martes, 3 de septiembre de 2019

CATOLICISMO: CONTROVERSIAS



             





















   En más de una ocasión he expresado en este blog mi laicismo y agnosticismo en todo lo referido a la religión. Respeto todas las ideologías y todas las religiones a pesar de las monstruosidades cometidas en el pasado remoto y no tan remoto por parte de la jerarquía de  la iglesia católica “en el nombre de dios-padre”. 

   Es evidente que algunas facciones del islam, encabezadas por el DAESH, van aún más allá al condenar a muerte a toda la comunidad no islamista, señalándola como blanco indiscriminado de acciones terroristas en cualquier punto del globo terráqueo.

 

   En diciembre de 2017 el periódico La Vanguardia se hizo eco de una publicación realizada por el historiador británico John Julius Norwich en la que expone una exhaustiva investigación sobre el Papado y la Iglesia Católica:

“Historia crítica de la Iglesia contada por un ateo”

   Norwich, a sus 88 años es una de las grandes eminencias intelectuales británicas. Es el autor de Los Papas, una historia exhaustiva de la institución a lo largo de dos mil años desde sus orígenes hasta Benedicto XVI, pasando por las glorias de Bizancio y la decadencia de Roma, los Borgias, el Renacimiento, los pontífices de Avignon, la papisa Juana, la Contrareforma, el papel de Pío XII en la segunda guerra mundial, la modernidad de Juan XXIII, la misteriosa muerte de Juan Pablo I y el fenómeno del cardenal Wojtyla.

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   Caracterizado en muchas biografías y reseñas como un “protestante agnóstico”. No hay que pincharle mucho  para que ponga los puntos sobre las íes y deje bien claro que es ateo: “He de admitir que no creo en Dios y que estoy perfectamente tranquilo con la idea de morirme y no ir a ninguna parte. En realidad es un alivio que no haya vida eterna. ¡Vaya rollazo insufrible, una existencia sin libros, sin cenas con amigos, sin debates literarios, sin amoríos, sin verdades y mentiras! Por suerte la Iglesia ha dejado de amenazarnos con el infierno, aún peor que el cielo...”.

   Después de una exhaustiva investigación y un libro de casi seiscientas páginas, su opinión sobre la Iglesia católica no es precisamente muy favorable. “En conjunto he de decir que a lo largo de la historia ha hecho mucho más mal que bien. Como crédito hay que reconocerle la maravillosa arquitectura que ha inspirado, el fomento de la cultura en determinadas épocas, su durabilidad, la fascinación que inspira y el hecho de que tenga miles de millones de seguidores. Pero los débitos son infinitamente superiores: las cruzadas, la Inquisición, la gente que torturaba y mandaba a la hoguera, su papel en el exterminio de poblaciones indígenas, la manera en que miró hacia otro lado con el genocidio judío, los casos de pederastia, el escándalo de la Banca Ambrosiana, la resistencia a aceptar la homosexualidad, la condena al uso de condones para prevenir enfermedades, la ordenación de mujeres... Su mayor pecado es el de la intolerancia. Ahora tenemos un problema con el Islam, pero los que alimentan el terrorismo dentro de la religión musulmana constituyen una pequeña minoría. En cambio el catolicismo ha utilizado durante siglos y siglos la violencia de manera institucional, como un instrumento del poder terreno”.

   El libro, que la editorial Reino de Redonda acaba de publicar en Catalunya y España, apareció en el Reino Unido en el 2011, y es por ello que no contiene referencia alguna al papa Francisco. Pero Norwich tiene clara su opinión, y la expresa sin ambigüedades: “Ustedes tienen ahora un debate sobre si Carles Puigdemont es o no el legítimo presidente de la Generalitat, o de la República Catalana, yo tengo bien claro que Francisco no es el papa legítimo. En realidad es como si la Iglesia tuviera ahora dos papas, porque Benedicto no debería haber abdicado. Un papa no dimite, como un político. Lo es hasta que se muere, y si está mental o físicamente incapacitado, pues se pone una especie de regente, como ha ocurrido a veces a lo largo de la historia”.

   Eso no es por supuesto culpa del papa Francisco, pero la antipatía de Norwich va más allá. “Me irrita esto de que quiera ser como una persona normal y corriente, y no viva en el Palacio del Vaticano sino en una especie de pensión gestionada por monjas. Resulta impropio de su cargo, es como si la reina Isabel dejara el castillo de Windsor y se instalara en un bed and breakfast cerca de la estación de Victoria. A nadie se le pasa por la cabeza que vaya a dejar paso a Carlos hasta que se muera, y es como debe ser. Si el papa alemán estaba cansado, o tenía Alzheimer, o encontraba su trabajo una carga imposible, que hubiera traspasado la carga, pero sin renunciar”.

   Es imposible resistir la tentación de preguntar a Norwich quiénes son los papas que más le gustan, y los que menos (aparte de Francisco). En la primera categoría sitúa sin titubear a Benedicto V, que acabó con el llamado “siglo oscuro”, y a Juan Pablo I, “demasiado valiente y revolucionario, no me cabe ninguna duda de que fue asesinado por el establishment del Vaticano porque sabía demasiado sobre el escándalo de la Banca Ambrosiana e iba a hacerlo público cayera quien cayera (entre ellos poderosos cardenales) para limpiar la institución”.
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   Muy recientemente he leído unas declaraciones de un cardenal importante del Vaticano que han provocado un aluvión de críticas, por supuesto justificadas. Manifestaciones como éstas, reaccionarias y vomitivas donde las haya, sin duda no van a contribuir a mejorar la imagen del conjunto de la jerarquía de la iglesia católica ante la opinión pública, por mucho que el Papa Francisco critique valientemente a muchos de sus colaboradores implicados en casos de pederastia y otras prácticas criminales y pretenda dar una imagen de renovación y aperturismo a la sociedad actual y a los “tiempos modernos”, en una operación que muchos califican de campaña de maquillaje. Se podría resumir con la frase que aparece en la novela el Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, publicada postumamente en 1958 y llevada al cine en 1963 por Luchino Visconti: “CAMBIARLO TODO PARA QUE NADA CAMBIE”.

'Violar a una niña es menos grave que un aborto', afirma el Cardenal G.Battista

                   
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El cardenal italiano Giovanni Battista hizo referencia al caso de la menor abusada en Brasil por su padrastro y señaló que violar a una niña es menos grave que realizar un aborto.

   El cardenal italiano de nombre Giovanni Battista señaló que violar a una niña es menos grave que realizar un aborto. Esta declaración la hizo en referencia al caso de una menor de nueve años que fue abusada sexualmente por su padrastro en Brasil y que debido a la violación quedó embarazada.

   Es triste, pero el verdadero problema es que los futuros gemelos eran inocentes, tenían derecho a vivir”, dijo Battista.

   En su momento, la expareja del delincuente demandó al hombre e hizo lo posible para que la pequeña pudiera realizarse un aborto.

   Al darse a conocer la noticia, la comunidad católica en aquel país decidió excomulgar a la mamá. Además, el mismo cardenal explicó que la excomunión también se aplicó a todo el equipo médico que ayudó en la intervención.

   Sin embargo, en ese mismo momento recalcó que el acusado podrá seguir comulgando porque la violación es menos grave que el aborto”.
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   Afortunadamente hay otros ejemplos que dignifican la labor de la Iglesia en el mundo y que hay que elogiar, aunque sólo sea por su labor humanitaria. 



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   La Madre Teresa fundó Misioneras de la Caridad en Calcuta en 1950, y la obra instaló cientos de hogares para atender a los que ella llamaba "los más pobres de los pobres". Fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz en 1979 y el papa Francisco la canonizó en septiembre de 2016, dos décadas después de su muerte.
                   

Expongo aquí un ramillete de frases de la madre Teresa de Calcuta:

   "A aquellos quienes piensan que yo les doy el pescado a los pobres y no les enseño a pescar, le diría, que cuando recogemos a nuestros necesitados, carecientes y enfermos, no pueden siquiera mantenerse de pie".

   "A partir del ruido, tratan de llenarse de estímulos. De allí, la droga, el alcohol, las salidas a lugares nocturnos de aturdimiento o la televisión encendida todo el día, aunque no haya nada interesante que ver".

  "Al ayudar al otro, alejan de su propia vida la soledad".

  "Al viajar por distintos lugares encuentro la pobreza del mundo occidental mucho más difícil de combatir, mucho más intensa y dolorosa que la miseria del hambriento de comida o el que padece de dolor físico. Cuando recojo a una persona de las calles, le doy un plato de comida o un pedazo de pan, y ambos sabemos que ese hambre, por un instante, será satisfecho, pero una persona que es echada del seno de su hogar, segregada, discriminada por su color de piel, se siente segregada y no querida, tiene temor a la vejación, al abuso social y sexual y a su propia soledad. Todo eso me parece una clase de pobreza mucho más dolorosa y más difícil de erradicar. Nuestras hermanas están trabajando contra esa clase de miseria y de dolor".

   "Aquí viven y ayudan hasta que el chiquito nace y si no podemos persuadirlas de que se queden con su hijo, entonces nos ocupamos de él. Nunca rechazamos un niño, todos son preciados. Rezo para mantener destreza en mis manos, visión clara en mi mente y generosidad y humildad en mi corazón".

   "Calcuta es dura y es al mismo tiempo un regalo para brinda lo mejor de la naturaleza humana al enfrentarse con lo peor".

   "Como la verdad, para ser dicha, como la vida, para ser vivida, como la luz para ser iluminada, como el amor, para ser amado, como el camino, para ser andado, como la alegría, para ser dada, como la paz, para ser extendida, como el sacrificio, para ser ofrecido, en nuestras familias y en nuestros barrios".

   "Cuando digo “el menor de mis hermanos” hablo no solo de los que sufren pobreza física, sino de quienes sufren soledad. Hablo de los necesitados no solo de comida, sino de aquellos que buscan justicia y amor. Los que piden huir de su ignorancia y recibir conocimientos. Aquellos que quieren llegar a la verdad. Los que más que ropa, buscan dignidad. Los que piden caricias en el cuerpo y el espíritu. Los que son víctimas del abuso y de la discriminación. Los que son abandonados e indigentes. Los que han perdido la esperanza, que es lo último que deberían perder. Lo que caen en adicciones. Los que están presos por robar para alimentar a sus hijos".

   "Predicamos sin sermones, no mediante palabras, sino con nuestro ejemplo. El corazón no tiene límites para amar. No hay barreras físicas para llegar con el espíritu a donde uno desea".

   "El silencio es reflexión. En la vida actual hay demasiado ruido, y eso hizo que la gente llegue a temerle al silencio. Saben que, si se callan, van a escuchar de verdad y eso a veces suele ser muy doloroso".

   "En oriente hay más respeto por la dignidad humana. Hay más respeto por los tiempos del ser humano. Hay más contemplación y más acercamiento. Es una dicha vivir aquí. Ésa es la belleza del trabajo, aquí y en cualquier lado".

   "El día más bello: Hoy. El error mayor: Abandonarse. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz. El mejor remedio: El optimismo. El misterio más grande: La muerte. El obstáculo más grande: El miedo. El peor defecto: El mal humor. El regalo más bello: El perdón. El resguardo más eficaz: La sonrisa. El sentimiento más ruin: El rencor. La cosa más fácil: Equivocarse. La distracción más bella: El trabajo. La mayor satisfacción: El deber cumplido".



Madre Teresa de Calcuta

(Agnes Gonxha Bojaxhiu; Skopje, actual Macedonia, 1910 - Calcuta, 1997) Religiosa albanesa nacionalizada india, premio Nobel de la Paz en 1979. Cuando en 1997 falleció la Madre Teresa de Calcuta, la congregación de las Misioneras de la Caridad contaba ya con más de quinientos centros en un centenar de países. Pero quizá la orden que fundó, cuyo objetivo es ayudar a "los más pobres de los pobres", es la parte menor de su legado; la mayor fue erigirse en un ejemplo inspirador reciente, en la prueba palpable y viva de cómo la generosidad, la abnegación y la entrega a los demás también tienen sentido en tiempos modernos.


     La Madre Teresa de Calcuta.
Nacida en el seno de una familia católica albanesa, la profunda religiosidad de su madre despertó en Agnes la vocación   de misionera a los doce años.

                                                                             
  
    Siendo aún una niña ingresó en la Congregación Mariana de las Hijas de María, donde inició su actividad de asistencia a los necesitados. Conmovida por las crónicas de un misionero cristiano en Bengala, a los dieciocho años abandonó para siempre su ciudad natal y viajó hasta Dublín para profesar en la Congregación de Nuestra Señora de Loreto. Como quería ser misionera en la India, embarcó hacia Bengala, donde cursó estudios de magisterio y eligió el nombre de Teresa para profesar.
    Apenas hechos los votos pasó a Calcuta, la ciudad con la que habría de identificar su vida y su vocación de entrega a los más necesitados. Durante casi veinte años ejerció como maestra en la St. Mary's High School de Calcuta. Sin embargo, la profunda impresión que le causó la miseria que observaba en las calles de la ciudad la movió a solicitar a Pío XII la licencia para abandonar la orden y entregarse por completo a la causa de los menesterosos. Enérgica y decidida en sus propósitos, Santa Teresa de Calcuta pronunció por entonces el que sería el principio fundamental de su mensaje y de su acción: "Quiero llevar el amor de Dios a los pobres más pobres; quiero demostrarles que Dios ama el mundo y que les ama a ellos".

   En 1947, como culminación de aquella dilatada lucha liderada por Gandhi, la India alcanzó la independencia. Un año después, Teresa de Calcuta obtuvo la autorización de Roma para dedicarse al apostolado en favor de los pobres. Mientras estudiaba enfermería con las Hermanas Misioneras Médicas de Patna, Teresa de Calcuta abrió su primer centro de acogida de niños. En 1950, año en que adoptó también la nacionalidad india, fundó la congregación de las Misioneras de la Caridad, cuyo pleno reconocimiento encontraría numerosos obstáculos antes de que Pablo VI lo hiciera efectivo en 1965.                              

  Al tiempo que su congregación, cuyas integrantes debían sumar a los votos tradicionales el de dedicarse totalmente a los necesitados, abría centros en diversas ciudades del mundo, ella atendía a miles de desheredados y moribundos sin importarle si profesaban el cristianismo u otra religión: "Para nosotras no tiene la menor importancia la fe que profesan las personas a las que prestamos asistencia. Nuestro criterio de ayuda no son las creencias, sino la necesidad. Jamás permitimos que alguien se aleje de nosotras sin sentirse mejor y más feliz, pues hay en el mundo otra pobreza peor que la material: el desprecio que los marginados reciben de la sociedad, que es la más insoportable de las pobrezas."
 
   En concordancia con esta palabras, Santa Teresa de Calcuta convirtió en el premio de una rifa un coche descapotable que le dio el papa Pablo VI durante su visita a la India en 1964 (regalo a su vez de la comunidad católica) y destinó los fondos recaudados a la creación de una leprosería en Bengala; posteriormente convencería al papa Juan Pablo II de abrir un albergue para indigentes en el mismo Vaticano.

   El enorme prestigio moral que la Madre Teresa de Calcuta supo acreditar con su labor en favor de "los pobres más pobres" llevó a la Santa Sede a designarla representante ante la Conferencia Mundial de las Naciones Unidas celebrada en México en 1975 con ocasión del Año Internacional de la Mujer, donde formuló su ideario basado en la acción por encima de las organizaciones. Cuatro años más tarde, santificada no sólo por aquellos a quienes ayudaba sino también por gobiernos, instituciones internacionales y poderosos personajes, recibió el premio Nobel de la Paz.

    Consciente del respeto que inspiraba, el papa Juan Pablo II la designó en 1982 para mediar en el conflicto del Líbano, si bien su intervención se vio dificultada por la complejidad de los intereses políticos y geoestratégicos del área. Desde posiciones que algunos sectores de opinión consideraron excesivamente conservadoras, participó vivamente en el debate sobre las cuestiones más cruciales de su tiempo, a las que no fue nunca ajena. Así, en mayo de 1983, durante el Primer Encuentro Internacional de Defensa de la Vida, defendió con vehemencia la doctrina de la Iglesia, conceptiva, antiabortista y contraria al divorcio.

   En 1986 recibió la visita de Juan Pablo II en la Nirmal Hidray o Casa del Corazón Puro, fundada por ella y más conocida en Calcuta como la Casa del Moribundo. En el curso de los años siguientes, aunque mantuvo su mismo dinamismo en la lucha para paliar el dolor ajeno, su salud comenzó a declinar y su corazón a debilitarse. En 1989 fue intervenida quirúrgicamente para implantarle un marcapasos, y en 1993, tras ser objeto de otras intervenciones, contrajo la malaria en Nueva Delhi, enfermedad que se complicó con sus dolencias cardíacas y pulmonares. 

   Finalmente, tras superar varias crisis, cedió su puesto de superiora a sor Nirmala, una hindú convertida al cristianismo. Pocos días después de celebrar sus 87 años ingresó en la unidad de cuidados intensivos del asilo de Woodlands, en Calcuta, donde falleció. Miles de personas de todo el mundo se congregaron en la India para despedir a la Santa de las Cloacas. Seis años después de su muerte, en octubre de 2003, y coincidiendo con la celebración del 25º aniversario del pontificado de Juan Pablo II, la Madre Teresa de Calcuta fue beatificada en una multitudinaria misa a la que acudieron fieles de todas partes del mundo. A finales de 2015, el Vaticano aprobó su canonización; el 4 de septiembre de 2016, ante más de cien mil fieles congregados en la plaza de San Pedro, el papa Francisco ofició la ceremonia que elevaba a los altares a Santa Teresa de Calcuta, cuya festividad (5 de septiembre), incorporada al santoral católico, se celebró por primera vez al día siguiente.







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