viernes, 11 de octubre de 2019

LLUVIAS SUAVES, LLUVIAS HORRENDAS




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VENDRÁN LLUVIAS SUAVES
(Ray Bradbury)

Estados Unidos, 1920

   La voz del reloj cantó en la sala: tictac, las siete, hora de levantarse, hora de levantarse, las siete, como si temiera que nadie se levantase. La casa estaba desierta. El reloj continuó sonando, repitiendo y repitiendo llamadas en el vacío. Las siete y nueve, hora del desayuno, ¡las siete y nueve!

   En la cocina el horno del desayuno emitió un siseante suspiro, y de su tibio interior brotaron ocho tostadas perfectamente doradas, ocho huevos fritos, dieciséis lonjas de jamón, dos tazas de café y dos vasos de leche fresca.

   -Hoy es cuatro de agosto de dos mil veintiséis- dijo una voz desde el techo de la cocina, -en la ciudad de Allendale, California- Repitió tres veces la fecha, como para que nadie la olvidara. -Hoy es el cumpleaños del señor Featherstone. Hoy es el aniversario de la boda de Tilita. Hoy puede pagarse la póliza del seguro y también las cuentas de agua, gas y electricidad-

   En algún sitio de las paredes, sonó el clic de los relevadores, y las cintas magnetofónicas se deslizaron bajo ojos eléctricos.

   -Las ocho y uno, tictac, las ocho y uno, a la escuela, al trabajo, rápido, rápido, ¡las ocho y uno!- Pero las puertas no golpearon, las alfombras no recibieron las suaves pisadas de los tacones de goma. Llovía fuera. En la puerta de la calle, la caja del tiempo cantó en voz baja: “Lluvia, lluvia, aléjate… zapatones, impermeables, hoy.”. Y la lluvia resonó golpeteando la casa vacía. Afuera, el garaje tocó unas campanillas, levantó la puerta, y descubrió un coche con el motor en marcha. Después de una larga espera, la puerta descendió otra vez.

   A las ocho y media los huevos estaban resecos y las tostadas duras como piedras. Un brazo de aluminio los echó en el vertedero, donde un torbellino de agua caliente los arrastró a una garganta de metal que después de digerirlos los llevó al océano distante. Los platos sucios cayeron en una máquina de lavar y emergieron secos y relucientes.

   “Las nueve y cuarto”, cantó el reloj, “la hora de la limpieza”. De las guaridas de los muros, salieron disparados los ratones mecánicos. Las habitaciones se poblaron de animalitos de limpieza, todos de goma y metal. Tropezaron con las sillas moviendo en círculos los abigotados patines, frotando las alfombras y aspirando delicadamente el polvo oculto. Luego, como invasores misteriosos, volvieron de sopetón a las cuevas. Los rosados ojos eléctricos se apagaron. La casa estaba limpia.

   Las diez. El sol asomó por detrás de la lluvia. La casa se alzaba en una ciudad de escombros y cenizas. Era la única que quedaba en pie. De noche, la ciudad en ruinas emitía un resplandor radiactivo que podía verse desde kilómetros a la redonda.

   Las diez y cuarto. Los surtidores del jardín giraron en fuentes doradas llenando el aire de la mañana con rocíos de luz. El agua golpeó las ventanas de vidrio y descendió por las paredes carbonizadas del oeste, donde un fuego había quitado la pintura blanca. La fachada del oeste era negra, salvo en cinco sitios. Aquí la silueta pintada de blanco de un hombre que regaba el césped. Allí, como en una fotografía, una mujer agachada recogía unas flores. Un poco más lejos -las imágenes grabadas en la madera en un instante titánico-, un niño con las manos levantadas; más arriba, la imagen de una pelota en el aire, y frente al niño, una niña, con las manos en alto, preparada para atrapar una pelota que nunca acabó de caer. Quedaban esas cinco manchas de pintura: el hombre, la mujer, los niños, la pelota. El resto era una fina capa de carbón. La lluvia suave de los surtidores cubrió el jardín con una luz en cascadas.

   Hasta este día, qué bien había guardado la casa su propia paz. Con qué cuidado había preguntado: “¿Quién está ahí? ¿Cuál es el santo y seña?”, y como los zorros solitarios y los gatos plañideros no le respondieron, había cerrado herméticamente persianas y puertas, con unas precauciones de solterona que bordeaban la paranoia mecánica.

  Cualquier sonido la estremecía. Si un gorrión rozaba los vidrios, la persiana chasqueaba y el pájaro huía, sobresaltado. No, ni siquiera un pájaro podía tocar la casa. La casa era un altar con diez mil acólitos, grandes, pequeños, serviciales, atentos, en coros. Pero los dioses habían desaparecido y los ritos continuaban insensatos e inútiles.

   El mediodía. Un perro aulló, temblando, en el porche. La puerta de la calle reconoció la voz del perro y se abrió. El perro, en otro tiempo grande y gordo, ahora huesudo y cubierto de llagas, entró y se movió por la casa dejando huellas de lodo. Detrás de él zumbaron unos ratones irritados, irritados por tener que limpiar el lodo, irritados por la molestia. Pues ni el fragmento de una hoja se escurría por debajo de la puerta sin que los paneles de los muros se abrieran y los ratones de cobre salieran como rayos. El polvo, el pelo o el papel ofensivos, hechos trizas por unas diminutas mandíbulas de acero, desaparecían en las guaridas. De allí unos tubos los llevaban al sótano, y eran arrojados a la boca siseante de un incinerador que aguardaba en un rincón oscuro como un Baal maligno.

   El perro corrió escaleras arriba y aulló histéricamente, ante todas las puertas, hasta que al fin comprendió, como ya comprendía la casa, que allí no había más que silencio. Olfateó el aire y arañó la puerta de la cocina. Detrás de la puerta el horno preparaba unos pancakes que llenaban la casa con un aroma de jarabe de arce. El perro, tendido ante la puerta, olfateaba con los ojos encendidos y el hocico espumoso. De pronto, echó a correr locamente en círculos, mordiéndose la cola, y cayó muerto. Durante una hora estuvo tendido en la sala.

   Las dos, cantó una voz. Los regimientos de ratones advirtieron al fin el olor casi imperceptible de la descomposición, y salieron murmurando suavemente como hojas grises arrastradas por un viento eléctrico.
  
  Las dos y cuarto. El perro había desaparecido. En el sótano, el incinerador se iluminó de pronto y un remolino de chispas subió por la chimenea.

   Las dos y treinta y cinco. Unas mesas de bridge surgieron de las paredes del patio. Los naipes revolotearon sobre el tapete en una lluvia de figuras. En un banco de roble aparecieron martinis y sándwiches de tomate, lechuga y huevo. Sonó una música. Pero en las mesas silenciosas nadie tocaba las cartas.

   A las cuatro, las mesas se plegaron como grandes mariposas y volvieron a los muros.

   Las cuatro y media. Las paredes del cuarto de los niños resplandecieron de pronto. Aparecieron animales: jirafas amarillas, leones azules, antílopes rosados, panteras lilas que retozaban en una sustancia de cristal. Las paredes eran de vidrio y mostraban colores y escenas de fantasía. Unas películas ocultas pasaban por unos piñones bien aceitados y animaban las paredes. El piso del cuarto imitaba un ondulante campo de cereales. Por él corrían escarabajos de aluminio y grillos de hierro, y en el aire caluroso y tranquilo unas mariposas de gasa rosada revoloteaban sobre un punzante aroma de huellas animales. Había un zumbido como de abejas amarillas dentro de fuelles oscuros, y el perezoso ronroneo de un león. Y había un galope de okapis y el murmullo de una fresca lluvia selvática que caía como otros casos, sobre el pasto almidonado por el viento. De pronto las paredes se disolvieron en llanuras de hierbas abrasadas, kilómetro tras kilómetro, y en un cielo interminable y cálido. Los animales se retiraron a las malezas y los manantiales. Era la hora de los niños.

   Las cinco. La bañera se llenó de agua clara y caliente.
  Las seis, las siete, las ocho. Los platos aparecieron y desaparecieron, como manipulados por un mago, y en la biblioteca se oyó un clic. En la mesita de metal, frente al hogar donde ardía animadamente el fuego, brotó un cigarro humeante, con media pulgada de ceniza blanda y gris.

   Las nueve. En las camas se encendieron los ocultos circuitos eléctricos, pues las noches eran frescas aquí.

   Las nueve y cinco. Una voz habló desde el techo de la biblioteca. -Señora McClellan, ¿qué poema le gustaría escuchar esta noche?-. La casa estaba en silencio. -Ya que no indica lo que prefiere- dijo la voz al fin, -elegiré un poema cualquiera-Una suave música se alzó como fondo de la voz. -Sara Teasdale. Su autor favorito, me parece…-

Vendrán lluvias suaves y olores de tierra,
y golondrinas que girarán con brillante sonido;
y ranas que cantarán de noche en los estanques
y ciruelos de tembloroso blanco
y petirrojos que vestirán plumas de fuego
y silbarán en los alambres de las cercas;
y nadie sabrá nada de la guerra,
a nadie le interesará que haya terminado.
A nadie le importará, ni a los pájaros ni a los árboles,
si la humanidad se destruye totalmente;
y la misma primavera, al despertarse al alba,
apenas sabrá que hemos desaparecido.
    El fuego ardió en el hogar de piedra y el cigarro cayó en el cenicero: un inmóvil montículo de ceniza. Las sillas vacías se enfrentaban entre las paredes silenciosas, y sonaba la música.

   A las diez la casa empezó a morir. Soplaba el viento. La rama desprendida de un árbol entró por la ventana de la cocina. La botella de solvente se hizo trizas y se derramó sobre el horno. En un instante las llamas envolvieron el cuarto. -¡Fuego!- gritó una voz. Las luces se encendieron, las bombas vomitaron agua desde los techos. Pero el solvente se extendió sobre el linóleo por debajo de la puerta de la cocina, lamiendo, devorando, mientras las voces repetían a coro: –¡Fuego, fuego, fuego!- La casa trató de salvarse. Las puertas se cerraron herméticamente, pero el calor había roto las ventanas y el viento entró y avivó el fuego. La casa cedió terreno cuando el fuego avanzó con una facilidad llameante de cuarto en cuarto en diez millones de chispas furiosas y subió por la escalera. Las escurridizas ratas de agua chillaban desde las paredes, disparaban agua y corrían a buscar más. Y los surtidores de las paredes lanzaban chorros de lluvia mecánica.

   Pero era demasiado tarde. En alguna parte, suspirando, una bomba se encogió y se detuvo. La lluvia dejó de caer. La reserva del tanque de agua que durante muchos días tranquilos había llenado bañeras y había limpiado platos estaba agotada. El fuego crepitó escaleras arriba. En las habitaciones altas se nutrió de Picassos y de Matisses, como de golosinas, asando y consumiendo las carnes aceitosas y encrespando tiernamente los lienzos en negras virutas.

   Después el fuego se tendió en las camas, se asomó a las ventanas y cambió el color de las cortinas. De pronto, refuerzos. De los escotillones del desván salieron unas ciegas caras de robot y de las bocas de grifo brotó un líquido verde.

   El fuego retrocedió como un elefante que ha tropezado con una serpiente muerta. Y fueron veinte serpientes las que se deslizaron por el suelo, matando el fuego con una venenosa, clara y fría espuma verde.

   Pero el fuego era inteligente y mandó llamas fuera de la casa, y entrando en el desván llegó hasta las bombas. ¡Una explosión! El cerebro del desván, el director de las bombas, se deshizo sobre las vigas en esquirlas de bronce. El fuego entró en todos los armarios y palpó las ropas que colgaban allí.

   La casa se estremeció, hueso de roble sobre hueso, y el esqueleto desnudo se retorció en las llamas, revelando los alambres, los nervios, como si un cirujano hubiera arrancado la piel para que las venas y los capilares rojos se estremecieran en el aire abrasador. ¡Socorro, socorro! ¡Fuego! ¡Corred, corred! El calor rompió los espejos como hielos invernales, tempranos y quebradizos. Y las voces gimieron: fuego, fuego, corred, corred, como una trágica canción infantil; una docena de voces, altas y bajas, como voces de niños que agonizaban en un bosque, solos, solos. Y las voces fueron apagándose, mientras las envolturas de los alambres estallaban como castañas calientes. Una, dos, tres, cuatro, cinco voces murieron.

   En el cuarto de los niños ardió la selva. Los leones azules rugieron, las jirafas moradas escaparon dando saltos. Las panteras corrieron en círculos, cambiando de color, y diez millones de animales huyeron ante el fuego y desaparecieron en un lejano río humeante…

   Murieron otras diez voces. Y en el último instante, bajo el alud de fuego, otros coros indiferentes anunciaron la hora, tocaron música, segaron el césped con una segadora automática, o movieron frenéticamente un paraguas, dentro y fuera de la casa, ante la puerta que se cerraba y se abría con violencia. Ocurrieron mil cosas, como cuando en una relojería todos los relojes dan locamente la hora, uno tras otro, en una escena de maniática confusión, aunque con cierta unidad; cantando y chillando los últimos ratones de limpieza se lanzaron valientemente fuera de la casa ¡arrastrando las horribles cenizas!

   Y en la llameante biblioteca una voz leyó un poema tras otro con una sublime despreocupación, hasta que se quemaron todos los carretes de película, hasta que todos los alambres se retorcieron y se destruyeron todos los circuitos. El fuego hizo estallar la casa y la dejó caer, extendiendo unas faldas de chispas y de humo.

   En la cocina, un poco antes de la lluvia de fuego y madera, el horno preparó unos desayunos de proporciones psicopáticas: diez docenas de huevos, seis hogazas de tostadas, veinte docenas de lonjas de jamón, que fueron devoradas por el fuego y encendieron otra vez el horno, que siseó histéricamente.

   El derrumbe. El altillo se derrumbó sobre la cocina y la sala. La sala cayó al sótano, el sótano al subsótano. La congeladora, el sillón, las cintas grabadoras, los circuitos y las camas se amontonaron muy abajo como un desordenado túmulo de huesos. Humo y silencio. Una gran cantidad de humo.

   La aurora asomó débilmente por el este. Entre las ruinas se levantaba sólo una pared. Dentro de la pared una última voz repetía y repetía, una y otra vez, mientras el sol se elevaba sobre el montón de escombros humeantes: -Hoy es cinco de agosto de dos mil veintiséis, hoy es cinco de agosto de dos mil veintiséis, hoy es…
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¡DANA VETE YA!


Hace varios días nos hablaron de ti, DANA,
sin conocerte demasiado, ni ellos mismos,
los que hablan del tiempo y del cielo
de rayos, vientos, bajas presiones, días soleados,
rayos ultravioletas peligrosos, tornados,
tifones, tsunamis, huracanes
y tormentas perfectas.
Quizás representes a la naturaleza enfadada
por el maltrato que entre todos
le damos desde hace tiempo,
con nuestras emisiones de gases tóxicos,
nuestros plásticos y nuestros venenos.
Sé que los ríos ya no son ríos,
que los mares y océanos
ya no son fuentes de vida,
que los tiburones y delfines se enredan en redes trampa
que los osos polares ya no sonríen en Groenlandia
ni en el Ártico, que los pingüinos
se han hartado del frack, que las ballenas
vuelven a ser capturadas en Japón.
que los dinosaurios amenazan con no volver jamás,
que los bancos de peces pequeñines han quebrado,
que los arrecifes de coral han sido desahuciados,
que muchas especies terrestres están extinguiéndose
con el beneplácito de los que mandan
y los que pasamos de todo,
que a los elefantes ya no les salen colmillos
por si acaso son derribados por rifles asesinos
de reyes eméritos despistados y otros furtivos.
Que los buitres no son culpables
de las acciones de los fondos homónimos
que están echando de sus casas a personas humildes.
Pero tú, DANA, te has pasado, nos has castigado demasiado
y quién sabe si has terminado tu tarea destructiva.
Los molineros no somos los culpables de tanto mal,
de verdad, que somos gente sencilla,
tu furia está siendo desmedida, y ya has hecho mucho daño,
estamos temerosos de que sigas por aquí,
hemos aprendido la lección,
márchate ya de nuestro pueblo,
no te guardaremos rencor
y te prometo que entre todos acallaremos
las voces rotas de algunos que yo mismo
he oído decir: “Maldita seas DANA”.
 
(PETRUS RYPFF)


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MARCADO “AUSENTE”
(ZOLA RYPFF)

   Hoy, como todos los lunes a primera hora de la mañana, tengo cita con Víctor. Víctor es un pobre toxicómano conocido en todo el pueblo por agredir, robar y tener continuos enfrentamientos con la policía. Se trata de un chaval de unos 23 años de edad, aunque su físico aparenta casi 50. Antes de ser drogadicto habría sido bastante guapo porque tiene los ojos azules y grandes, y aunque ahora los tenga moribundos y apagados por culpa de las sustancias, el deterioro y la poca higiene, de pequeño seguro que fueron espabilados y alegres.

    Esta mañana abre la puerta, y, más muerto que vivo, se dirige hacia mí torpemente y se deja caer en la silla enfrente de mi mesa de despacho. Él dice que recuerda muy bien a sus padres, y se emociona cuando me habla de lo bien que le habían tratado y de lo afortunado que había sido en su infancia ya que se lo habían dado todo al ser hijo único. De hecho, su familia nunca había tenido problemas económicos y “hasta tenían una casa en la playa”… Víctor rompe a llorar. Se siente impotente ante esta situación, está convencido de que él no es drogadicto y siempre intenta convencerme a mí. 

   Entonces, se siente muy solo y se da cuenta de la realidad y de que está aquí porque necesita ayuda psicológica y un tratamiento. En ese momento se asusta, se levanta, se aleja temeroso hacia la puerta, me dice que estoy loco y repite un par de veces la misma frase de siempre: - Yo no soy drogadicto, sólo me gusta probar cosas nuevas, esta semana lo dejo. Yo intento calmarlo y le aseguro que se va a curar y que no dejaré que le pase nada. Se vuelve a sentar, aliviado, y me cuenta algo que no había querido contarme hasta ahora, y que tendría que haberme contado desde el principio: - Doctor, yo empecé con las drogas una noche, en una fiesta que había organizado un colega del barrio por mi cumpleaños, para que superara la muerte de mi viejo, pocas semanas antes. 

  Fuimos a una discoteca a animarnos y allí nos encontramos con un camello que nos convenció para comprarle unos gramos de coca y cristal. Nosotros estábamos hasta arriba de alcohol y nos lo esnifamos. Pasaron unos minutos y nos pusimos a bailar con unas amigas que hicimos allí. Yo empecé a sentir cosas extrañas que pasaban por mi mente y veía luces que antes no veía, pero no sabría definir muy bien qué era. Se lo comenté a mi colega y me dijo que él también estaba sintiendo lo mismo, así que, al día siguiente fuimos otra vez a la discoteca y volvimos a comprar droga. 

   Solíamos hacer lo mismo todas las semanas con lo que yo le sacaba a mi madre, hasta que un día, me enteré de que mi colega “la había palmao”. Yo sabía perfectamente de qué había muerto, pero me hice el tonto y no quise ver en qué nos habíamos convertido.

    Mi vieja también murió meses después y aquí estoy yo ahora, hecho un perro y esperando a que llegue mi día. Mi cuerpo, mi mente, mi sangre y mi vida están hechos de marihuana, hachís, cocaína, nicotina y de muchas otras sustancias que me superan a mí y a mis ganas de vivir. 

    Por eso le necesito a usted, para que me ayude a dejar todo esto que me está matando. ¡Maldita sea! ¿En qué estaba yo pensando aquel día que se me ocurrió probar eso tan horrible y peligroso? 
    
    Yo le receto unas pastillas y le advierto que sólo se tome una cápsula al día, sólo una. Se marchó poco después. 

   Ahora pasan las semanas y, como hoy, todos los lunes a primera hora de la mañana marco “Ausente” en la casilla del lunes a las 9’00 h. Aprovecho este tiempo para escribir lo que estoy escribiendo ahora, la vida de un toxicómano que tiró su vida a la basura por unos gramos en polvo o por unas jeringuillas, siempre que puede, porque no siempre tiene dinero para comerciar con los “narcos”, y entonces es cuando suele alterarse y volverse agresivo, pero al fin y al cabo, es una buena persona. Lo peor es que personas como Víctor hay a montones en todos lados, que piensan que ellos tienen cabeza y que sólo quieren probar lo que se siente, y… un momento… ¿Esto qué es? Vaya, hay una nota encima de mi mesa con la fecha de hoy que asoma entre mis papeles, con una letra infantil pero aplicada, con falta de práctica y las letras grandes y temblorosas, veamos:
 
Se marchó poco después. Ahora pasan las semanas y, como hoy, todos los lunes a primera hora de l

     GRACIAS, DOCTOR. GRACIAS POR RECETARME ESTAS PASTILLAS, AHORA SÍ QUE ESTARÉ BIEN, AUNQUE NO VUELVAN A VERME POR AHÍ NUNCA MÁS. TOTAL, ASÍ NO HARÉ DAÑO A NADIE Y NO CREO QUE NADIE ME ECHE DE MENOS. ME TOMARÉ EL FRASCO ENTERO DE PASTILLAS DE UN TRAGO Y A ESPERAR EL RESULTADO. DOCTOR, USTED HA SIDO LA ÚLTIMA PERSONA CON LA QUE HE HABLADO Y LA QUE MÁS HA SABIDO ESCUCHARME, POR ESO LE DOY LAS GRACIAS. COMO NO VOY A VOLVER A VERLE, QUIERO DECIRLE QUE AUNQUE NO LO CREA ME HA AYUDADO MUCHO PERO ESTO ES UN INFIERNO, Y NO QUIERO SUFRIR MÁS. NO SE PREOCUPE POR NADA, Y NO INTENTE IR A BUSCARME A NINGÚN LADO PORQUE CUANDO LEA ESTO YA ESTARÉ MUERTO. HA SIDO UN PLACER CONOCERLE, DOCTOR. PD: TENÍA USTED RAZÓN, SÍ, SOY UN DROGADICTO, PERO NO SE EQUIVOQUE CONMIGO, PORQUE MUCHAS VECES LOS MÉDICOS DEBEN APRENDER DE LOS ENFERMOS.

 

75 minutos 

(Petrus Rypff)


   Hace aproximadamente un año vi por primera vez a la madre de Santiago, un chico de 28 años, medio payo y medio gitano. 

   Se presentó sin cita en la consulta para hablarme de su hijo y pedirme que le actualizara las recetas que mi predecesor en el hospital le venía haciendo desde hacía años. Santiago iba a ingresar en prisión por un robo cometido hacía tiempo y estaba desesperado porque, por otras veces, sabía que en la cárcel no le iban a administrar su “maravilloso” Tranxilium 50 mg. Tras cumplir 8 meses salió del “talego” en Noviembre y desde entonces ha cometido unas cuantas fechorías y por supuesto realiza consumos de todo tipo de drogas que combina con los tranxilium y trankimazines que consigue del médico de cabecera o del mercado negro.

   Santiago apareció por fin se presentó en la consulta hace 1 mes, vino acompañado de sus padres y su aspecto era bastante peculiar, llamaba la atención su larga melena negra recién lavada y lo maqueado de su atuendo, se notaba que su madre lo había “preparado” para ir al médico, pero este pulcro aspecto no podía esconder su falta de cuidado crónico que era evidente por las numerosas mellas de su dentadura, el amarillo de los dedos a causa de la nicotina y otros detalles que ahora no merece la pena mencionar. 

   Nada más entrar en el despacho dejó claro a lo que venía, a que le recetara su tranxilium 50. Le indiqué que prefería antes conocer su situación actual y sus antecedentes médico-psiquiátricos, que me hablara de su biografía personal, de su familia, etc. Con un discurso bastante empobrecido y a veces atropellado me fue facilitando la información requerida y me pude hacer una imagen mental apropiada de todo. Enseguida me pidió de nuevo con urgencia su receta.

  Durante unos segundos me quedé mirando a sus padres que hasta ese momento habían permanecido callados, casi ausentes. Su madre, Dolores, esbozó una sonrisa nerviosa que transmitía al mismo tiempo desesperación, impotencia y sobre todo dolor. Sin yo preguntarle me contó que Santiago es el quinto de ocho hijos, uno de los cuales, Pedro, también estuvo enganchado a las drogas hasta que hace 4 años falleció en los calabozos de la Guardia Civil y añadió: “No sé si se suicidó o lo suicidaron”. 

  Unos instantes después tomó la palabra el padre que se presentó como José y me dijo: “ Mire usted, con mi hijo no pierda el tiempo porque es un cabrón que no tiene solución, no hace caso de nada de lo que le decimos y algún día le pasará lo mismo que a su hermano”. En este punto le interrumpí y me giré hacia Santiago que a pesar de sus maneras de psicopatón tenía mucho respeto o más bien miedo a su padre, hizo una mueca  de incredulidad por lo que había escuchado y a continuación dijo: “Ve usted, doctor, así son mis viejos, mi padre sólo sabe meterse conmigo pero no cuenta que él se emborracha casi todos los días…”.

   Aquí de nuevo interrumpí y dirigiéndome a los tres, hice un comentario respecto al estilo de comunicación que estaban utilizando en la consulta y que seguramente en su casa sería siempre bastante más subido de tono al no estar presente un “moderador”. Creo que captaron el mensaje porque a partir de ese momento no volví a escuchar ni una sola descalificación en tono hiriente. Llegado este momento me planteé varias opciones para continuar la entrevista y opté por la más osada, que fue sacar de mi maletín un relato que días atrás había escrito mi hija, que tituló “Vida de un drogadicto”, que tenía como protagonista a Víctor, un toxicómano de veintitrés años y que a mí me había impresionado mucho. No voy a desvelar el contenido del escrito, sólo diré que tiene un final trágico y que en su desarrollo guarda muchas similitudes con la biografía de Santiago. La idea era que Santiago leyera el texto, pero al comprobar su bajo nivel de instrucción para la lectura, le pregunté si prefería que lo leyera yo y él asintió aliviado.

   Mientras iba leyendo, de vez en cuando levantaba la mirada del texto para comprobar la reacción que iba provocando en Santiago y sus padres. Cuando terminé de leer, la expresión de Dolores era un poema, se puso a llorar con una mezcla de dolor, emoción y alivio a la vez, José estaba emocionado y soltó un “es lo que yo le digo de mi Santiago”. Por fin dirigí la mirada a Santiago, que, al fin y al cabo, era el protagonista de esta historia y uno de mis retos profesionales en este momento, estaba como aplastando con su espalda el respaldo de la silla  y su cara transmitía perplejidad, estaba “knock out” como un boxeador después de recibir una soberana paliza.
    
   Les di tiempo para recomponerse y dirigiéndome a los tres les dije: “Entre todos no vamos a permitir que a Santiago le pase como al “héroe” de la historia de mi hija; pero esto es una guerra muy larga en la que se puede perder alguna batalla”. Creo que me entendieron muy bien y Santiago se puso en pié y extendiéndome la mano me dijo: “Doctor, le prometo que no vuelvo a probar ni la heroína ni la farlopa, a mí no me va a pasar como al Víctor ese, y por cierto, dé un beso a su hija de mi parte”.

  Soy consciente de que el problema de Santiago no va a tener una solución fácil y lo más seguro es que tenga muchas recaídas en el consumo de drogas pero estoy convencido de que la entrevista mantenida va a suponer un antes y un después en su familia. Les dediqué una hora y cuarto, y los pacientes que venían después tuvieron que ser muy pacientes, pero ninguno protestó.



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