miércoles, 30 de octubre de 2019

LECCIONES DE VIDA





ENCUENTRO CASUAL DE PROFESORES                          

Un anciano conoce a un joven quien le pregunta:
- ¿Se acuerda de mí?
Y anciano dice que no.
Entonces el joven dice que fue su alumno.
Y el profesor pregunta:
- ¿Qué estás haciendo ahora?
- Soy profesor
- Ah que bueno ¿Como yo?
- Sí. Me convertí en maestro porque usted me inspiró a ser también como usted.
Luego le pregunta al tipo cuándo lo inspiró a ser maestro. Y el alumno cuenta la historia:
“Un día, un amigo mío, también estudiante, llegó con un hermoso reloj nuevo, y decidí que lo quería para mí y se lo robé, lo saqué de su bolsillo. Poco después, mi amigo notó el robo y se quejó a usted (maestro). Entonces usted se dirigió a la clase:
- El reloj de su colega fue robado. Quien lo robó, que lo devuelva.
No lo devolví porque no quería hacerlo.

Luego cerró usted la puerta y nos dijo a todos que nos pusiéramos de pie y que iría a uno por uno para buscar en los bolsillos de todos hasta encontrar el reloj. Pero nos dijo que cerráramos los ojos, que haría esto con los estudiantes con los ojos cerrados ...

Todos cerramos los ojos y usted fue de bolsillo en bolsillo y cuando llegó al mío encontró el reloj y lo tomó. Continuó usted buscando en todos, y cuando terminó, dijo: 'Abran los ojos. Ya tenemos el reloj'.

No me dijo usted nada. Nunca mencionó el episodio. Nunca dijo quién había robado a nadie.

Y ese día, usted salvó mi dignidad para siempre. Fue el día más vergonzoso de mi vida. Pero también fue el día que mi dignidad se salvó y evitó que me convirtiera en ladrón, mala persona, etc. Nunca dijo nada.
Me dio una lección moral que nunca olvidé. Recibí el mensaje. Entendí que esto es lo que debe hacer un verdadero educador.

- ¿Se acuerda de ese episodio, maestro?
Y el profesor responde:
- Recuerdo la situación, el reloj robado, busqué en todos, etc. Pero no te recordaba, porque también cerré los ojos mientras buscaba.
Esto es la esencia de la decencia: Si para corregir necesitas HUMILLAR... no sabes enseñar.
Las lecciones de vida también pueden ocurrir fuera del ámbito académico, a veces los seres queridos también pueden enseñar lecciones de vida, de esas que perduran para toda la vida, que dejan una impronta indeleble en algún rincón del alma, o de los centros emocionales del cerebro, llamémosles hipocampo, amígdala, circuitos mesolímbicos o lo que diantre sea.

  

COSAS DE ELA

   Recuerdo que siendo yo un niño de no más de siete años, a la salida del colegio, llegué a casa y tras la merienda, salí a dar una vuelta con el juguete que unos días antes me habían traído los Reyes Magos. Iba contento porque ese año habían sido más generosos que de costumbre, a pesar de que la economía familiar no daba para muchos dispendios. En la plaza me encontré con un conocido del barrio que lucía un flamante coche teledirigido de color rojo sangre, me dijo que también se lo habían traído los reyes, aunque después supe que no había sido así.

   En un acto que consideré que era de generosidad por su parte, me ofreció hacer un intercambio de juguetes, su precioso automóvil “rugiente” por un bonito pero inerte tren de madera que había que conducir manualmente. No me lo pensé dos veces y acepté el trato, ignorante de las consecuencias que éste tendría. Cuando ya anochecía, emprendí el regreso a casa, con sumo cuidado para que mi bólido no “pereciera” aplastado bajo las ruedas de algún vehículo “de mayores” que circulaba por la calle mayor del pueblo.

   Apagué el coche poniendo el botón situado en los bajos del mismo en posición off. Disimuladamente entré en mi habitación para esconderlo en mi rincón secreto, pero, antes de terminar la faena, mi madre entró en mi cuarto y se quedó muy extrañada cuando vio que no portaba en mis manos mi juguete, sino otro, que a buen seguro valdría un potosí. Me interrogó sobre la procedencia del coche rojo y le expliqué lo ocurrido. No quise decirle el nombre del “amigo” con el que había hecho el intercambio porque sabía que tenía fama en el barrio de ladronzuelo. Insistió tanto que tuve que confesarle el dato, me sentí un poco culpable por ello, pero ELA en estas cosas de “dignidad y justicia” siempre se mostraba inflexible.

   Sin decirme nada hizo sus averiguaciones en el barrio hasta que dio con la verdad, el coche de marras había sido sustraído por Ramón Miralles, que así se llamaba el sujeto, en la juguetería de la Plaza de la Cruz. Al día siguiente por la mañana me pidió que volviera directo desde el colegio a casa, porque íbamos a salir de compras, hecho que me sorprendió, no era consciente de que tuviera necesidad de comprar nada. Cumplí con el mandato y a las cinco y diez estaba de vuelta. Merendé algo y me acicaló para la ocasión, la pulcritud era una de sus virtudes de ELA.

   Sin explicarme nada nos dirigimos a la tienda de juguetes. Le pregunté con cierta inquietud el motivo de su secretismo a lo que me respondió que más tarde lo entendería todo. Justo en la puerta del establecimiento, me colocó bien las solapas de mi abrigo y me explicó lo que debía hacer. Sacó de su bolso el Ferrari en cuestión y me instó a entrar y devolverlo. Ella ya había hablado con el tendero por la mañana y le había contado que yo sólo había sido una víctima de un desaprensivo, pero que tenía que aprender una lección importante. Entré en la tienda con cierto desasosiego pero al ver la actitud empática de Antonio, el dueño de la juguetería, me sentí aliviado y entendí que no estaba sino cumpliendo con mi deber, pero de golpe pensé que me estaba quedando sin mi tren de madera, regalo de los Reyes y sin mi coche teledirigido, bueno, sin el coche de Antonio.

Cosas de ELA, una más de sus “Lecciones de Vida”.

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