lunes, 16 de septiembre de 2019

EL EXTRAÑO VIAJE





                                       


                                                  Resultado de imagen de sombras extrañas imágenes



    Luis tiene 36 años y es chófer de profesión, desde los 22 años se dedica al transporte de viajeros en autobús y a los 24 empezó a realizar rutas internacionales desde Barcelona hasta distintas ciudades de Europa.

   Su pericia al volante le ha proporcionado un merecido prestigio dentro de la profesión, su profesionalidad, dedicación y amabilidad con los viajeros hace que sea muy apreciado y querido en su empresa y admirado por sus compañeros. Se prepara concienzudamente los días de descanso y tiene una forma física encomiable que le permite sobreponerse al cansancio que suponen los largos trayectos que tiene que cubrir. Es escrupuloso en el cumplimiento de la normativa que rige en el mundo del transporte en bus en trayectos de larga distancia. Dicha normativa obliga a ir siempre con un compañero para relevarse pasadas las horas perceptivas de conducción.

   Desde hace tres años va siempre que puede con Antonio, un conductor seis años mayor que él, con mucha experiencia y una gran persona, desde el principio entablaron una buena amistad. De hecho ambos viven en la misma ciudad con sus respectivas familias cerca de Barcelona y no es infrecuente que queden los fines de semana que ambos están libres.

   Todo marchaba como la seda hasta que en marzo de 2013 sucedió algo que le cambió la vida, fue en uno de sus muchos viajes a Polonia. Luis y Antonio lo tenían todo calculado, la parada para comer, los horarios de llegada, las paradas a realizar en cada localidad…Lo que generó el problema fueron los relevos que fijaron en este viaje, Luis era el encargado de conducir de noche, le gustaba mucho, hasta ese día…

  Llegaron a Munich, eran alrededor de las doce de la noche cuando Antonio le despertó. Salieron de la carretera y entraron en un bar que conocían de otros viajes. Después de cambiarse y tomar un par de cafés hicieron el relevo, no sin antes realizar lo que en su jerga llaman “la vuelta del perro”, que consiste en dar una vuelta alrededor del autobús para comprobar que todo esté en condiciones: se revisan las ruedas y luces, posibles rayones que el compañero no haya avisado… todo esto por dos razones, una por la seguridad propia y de los pasajeros y, la otra, por activar los sentidos antes de ponerse al volante. Antonio, como siempre, se dispuso a quedarse un rato sentado junto a Luis. Fue entonces cuando empezó todo:

  Hacía mucho viento y la noche era fría, antes de ponerse en marcha, Luis sintió la necesidad de ir al baño a orinar, se bajó del autobús y se dirigió a la parte de atrás, abrió la tapa del motor para que los viajeros no observaran su maniobra y cuando terminó vio en la parte derecha de la carretera, detrás de un pequeño trastero, como salía una forma negra como humana, delgada, alta, como de dos metros, completamente negra. Se podían apreciar rasgos humanos, piernas, brazos, pero éstos eran más largos que los de una persona normal. Caminaba lentamente, como acechando a Luis, como esperando que empezara a correr o algo así. No tenía cara ni ojos, ni dedos, era toda negra, lo que sí se notaba era una especie de movimiento de la parte superior, como si mirara fijamente a Luis. Éste se quedó helado, asustado, las piernas le temblaban. Esa cosa con una forma extraña le daba a entender que se tenía que ir, que ese era su lugar. No le habló pero la entendió. Luis no podía moverse, estaba enmudecido, no dejaba de mirar a esa cosa en ningún momento y de pronto empezó a andar en sentido contrario al del autobús, siempre con ese movimiento como a cámara lenta.

   Cuando se alejó unos metros de Luis, se animó a dirigirse a la parte delantera del bus para ver si su compañero estaba observando. Antonio estaba evacuando en la rueda delantera, Luis intentó hablarle pero no pudo, no le salían las palabras. Se dio la vuelta para ver por dónde iba esa cosa e incomprensiblemente, comprobó que estaba ya muy lejos, como a 300 metros. Fue corriendo muy asustado para preguntar a Antonio si había visto algo, le contestó que había visto a alguien parado a su lado, pensó  que era otra persona hablando con él.

   Luis le contó lo sucedido pero Antonio no le creyó, le dijo que era imposible porque había visto a esa persona todo el tiempo junto a él, incluso le dijo que antes de marcharse, esa persona estuvo a su lado, orinando en la rueda. Luis aseguró que eso nunca pasó, que vio claramente como esa cosa salía desde detrás de un trastero y en ningún momento se acercó tanto a él.

   Esa noche fue muy larga, Luis tuvo mucho miedo, se sintió observado todo el tiempo, como si algo o alguien estuviera con él en la cabina mientras todos dormían, incluyendo su compañero.

   Desde ese día Luis no volvió a ser el mismo. Esa cosa que sentía que le observaba decidió acompañarle en cada viaje que hacía, no podía descansar, ni dormir. Empezó a bajar de peso, se ponía triste sin motivo aparente, tenía pensamientos horribles en la cabeza con cosas que le pasaban a su hijo, o a algún familiar querido.

  Todo fue en caída libre, no quería viajar, salía de su casa y se entristecía, hasta el punto que se planteó renunciar a su trabajo y dedicarse a otra cosa. Pero amaba su trabajo, hasta esa noche. Lo que encontró esa noche estaba siempre cerca, sabía que estaba ahí, a su lado, le acechaba y le gustaba verlo mal.

   Un día, después de varios viajes sufriendo estos incomodísimos ataques, Luis decidió que lo mejor era dejarlo, abandonar ese trabajo soñado, y renunció, se fue. Al dejar el trabajo le vinieron algunas preocupaciones, pero por otro lado era feliz, o por lo menos eso creía. Estaba muy equivocado.

  Al año y medio le salió otro trabajo, pero como conductor urbano. Chófer de grupos, se dijo a sí mismo: “Zona urbana, mucha gente, nada me puede pasar, no estoy solo ni aislado en ningún momento”. Pero la realidad fue otra.

   Llevaba casi siete meses en la nueva empresa, los turnos eran cortos, el sueldo era bueno, y estar de vuelta en actividades que le gustaban le hizo mucho bien. Hasta que una noche, al terminar su jornada laboral, lo vio.

   Estaba volviendo con el autobús vacío a las cocheras junto a las oficinas de la empresa, con las luces apagadas. No fue una, fueron muchas veces. Lo veía sentado, en la última fila, y cuando no observaba, por el mismo miedo para no volver nervioso a las cocheras, “eso” se paraba. Caminaba por el autobús vacío, se movía, pero cuando lo miraba, desaparecía. Realmente todo esto estaba matando a Luis.

   Una de las noches, mientras conducía por las calles de la ciudad, casi vacías, giró repentinamente el volante y casi se mata. Temblaba de miedo, los últimos meses fueron así, sabía que cada final de jornada era una pesadilla aterradora. No había una sola noche que no apareciera.

  Varias veces creyó que no iba a aparecer, que se había terminado, cansado de asustarle, o que había encontrado a otra persona a la que molestar, pero una noche, cuando salía de la empresa en su coche para regresar a casa, de repente se le erizaron todos los pelos del cuerpo, sin verlo, sabía que estaba en el coche con él.

   Y a empezar de nuevo, completamente aterrorizado. Un día, su madre, que vive en la casa de enfrente, salió a abrirle el portón y cuando bajó para saludarla, le preguntó con quién venía. Le hizo bromas pensando que había traído una chica a casa, pero Luis sabía muy bien lo que vio. Condujo a su madre hasta el coche y ésta no podía entender que no hubiera nadie, ya que aseguraba que había visto a alguien en el asiento del co-piloto. “Esa cosa siempre cerca, tratando de que yo jamás me sienta bien y feliz”, se decía, “lo que a mí me pasa es que me vigilan los muertos, no sé por qué. No sé si es un don o un castigo”. 

   Ahora también le susurraba, le decía que hiciera cosas, siempre malas. La última frase fue: “Una daga clavada en la lengua, y un corazón para comunicarse con nosotros”.

   Luis soñaba con ellos, le llevaban a un lugar extraño, un lugar frío, un purgatorio, campos muy oscuros y desolados. Le vigilaban los muertos y él se sentía uno de ellos. Le dijeron que tenía que contarlo…para que empezaran a seguir a otro.

   Un día se encontró tan desesperado que decidió colgarse en el desván de la casa y así acabar con todo, todo lo que le estaba consumiendo. Lo tenía todo concienzudamente preparado. Ya tenía la cuerda alrededor del cuello y estaba dispuesto a saltar de la silla “al vacío”. De repente oyó a su hijo, que ya tenía once años. Subía por las escaleras, le llamaba para que lo llevara al entrenamiento, eran las cinco y media de la tarde.

   Cuando entró en el desván su corazón latía rápidamente pero se quedó paralizado cuando vio a su padre encaramado en la silla, con la cuerda anudada en el cuello y lanzó un grito estrepitoso. Fue eso lo que hizo a Luis desistir de su tentativa letal. Se quitó la cuerda y bajó de la silla de un salto y abrazó a su hijo. Los dos lloraron durante largo rato, los sollozos de Manuel eran incontenibles. Luis le besaba por todo el rostro lleno de lágrimas. Se acordó de lo que le habían dicho las voces acerca de que debía contarlo para que le dejaran en paz y empezó a relatar su historia a Manuel, que le escuchaba con atención, protegido por los brazos de Luis. Estuvieron fundidos en un abrazo tan emotivo como  liberador durante más de media hora. Cuando Luis dio por terminada su “historia”, Manuel, que ya hacía tiempo que mostraba una madurez impropia de su edad, le miró a los ojos y dijo a su padre: “Papi, tienes que ir al médico, yo te acompañaré”.

No hay comentarios: