viernes, 2 de agosto de 2019

MICRORRELATOS






Microrrelatos famosos



   Los tiempos de Internet han permitido que la literatura breve o micro haya adquirido una mayor importancia entre esos lectores acelerados para quienes retener un argumento de una sola línea no sólo supone un estímulo curioso, sino también la oportunidad de crear su propia versión de esa historia oculta “entre líneas” o, en este caso, palabras.

   Así es el microrrelato, un género narrativo quizás algo infravalorado por las masas que abarca una larga historia cimentada por autores como Cortázar o Augusto Monterroso, éste último piedra angular del género gracias a su micro El dinosaurio, uno de los considerados como mejores microrrelatos de la historia.

¿Qué es un microrrelato? Características comunes

Microrrelatos: pocas palabras para grandes historias.
La RAE define microrrelato como relato muy breve. 



   ¡Y tan breve que es! Es la principal característica de este género narrativo, que sólo contiene unas cuantas líneas en las que el autor tiene que expresar todo aquello cuanto desea y dejar al lector emocionado, pensativo o simplemente con la sensación de haber leído algo bueno a la par que breve. Para esto hay un dicho popular que viene a expresar lo mismo: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”.

   Aunque es un género bastante infravalorado, la realidad es bien distinta. Es muy difícil escribir y “decir” mucho en pocas líneas. Mientras que con la novela o los relatos disponemos de páginas y páginas para ir caracterizando a un personaje o a varios, para ir creando ambiente, para ir desarrollando la historia en sí, en el microrrelato tenemos que decir todo en pocas líneas, y conseguir lo más difícil: que transmita algo a quien nos lee.


   Parece tarea fácil, pero, se necesita de mucha técnica y de mucho tiempo de dedicación para hacer un buen microrrelato como los que veremos a continuación.

¿Cómo hacer un microrrelato?

   Por regla general, un microrrelato tendrá entre 5 y 250 palabras, aunque siempre podremos encontrar excepciones, pero no varían mucho.

   Para escribir un microrrelato nos tenemos que olvidar de hacer una parrafada para explicar algo concreto, por lo que eliminaremos obviamente lo que sería todo el desarrollo por ejemplo de una novela. Iríamos al punto clave o clímax de nuestra narración, en el que se produciría un giro inesperado que sorprenda al lector. De esta manera, nos tendremos que olvidar por supuesto de describir en exceso. Esta manera de escribir nos ayudará a buscar la palabra adecuada, en este caso los adjetivos descriptivos idóneos, para decir mucho con poco.

   Al tener las palabras supercontadas, lo que sí intentaremos es dar mucha importancia a la elección del título. No puede ser un título cualquiera, sino que intentaremos que esas palabras del título ayuden a completar nuestro microrrelato y a darle más sentido aún si cabe.

   Y por supuesto, si en el microrrelato lo que menos hay son palabras, intentaremos también jugar con los silencios y los signos de puntuación. Por ejemplo, unos puntos suspensivos en según qué parte del texto los coloquemos pueden decir bastante más que una frase completa. Para hacer un buen microrrelato es cuestión de ir adquiriendo la técnica a medida que se hacen una y otra vez.

16 microrrelatos para amantes de la literatura breve:

El dinosaurio, de Augusto Monterroso

   Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.



Calidad y Cantidad, de Alejandro Jodorowsky
   No se enamoró de ella, sino de su sombra. La iba a visitar al alba, cuando su amada era más larga.


Un sueño, de Jorge Luis Borges
   En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que tiene la forma de círculo) hay una mesa de maderas y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mí escribe, en caracteres que no comprendo, un largo poema sobre un hombre que, en otra celda circular, escribe un poema sobre un hombre que, en otra celda circular…El proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben.

Amor 77, de Julio Cortázar
  Y después de hacer todo lo que hacen se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son.

La carta, de Luis Mateo Díez
   Todas las mañanas llego a la oficina, me siento, enciendo la lámpara, abro el portafolios y, antes de comenzar la tarea diaria, escribo una línea en la larga carta donde, desde hace catorce años, explico minuciosamente las razones de mi suicidio.

Toque de queda, de Omar Lara
  —Quédate, le dije.
    Y la toqué.

Cubo y pala, de Carmela Greciet
   Con los soles de finales de marzo mamá se animó a bajar de los altillos las maletas con ropa de verano. Sacó camisetas, gorras, shorts, sandalias…, y aferrado a su cubo y su pala, también sacó a mi hermano pequeño, Jaime, que se nos había olvidado. Llovió todo abril y todo mayo.


Fantasma, de Patricia Esteban Erlés
   El hombre que amé se ha convertido en fantasma. Me gusta ponerle mucho suavizante, plancharlo al vapor y usarlo como sábana bajera las noches que tengo una cita prometedora.

La dicha de vivir, de Leopoldo Lugones
    Poco antes de la oración del huerto, un hombre tristísimo que había ido a ver a Jesús conversaba con Felipe, mientras concluía de orar el Maestro.
   –Yo soy el resucitado de Naim –dijo el hombre–. Antes de mi muerte, me regocijaba con el vino, holgaba con las mujeres, festejaba con mis amigos, prodigaba joyas y me recreaba en la música. Hijo único, la fortuna de mi madre viuda era mía tan solo. Ahora nada de eso puedo; mi vida es un páramo. ¿A qué debo atribuirlo?
   –Es que cuando el Maestro resucita a alguno, asume todos sus pecados -respondió el Apóstol-. Es como si aquél volviera a nacer en la pureza del párvulo…
   –Así lo creía y por eso vengo.
   –¿Qué podrías pedirle, habiéndote devuelto la vida?
   –Que me devuelva mis pecados –suspiró el hombre.

Alberto Piernas
   Él llegó con la corbata mal puesta.
   Ella fingió seguir leyendo.
   Un elefante rosa comía en el salón.



Hablaba y hablaba, de Max-Aub
   Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.

Carta del enamorado, de Juan José Millás
   Hay novelas que aun sin ser largas no logran comenzar de verdad hasta la página 50 o la 60. A algunas vidas les sucede lo mismo. Por eso no me he matado antes, señor juez.

La manzana, de Ana María Shua
   La flecha disparada por la ballesta precisa de Guillermo Tell parte en dos la manzana que está a punto de caer sobre la cabeza de Newton. Eva toma una mitad y le ofrece la otra a su consorte para regocijo de la serpiente. Es así como nunca llega a formularse la ley de gravedad.


Amenazas, de William Ospina
   -Te devoraré -dijo la pantera.
   -Peor para ti -dijo la espada.

La verdad sobre Sancho Panza, de Franz Kafka
     Sancho Panza, que por lo demás nunca se jactó de ello, logró, con el correr de los años, mediante la composición de una cantidad de novelas de caballería y de bandoleros, en horas del atardecer y de la noche, apartar a tal punto de sí a su demonio, al que luego dio el nombre de Don Quijote, que éste se lanzó irrefrenablemente a las más locas aventuras, las cuales empero, por falta de un objeto predeterminado, y que precisamente hubiese debido ser Sancho Panza, no hicieron daño a nadie.

   Sancho Panza, hombre libre, siguió impasible, quizás en razón de un cierto sentido de la responsabilidad, a Don Quijote en sus andanzas, alcanzando con ello un grande y útil esparcimiento hasta su fin.

Las gafas, de Matías García Megías
   Tengo gafas para ver verdades. Como no tengo costumbre no las uso nunca.
    Sólo una vez…
    Mi mujer dormía a mi lado.
   Puestas las gafas, la miré.
   La calavera del esqueleto que yacía debajo de las sabanas roncaba a mi lado, junto a mí.
    El hueso redondo sobre la almohada tenía los cabellos de mi mujer, con los rulos de mi mujer.
    Los dientes descarnados que mordían el aire a cada ronquido, tenían la prótesis de platino de mi mujer.
   Acaricié los cabellos y palpé el hueso procurando no entrar en las cuencas de los ojos: no cabía duda, aquello era mi mujer.
    Dejé las gafas, me levanté, y estuve paseando hasta que el sueño me rindió y me volvió a la cama.
    Desde entonces, pienso mucho en las cosas de la vida y de la muerte.
    Amo a mi mujer, pero si fuera más joven me metería a monje.

   Los microrrelatos, para los amantes de la literatura breve, sirven de base para  esas historias ocultas que, de forma subliminal, en esta versión más reducida, pero no por ello menor de la literatura, salen del alma y llegan al alma.


CON PASO TRÉMULO, de PETRUS RYPFF

   A lo lejos divisé a un hombre bien vestido, espalda encorvada y de edad avanzada, demandaba algo a los transeúntes, pero estos seguían su camino esquivándole como si formara parte del mobiliario. Con paso trémulo, el anciano fue acercándose, finalmente se dejó caer en el mismo poye te que yo ocupaba. Con mano temblorosa se rebuscaba en los bolsillos interiores de su chaqueta, sacó un ajado mechero y su temblor aumentó al comprobar que no le quedaba tabaco en  la cajetilla metálica que extrajo de otro bolsillo, con gesto contrariado cruzó su mirada con la mía. Le extendí uno de mis cigarrillos, lo tomó esbozando una sonrisa, encendió el pitillo y dio una profunda calada y me dijo: - Cuánto tiempo sin saborear uno de éstos-. Sin dudarlo le ofrecí mi paquete para que lo guardara, al principio lo rechazó pero lo pensó mejor y con gesto pícaro lo tomó y lo guardó. Sin que yo le dijera nada empezó a explicarme con todo lujo de detalles sus circunstancias personales. 

   Aunque le escuchaba atentamente, no en vano su discurso me resultaba muy interesante, al cabo de un rato creyó que me estaba dando mucho la tabarra y no sin esfuerzo se levantó y me dijo:
- Ha sido usted muy amable, y hablar con usted me ha reconfortado. Ahora tengo que proseguir, a ver si consigo al menos cinco o seis euros y puedo comprar algo para comer-.

  Sin decir nada, saqué un billete de diez euros de mi cartera y se los ofrecí.  Nuevamente intentó rehusar mi ayuda pero ante mi insistencia los guardó en su chaqueta y emprendió la marcha hacia la calle. Cuando había recorrido unos cuantos pasos, se giró sobre sí mismo y me dijo: 
- Con lo que usted me ha dado, tengo suficiente para dos días, así que me vuelvo a casa. Adiós señor, y que Dios le bendiga-.

   Me despedí de él y cuando vine a darme cuenta se había alejado tanto, que no alcanzó a oírme cuando le requerí que me dijera su nombre, así que lo recordaré como "el argentino de Atocha".




Al otro lado
El ciego agonizante descubrió que le esperaba una oscuridad mayor que la que le había envuelto en vida.

Anuncios por palabras (I)
Traficante de órganos busca mujer con buen corazón.
Anuncios por palabras (II)
Caníbal en prácticas busca mujer tierna para invitarla a cenar.
Anuncios por palabras (III)
Terrorista suicida busca relación a prueba de bombas.
Anuncios por palabras (IV)
Pirómano busca mujer fogosa para relación ardiente.
Anuncios por palabras (V)
Hombre del tiempo busca relación tormentosa.
Apuesta
Cuando la Muerte vino a reclamar su alma el jugador dijo que la había perdido en una apuesta.


                             Cómo escribir un microrrelato | @DragonTalavera


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