viernes, 2 de agosto de 2019

MICRORRELATOS II



      EDUARDO GALEANO: 29 MICRORRELATOS CONTADOS POR ÉL MISMO



MICRORRELATOS ANÓNIMOS
  En el restaurante de la Mafia la venganza y el arroz se sirven en frío.
  Jesús vio a Lázaro tan dormido que no quiso despertarle.

  Todo eran risas cuando el circo llegó. Luego vinieron los asesinatos.

  Cuando se fueron los hombrecillos verdes llegaron los hombres de negro y luego todo se volvió gris.

  Hubo una gran conmoción al descubrir que Papá Noel y el hombre del saco eran la misma persona.

  Mi Constitución me impide adelgazar, así que he empezado una revolución para cambiarla.

  Nadie vio al hombre invisible entrar en el cuarto oscuro.

  Finalmente recurrí el valor para declararme a mi amor con el corazón en la mano. Ella solo gritó al ver tanta sangre.

  Cuando se abrieron las puertas del infierno descubrimos que la mayoría de los demonios ya estaban fuera.

  Newton fue herido de gravedad por una manzana.

  «¿Mamá, podemos dejar de jugar al escondite? Estoy cansada». «Aún no, cariño». Fuera papá sigue gritando.

  Tras someterle a mil y una pruebas, los extraterrestres le devolvieron a casa. No sin antes recomendarle bajar su colesterol.

  Sostenía que su único defecto era la modestia.

  A mi teclado le falta la f, así que no pude ponerle fin a aquella historia.

  El fin del Mundo pilló a Dios por sorpresa.

  Al final fue el Hambre quien acabó con el Hombre.

  Leí el papel que tenía delante de mis ojos: «Renuncia a toda esperanza. A partir de ahora tu alma nos pertenece». Aun así yo firmé, era mi primer contrato laboral.

  Cuando el flautista de Hamelin se abrió una cuenta en Twitter, todos los niños empezaron a seguirle.

  El niño me llama a través de la ventana y dice que salga a jugar. Vivo en un quinto piso.

  Yo clamé, “¡justicia!”; él me pidió clemencia.

  «Perdona -me dijo aquel tío raro de la discoteca-, crees que este pañuelo huele a cloroformo».

  El nuevo Gobierno descubrió la forma más efectiva para acabar con la pobreza: eliminar a los pobres.

  La llegada del Apocalipsis fue recibida con fuertes subidas en la Bolsa.

  Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, gritó al ver sobre su cama a un monstruoso insecto.

  El muro era tan alto que en vez de protegerles terminó por aislarles.

  No consigo recordar desde cuando tengo problemas de memoria.

  Ya vemos la luz al final del túnel. El tren se acerca a toda velocidad…

  “¡Dame tu mano!”, ordenó mi padre. Cogí el cuchillo, empecé a cortar.

  Iba a matar a mi abuelo, pero mi nieto se adelantó y me pegó un tiro.

  El pueblo recibió con ilusión la llegada del circo. Por fin habría trabajo, aunque fuera de domador.

  Por mucho que Sally lo intentó, el monstruo de su cuarto se negaba a salir del armario.

  Fiel a su promesa, Peter Pan nunca creció. Murió de sobredosis a los 16.

  Cuánto más alto hablaba, menos le escuchaban.

  Tenemos portero físico. Estará encantado de ayudarte con los deberes.

  Cuando llegó el fin del mundo todos quisieron subir las fotos a Facebook.

    El viajero del tiempo nunca llegaba tarde a sus citas.

   Estoy harto de que todos me digan que hablo demasiado y me voy por las ramas. La primera vez fue en 1996, en una fiesta con amigos. Recuerdo que era un diciembre especialmente frío, y yo llevaba un…

  “Asúmelo, no eres real”, dijo mi amigo imaginario.

  Las máquinas se rebelaron contra los hombres por las 35 horas semanales.

   Me escribió algo muy profundo: “subsuelo”.

   Cuando Jehová vio toda aquella sangre esperó que no hubiera testigos.

   Decía que podía volar, pero lo que más sorprendía a la gente es que un pájaro pudiera hablar.

   «Al final de la peli mueren todos». Y era verdad, no quedó nadie en la sala.

   Mi pareja me pidió un poco de tiempo. Yo retrasé 5 minutos el temporizador de la bomba.

   Aquel tren no admitía viajeros, pero sí preguntas.


ANTIFÁBULA DE LA LECHERA
   El dueño de la granja en la que trabajaba le regaló un cántaro de leche. Como era una mujer con iniciativa, fue al mercado y lo vendió. Con el dinero que le dieron adquirió varios pollos.

   Pasó noches en vela vigilando el gallinero, pues los zorros no paraban de matar pollos. Al cabo de un par de fatigosos años, ahorró lo suficiente para comprar un cerdo. Lo engordó y, cuando llegó noviembre, pudo venderlo. Compró un ternero y una vaca. El ternero murió repentinamente, pero la vaca le daba leche que vendía en el mercado. Fue comprando más pollos. Se desvivió por cuidarlos y por seguir vendiendo leche.    Compró más cerdos, que enfermaron de triquinosis. Después de sacrificarlos, ahorró durante un tiempo para comprar varios lechones. Al cabo de veinticinco años tenía una granja con seis vacas, diez cerdos y casi cien pollos y gallinas. Trabajaba de sol a sol. Ordeñaba las vacas, recogía los huevos, cuidaba los cerdos, sacrificaba los pollos e iba al mercado a venderlos.

   Como no había tenido tiempo de casarse ni de formar una familia, vivía sola.

   Un día, cuando regresaba del establo a media noche, pensó en lo feliz que habría sido si, la primera vez que fue al mercado, hubiera tropezado y el cántaro de leche se hubiera roto.

(Plácido Romero)


LA INOCENCIA PERDIDA

   Me caí tan fuerte que, del golpe, se me escapó de las manos la inocencia y se coló por una alcantarilla.
  Desde entonces, ya no lloro en las películas si hay alguien delante. No me dejo alegrarme del todo si ocurre algo bueno, porque pienso que algo malo viene detrás. No me emociono ante las sorpresas porque finjo que ya nada me sorprende ni me relajo cuando es el momento de disfrutar. Ojalá me irritara ante los problemas cotidianos, y no me creyera por encima de ellos.
No siento más que insensibilidad.
   Ahora sigo en las cloacas, dando palmaditas como un miope sin gafas, en busca de mi inocencia perdida. ¡Dónde está! ¿Por qué no vuelve? Apuesto a que la tengo justo al lado, o justo dentro. Necesito encontrarla para volver a ser vulnerable. Para llorar cuando tenga un nudo en la garganta (aunque haya gente delante). Para reír de felicidad si me ocurre algo bueno, sin miedo al futuro. Para taparme la boca ante las sorpresas y gritar de rabia cuando me lo pida el pecho. Voy a recuperar mi inocencia perdida y no la volveré a soltar.
(Óscar Soria)

LLOVIENDO LÁGRIMAS
   A pesar de que las estrellas están escuchando y el océano es profundo, yo sólo voy a dormir y luego crearé una película muda, tú serás la estrella, es eso lo que eres, querida, tu susurro dice un secreto, tu risa me da alegría y me siento como el niño mimado de la Naturaleza.
   Pero  todavía siguen cayendo las lágrimas, están lloviendo desde el cielo y hay mucho de mí que sale antes de que consiga subir. No dejes que el sol desaparezca, que no se ponga el sol, no dejes que el sol se vaya. No, tú no puedes salir de mi vida, dime que no saldrás de mi vida. Decidme que no se irá de mi vida, di que no te gustaría, quédate, por favor.
(Petrus Rypff)

20 SEGUNDOS

   Llego al Hospital un poco apurado porque obligaciones familiares me han retenido en casa unos minutos más de lo habitual. Pulso el botón del ascensor para subir a mi planta, a mi lado se arremolinan varias personas entre ellas una chica alta y rubia que no conozco. Un minuto más tarde, o más, llega el ascensor, bajan varias personas y al fondo se queda el Dr. JMS, a quién conozco y aprecio desde hace muchos años. En tono jovial le pregunto: - ¿Subes o bajas?- lógicamente si no se baja, es que sube ya que el hospital no tiene planta sótano. Con una sonrisa me dice: - Parece claro que subo-. En esto que la chica alta y rubia le pregunta: - ¿Cómo es posible que haya bajado en el ascensor, si hace un momento le he visto en la planta baja?. En ese momento intervengo, dirigiéndome a los dos: - es que el Dr. S tiene el don de la ubicuidad-, a lo que él replica: - ya quisiera yo tener ese don, para poder trabajar en dos sitios a la vez-, entonces interviene la chica alta y rubia: - pues yo ya tengo bastante con currar en un sitio, con lo estresada que voy...-, mi réplica no se hace esperar: - Pues también estaría bien disfrutar de dos buenas compañías simultáneamente en dos sitios diferentes-, al instante el Dr. S comenta: - Sí, estaría bien, pero entonces empezaría a funcionar la "neurona verde"-, entonces yo le contesto: - Yo no estaba hablando de sexo...-, y él responde ipso facto: - ni yo tampoco, me refería al color de la habitación-.

   Fue terminar esa última frase y la puerta del ascensor se abrió en la cuarta planta, donde él tenía que bajar, y así lo hizo.

   Antes de que yo pudiera responderle, la puerta se cerró dejándome con tres palmos de narices, ante la mueca de asombro de la chica alta y rubia, que se limitó a decir: - ¡Qué veinte segundos tan intensos!-.

(PETRUS RYPFF)




DULCE RUGIDO
   
  A media mañana el Dr. Rypff  hace una pequeña pausa para tomar un café y aprovecha para quitar de forma preventiva un comentario subido a la red esa misma mañana, no sabe si alguien lo habrá leído ya. No quedándose tranquilo decide consultar sus dudas en la Asesoría Jurídica del Hospital, cuyas abogadas en otras ocasiones han sido muy amables y eficientes.

  El Dr. Rypff siempre ha sido una persona ecuánime y autoexigente en lo referido a la ética profesional y la confidencialidad de sus pacientes, pero nunca antes había escrito sobre sus experiencias profesionales y albergaba alguna duda sobre si, plasmar en una red social sus vivencias en la consulta, podría originar algún problema ético-legal.

   La repuesta dada por las profesionales del derecho le deja totalmente desconcertado porque le vienen a decir, después de una larga conversación que no puede utilizar sus vivencias en la consulta para escribir, ni en una red social, ni en cualquier otro foro, blog o medio de difusión. El argumento es que el médico no es dueño de la información que obtiene de un paciente o su familia, que como profesional se debe a la institución para la que trabaja y que es poco ético sacar partido de la profesión para hacer algo que no sea velar por la salud de los pacientes.

   Ante la contestación de las "ilustradas" letradas, el Dr Rypff se queda bastante contrariado. No obstante, continúa, como si nada hubiera ocurrido, pasando la consulta. Casi al final de la jornada entra en el despacho un paciente imprevisto, se le ve apurado y cuenta que necesita un informe de forma urgente porque tiene que presentarlo en un juicio que se celebra al día siguiente. Aunque no es práctica habitual, el Dr. Rypff le hace el informe solicitado, lo que origina un mayor retraso en el desarrollo de la consulta, haciendo esperar aún más al último paciente de la larga lista de pacientes citados esa mañana.
   
   Cuando por fin termina la dura jornada de trabajo, se dispone a abandonar el hospital, comprueba que le está esperando el paciente del informe que está acompañado por una mujer que presenta un aspecto muy cuidado y que resulta ser su abogada. Se presenta como E.R., le entrega una tarjeta de visita y le comenta que le estaban aguardando para agradecerle la deferencia de haber realizado un informe tan completo con tanta celeridad, sobre todo porque su contenido podría ser crucial en el inminente juicio. El Dr. Rypff intenta quitar importancia a lo ocurrido, comenta que forma parte de su trabajo y que no merece tanto elogio. La abogada hace un gesto a su defendido, invitándole a que se marche a casa y, dirigiéndose al galeno le dice que se siente en deuda con él, ofreciéndole sus servicios de abogada para algún asunto legal que pudiera tener en el futuro. De pronto el Dr. Rypff se acuerda del incidente de la mañana en la asesoría jurídica, le cuenta lo ocurrido y la respuesta de E.R. No se hace esperar, le pide que mire la tarjeta de visita y comprueba que tiene un puesto importante en el Colegio de Abogados y le dice que no haga ningún caso a sus colegas en lo referente a escribir, que siempre que no revele el nombre del paciente e información confidencial, la ética profesional y el derecho a la confidencialidad están salvaguardados, es decir, que escriba lo que quiera. Ya en la calle, los dos fuman plácidamente un cigarrillo mientras departen sobre derecho médico. Cuando termina su pitillo, E.R. saca unas llaves de su bolso, se despide amablemente del Dr. Rypff y se dirige a una enorme motocicleta aparcada junto a la acera, levanta la tapa situada detrás del asiento y saca un precioso casco negro azabache, se lo coloca en la cabeza, se sube cual amazona y arranca la Harley Davidson último modelo. Segundos después hace el gesto típico de los "metaleros" y sale disparada calle arriba. Tras ella sólo queda el dulce rugido de una máquina de ensueño y la cara estupefacta del Dr. Rypff.

(PETRUS RYPFF)








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