sábado, 17 de agosto de 2019

MICROMIEDOS III






MONÓTONO GOLPETEO
  La mano golpeaba insistentemente el cristal de la ventana de mi habitación. Clavé mi mirada en ella, sin poder apartar la vista de los blancos nudillos que, con su monótono golpeteo, conseguía despertar en mí una claustrofóbica sensación.
   El lejano retumbar de un trueno hizo que despertase de mi pesadilla. El viento hacía que la rama de un árbol golpease mi ventana. Me tranquilicé, sólo había sido un sueño. Pero, al día siguiente, descubrí huellas en el cristal y un mensaje escrito en él: ¿Por qué no me abriste? Volveré noche tras noche, en los días de tormenta.

EN LA OSCURIDAD

   Era una noche tranquila cuando la joven pareja se fue a dormir. Entrada la madrugada un fuerte viento desató un alboroto, las ventanas vibraban, y las paredes eran azotadas por cualquier cosa que estuviera cerca. Después de salir a revisar y poner todo en un lugar donde causara el menor ruido posible, intentaron dormir otra vez, pero era algo complicado, cuando apenas cerraban los ojos, algún fuerte ruido les ponía otra vez en alerta, pasaron así los minutos, con los ojos abiertos, esperando que el siguiente estruendo no los sorprendiera  desprevenidos.

  De repente, el ruido de un cristal roto los asustó más de lo que esperaban, se levantaron apresuradamente para revisar todo pero las luces no encendían. No solían tener una linterna a mano, así que tuvieron que caminar a oscuras hasta la cocina. Tropezaban a cada paso, a pesar de que era un camino que recorrían a diario.

   Al llegar a la cocina, Carlos sacó el encendedor y lo accionó. Durante un fugaz segundo, frente a su cara, como si fuese el reflejo en un espejo, un rostro con la boca abierta y vacíos ojos negros le miraron fijamente acercándose lentamente como si quisiera fundirse con él, le pareció un momento eterno, en el que soltó el encendedor y apretó fuerte la mano de su esposa.

 Estaba seguro de lo que vio, pero no podía decir nada para que Esmeralda no se asustara, debía hacer algo… pero, ¿qué?, «eso» estaba ahí, observando. No obstante, tampoco podía quedarse quieto esperando. Cuando la cabeza estaba a punto de estallarle, la electricidad volvió, la luz de los electrodomésticos de la cocina iluminaron la estancia lo suficiente como para tranquilizarlo, pues estaban completamente solos.

   Pero, al cabo de un rato la crispación volvió, la presencia seguía allí y no pudo evitar exclamar: ¡Hay alguien más en la casa! La esposa, presa del miedo le pidió: Llévame a la habitación y encerrémonos, pronto amanecerá. Al llegar a la cama, las sábanas estaban revueltas en el suelo y en el colchón se dibujaba un hueco, como si alguien estuviera tendido sobre él.


VISITA AL CEMENTERIO
    
   Era la primera vez que Javier iba al cementerio a visitar la tumba de su hermano mayor, el cual murió siendo aún muy pequeño, hace bastantes años. Sus padres le habían hablado de él, pero nunca antes les había acompañado. Decidieron que Javier ya era mayor y podría unirse a la tradición familiar.

 El chico observaba con atención todo lo que había a su alrededor, grandes estatuas de piedra con forma de ángeles, cruces de todos tamaños y con todo tipo de grabados, y por supuesto muchas tumbas.

  Sus familiares que ya conocían bien el camino, se movían ágilmente entre las lápidas, y a él lo dejaron un poco rezagado. Mientras se apresuraba para no quedarse muy atrás, pasó entre dos tumbas pisando un caballito de madera.

  Ya que sus padres solían llevar juguetes a su hijo difunto en sus cumpleaños, probablemente mucha más gente lo hacía, así que lo recogió para ponerlo en su lugar. Miró la inscripción de las dos tumbas, y en ambas había enterrado un niño y se dijo un poco confundido: “¿A qué dueño pertenecerá?” Javier era un niño resuelto y decidió que la suerte diera con la solución. Tembloroso, sacó una moneda del bolsillo, la lanzó al aire y finalmente depositó el juguete en la tumba de su izquierda. Creyó percibir como el niño de la foto le guiñaba un ojo.

   Se dispuso a salir corriendo para alcanzar a su familia, pero su pie quedó atrapado con algo, y mientras estaba agachado tratando de liberarlo, le tocaron el hombro derecho y una suave voz le susurró al oído: -Ese juguete era mío…-, aunque el chico se giró lo más rápido que pudo, sus ojos sólo percibieron una ligera forma traslúcida que se deslizaba debajo de la lápida que quedaba a su derecha.

   Aunque sus pies estaban listos para salir corriendo y quería con todas sus fuerzas hacerlo, no tuvo más remedio que coger el caballito y devolverlo a su dueño, para después de eso jamás volver a pisar un cementerio.


                                         El silencio de los corderos - tráiler 



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