sábado, 7 de septiembre de 2019

ALUCINADOS



                                                      
           

ALUCINADOS

   Quiero desde aquí dar voz a quienes habitualmente no la tienen. A aquellos que, extraviados en el laberinto de la enfermedad mental, sufren el rechazo de una sociedad presuntamente cuerda.

   A lo largo de mi dilatada experiencia profesional y vital con enfermos mentales graves (esquizofrénicos y personas afectadas por otros trastornos psiquiátricos) he recogido muchos testimonios, lamentos, quejas y reivindicaciones que en su conjunto llegan a conformar un panegírico que pretendo transmitir.

   En primer lugar me hago eco de una frase que forma parte del rico refranero español: “Ni son todos los que están ni están todos los que son”. Hay mucho loco suelto, incluso entre las capas altas de la sociedad, que dominan al resto de los humanos y llevan a cabo prácticas políticas que bien podrían calificarse como “enloquecidas” por lo que tienen de abyectas, bizarras, injustas y hasta demoníacas, me atrevería a decir, más propias de un “alucinado” venido del espacio sideral o “iluminado” desde el mismo por fuerzas desconocidas para el resto de los mortales. 

   Es evidente que, entre la clase dominante, es decir, la casta que nos malgobierna en España y, por qué no decirlo, en la mayoría de países del mundo occidental tan “adelantado y “divino de la muerte”, entre la clase dominante, decía, predominan las personas sin escrúpulos que llegan a la política para satisfacer sus necesidades de ególatras narcisistas, para llenarse los bolsillos aunque sea a costa de prácticas corruptas y para ensañarse con las personas de a pié porque, debido a su falta de empatía y  capacidad de autocrítica, disfrutan hasta la saciedad del mal ajeno. Vamos, que tienen un perfil psicopático de libro.

   Haría falta que esa sociedad, hasta hoy sumisa y aborregada, anestesiada y conformista, se rebelara contra todos esos malnacidos y los pusiera a buen recaudo, pero mucho me temo que nuestras democracias “de pacotilla” no cuentan a día de hoy, con los mecanismos necesarios para desmontar el entramado tan bien construido que los perpetúa en el poder, sean de la orientación  o color político que sean, que no es cuestión de  izquierda ni derecha, que “en todos sitios cuecen habas”, que la desfachatez y la desvergüenza está instalada en todos sitios.

   Un servidor que, como ya he manifestado en otras ocasiones, se considera utópico posibilista e irredento, o un “caletre insomne” como cariñosamente me califica mi amigo el herrero, no va a cejar en el empeño de intentar, desde su atalaya inconformista y humilde, que las cosas cambien. No es mi intención hacer de adalid de nada, ni estoy por encima del bien ni del mal, pero, creo que desde el hartazgo generalizado, va siendo hora de pasar a la acción aunque, “dios me libre” de seguir el patrón de esa “fuerza nueva” que supone ese partido ultraderechista de reciente aparición, liderado por uno al que llaman “Santi”. “¡Va de retro…!”.

   En segundo lugar, que me voy por las ramas de la política, quiero referirme al tema de la estigmatización de la enfermedad mental. Desde hace mucho tiempo intento no poner etiquetas a las personas afectas por “problemas” mentales. Los diagnósticos están bien para que los profesionales sanitarios unifiquemos criterios, hagamos protocolos de actuación, apliquemos el conjunto de medidas terapéuticas que cada persona necesite y también para poder establecer un pronóstico que permita al “enfermo” y a sus familiares poner luz en la sombra, en la zozobra e incertidumbre que genera el impacto de la enfermedad mental cuando aparece en el núcleo familiar. Y digo “poner luz”, no entrar a saco imponiendo con medidas y tácticas coercitivas y patriarcales ingresos tan preventivos como innecesarios en muchas ocasiones, ni actuando desde la superioridad del profesional que todo lo sabe y todo lo puede. No nos podemos erigir como salvadores y explicar a los pacientes que hacemos las cosas “por su bien”. Se hace necesario escuchar su opinión cuando cesa su agitación y su “delirio”, y debemos escuchar también a los familiares que son el soporte incondicional y que, en la mayoría de los casos son o deben ser nuestros aliados en el proceso de recuperación y contención de conductas “disruptivas”, a veces muy graves, de esos extraviados en el laberinto de la enfermedad mental que nombraba al principio.

   La aparición, relativamente reciente de “Asociaciones en Primera Persona” es un paso más, tienen mucho que decir, mucho que aportar y mucho que enseñarnos, y pueden, si les dejamos, con intención colaborativa, con las otras asociaciones, ya consolidadas, de familiares y enfermos, participar activamente en la mejoría del panorama global.

  Sólo con el compromiso de todos: enfermos, familias, profesionales, instituciones y el conjunto de la sociedad, se conseguirá la integración y reinserción completa de ese grupo de personas a las que les ha tocado la china de sufrir un trastorno mental. ¿QUÉ TRASTORNO?

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