lunes, 2 de septiembre de 2019

PRESAGIO





                                 


                                        PRESAGIO


   Era poco dado a la fantasía y eso lo reflejaba en sus creaciones literarias, siempre realistas. Una noche le invitaron a una sesión de güija, a lo largo de la velada más que asombro mostró indiferencia. Al observar su escepticismo, el anfitrión, un hombre de edad avanzada, experto en ocultismo y muy aficionado a temas esotéricos se acercó a preguntarle con qué mano escribía. A lo que el escritor respondió adelantando su mano derecha. Entonces, el viejo acercó el cuenco donde habían desangrado un gallo y le indicó que metiera ahí la mano. Así hizo el escritor.

   Al día siguiente, para ejercitar su inventiva, agarró papel y bolígrafo y se puso a describir lo que tenía cerca: la bandeja con restos del desayuno y la jarra del zumo, intentando detallar los dibujos que esmerilaban el cristal. Pero no pudo, se quedó con la mirada sobre la línea en blanco. Arrugó el papel y lo rompió. En ese momento, la jarra se hizo añicos. Entonces se dio cuenta: todo lo que ponía o quitaba sobre el papel, se cumpliría.

 

   Para asegurarse, escribió un relato donde otro novelista, más conocido y con varios premios literarios en su currículum, moría en un accidente. Fue terminar de escribirlo y cumplirse el augurio, lo vio al día siguiente en un periódico local en la sección de sucesos. Decidió entonces escribir una novela autobiográfica donde, por primera vez, conquistaría el terreno de la fantasía. El protagonista sería él mismo que, por un pacto con el diablo, conseguiría laureles de reconocimiento. La escribió en su refugio de invierno, junto al fuego de la chimenea. Fue terminarla cuando sonó el teléfono. Al ir a cogerlo tropezó, cayendo el manuscrito a las llamas. El escritor se llevó la mano a la cabeza pero no porque no tuviese más copias, qué va. Fue porque el calor le subía, abrasándolo vivo.




                                    TRES PALABRAS


   Obsesionado desde niño con las narraciones extraordinarias de E.A.Poe, ya entonces intuí que nuestra mente alberga el conocimiento absoluto.

   Sólo había que acceder a él. Piensen en la reminiscencia de Platón, pero sin demiurgos. Es más fácil y terrible. Todo está ahí, en las vastas regiones del cerebro que no utilizamos. Poe lo sabía: Sonidos. Pero la llave para acceder al saber total no está formada por notas musicales sino por palabras. Descubrí la combinación indagando en los últimos momentos de genios repentinos que se quitaban la vida sin motivo aparente. Tres palabras comunes que habían pronunciado sin saberlo.

   Yo lo sabía. Y supe más cuando las dije. Supe todo. Supe tanto que conocí el sinsentido de la vida y la inutilidad del amor. Sé lo que alguien me dirá, antes de que lo diga; me amargo de antemano con cada mentira que me contarán; y todos los datos que han sido y serán se proyectan a la vez en mi mente, eliminando cualquier sorpresa o gozo. Por eso me mataré cuando envíe este texto al semanario, y no resistiré la tentación de incluir en él las tres palabras malditas de apariencia inocente. Ustedes las han leído, aunque no sepan cuáles son, y las pronunciarán tarde o temprano. Y antes de suicidarse, se las transmitirán a otros, para contagiarles el horror.

   No espero que me perdonen, porque ya sé que no lo harán.


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