumento del precio de las cebollas en la India, del trigo en Egipto, de la gasolina en Ecuador y el gasóleo en Francia, el impuesto al uso de WhatsApp en Líbano, la adopción de una ley de extradición en Hong Kong, las trampas electorales del gobierno de Bolivia y el de Rusia, la sentencia de los líderes independentistas en Cataluña, el aumento del precio del metro en Santiago de Chile son sólo algunos ejemplos de la diversidad de eventos que sacan a la gente a la calle. Y que a veces tumban gobiernos o los obligan a abandonar sus planes.
       
Cuando las protestas callejeras son el instrumento de expresión política

   Muchas de las razones más profundas de las protestas callejeras también son usadas para explicar sorpresas políticas como el Brexit, Donald Trump o el ascenso de regímenes populistas. La idea es que estas sorpresas son manifestaciones de descontentos más profundos. Por supuesto que lo son. Pero muchos de los descontentos son de larga duración y también existen en países en los que no ha habido estos tipos de protestas. Así, las explicaciones comúnmente usadas no sirven para pronosticar en qué momento o en qué lugar estallarán protestas que se verán amplificadas por las quejas crónicas.

   Un factor común de las protestas es que toman por sorpresa a los gobiernos. Ni Emmanuel Macron, ni Sebastián Piñera, ni Xi Jinping estaban preparados para anticipar y responder a la escalada de protestas y de violencia que han paralizado París, Santiago y Hong Kong.

   El éxito de las protestas seguramente también sorprende a quienes participan en ellas. Los jóvenes chilenos cuyos desmanes obligaron al gobierno a sacar a los militares a la calle e implantar un toque de queda no esperaban que sus protestas obligarían al presidente a pedir perdón por televisión. O, más aún, a que el gobierno adoptase con gran celeridad un paquete de medidas económicas dirigidas a corregir algunas de las inequidades que afectan a los chilenos. Lo mismo vale para los jóvenes de Hong Kong, quienes lograron que el gobierno desistiera de imponer la ley de extradición que originalmente los llevó a la calle.


La sentencia del procés reavivó las protestas en Cataluña / Foto: WC
La sentencia del procés reavivó las protestas en Cataluña / Foto: WC

   La gran pregunta de estos días es si estamos en presencia de una gran conspiración o de un gran contagio. La teoría de la conspiración mantiene que, en América Latina, Cuba pone la inteligencia, el régimen de Nicolás Maduro pone el dinero y Rusia la tecnología digital que ayuda a sembrar el caos y promover las protestas. La teoría del contagio, en cambio, enfatiza que el llamado “efecto demostración” ahora se disemina más rápidamente y más globalmente. Quienes protestan en Chile vieron a sus pares en las calles de Hong Kong y estos seguramente han visto lo que sucede en las calles de París o Barcelona. El contagio es fácil y hasta inevitable.

   ¿En cuál de las dos explicaciones creer? En las dos. Como vimos, los disparadores de las protestas son muy locales y las que ocurren en otros lados seguramente sirven de inspiración y ejemplo. Una vez que toman fuerza, es muy probable que agentes de regímenes adversos al gobierno que está bajo ataque hagan cuanto puedan por apoyar directa o indirectamente a quienes protestan.

   Las protestas callejeras son como los incendios forestales que han aumentado en frecuencia e intensidad. Los expertos alertan que estos enormes incendios van a continuar y tendremos que aprender a vivir en ecosistemas propensos a incendiarse.

   Las sociedades y sus líderes tendrán que aprender a vivir con protestas callejeras frecuentes que, en algunos casos serán sólo eventos irritantes y transitorios y, en otros, el inicio de un proceso de cambios revolucionarios.

Cuando las protestas callejeras son el instrumento de expresión política
   
   Muchas de las razones más profundas de las protestas callejeras también son usadas para explicar sorpresas políticas como el Brexit, Donald Trump o el ascenso de regímenes populistas. La idea es que estas sorpresas son manifestaciones de descontentos más profundos. Por supuesto que lo son. Pero muchos de los descontentos son de larga duración y también existen en países en los que no ha habido estos tipos de protestas. Así, las explicaciones comúnmente usadas no sirven para pronosticar en qué momento o en qué lugar estallarán protestas que se verán amplificadas por las quejas crónicas.

  Un factor común de las protestas es que toman por sorpresa a los gobiernos. Ni Emmanuel Macron, ni Sebastián Piñera, ni Xi Jinping estaban preparados para anticipar y responder a la escalada de protestas y de violencia que han paralizado París, Santiago y Hong Kong.

   El éxito de las protestas seguramente también sorprende a quienes participan en ellas. Los jóvenes chilenos cuyos desmanes obligaron al gobierno a sacar a los militares a la calle e implantar un toque de queda no esperaban que sus protestas obligarían al presidente a pedir perdón por televisión. O, más aún, a que el gobierno adoptase con gran celeridad un paquete de medidas económicas dirigidas a corregir algunas de las inequidades que afectan a los chilenos. Lo mismo vale para los jóvenes de Hong Kong, quienes lograron que el gobierno desistiera de imponer la ley de extradición que originalmente los llevó a la calle.

   La gran pregunta de estos días es si estamos en presencia de una gran conspiración o de un gran contagio. La teoría de la conspiración mantiene que, en América Latina, Cuba pone la inteligencia, el régimen de Nicolás Maduro pone el dinero y Rusia la tecnología digital que ayuda a sembrar el caos y promover las protestas. La teoría del contagio, en cambio, enfatiza que el llamado “efecto demostración” ahora se disemina más rápidamente y más globalmente. Quienes protestan en Chile vieron a sus pares en las calles de Hong Kong y estos seguramente han visto lo que sucede en las calles de París o Barcelona. El contagio es fácil y hasta inevitable.

   ¿En cuál de las dos explicaciones creer? En las dos. Como vimos, los disparadores de las protestas son muy locales y las que ocurren en otros lados seguramente sirven de inspiración y ejemplo. Una vez que toman fuerza, es muy probable que agentes de regímenes adversos al gobierno que está bajo ataque hagan cuanto puedan por apoyar directa o indirectamente a quienes protestan.

   Las protestas callejeras son como los incendios forestales que han aumentado en frecuencia e intensidad. Los expertos alertan que estos enormes incendios van a continuar y tendremos que aprender a vivir en ecosistemas propensos a incendiarse.

   Las sociedades y sus líderes tendrán que aprender a vivir con protestas callejeras frecuentes que, en algunos casos serán sólo eventos irritantes y transitorios y, en otros, el inicio de un proceso de cambios revolucionarios.

   ¿Qué tienen en común Corea del Norte y Cuba? La respuesta obvia es que ambas son dictaduras. La menos obvia es que, este año, ambos países han celebrado consultas electorales. En Corea del Norte, el Gobierno informó que el 12 de marzo el 99,99% de los ciudadanos votaron y que el 100% de los votos fue para los 687 diputados que fueron postulados por el régimen. No había otros. Semanas antes, los cubanos también se habían expresado a través de un referendo en el cual se les preguntó si aprobaban una nueva Constitución. El 91% de los votos fue a favor.

   En Sudán también hubo protestas. El Gobierno las reprimió brutalmente y murieron más de cien manifestantes. Desde diciembre, los sudaneses exigen el cese del Gobierno autocrático, elecciones limpias y libertades democráticas. Lo mismo que, al otro lado del mundo, piden los venezolanos liderados por Juan Guaidó.

  Esta propensión de las dictaduras a llevar a cabo elecciones fraudulentas es muy curiosa. Se basa en la suposición de que una elección, aunque sea sólo teatro, puede compensar en algo la ilegitimidad de un Gobierno autocrático. De hecho, ahora hay más eventos electorales que nunca antes, en democracias y en dictaduras. Este año, 33 países tendrán comicios presidenciales y 76 naciones, elecciones parlamentarias. Pero hay otra forma de expresión política que está mucho más de moda que las elecciones: las protestas callejeras. Además de las marchas, los bloqueos a la circulación de vehículos se han convertido en un frecuente instrumento de expresión política.

   Tan sólo la semana pasada hubo masivas protestas populares en varios países. En Moscú, por ejemplo, la policía detuvo a más de 400 manifestantes que protestaban contra las autoridades que arrestaron a Ivan Golunov, un periodista que investiga la corrupción en el Kremlin. La policía lo acusó de tenencia y tráfico de drogas, cargos que periodistas y políticos denunciaron como espurios. Al mismo tiempo, en Hong Kong, más de un millón de personas tomaron las calles para protestar contra una ley de extradición que facilita la represión de Pekín en este territorio. Gracias a las protestas, Golunov ha sido liberado y en Hong Kong la ley de amnistía fue retirada.


En Hong Kong más de un millón de personas tomaron las calles / Foto: @Angelyangpy
En Hong Kong más de un millón de personas tomaron las calles / Foto: @Angelyangpy


Esto no es nada nuevo

   La política y las actividades de calle siempre han ido de la mano. Pero, en su versión de este temprano siglo XXI, tienen varias peculiaridades. La primera es su frecuencia. Thomas Carothers y Richard Youngs, dos de los principales expertos en el tema de las protestas políticas en el mundo, han investigado esto a fondo y concluyen que las protestas de calle han aumentado en frecuencia y tamaño. El uso de teléfonos móviles y las redes sociales facilitan la organización. También ayuda que en muchos países ahora existen clases medias más numerosas, conectadas y activadas. Los motivos que impulsan las protestas son variados: algunas tienen objetivos genéricos como el repudio a la corrupción, por ejemplo. Otras, como las de Hong Kong, son concretas: impedir la aprobación de la ley de extradición. Otras comienzan con reclamos específicos pero, rápidamente, agregan demandas más ambiciosas. 

   La gran pregunta es si las protestas tienen éxito. No está claro. La mayoría logran concesiones menores o fracasan por completo. Pero algunas han provocado cambios políticos importantes. ¿Qué caracteriza a las que tienen éxito? La combinación de nuevas tecnologías con antiguos métodos de organización política es indispensable. Las redes sociales, por sí solas, no bastan. Para ser exitosas, las protestas deben involucrar a gran parte de la sociedad y no sólo a través de internet. En algunos casos, la presión internacional y de las fuerzas armadas ha sido determinante. Pero, como siempre, lo más importante es el liderazgo. El éxito requiere que haya jefes y jefas. La ilusión de un activismo político basado en decisiones colectivas y sin líderes claros suele terminar siendo eso, una ilusión.
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Novedades que emergen con la crisis

   El sistema democrático puede corroerse desde dentro. Por ejemplo, cuando un líder autoritario se va apropiando, en busca de la perpetuidad, de los mecanismos de control

CARLOS PAGNI - 19 NOV 2019

   Las crisis que están sacudiendo a varios países de América Latina, a pesar de tener orígenes específicos, hacen aflorar problemas comunes. Uno de ellos es el ajuste al que están siendo sometidas las economías de la región. La retracción obedece a los cambios que introdujo China en su modelo productivo. Esa corrección en la demanda determinó una caída en el precio de las materias primas que exportan las economías latinoamericanas.


Los datos para entender mejor por qué 

estalló Chile

   El país latinoamericano se mira en dos espejos: el de la alta renta y la elevada desigualdad. La excesiva incertidumbre y la ausencia de una red pública protectora aceleran la falta de expectativas

JORGE GALINDO - 26 OCT 2019
marcha chile

marcha chile
Un manifestante en una protesta en Santiago este viernes. REUTERS

   “Una crisis que sólo predijeron algunos astrólogos”. Así la calificaba Adriana Valdés en su descorazonadora columna. Chile ha estallado en protestas que no cesan pese al reciente cambio de tono y a las medidas propuestas por el Gobierno de Sebastián Piñera. Unas protestas que, al menos en su versión original de evasión en el metro de la capital, contaban con un apoyo amplio entre la ciudadanía (no en sus vertientes más violentas, en las que reciben una severa censura social).

   Aunque al principio nadie sabía por qué ni cómo había sucedido el estallido, en poco tiempo ha ido emergiendo un consenso difuso que apunta a una causa: la desigualdad reinante en el país. Una vez el culpable ha sido hallado, se produce un momento “pues claro”: todos somos astrólogos retroactivos, todos estamos dispuestos a echarle en cara al sistema esa ceguera, esa falta de sensibilidad.

   Pero “el sistema” no es una categoría ajena, sino que la componemos necesariamente todos y cada uno de nosotros. “No hay que pretender que era obvio lo que muy pocos anticiparon”. La frase es del economista Andrés Velasco, y tiene particular valor que la entone un exministro de Hacienda del propio Chile como él, bajo el primer Gobierno socialdemócrata de Michelle Bachelet. Efectivamente, como sugieren Varela y Velasco, no es el momento de pasar un examen cuyo tiempo ya se agotó, sino de comprender qué se hizo mal para corregirlo en la siguiente oportunidad. Para ello, considero útil acudir a los datos para definir con un poco más de precisión qué parte de la “desigualdad” ha provocado esta expresión de descontento social. Y, sobre todo, por qué en este y no en otro país.

   Chile es ciertamente muy desigual. Sus cifras son elevadas incluso para una región acostumbrada a niveles altos de inequidad. Pero no están por encima de Brasil, Colombia o Paraguay, por citar algunos. Ahora: su PIB per cápita es mucho mayor. Chile tiene un ingreso medio equivalente al de Croacia o Rumanía, y ligeramente más alto que el de sus vecinos Uruguay y Argentina. Este nivel de renta se ha convertido en una especie de meme entre quienes, desde el ala derecha ideológica, le vienen a decir a los chilenos que no tienen por qué quejarse. Al fin y al cabo, su economía crece (de las que más este año en la región), destruyendo pobreza.

   Todas las naciones arriba citadas cuentan con una desigualdad sustancialmente más baja. Chile es un país con el nivel de renta de uno rico y la desigualdad de uno pobre. En él, por tanto, las personas con más ingresos pueden alcanzar un estatus similar al de sus compañeros en la OCDE. Las de menor capacidad adquisitiva, por el contrario, se encuentran mucho más cerca de sus vecinos latinoamericanos. Algo que inevitablemente se traslada a los dos espejos en los que se mira la nación cuando se pregunta a sí misma cómo va: cuando la clase acomodada se compara con economías avanzadas, considera que no está tan lejos, y resalta entonces la distancia respecto al resto de su propio continente. Pero cuando los segmentos populares hacen el mismo ejercicio, lo que ven es que la promesa de una vida rica no se acaba de cumplir.

   Esta sensación de quedarse a las puertas de la tierra prometida se acentúa con la enorme volatilidad de renta que sufren los chilenos. Según datos de la OCDE, Chile es el país del grupo en el que resulta menos probable quedarte atrapado en el 20% (quintil) de menor nivel de renta. Gran noticia, ¿no? No exactamente: también es de los que tiene menor permanencia entre el 20% más rico. Y aunque salir del grupo de cola es fácil, entrar lo es también.

   En otras palabras: la trayectoria vital en Chile debe parecerse bastante a un carrusel de incertidumbre, sobre todo en el espejo OCDE. Esto, probablemente, tiene que ver con que la naturaleza de su economía (sus fuentes de crecimiento) se ven mejor reflejadas en su entorno inmediato, particularmente en la considerable dependencia de las materias primas. Estar en mitad de este carrusel, en el que quien gana tiene un premio comparativamente muy goloso, pero sólo porque quien pierde se lleva un castigo considerable, debe dar bastante vértigo.

   Más aún cuando uno se sube a la montaña rusa con pocas medidas de seguridad. El modelo de baja intervención estatal y mecanismos de protección mínimos enfocados exclusivamente a reducir el riesgo de caída en la pobreza no es determinante para reducir ni la desigualdad, ni la movilidad incierta (ascendente y descendente).

   Traslademos este esquema a las percepciones de la ciudadanía. Gracias a los datos del último Barómetro de las Américas (2018-19) podemos dividir a la sociedad chilena en tres partes iguales según pertenezcan al tercio de hogares con menos o más ingresos. A su vez, la encuesta nos indica qué personas pertenecen a familias cuya situación económica empeoró, se quedó igual o mejoró en los últimos dos años. Cruzando ambas variables obtenemos precisamente nueve categorías que se mueven en el agitado tablero de las clases sociales chilenas.

   Ahora, observemos qué opinan de la realidad chilena. Es fácil predecir que ningún segmento poblacional estará tan descontento con la situación actual como el de bajos ingresos y empeoramiento de la situación. Este grupo tiene la peor valoración para Sebastián Piñera y para la democracia en particular, es el que más ignorado se siente por los gobernantes, desconfía de la probabilidad de recibir ayuda gubernamental en caso de necesidad, y considera que en cualquier caso el estado no hace lo suficiente para ayudar a “los pobres”.

   Esta tabla ofrece muchos más matices a quien quiera comprender a fondo la complejidad de posiciones de la ciudadanía chilena. Por ejemplo: el grupo más tolerante a la idea de que los desempleados pueden encontrar trabajo si se esfuerzan o a que es sencillo acceder a beneficios es el tercio más pobre cuya situación mejoró. Un segmento que también muestra una gran diferencia en la sensación de ser escuchado por los gobernantes con respecto a sus ‘compañeros de clase’ a quienes las cosas no han ido tan bien. Esto, lógico de por sí en cualquier lugar (al fin y al cabo, si te ha ido bien tiendes a pensar que le puede ir bien a todo el mundo), cobra una significación especial dada la altísima movilidad ascendente y descendente de Chile. El contraste inevitable es que la cantidad de personas que ven dificultad en conseguir beneficios si se necesitan es tan alta entre los estratos altos como entre los medios y bajos cuando hablamos de hogares con empeoramiento. En otras palabras: cuando a uno le va bien, en Chile, parece que el sistema funciona y que le puede ir bien a todo el mundo. Pero cuando le va mal los problemas se hacen evidentes.

   Las medidas propuestas por Piñera para responder a esta demanda social son una ampliación marginal del modelo existente. Es posible que, si como dijo el mandatario, la pensión mínima sube un 20% y el ingreso mínimo alcanza los 350.000 pesos, los porcentajes arriba descritos bajen sensiblemente. Quién sabe si lo suficiente para calmar las protestas. Pero la lógica del sistema seguirá siendo la misma. Chile tiene un nivel de renta que le permite pensar en redes de seguridad públicas mucho más inclusivas y no necesariamente intrusivas, que funcionan de hecho en países con unos mercados de bienes y servicios tan libres como los chilenos. Quizás es hora de que esas propuestas, que llevan años activas en Chile, dejen de ser demonizadas por una parte de su derecha y en cambio formen parte de un intento de búsqueda de nuevo modelo nacional consensuado.

   Todo esto, en cualquier caso, no explica de manera definitiva por qué Chile estalló hace unas semanas y no hace unos meses. O por qué Chile y no Panamá (con similares niveles de renta y desigualdad), o Colombia (donde a una persona de ingresos bajos le cuesta hasta once generaciones llegar a un nivel medio de ingresos — en Chile son seis). Eso tiene mucho más que ver con aspectos que se escapan a los números ‘duros’ que pueblan este artículo; preguntas que hay que hacerles a la psicología social y a la sociología de las movilizaciones. Pero lo que sí aclaran estos datos es qué aspectos específicos del contexto chileno alimentan la frustración de la que posiblemente prenden las primeras chispas. Como tal, sirven de aviso para aquellos que desestiman las desigualdades como un subproducto menor, inevitable casi, del desarrollo económico. La advertencia chilena es clara: si el crecimiento no es inclusivo, puede explotar en tus propias manos.







1 comentario:

Anónimo dijo...

Escuchamos las noticias en la televisión y no nos enteramos. Antes en los periódicos había una sección internacional y al menos había reseña por acontecimientos importantes de cada país. Ahora nos enteramos solo de los chismorreos.
¡Gracias Petrus! Muy buena la recopilación de artículos