miércoles, 16 de octubre de 2019

LUJOS DE UN CALETRE INSOMNE



 

Quiero una vida con lujos
A mi amigo y maestro FH que me puso el calificativo de "Caletre insomne"


   
   Hace años que el panorama, mi panorama, se ha ido aclarando, o eso creo. Decidí que cada cosa tiene su momento, me apropié, con perdón, de la máxima según la cual "El tiempo es ese juez insobornable que coloca todo en su sitio". La ambición no ha sido nunca, ni lo es ahora y espero que nunca lo sea, la herramienta a utilizar, tampoco la codicia ni la soberbia. Ya he dicho en otras ocasiones que mi lema es "pa qué las prisas".

  En mi entorno hay personas que coinciden conmigo en ciertos planteamientos y eso me anima a seguir, reafirmando mi convicción de que voy por buen camino, aunque es inevitable que en algunas ocasiones me asalten dudas, especialmente cuando algunos líderes de ciertas manadas me indican que no debo salirme del redil, que "por mi bien", no es bueno manifestar discordancia, ni diferir de las reglas establecidas,  me dicen, vamos, que no es aconsejable exponerse demasiado ni desafinar con notas que rompan la armonía de "sinfonías perfectas".

   Manda bemoles, nunca mejor dicho, como si todos tuviéramos que ser piezas de una máquina que cuenta con un engranaje perfectamente engrasado que conduce a no se sabe qué final, para mí que, aunque no lo sepan, o no lo quieran reconocer, ese final no es más que  la autodestrucción de la "civilización", o lo  que sería peor, de la humanidad.

   Como utópico que soy, y con los toques de optimismo que me insuflan mis amigos, espero que muchas mentes "despiertas" nos pongamos de acuerdo para poner coto a tanto dislate, a tanta majadería, a la mezquina y osada mediocridad de los que, a día de hoy, dirigen el cotarro.

   Hace casi dos siglos, en una obra poco conocida, de esas mal catalogadas como «menores» (El príncipe idiota),  Dostoievsky ponía en boca de Fiodor y otros personajes, que discutían acaloradamente, las siguientes palabras:

—La ley normal de la humanidad es precisamente el instinto de conservación.

—¿Quién le ha dicho eso? Es una ley, sin duda, pero una ley que es, ni más ni menos, la ley de la destrucción, y aún de la destrucción personal.

—Sí, la ley de la conservación personal y la de la destrucción son igualmente poderosas en el mundo. El diablo conservará aún su poderío sobre la humanidad por un periodo de tiempo desconocido por nosotros. ¿Se ríe usted? ¿Acaso no cree en el diablo? ¿Sabe usted quién es el diablo? ¿Sabe cómo se llama? ¡Y sin saber quién es, ni cómo se llama, se atreve usted a burlarse de su forma a ejemplo de Voltaire; se ríe de sus puntiagudos pies, de su cola y de sus cuernos, todo lo cual es producto de su imaginación! El diablo, en realidad, es un grande y terrible espíritu; carece de cola, cuernos, pies; son ustedes mismos los que le han dotado de esos atributos.

Fiodor Dostoievski
“Es terrible que la belleza no solo sea algo espantoso, sino, además, un misterio. Aquí lucha el diablo contra Dios, y el campo de batalla es el corazón del hombre”.
El demonio no es un ser fantástico; el demonio son las acciones del hombre, el mal que éste inaugura y expande sobre el mundo. Existe en nosotros, junto a la perseverancia en la existencia, una fuerza que nos impele a cometer destrucción, a acabar con todo atisbo de armonía. Nuestra libertad queda desde el principio abortada, no sólo porque hemos de vivir, sino porque hemos de luchar unos contra otros para hacerlo: «¡Bah, la honra! ¿Qué importa la honra, padrecito, cuando no hay qué comer? ¡Dinero, padrecito, dinero; eso es lo principal! ¡Por el dinero, por eso es por lo que debe usted darle gracias a Dios!», aduce uno de los personajes de Pobres gentes. Aparece así, y se consolida en esta novela de Dostoievski, el funesto reino de la Necesidad, de la ananké, auténtica idea-personaje de esta temprana novela.


               Cambalache - Autor Letra / Música: Enrique Santos Discépolo



                                     Cada loco con su tema-joan manuel serrat



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