lunes, 7 de octubre de 2019

LEÓN TOLSTOI








Frase célebre sobre la fidelidad y el amor - Tolstoi





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25 FRASES DE LEÓN TOLSTÓI QUE LO CONVIRTIERON EN UN SER INMORTAL




100 frases de Leo Tolstoi para pensar


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Frases filosoficas de amor de Leon Tolstoi

10 frases de León Tolstói






                        León Tolstoi.
        Lev Nikoláievich Tolstói.
        Nació en   Yasnaia Poliana, Rusia, el 9 de septiembre de 1828.
        Murió en Astápovo, en la actualidad Lev Tolstói, provincia de                      Lipetsk, el 20 de noviembre de 1910.
        Libros más destacados: Ana Karenina, Guerra y Paz.





Listado de sus obras:
  • Infancia (1852)
  • Adolescencia (1854)
  • Juventud (1856)
  • Relatos de Sebastópol (1855-56)
  • Felicidad conyugal (1858)
  • Los Cosacos (1863)
  • Polikushka (1863)
  • Dos húsares (1866)
  • Guerra y Paz (1865-1869)
  • Anna Karénina (1875-1877)
  • Confesión (1882)
  • La Muerte de Iván Ilich (1886)
  • La Sonata a Kreutzer (1889)
  • Iglesia y Estado (1891)
  • El Reino de Dios está en Vosotros (1894)
  • El Padre Sergio (1898)
  • Resurrección (1899)
  • Hadji Murat (1912) (póstuma)
  • No Puedo Callarme
  • Cuentos Populares
  • ¿Qué es el Arte?
  • Cantando por mi vida
  • La escuela de Yásnaia Poliana
  • El diablo (1911) (póstuma)
  • De las memorias del príncipe D. Nejliúdov. (1857)
  • Albert (1858)
  • Tres muertes (1858) (relato)
  • Nuevo abecedario (1872-1875)
  • El origen del mal

 Biografía

    Fue hijo de un noble propietario y de una acaudalada princesa, María Volkonski. Tolstoi viviría siempre dividido entre esos dos espacios simbólicos que son la gran urbe y el campo, pues si el primero representaba para él el deleite, el derroche y el lujo de quienes ambicionaban brillar en sociedad, el segundo, por el que sintió devoción, era el lugar del laborioso alumbramiento de sus preclaros sueños literarios.

   Quedó huérfano muy joven y pasó a vivir luego con dos tías. En 1843 ingresó en la Facultad de letras de la Universidad de Kazán, pero terminó por abandonar la carrera para cursar Derecho. En sus años de universidad obtuvo buenos resultados, probablemente gracias a que sus examinadores atendieran al alto rango de su familia ya que el joven Tolstoi se entregaba con mucha facilidad a la ociosidad, según cuenta en su obra Adolescencia.

   Allí conoció los escritos del filósofo francés Jean Jacques Rousseau, que tanta influencia ejercería sobre él. Decepcionado por la enseñanza oficial, abandonó sus estudios en 1847. Después de un breve y fútil intento por mejorar las condiciones de vida de los siervos de sus tierras, se metió de lleno en la disipada vida de la alta sociedad aristocrática moscovita, a la que en sus diarios prometió cándidamente reformar.

   Tolstoi regresó a San Petersburgo en 1856. Posteriormente realizaría una serie de viajes por el extranjero (en 1857 y 1861), durante los cuales visitaría escuelas alemanas y francesas para, más tarde, abrir en Yásnaia Poliana una escuela para niños campesinos en la que aplicó sus métodos educativos, que anticipaban la educación progresista moderna. En 1862 se casó con Sonia Andréievna Bers, miembro de una culta familia de Moscú. Durante los siguientes quince años formó una extensa familia, administró con éxito sus propiedades y escribió sus dos novelas principales, Guerra y paz (1863-1869) y Ana Karénina (1873-1877).

   A los 82 años, y cada vez más atormentado por la disparidad entre sus criterios morales y su riqueza material, y por las continuas disputas con su mujer, que se oponía a deshacerse de sus posesiones, el 10 de noviembre de 1910, con un pequeño baúl en el que metió su ropa blanca y unos pocos libros, Tolstoi, acompañado por su médico y la menor de sus hijas, se marcha de casa a escondidas en medio de la noche.

   Durante algunos días nada se supo de ellos, pero el 14 Tolstoi fue víctima de un grave ataque pulmonar que lo obligó a detenerse y a buscar refugio en la casa del jefe de estación de Astapovo, donde recibió los cuidados solícitos de la familia de éste. Sofía llegó antes de que falleciera, pero no quiso turbar la paz del moribundo y no entró en la alcoba hasta después del final.

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   Anna Karenina era la heroína de la novela homónima del escritor ruso León Tolstoi que es considerada la mejor novela romántica de todos los tiempos. Una historia de amor, pasión, culpa y certeza de que los sentimientos pueden ser fugaces. Tolstoi maravilló al público con esta novela en el año 1877 y también con otro libro memorable  llamado “ Guerra y  paz”. Pero además de ser un escritor increíble, Tolstoi pone en cada obra una búsqueda personal espiritual y religiosa. Un pensador profundo y comprensivo.

   Al final de sus días, se volvió una especie de maestro del pensamiento que predicaba por la vida simple y la moral y combatía las instituciones opresivas y toda forma de violencia. Un ser inteligente y dotado de innumerables cualidades que incluso sirvió de influencia y de inspiración para personalidades como Mahatma Gandhi y tantos otros.

   No podemos dejar de repasar algunas de sus frases más memorables que encierran tanta sabiduría y de las que siempre se puede aprender, porque estos seres maravillosos e inteligentes aún después de haber pasado a la historia, tienen mucho para dar:
      1.  Mujeres, en sus manos está la salvación del mundo.
      2.  Si quieres ser feliz, ¡Sé feliz!
    3.  El matrimonio es una barca que lleva a dos personas por un mar tormentoso: si uno de los dos hace algún movimiento brusco, la barca se hunde.
     4.  Debemos aprender a ponernos en el lugar del otro. Comprenderlo todo implica perdonarlo todo.
     5.  Quien a lo largo de su vida tiene sólo una mujer y la ama de verdad, conoce mejor a las mujeres que quien ha tenido miles.
     6.  Cuando tenga tres cuartas partes de mi cuerpo dentro de mi tumba, diré lo que pienso de las mujeres y luego colocaré la lápida rápidamente sobre mí.
     7.  La verdad debe imponerse sin violencia.
     8.  Decir que podrás amar a una persona toda tu vida, es como pretender que una vela siga ardiendo tanto tiempo como vivas.
    9.  Todos los hombres cometen el mismo error cuando imaginan que la felicidad consiste en la realización de todos los sueños.
    10.    La piedad es siempre el mismo sentimiento, da igual que la sientas por un ser humano o por una mosca.
    11.      De matar a los animales a matar a los hombres hay un solo paso, al igual que de hacer sufrir a un animal a hacer sufrir a un hombre.
    12.    Si un hombre tiene más de lo que necesita es porque otros carecen de lo indispensable.
     13. Los dos guerreros más poderosos son la paciencia y el tiempo. No olvides que las cosas más grandes llevan tiempo y que no se logra el éxito de un día para otro.
      14.     La caridad del pobre es no odiar al rico.
     15.  Hacer el bien no puede volver a todos felices, pero hacer el mal, seguro  nos hará  infelices.
      16.     Nada vale tanto como una madre amorosa.
     17.    Para instruir a un pueblo se necesitan tres cosas: escuelas, escuelas y más escuelas.
    18.     A un gran corazón, ninguna ingratitud lo cierra. Ninguna indiferencia lo cansa.
   19.     Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo.
    20.     No hagáis el mal y no existirá.


EL ORIGEN DEL MAL

León Tolstoi(1828-1910)

    En medio de un bosque vivía un ermitaño, sin temer a las fieras que allí moraban. Es más, por concesión divina o por tratarlas continuamente, el santo varón entendía el lenguaje de las fieras y hasta podía conversar con ellas. En una ocasión en que el ermitaño descansaba debajo de un árbol, se cobijaron allí, para pasar la noche, un cuervo, un palomo, un ciervo y una serpiente. A falta de otra cosa para hacer y con el fin de pasar el rato, empezaron a discutir sobre el origen del mal.

-El mal procede del hambre -declaró el cuervo, que fue el primero en abordar el tema-. Cuando uno come hasta hartarse, se posa en una rama, grazna todo lo que le viene en gana y las cosas se le antojan de color de rosa. Pero, amigos, si durante días no se prueba bocado, cambia la situación y ya no parece tan divertida ni tan hermosa la naturaleza. ¡Qué desasosiego! ¡Qué intranquilidad siente uno! Es imposible tener un momento de descanso. Y si vislumbro un buen pedazo de carne, me abalanzo sobre él, ciegamente. Ni palos ni piedras, ni lobos enfurecidos serían capaces de hacerme soltar la presa. ¡Cuántos perecemos como víctimas del hambre! No cabe duda de que el hambre es el origen del mal.

   El palomo se creyó obligado a intervenir, apenas el cuervo hubo cerrado el pico. -Opino que el mal no proviene del hambre, sino del amor. Si viviéramos solos, sin hembras, sobrellevaríamos las penas. Más ¡ay!, vivimos en pareja y amamos tanto a nuestra compañera que no hallamos un minuto de sosiego, siempre pensando en ella "¿Habrá comido?", nos preguntamos: "¿Tendrá bastante abrigo?" Y cuando se aleja un poco de nuestro lado, nos sentimos como perdidos y nos tortura la idea de que un gavilán la haya despedazado o de que el hombre la haya hecho prisionera. Empezamos a buscarla por doquier, con loco afán; y, a veces, corremos hacia la muerte, pereciendo entre las garras de las aves de rapiña o en las mallas de una red. Y si la compañera desaparece, uno no come ni bebe; no hace más que buscarla y llorar. ¡Cuántos mueren así entre nosotros! Ya ven que todo el mal proviene del amor, y no del hambre.

-No; el mal no viene ni del hambre ni del amor -arguyó la serpiente-. El mal viene de la ira. Si viviésemos tranquilos, si no buscásemos pendencia, entonces todo iría bien. Pero, cuando algo se arregla de modo distinto a como quisiéramos, nos arrebatamos y todo nos ofusca. Sólo pensamos en una cosa: descargar nuestra ira en el primero que encontramos. Entonces, como locos, lanzamos silbidos y nos retorcemos, tratando de morder a alguien. En tales momentos, no se tiene piedad de nadie; mordería uno a su propio padre o a su propia madre; podríamos comernos a nosotros mismos; y el furor acaba por perdernos. Sin duda alguna, todo el mal viene de la ira.

El ciervo no fue de este parecer:

  -No; no es de la ira ni del amor ni del hambre de donde procede el mal, sino del miedo. Si fuera posible no sentir miedo, todo marcharía bien. Nuestras patas son ligeras para la carrera y nuestro cuerpo vigoroso. Podemos defendernos de un animal pequeño, con nuestros cuernos, y la huida nos preserva de los grandes. Pero es imposible no sentir miedo. Apenas cruje una rama en el bosque o se mueve una hoja, temblamos de terror. El corazón palpita, como si fuera a salirse del pecho, y echamos a correr. Otras veces, una liebre que pasa, un pájaro que agita las alas o una ramita que cae, nos hace creer que nos persigue una fiera; y salimos disparados, tal vez hacia el lugar del peligro. A veces, para esquivar a un perro, vamos a dar con el cazador; otras, enloquecidos de pánico, corremos sin rumbo y caemos por un precipicio, donde nos espera la muerte. Dormimos preparados para echar a correr; siempre estamos alerta, siempre llenos de terror. No hay modo de disfrutar de un poco de tranquilidad. De ahí deduzco que el origen del mal está en el miedo. 

Finalmente intervino el ermitaño y dijo lo siguiente: -No es el hambre, el amor, la ira ni el miedo, la fuente de nuestros males, sino nuestra propia naturaleza. Ella es la que engendra el hambre, el amor, la ira y el miedo.

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