domingo, 13 de octubre de 2019

APEGO SÍ, APEGO NO




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En los seres humanos el vínculo de apego tarda unos meses en aparecer, ya que conlleva una compleja mezcla de conductas entre la madre y su hijo y adquiere una gran variedad de formas. El establecimiento del lazo afectivo evoluciona a través de cuatro etapas:

1. Fase de preapego.

Abarca desde el nacimiento hasta las seis primeras semanas aproximadamente. Durante este periodo, la conducta del niño consiste en reflejos determinados genéticamente que tienen un gran valor para la supervivencia. A través de la sonrisa, el lloro y la mirada, el bebé atrae la atención de otros seres humanos; y, al mismo tiempo, es capaz de responder a los estímulos que vienen de otras personas. Tratan en muchas ocasiones de provocar el contacto físico con el resto de los seres humanos.
En esta fase aparece un reconocimiento sensorial muy rudimentario hacia la madre. Prefieren la voz de ésta a la de cualquier otro adulto a pesar de que todavía no muestran un vínculo de apego propiamente dicho.


2. Fase de formación del apego.

Abarca desde las seis semanas hasta los seis meses de edad. En esta fase, el niño orienta su conducta y responde a su madre de una manera más clara de cómo lo había hecho hasta entonces. Sonríe, balbucea y sigue con la mirada a su madre de forma más consistente que al resto de las personas. Sin embargo, todavía no muestran ansiedad cuando se les separa de la madre a pesar de reconocerla perfectamente. No es la privación de la madre lo que les provoca enfado, sino la pérdida de contacto humano como cuando, por ejemplo, se les deja solos en una habitación.

3. Fase de apego propiamente dicha.

Este periodo esta comprendido entre los 6-8 meses hasta los 18-24 meses. A estas edades el vínculo afectivo hacia la madre es tan claro y evidente que el niño suele mostrar gran ansiedad y enfado cuando se le separa de ésta. A partir de los ocho meses el bebé puede rechazar el contacto físico incluso con un familiar muy cercano ya que lo único que desea y le calma es estar en los brazos de su madre. La mayor parte de las acciones de los niños (andar a gatas por ejemplo) tienen el objetivo de atraer la atención de la madre y una mayor presencia de ésta.

4. Formación de relaciones reciprocas.

Esta fase comprende desde los 18-24 meses en adelante. Una de las características importantes a estas edades es la aparición del lenguaje y la capacidad de representarse mentalmente a la madre, lo que le permite predecir su retorno cuando ésta está ausente. Por tanto, decrece la ansiedad porque el niño empieza a entender que la ausencia de la madre no es definitiva y que en un momento dado, regresará a casa.

En esta fase, los niños a los que su madre les explica el por qué de su salida y el tiempo aproximado que estará ausente suelen llorar mucho menos que los niños a los que no se les da ningún tipo de información. A partir de los tres años, el niño despliega una serie de estrategias con las que intenta controlar la interacción con su madre "obligándola" en determinados momentos a pactar las entradas y salidas del hogar.

El final de estas cuatro fases supone un vínculo afectivo sólido entre ambas partes que no necesita de un contacto físico ni de una búsqueda permanente por parte del niño, ya que éste siente la seguridad de que su madre responderá en los momentos en los que la necesite.











¿El apego es bueno o malo?

  Hay autores que dicen que el apego es normal y deseable. Otros dirán que el apego no es deseable y es causa de sufrimiento. Qué gran confusión puede traer esto al intentar aplicar lo que dicen diferentes autores y filosofías en nuestras relaciones.

   ¿Deberíamos ser siempre independientes? ¿Está mal extrañar a alguien o querer una relación? ¿Existe un apego sano o todo apego es problemático? ¿Qué significa apegarse “sanamente”? 

   Tres grandes “corrientes”  hablan sobre el tema del apego y la dependencia. Estas a veces parecen contradictorias, pero no los son: Estudios del apego en Psicología (con el aporte de la Neurociencia), Estudios de la co-dependencia y Budismo. 

Los estudios del apego en la psicología (con el aporte de la neurociencia): 

   El apego es una conexión emocional entre un niño y su cuidador que se da para que el niño pueda sobrevivir y desarrollarse emocionalmente. Muchos estudios han demostrado que la falta de un apego seguro es dañino para el desarrollo de cualquier niño. Todos los bebes y niños necesitan desarrollar vínculos seguros con sus cuidadores. 

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               La ciencia respalda la crianza con apego
Según la teoría de la crianza con apego, los niños que durante la infancia mantienen un fuerte vínculo emocional con sus padres se desarrollan con más autonomía, seguridad e independencia, y además serán capaces de mantener relaciones buenas y sanas con otras personas.
Como todas las teorías y estilos de crianza, la del apego también genera un fuerte debate y son abundantes tanto sus defensores como sus detractores. Como en todas las ocasIones en las que hay seres vivos de por medio, la crianza no es una ciencia exacta, y seguramente no haya métodos “malos” ni “buenos” per sé, sino que cada familia es un mundo y cada madre o padre tomará sus decisiones en función de sus circunstancias.

   Investigadores como Hazan y Shaver, encontraron en 1980, que el apego no se desvanece en la niñez o adolescencia, sino que sirve como motivador principal en las relaciones adultas. Además demuestran que el apego en la niñez sirve de “guía interna” en las relaciones adultas. 

   Desde esta perspectiva, el apego es una conexión emocional que todos necesitamos y buscamos. El apego puede ser seguro o inseguro. El apego inseguro se divide en apego ansioso, apego evasivo o desorganizado. 

Los estudios de la co-dependencia en la psicología: 

   La co-dependencia surgió en el ámbito de las adicciones y ha llegado a desarrollarse ampliamente gracias a autores como Melody Beattie y Pia Mellody. Es un término que ha llegado a ser universalmente conocido para describir la dependencia no sana entre dos personas o una persona adicta a alguna sustancia. 

La filosofía Budista y otras filosofías espirituales (que hablan del desapego): 

   El Budismo es un camino de práctica y desarrollo espiritual que nos lleva a darnos cuenta de la verdadera naturaleza de la realidad. Los budistas practican la meditación como uno de los medios para desarrollar cualidades como el darse cuenta (awareness), generosidad, compasión y sabiduría. Su fin último es el fin del sufrimiento. 

¿El apego es bueno o malo? 

   Desde la filosofía Budista, el apego nos lleva al sufrimiento. Desde la psicología, el apego es natural y el apego seguro es deseable. El truco es ver que no es una contradicción, sino que el lenguaje es engañoso. 

   La psicología lo llama apego ansioso o co-dependencia, y la filosofía budista lo llama apego. 

Veamos las definiciones de cada uno: 
Apego ansioso 
   Debido al temperamento, genética y, con más peso, al estilo de crianza,  las personas con apego ansioso sienten una desconfianza base ante los demás, perciben que éstos no van a poder satisfacer sus necesidades emocionales y al mismo tiempo se aferran a sus relaciones. Tienen mucha ansiedad cuando sus parejas no están física o emocionalmente disponibles. Muchas veces utilizan el enojo, la protesta, los celos y el control con el objetivo de buscar proximidad y afirmación. Se suelen obsesionar y preocupar mucho por sus relaciones hasta el punto en que pierden contacto con ellos/ellas mismas. 

Co-dependencia 
Definición de Melody Beattie: “Una persona codependiente es alguien que cree,  que su felicidad deriva de una persona o personas en particular y eventualmente se vuelve obsesionada en controlar el comportamiento del otro al que cree que le hace feliz y por lo tanto mantienen relaciones, por ejemplo, con adictos de drogas o alcohol.” … “Los codependientes pueden ser asfixiantes, aferrados y necesitados, tanto que nos llenan de una amabilidad excesiva y tratan de complacernos siempre”. 

Apego 
    La meta de la filosofía budista es terminar con el sufrimiento. Y el sufrimiento está causado por el deseo (no cualquier deseo, sino aquel deseo del cual sentimos que depende nuestra felicidad)  y el aferrarse o apegarse a éste. Esto dirigido a cosas, situaciones, experiencias y personas. Cuando el deseo se vuelve excesivo, se convierte en un anhelo o ansia. El aferrarse o apegarse se da cuando no podemos renunciar o dejar ir ese deseo. El apego es causa de sufrimiento.   

   Aunque no son idénticas, las tres definiciones se parecen mucho: el apego espiritual, el apego ansioso y la co-dependencia de la psicología. Las tres hablan de ansiedad y un aferrarse al otro de una manera que causa sufrimiento. 

¿Cuál es la solución para cada una de las definiciones?
 La solución según la psicología del apego
   Apego seguro en vez de apego ansioso: una persona con apego seguro, ha tenido padres o cuidadores emocionalmente accesibles, que han respondido a sus necesidades de forma consistente, además de un temperamento y genética favorables. Por lo tanto, llevan en su interior un “mapa virtual” de sus figuras de apego el resto de sus vidas. Sienten que el mundo y las demás personas son fiables, que ellos son dignos de amor y se sienten cómodos tanto en la independencia como en la dependencia. 
   Manejan de una manera sana las separaciones y el duelo, saben cortar con las relaciones que no les sirven y también saben cómo ser vulnerables y abrirse emocionalmente ante otros sin sentirse amenazados. Son más resilientes ante las dificultades. No suelen ser controladores, ni celosos, ni manipuladores con los demás. No lo necesitan.
   Cuanto más apego seguro haya, más capacidad para ser independientes y salir a explorar al mundo, porque hay una sensación de seguridad interna y externa. Por supuesto, las personas que no hayan tenido un apego seguro en la niñez pueden formar un apego seguro en la adultez, trabajando en la conexión con ellos mismos y creando un espacio seguro dentro, fomentando la auto observación y la compasión consigo mismos, resolviendo heridas traumáticas del pasado que están sufriendo en el presente, practicando la regulación emocional, la meditación, el mindfulness, habilidades de apego seguro como la respuesta emocional, disponibilidad y accesibilidad ante el otro. También buscando la conexión con otras personas seguras.
  
La solución según la psicología de la co-dependencia

    De Co-dependiente a Inter-dependiente: las personas inter-dependientes no consideran la dependencia como mala, sino natural. Todos dependemos de otros hasta cierto punto, sin embargo, los inter-dependendientes mantienen siempre su identidad separada de su relación, no se pierden ellos mismos. Saben cómo poner límites en sus interacciones y se alejan de lo que no es sano. 
   Una persona inter-dependiente seguirá invirtiendo y creciendo en todas sus áreas de vida: social, profesional, personal, espiritual. A diferencia de la persona co-dependiente, que centrará su vida en la pareja y entrará en desequilibrio en sus otras áreas. 
   Dos personas inter-dependientes en una relación son personas seguras, que se relacionan la una con la otra de una forma balanceada, sin comprometer sus valores o sacrificarse sin medida. 
   El camino a la inter-dependencia se da aprendiendo a amarse y cuidarse a uno mismo, a no negar las necesidades propias, a tomar responsabilidad de la vida y acciones propias, a descubrir los propios estados emocionales y saber cómo regularlos, saber cómo establecer límites y decir no, a aprender a recibir además de dar.

 La solución desde el Budismo y las prácticas espirituales
  
   Desapego en vez de apego: el camino al desapego espiritual se da mediante la práctica de la compasión hacia uno mismo y los demás. La práctica de la meditación y aceptación. La práctica de la auto-observación. La reflexión sobre la naturaleza del ser humano, la creación, el sentido de la vida. 
  El budismo no exige que vivamos solos y apartados, si no que lo contrario, habla siempre del amor puro e incondicional. De la compasión hacia los demás. No está en contra de los deseos en general, si no los deseos a los que nos aferramos porque pensamos que éstos nos traerán la felicidad. La mejor explicación de ello la da Anthony De Mello en su charla: Redescubriendo la vida.

    Una persona sin apego desde la perspectiva budista, no controlará ni exigirá al otro que sea diferente, no será posesivo, no basará su bienestar en su relación. 


                                      EL DESAPEGO: LA CLAVE DE LA FELICIDAD




Conclusión
    
   La sabiduría de las prácticas espirituales y psicológicas es muy parecida (aunque haya algunas discrepancias).

  Todo el tiempo se están intercambiando elementos, por ejemplo, la meditación, el yoga y el mindfulness están siendo cada vez más incorporadas en las terapias psicológicas. Los autores mayormente espirituales como Tara Brach, habla también sobre los estudios del apego en psicología. El psiquiatra Daniel Siegel ha encontrado que la misma parte del cerebro (la corteza media prefrontal) está más activada y “fuerte” tanto en meditadores como en individuos apegados de forma segura.

No es malo extrañar a nadie, lo importante es que seas consciente de ello y que no te pierdas a ti mismo, que la ansiedad no nuble tu ser”.

“No es malo el apego, es natural (desde la psicología). El apego seguro nos va a brindar una vida más plena y paradójicamente alguien con esta característica es más independiente. El apego seguro se puede aprender.  Todo el mundo necesita de los demás, y también necesita de estar conectado consigo mismo”.

“Si el apego causa sufrimiento (desde la espiritualidad), aprendamos a soltar, utilicemos la meditación, cultivemos el darnos cuenta (awareness) y la compasión”.


¿Qué camino seguir?

No importa el camino que escojas, todos llevan a la misma sabiduría de raíz. Puedes usar elementos de todas las prácticas y corrientes, lo importante es saber en qué contexto se está utilizando cada término.




Los 7 tipos de apego emocional (y efectos psicológicos)


   Cariño, amistad, amor... son conceptos vinculados al hecho de manifestar una vinculación emocional con otra persona, la cual es relevante para nosotros y a la cual nos sentimos unidos. Se trata de un tipo de relación afectiva de gran importancia para nosotros y que surge ya desde la infancia con nuestros padres, familiares o cuidadores principales (posteriormente ello marcará nuestra forma de relacionarnos no sólo con ellos sino también con el resto de personas).

   Pero no todos tenemos los mismos modos de relacionarnos o vincularnos con los demás, dependiendo ello, de nuestras vivencias y percepciones respecto a lo que implica el tipo de relación que mantenemos (predictibilidad, seguridad, expresión física del afecto…) o de factores como el temperamento. Es por eso que en realidad podemos hablar de varios tipos de apego.

¿Qué es el apego?

   Se entiende como apego el tipo de lazo emocional y afectivo que surge entre dos individuos y que genera la voluntad de permanecer en la cercanía o en contacto con el otro, con preferencia por lo general de la cercanía física. Este concepto es fundamental en las relaciones cercanas y la capacidad para sentirlo está presente durante toda la vida.

   Es posible sentir apego por todo tipo de personas y seres, incluyendo mascotas, o incluso por objetos inanimados. No es algo específicamente humano, pudiendo observarse manifestaciones de apego en una gran cantidad de animales.

   Este fenómeno ha sido estudiado por una gran cantidad de investigadores. Entre ellas destaca la figura de John Bowlby, creador de la teoría del apego. Este autor analizó el apego en los bebés para con las figuras maternas, explorando cómo los cuidadores se transforman para los niños en elementos que les transmiten seguridad, bienestar y afecto.

   Su teoría inicialmente veía el apego como una relación cuya meta era la búsqueda de dichos elementos por parte del bebé, siendo un mecanismo de origen evolutivo y marcado en nuestros genes (no se trata de algo consciente) que permite resguardar al menor y hacerlo sobrevivir.

   Otra gran figura del estudio del apego fue Mary Ainsworth, quién investigó y realizó diversos experimentos que de hecho condujeron a la generación de una clasificación entre diferentes tipos de apego en la infancia.

   Para ello llevó a cabo el conocido experimento de la situación extraña, en la que se analiza el comportamiento de los niños en presencia y en ausencia de la figura materna en una serie de situaciones que incluyen dejarlo solo, en presencia de un extraño y diversas combinaciones en las que se analiza la conducta con respecto al entorno y la búsqueda de seguridad en la madre cuando ésta está presente.

Los grandes tipos de apego en la infancia

   Se han observado cuatro grandes tipos de apego en la infancia, extraídos de la observación del comportamiento de los bebés en experimentos como el de Ainsworth. Estos tipos de apego se dividen principalmente en un único tipo de apego seguro (siendo este el tipo de apego mayoritario) y tres modalidades de apego inseguro.

1. Apego seguro

   El denominado apego seguro, que se ha desvelado como el tipo de apego más habitual en la infancia, hace referencia a la existencia de un tipo de vinculación en la cual la presencia de la figura relevante permite una exploración del entorno relativamente tranquila, empleándola como un mecanismo o base segura a la cual volver en momentos de malestar o miedo. Dicha búsqueda se volverá activa de manera necesaria.

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El apego seguro nunca crea una relación de dependencia de los hijos con los padres El apego es un vínculo afectivo bidireccional, pero asimétrico, que se da entre el niño y sus cuidadores principales, generalmente sus padres. «El apego seguro facilita el contexto adecuado para aprender muchos aspectos de la vida y, entre ellos, la regulación de las emociones».

   La ausencia o marcha de la figura de apego genera malestar y angustia, disminuyendo su actividad y manifestando preocupación, y su vuelta es siempre o casi siempre bien recibida. Esta búsqueda se deriva del conocimiento de que la figura de apego responderá a las propias necesidades en caso de necesidad.

 

2. Apego ambivalente

   Un tipo de apego diferente del anterior, que entraría dentro de los tipos de apego inseguro, es el ambivalente o resistente. Este tipo de apego parte de la existencia de dudas con respecto a si la figura de apego va a responder verdaderamente a sus necesidades, no estando seguros de poder contar con su presencia.

   Ello puede deberse a un contacto inconsistente en que las necesidades del niño a veces son atendidas correctamente y en otras o no son atendidas o bien no son bien entendidas, no sabiendo el pequeño qué puede esperar.

   Los niños con este tipo de apego suelen mantenerse cerca de la madre o figura de apego en todo momento, en parte debido a la inseguridad, y su marcha genera un sufrimiento extremo. Pese a ello, la vuelta de ésta no implica un acercamiento rápido y feliz sino un cierto rechazo y rencor ante lo que podrían llegar a considerar un abandono, aunque tienden a acercarse y buscar el contacto.

3. Apego evitativo o ansioso

   En este tipo de apego, también inseguro, podemos observar como el sujeto tiende a no buscar seguridad y protección en la figura de apego. Cuando se va no suelen mostrar grandes niveles de sufrimiento o miedo y su retorno no resulta especialmente celebrado, existiendo cierto nivel de indiferencia o evitación del contacto con ella.

   El motivo de ello puede estar en que la figura de apego puede haberse considerado lenta o poco sensible a las necesidades del menor, especialmente en lo que se refiere a afecto y protección. Pueden sentirse no apoyados o que sus necesidades son rechazadas, lo que puede conducir a la evitación como manera de defenderse del malestar asociado a la sensación de abandono.

Apego ansioso en la infancia
Los niños con apego evitativo evitan e ignoran a sus padres permaneciendo ocupados en su juego e ignorando los esfuerzos de éstos  para comunicarse con ellos. Las madres de niños evitativos pueden ser intrusivas, dirigiendo la conducta del niño de acuerdo a sus propios criterios sin respetar sus ritmos biológicos, afectivos, sociales y sensoriales. Estos padres dirigen e imponen pero no recompensan, la consecuencia es que el niño no se siente valorado y pierde su iniciativa lo que hace que deje de explorar el entorno y desarrollar sus talentos.
- Estos niños de adultos suelen ser distantes y evitan las relaciones sociales, les resulta difícil confiar en los demás y se ponen nerviosos cuando alguien se acerca demasiado.

4. Apego desorganizado

   Un tipo de apego mucho menos prevalente que los anteriores, el apego desorganizado correspondería a una mezcla de los dos anteriores tipos de apego inseguro. Generalmente se suele observar en entornos en que las figuras de apego son a la vez positivas y negativas, fuente tanto de satisfacción como de daño. Es más habitual en situaciones de maltrato y violencia intrafamiliar.

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El apego tipo D (desorganizado) se ha relacionado, en su origen, con ambientes patológicos y diferentes formas de maltrato infantil, físico o emocional dentro del sistema familiar. En este sentido, las víctimas de actos violentos y maltrato físico pueden tener dificultades para relacionarse con otras personas, simplemente por desconocimiento o falta de un modelo relacional de referencia.

   Las conductas mostradas son inconsistentes: por un lado la ausencia de la figura de apego resulta intranquilizadora, pero a su vez puede relajarse debido a ello. Asimismo su regreso puede ser recibido con miedo o con alegría pero sin buscar la cercanía. Pueden buscar una evitación activa del contacto, o ir manifestando patrones extraños o cambiantes dependiendo de la situación.


Cinco consecuencias más importantes del apego 
desorganizado:

1. La distorsión de la imagen de sí mismo y baja autoestima

   Un niño con apego desorganizado puede generar una mala imagen de sí mismo. Puede incluso creer que él es la causa del descontrol de sus padres, lo que le llevará a auto-representarse como una persona mala, inadecuada o peligrosa. En consecuencia, el mundo en general les resulta un lugar inseguro y caótico, donde existen normas y reglas que se escapan a su comprensión: no son capaces de actuar con «acierto».

   Los niños maltratados suelen tener sentimientos de inferioridad, manifestados en comportamientos de timidez y miedo. A su vez, pueden presentarse comportamientos de hiperactividad, tratando de llamar la atención de quienes le rodean en un intento desesperado de obtener los refuerzos que no encuentran por los caminos naturales.

2. Mayor tasa de problemas de conducta

   Los tipos de apego inseguro, y especialmente el desorganizado, se encuentran asociados a mayores tasas de conducta antisocial y problemas de conducta. No es raro que reproduzcan el patrón de relación que ven en casa con sus compañeros y cuidadores. Sienten confusión y aprensión respecto a la proximidad con los padres, ya que no tienen claro cómo ni cuándo van a responder a sus necesidades. Además, desconfían de los contactos físicos, particularmente de los adultos.

   La razón principal por la que el comportamiento de estos niños se desorganiza, se debe a que no pueden encontrar solución a sus problemas, ni alejándose ni acercándose a sus cuidadores primarios. De hecho, se denomina «apego desorganizado» ya que no logran establecer un patrón general de sus respuestas afectivas: tanto en las manifiestas como en las internas.


3. Desarrollo de trastornos de angustia y depresión

   La tristeza, la indiferencia o el enfado son las emociones más comunes en el rostro de estos pequeños. A esta conjugación emocional, además hay que sumarle la falta de motivación, pudiendo llevarles a un estado de ánimo deprimido o a comportamientos autodestructivos en los casos más graves. Otros síntomas, como el miedo, la ansiedad o el estrés postraumático, son la consecuencia natural de vivir en un contexto que les importa, pero que no controlan.

   Por otro lado, estos menores parecen tener menos capacidad para afrontar el estrés asociado a separación de sus cuidadores primarios. El motivo de esta «incapacidad» está relacionado con la carencia de estrategias consistentes que les permitan regular las emociones negativas.

4. Problemas de atención y concentración

   Gracias a numerosos estudios, se sabe que los niños con TDAH presentan un importante déficit en habilidades de autoregulación (control de impulsos, capacidad de calmarse, regulación de los afectos, perseverancia, inhibición, etc.). Lo cierto, y sin salirnos del tema que nos ocupa, es que la relación temprana entre el niño y sus cuidadores primarios condiciona la base para adquirir dichas competencias. Por tanto, los niños con apego tipo D son más vulnerables a presentar problemas en la adquisición de estas habilidades.

   Cuando se habla de la pérdida de familiares o de abuso con este tipo de personas, se observan grandes lapsos en su razonamiento o su discurso. Las experiencias que resultan muy traumáticas tienen el potencial de generar una desconexión a nivel cerebral; es decir, es como si los dos hemisferios cerebrales se separasen. Por una parte, el hemisferio izquierdo (el más cognitivo) y por otra el hemisferio derecho (el más emocional).

5. Muestran mayor alteración del sistema nervioso

   En ocasiones, estos niños no interactúan con sus iguales ni con sus cuidadores. Al no contar con las habilidades y los refuerzos necesarios, no saben cómo responder a los demás ante ciertas situaciones. De hecho, se ha observado que realizan movimientos inacabados o desorientados sin una clara dirección o intención. Muestran inmovilización, golpeteo con las manos o la cabeza y el deseo de escapar de la situación, aun en presencia de sus cuidadores.

   Su conducta puede oscilar en un rango muy amplio, desde la pasividad hasta el nerviosismo. Concretamente, cuando un adulto se acerca a otros niños, especialmente si estos lloran, reaccionan con una gran alteración. Al no ser capaces de predecir la conducta de su cuidador, lo lógico es que intenten captar todos los indicadores disponibles, adoptando una posición de hipervigilancia.



Los estilos de apego en la adultez

   Los anteriores tipos de apego están principalmente centrados en los que surgen a lo largo de la primera infancia, en interacción con la madre. Pero estos tipos de apego no se quedan igual, sino que a medida que el niño va creciendo y volviéndose un adulto el tipo de apego va generando un estilo de pensamiento y de relación interpersonal más o menos habitual.

   En este sentido, podemos encontrar hasta tres grandes tipos de apego en adultos, según la investigación llevada a cabo por Hazan y Shaver en que hacían que personas adultas definieran el tipo de sentimientos que tenían en sus relaciones personales.

1. Apego seguro adulto

   Alrededor de la mitad de la población tiene este tipo de apego, en el que por lo general no existe una preocupación frecuente por el abandono del entorno o por el excesivo compromiso.

   En la interacción con los demás prevalece la comodidad, la tranquilidad y la confianza, siendo capaz de tener interacciones equivalentes con sus iguales y con otras figuras de apego. Se consideran merecedores de afecto y tienden a la calidez y estabilidad. La autoestima es buena, tienen independencia y buscan relaciones positivas.

2. Apego evitativo adulto

    Una persona con apego evitativo va a tender de adulto a tener dificultades a la hora de confiar en los demás y a sentirse incómodo en relaciones íntimas. Generalmente los contactos suelen ser más superficiales, pudiendo existir incomodidad y dificultades a la hora de expresar aspectos profundos a los demás. Suelen ser menos sociables, aunque ello no implica que no puedan disfrutar de las relaciones. Pueden ser autorrepresivos, huidizos y aparentar frialdad.

3. Apego ambivalente adulto

   El apego ambivalente se muestra en la adultez como una manera de relacionarse en la que se puede pensar que se es menos valorado de lo merecido. Las propias identidad y autoconcepto pueden estar dañadas, existiendo inseguridad con respecto a querer/no querer o ser/no ser querido. Se desea una relación íntima y profunda, pero ello puede generar a su vez una cierta reticencia y miedo. No es infrecuente que este apego genere situaciones de dependencia o codependencia, así como miedo al abandono.


                 Soltar, Dejar Ir -  Reflexión de Jorge Bucay







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