martes, 3 de septiembre de 2019

LA NIÑA AL LÍMITE






AL LÍMITE  

Petrus Rypff

     Lola me recibió en su habitación del hospital con gesto poco amigable, acababa de tener una fuerte discusión con su madre y pensé si era buen momento para intervenir, pero lo había prometido a mi compañero cirujano y decidí que no era buena opción posponer la visita. Cuando se calmó un poco se disculpó (cosa muy extraña en ella porque raramente muestra intención de cambiar su posicionamiento, generalmente obstinado) y me dijo que la guerra no iba conmigo, me halagó que me confesara que yo era una de las pocas personas en quién confiaba. Llevaba varios días negándose a comer con el pretexto de que no le "pasaba" ningún alimento.

   Por la historia clínica sabía que no había ninguna obstrucción que justificara su queja. Me dijo que no perdiera el tiempo con ella porque lo que quería era morirse ya que la convivencia con su madre era insostenible y no tenía a nadie más que pudiera ayudarle.

    Le propuse que ya resolveríamos el problema de su posterior "ubicación" pero que ahora se hacía necesario que empezara a alimentarse para no poner en peligro lo único que le quedaba, su vida. Insistió en que esa era la salida que había elegido y me volvió a decir que la dejara en paz. Tenía un poco de prisa porque en la consulta aguardaban varios pacientes y no avanzábamos demasiado. No obstante mantuvimos una dura "negociación" durante otros 20 minutos tras los cuales se comprometió a que reconsideraría su postura.
    Quedamos finalmente para el día siguiente y me despedí de ella, se quedó postrada en su cama con los ojos rasos y mirada aliviada, cuando estaba a punto de cruzar el umbral de la puerta me pidió que me acercara y al hacerlo me plantó un beso tierno en la mejilla y en un susurro casi imperceptible, creí entender que me daba las gracias. Por el pasillo avancé reconfortado, diciendo para mis adentros: "Bien hecho".

   El ingreso de Lola se prolongó otras dos semanas y los avances conseguidos eran mínimos, empezó a tolerar un poco los líquidos y algunos lácteos, a pesar de ello seguía quejándose de molestias abdominales y presentaba vómitos de repetición cuando intentaba comer otras cosas. 

  En las exploraciones realizadas por los cirujanos, el by-pass gástrico realizado un año antes mostraba una ligerísima estenosis que no justificaba la intolerancia alimenticia. Algún miembro del equipo se planteó deshacer el by-pass. La opinión de mi amigo cirujano era contraria a ello y prestó más atención a un problema biliar encontrado casualmente en el TAC practicado, este hallazgo podía ser la causa de la intolerancia. Yo solicitaba calma a todos porque veía que iba avanzando en la terapia casi diaria. La actitud de Lola sí que había mejorado. Se había pactado con ella y con su madre que la visitara sólo 30 minutos por las tardes, para que la segunda descansara y para evitar las discusiones continuas que mantenían cada día. Los accesos de ira y comportamientos disruptivos con el personal de la planta casi habían desaparecido, y los cirujanos me comentaban que cada una de mis visitas proporcionaba un bálsamo sobre la hostilidad basal de Lola. 

   Tras analizar la situación clínica global y revisar todas las exploraciones complementarias se decidió dar el alta a la paciente y programar, para dos semanas después, una intervención de vesícula. Antes de este segundo ingreso recibí en mi consulta a Lola y a su madre en tres ocasiones. Aunque había habido alguna discusión doméstica, la convivencia era más llevadera, las actitudes violentas ya no reinaban en la casa y el estilo de comunicación había mejorado ostensiblemente.

   Llegó el día del ingreso y la operación transcurrió sin incidencias. Los cirujanos confirmaron que había un problema de litiasis que indicaba claramente la intervención. El post-operatorio fue bastante bueno y aunque un poco dolorida, Lola había cambiado el semblante, con frecuencia esbozaba una sonrisa, máxime cuando comprobó que podía comer sólido sin problemas, sólo siete días después de pasar por el quirófano.

   Al poco tiempo fue dada de alta. Cada encuentro con los cirujanos era una pequeña celebración ya que ninguno de ellos apostaba porque todo pudiera salir tan bien. Mi amigo cirujano y yo nos hicimos un guiño de reconocimiento mutuo, sabíamos que habíamos sido los más implicados en el caso, muy complejo eso sí,  era patente que había un claro componente somático que escondía una sintomatología psiquiátrica larvada muchos años que sólo podía aflorar y mejorar con un abordaje motivacional plagado de paciencia, escucha activa y actitud empática.





LA NIÑA QUE NO TUVE
Rodrigo Rey Rosa

   A los ocho años, había sido condenada a muerte. Una extraña enfermedad, cuyo nombre no quiero repetir, la disolvería en menos de ciento veinte días, según varios doctores. El médico que me dio las malas nuevas lo hizo cuan humanamente pudo, pero eso no bastó. Tuvo que ser cruel, con la crueldad particular que se desarrolla en esa profesión. Le pedí que describiera las etapas de la enfermedad, y él precisó punto por punto –«con un margen de dos o tres semanas»– la descomposición de mi niña. Terminada la descripción, él añadió: «Me temo que no hay nada más que nosotros podamos ha­cer». Le dije que si lo que aseguraba no era cierto, yo lo maldecía.

   Llegué a casa con pensamientos fúnebres mezclados con accesos de esperanza: pero la niña estaba tendida en su camita, pálida y temblorosa, pues era la hora de los ataques.

   La niñera salió del cuarto en silencio, y yo me arrodillé al lado de la niña.

–¿Cómo te sientes?– le pregunté, y la besé la frente.
–Mal– dijo, y agregó: -voy a morirme, ¿verdad?-. Por un descuido mío, una semana antes ella había leído una carta del doctor acerca de la posibilidad de su muerte.
–No creo– le dije. -De niño yo también estuve muy enfermo varias veces y sobreviví-.
–Yo también quiero sobrevivir– dijo con una seriedad conmovedora. -Pero papi, si voy a morirme, si los doctores piensan que me voy a morir, dímelo, no me engañes-.

   Me miraba fija, intensamente, y no pude mentir.

–Según el doctor que ha estado viéndote, podrías morirte dentro de cuatro meses. Pero yo no le creo-.

–¿Cuatro meses?– se puso a contar, primero mentalmente y luego, para asegurarse, con los dedos. -Eso sería en febrero-.

  Asentí con la cabeza. Tomé su mano, sudorosa, y la apreté. Y ella se quedó dormida, o, con su delicadeza de pequeña, fingió que se dormía.
  
   Al día siguiente me levanté temprano, le hice el desayuno y le preparé el baño. Por la mañana, parecía una niña sana, y por un momento olvidé que había sido condenada. Salí de compras. Era una esplendorosa mañana de noviembre, de modo que, al volver a casa, le propuse que saliéramos a pasear después de comer.
 
–¿Adónde quieres ir?– le pregunté.
–A donde tú quieras– dijo inmediatamente: –A un lugar al que nunca hayamos ido-.

   Eran tantos los lugares a los que no habíamos ido, pensé. Había sido un error que yo la concibiera, yo, que siempre tuve miedo a la descendencia. Pero no me opuse a los deseos de su madre con suficiente determinación, y la niña nació. Su madre me abandonó hace tres años, y aquí estamos.

  Cuando salíamos, al cruzar la doble puerta del vestíbulo, un hombre alto y pálido que aguardaba la ocasión se introdujo furtiva­mente en el vestíbulo.

–Un drogadicto– dijo ella, y el hombre pudo oírla.
–Tal vez– dije.

   En la calle, me recriminó: –Claro que era un drogadicto. Por qué dices tal vez-.

–Tal vez te oyó-.
–Y qué, es la verdad-.
–A la gente no le gusta oír lo que uno piensa de ella.

   Me miró, entre decepcionada y comprensiva, y dijo: –Supongo que no-
   En la esquina del Bowery y la octava, me tiró de la mano.

–¿Por qué no vamos a Times Square?- dijo.

  Tomamos el subterráneo en Astor Place, con su telón de fondo kitsch. Abajo, en el andén, una bandada de poetas daba un tono intelectual y hasta elegante a ese agujero del grand gruyere. La cosa sería evacuar la ciudad, demolerla por completo de una sola vez, darle la espalda al sitio y reintegrarse a la realidad.

   Subimos al tren, ingresamos en el túnel. El convoy dio un bandazo, y los pasajeros que estaban de pie fueron lanzados unos contra otros, pero los cuerpos con caras grises se mantuvieron de pie, con un movimiento pendular, como si colgaran de sus ganchos en un matadero prolongado. Cadáveres de todas las edades.

   El cemento era tan duro en la calle 42 y el aire helado hería de la misma manera que diez años atrás, cuando caminé por primera vez en esta ciudad, pero el lugar había cambiado.

   En la antesala de la muerte, hubiera sido de esperar que cada quien buscara el placer del prójimo como el suyo propio, pero suele ocurrir lo contrario. Así, en lugar de un jardín de las delicias de fin de siglo, la ciudad era una morgue suprema.

   Dimos una vuelta por Times Square. Y así, entre aquel torbellino de gente muerta y un ejército de criaturas de Walt Disney, perdimos una de las ciento veinte tardes que le quedaban a mi niña.

   Volvimos a casa decaídos al atardecer. Llegué al séptimo piso como siempre, sin aliento. Las luces de un pequeño rascacielos entraban, en lugar de la luz de las primeras estrellas, por un ventanuco en el otro extremo de nuestro apartamento. Me acerqué a la ventana. Era como arena erizada al lomo de un imán, aquel paisaje.

   Preparamos juntos la comida y cuando nos sentamos a comer ella me dijo: –Perdimos el tiempo esta tarde. Debí quedarme leyendo o estudiando. No tengo tiempo que perder-
–Pero linda, hacía un día hermoso-
–Sí, lo sé. Sé que tratas de hacerme feliz porque tengo poco tiempo. Pero no trates demasiado, ¿está bien?-

   Me quedé callado un momento, mientras ella miraba por la ventana el pequeño rascacielos.

–Claro, preciosa– dije después. -Perdona, pero nadie es perfecto- me encogí de hombros, y creo que, si hubiera tenido rabo, lo habría escondido entre las piernas.

  Ella cerró los ojos, y luego me miró de una manera extraña. Me atemorizó.

–Papi– me dijo–, -antes de morirme, quiero saber lo que es el sexo-

   Levanté las cejas y tragué saliva y se me cortó la respiración. Habría oído algo en la escuela, pensé, era lo natural. Me pregunté fugazmente si no habría fantasmas pornográficos flotando todavía por la calle 42. Recordé al ratón Mickey, a Pluto, a Clarabella.

–Sí, mi niña- dije con una sonrisa confundida, -un día de éstos te lo explicaré-.
–¿Me lo prometes?-
   Asentí con la cabeza.
–No– insistió, -quiero que lo digas-. Dije que se lo explicaría. Miré el reloj que estaba sobre el televisor.
–¿Cuándo?- preguntó.
–Ya son la siete, cómo corre el tiempo– le dije. -Desde luego, hoy no-
Hizo una mueca.
–Sí– dijo–, -ya lo sé, comienzo a sentir los temblores-. La acompañé a su cuarto, le puse el pijama y la acosté. Le di a tomar sus medicinas: tantas gotas de esto, tantas de aquello, tantas de lo otro.
–La luz- dijo.

   Apagué la luz, y nos quedamos juntos en la penumbra esperando los ataques.

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