jueves, 15 de agosto de 2019

LOS MALVADOS





   -Hace frío esta noche - comenta Isabella a Francesco Corleone mientras éste apura el último sorbo de su humeante café, al abrigo de la chimenea.
   
   El día ha sido largo, duro trabajo en la oficina del WTC de Los Ángeles, viaje en helicóptero de vuelta a su lujosa mansión, partido de golf en el reputado campo del norte de Palm Springs con Charl Hope, regreso a casa en el Ferrari último modelo recién importado desde la Italia natal, puesta al día de e-mails, SMS, etc, cena familiar... y por fin ha llegado el momento más apreciado, dar cuenta de ese café y su copa del mejor bourbon que conoce y que le fabrican en exclusiva en una destilería de Kentucky. 

   Está ansioso porque a continuación va a entrar en el salón privado desde el que cree manejar el mundo de las altas finanzas.

    Francesco es sobrino nieto de Vito Corleone y se jacta de ser el varón más avispado de la línea sucesoria del "maestro". Es accionista mayoritario, entre otras muchas propiedades a ambos lados del Atlántico, de ACE, un holding que aglutina empresas del sector inmobiliario, las telecomunicaciones y cómo no, es socio mayoritario de alguna de las más reputadas agencias de calificación como S&P.
   
    En su salón de juegos ocupa un lugar de privilegio una enorme maqueta cuyas piezas son movidas por un sofisticado sistema informático diseñado por su amigo Bill, y que maneja con destreza cada noche, casi siempre en solitario. Sus marionetas favoritas representan a los principales dirigentes del África Negra, pero en los últimos años ha incluido, a modo de divertimento a destacados mandatarios de casi todos los países de Europa. También están representadas instituciones "sagradas" como el FMI, el BCE, la UE, y otros tantos organismos que aparentemente controlan la economía global.


   No tiene que hacer ningún esfuerzo para comunicar telefónicamente con la germana AM, la británica TM, el gabacho MM y otros tantos “líderes” de segunda división del viejo continente. Últimamente ha tenido algunas diferencias con el gerifalte ruso VP y ha hecho sus maniobras para convencer al  jefe de estado nortcoreano para que lime asperezas con el ínclito presidente norteamericano DT, que es su marioneta preferida y del que alberga algunas dudas respecto a si es más necio o más malvado. Todos sabemos que los necios lo son de por vida y por tanto si tienen algo de poder son mucho más peligrosos que los malvados, que a veces se toman vacaciones de sus villanías, aunque no por ello están exentos de liarla parda cuando se les cruza el cable.

   Fuera de su salón de juegos, mantiene una vida muy ajetreada  y le toca lidiar con situaciones a veces complicadas, que le mantienen alta la adrenalina y le resultan a la postre altamente divertidas y enriquecedoras, voy a exponer aquí la primera entrega de una de sus últimas peripecias:

EL ENCANTADOR DE SERPIENTES (I)
   Tras resultar herido en una rodilla durante un tiroteo, mientras atracaba junto a la banda de los Malton la sucursal del Salin Bank de Michigan Street en Indianápolis, Joe Barlow consigue subir, con ayuda de C. Morton en la parte trasera del Jeep, que a toda velocidad conduce Patrick Malton en dirección a su centro de operaciones a las afueras de Toledo, al norte de Ohio, en el condado de Lucas. La herida sangra abundantemente hasta que Frank, el segundo y más perverso y sanguinario de los Malton, consigue aplicarle un torniquete en el muslo. Mientras tanto, Malcolm Reuters comprueba que la cuantía del botín, no alcanza ni de lejos las expectativas del plan previsto y por ello a la llegada del grupo a la guarida se establece una fuerte discusión entre los líderes de la banda, Patrick y Frank. Tras varias horas de tensa espera llega el Dr. A. Orson que, con su destreza habitual, consigue extraer el proyectil de la maltrecha rodilla de Joe, le aplica un vendaje compresivo y le prescribe los analgésicos y antibióticos pertinentes.
   
   Unos días después y ya bastante recuperado, aunque con una ostensible cojera, Barlow se plantea abandonar la peligrosa vida que desde hace años lleva junto a los Malton, que por otro lado, a pesar de su fidelidad sin límites, no le dan un trato demasiado digno. Finalmente decide marchar muy lejos. Un pariente le habló hace años de Cachemira, una exótica región de La India, antiguamente conocida como "el paraíso en la  tierra" donde podría iniciar una nueva andadura, alejado de sus mentores y sobre todo sin el desasosiego de poder ser capturado en cualquier momento y ver como cae sobre él el peso de la ley por sus múltiples violaciones de la misma. Reúne todo el dinero disponible tras vender sus escasas propiedades y liquidar sus cuentas con los Malton, que eso sí, le consiguen la documentación falsa necesaria para sortear los numerosos controles que a buen seguro tendrá que pasar en su largo viaje transcontinental.

   Pasadas unas semanas, Joe Barlow llega por fin a Nueva Delhi, ha necesitado varias escalas en distintas ciudades del mundo y ahora le queda un largo trayecto en un tren de tercera hasta su ciudad de destino, Srinagar, en el Valle de Cachemira (Vale of Kashmir) perteneciente a Jammu y Cachemira, el estado más septentrional de La India. Exhausto por el largo viaje se instala en un hotel de la ciudad, no es nada lujoso pero la habitación parece suficientemente amplia y confortable como para proporcionarle el descanso que de forma imperiosa necesita. Barlow siempre ha sido un virtuoso de la flauta y ante las escasas expectativas de encontrar un trabajo estable, acepta la oferta del encargado de un tugurio a las afueras de la ciudad para ejercer como encantador de serpientes. En pocas semanas el local consigue mejorar su reputación en la ciudad y Barlow empieza a ser un reclamo interesante para los turistas, ante el regocijo de Wiswanathan Singh, el dueño.

   En la sede central de ACE, en Los Angeles, Francesco Corleone ultima con su equipo los preparativos para viajar a Shanghai, con el objetivo de cerrar una importante operación financiera con una empresa de telecomunicaciones ubicada en esa ciudad, que está atascada desde hace semanas. Al día siguiente su jet privado despega del Aeropuerto Internacional de Los Angeles (LAX) y unas horas después aterriza en el Aeropuerto de Shanghai Pudong. Tras unas horas de descanso en el más lujoso hotel de la ciudad, se reúne con el consejo de administración de TCS y con más brevedad de la prevista se consigue un acuerdo muy ventajoso para ambas partes. De vuelta al hotel recrimina a su delegado en Shanghai, Emil Lawton, su falta de habilidad en las negociaciones previas.
   
   Como compensación Lawton ofrece a su jefe un atractivo viaje de fin de semana al Valle de Cachemira, previamente ha dispuesto todas las medidas de seguridad necesarias, sabedor de que se trata de una región de alto riesgo. Entre los sitios a visitar está la ciudad de Srinagar, muy cerca del Parque Nacional de Dachigam, uno de los pocos sitios del mundo donde se puede admirar en libertad tigres y leopardos, entre otros animales exóticos, y practicar uno de los deportes favoritos del magnate, el trekking.
  
   Es viernes por la tarde y la excursión al parque está prevista para el sábado, así que Francesco pide a su secretaria que le acompañe a dar una vuelta por la ciudad. Según la guía que Lawton le ha facilitado, la ciudad ofrece una rica gastronomía local y Corleone no es muy amante de la cocina internacional de los hoteles de este lado del mundo. Justo antes de entrar en el restaurante elegido, Lucy, la secretaria, se percata de la algarabía proveniente de una calle cercana, donde más de un centenar de personas se arremolinan alrededor de un elegante encantador de serpientes, que con una melodía extraída de su flauta, consigue que una espectacular cobra, asome por la abertura del saco e increíblemente, repte en el vacío, desafiando las leyes de la gravedad. El público asistente rompe en una fuerte ovación y Francesco,  emocionado por el número circense, espera a que se disperse la muchedumbre y aborda al artista mientras éste recoge sus bártulos, ante el gesto de complicidad de su secretaria, que minutos antes había cruzado una mirada lasciva con el "encantador".

   En un perfecto inglés que sorprende a Corleone, se identifica como Theo Schwann y explica que es norteamericano de origen pero que lleva en India más de diez años. Intrigado por la historia, Francesco invita a Theo a cenar y este acepta argumentando que no puede declinar el agasajo de tan ilustres visitantes.
PETRUS RYPFF




Ernest Hemingway
(Oak Park, Ilinois, E.U, 1899 - Ketchum, Idaho, E.U., 1961)
Los asesinos (1927)
(“The Killers”)
Originalmente publicado, como “The Matadors”,

     La puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al mostrador.
      -¿Qué van a pedir?- les preguntó George.
      -No sé- dijo uno de ellos. -¿Tienes ganas de comer, Al?-.
      -Qué sé yo- respondió Al, -no sé-.
      Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde el otro extremo del mostrador, Nick Adams, quien había estado conversando con George cuando ellos entraron, los observaba.
      -Yo voy a pedir costillitas de cerdo con salsa de manzanas y puré de papas- dijo el primero.
      -Todavía no está listo-.
      -¿Entonces por qué carajo lo pones en la carta?-.
      -Esa es la cena - le explicó George. -Puede pedirse a partir de las seis-
      George miró el reloj en la pared de atrás del mostrador.
      -Son las cinco-.
      -El reloj marca las cinco y veinte- dijo el segundo hombre.
      -Adelanta veinte minutos-.
    -Bah, a la mierda con el reloj- exclamó el primero. -¿Qué tienes para comer?-
      -Puedo ofrecerles cualquier variedad de sándwiches- dijo George, -jamón con huevos, tocino con huevos, hígado y tocino, o un bife-
      -A mí dame suprema de pollo con arvejas y salsa blanca y puré de papas-
      -Esa es la cena-
      -¿Será posible que todo lo que pidamos sea la cena?-
      -Puedo ofrecerles jamón con huevos, tocino con huevos, hígado...
      -Jamón con huevos - dijo el que se llamaba Al. Vestía un sombrero hongo y un sobretodo negro abrochado. Su cara era blanca y pequeña, sus labios angostos. Llevaba una bufanda de seda y guantes.
      -Dame tocino con huevos -dijo el otro. Era más o menos de la misma talla que Al. Aunque de cara no se parecían, vestían como gemelos. Ambos llevaban sobretodos demasiado ajustados para ellos. Estaban sentados, inclinados hacia adelante, con los codos sobre el mostrador.
      -¿Hay algo para beber? -preguntó Al.
      -Gaseosa de jengibre, cerveza sin alcohol, y otras bebidas gaseosas -enumeró George.
      -Dije si tienes algo para beber-
      -Sólo lo que nombré.
      -Es un pueblo caluroso este, ¿no?- dijo el otro. -¿Cómo se llama?-
      -Summit-.
      -¿Alguna vez lo oíste nombrar?- preguntó Al a su amigo.
      -No- le contestó éste.
      -¿Qué hacen aquí por la noche?- preguntó Al.
      -Cenan— dijo su amigo. -Vienen acá y cenan de lo lindo-
      -Así es- dijo George.
      -¿Así que crees que así es?- preguntó Al a George.
      -Seguro-.
      -Así que eres un chico vivo, ¿no?-
      -Seguro- respondió George.
     -Pues no lo ere- dijo el otro hombrecito. -¿No cierto, Al?-
      -Se quedó mudo- dijo Al. Giró hacia Nick y le preguntó:
  -¿Cómo te llamas?-
      -Adams-
      -Otro chico vivo- dijo Al. -¿No, Max,  es vivo?-
     -El pueblo está lleno de chicos vivos- respondió Max.
      George puso las dos bandejas, una de jamón con huevos y la otra de tocino con huevos, sobre el mostrador. También trajo dos platos de papas fritas y cerró la portezuela de la cocina.
      -¿Cuál es el suyo?-  preguntó a Al.
      -¿No te acuerdas?-
      -Jamón con huevos-
      -Todo un chico vivo- dijo Max. Se acercó y tomó el jamón con huevos. 
      Ambos comían con los guantes puestos. George los observaba.
      -¿Qué miras?- dijo Max mirando a George.
      -Nada-
      -Cómo que nada? Me estabas mirando a mí-.
      -Creo que lo hacía en broma, Max- intervino Al.
      George se rió.
      -No te rías- lo cortó Max. -No tienes nada de qué reírte, ¿entiendes?-
      -Está bien- dijo George.
      -Así que piensas que está bien- Max miró a Al. -Piensa que está bien. Esa sí que es buena-
      -Ah, piensa- dijo Al. Siguieron comiendo.
      -¿Cómo se llama el chico vivo ése que está al final del mostrador?- le preguntó Al a Max.
      -Eh, chico vivo- llamó Max a Nick, -anda con tu amigo al otro lado del mostrador-
     -¿Por?- preguntó Nick.
      -Porque sí-
      -Mejor pasa al otro lado, chico vivo- dijo Al. Nick pasó al otro lado del mostrador.
     -¿Qué se proponen?- preguntó George.
     -Nada que te importe- respondió Al. -¿Quién hay en la cocina?-
      -El negro-
      -¿El negro?, ¿Cómo el negro?-
      -El negro que cocina-
      -Dile que venga-
      -¿Qué se proponen?-
      -Dile que venga-
     -¿Dónde se creen que están?-
      -Sabemos muy bien donde estamos- dijo el que se llamaba Max.
      -¿Parecemos tontos acaso?-
      -Por lo que dices, parecería que sí- le dijo Al. -¿Por qué tienes que ponerte a discutir con este chico?- y luego a George -Escucha, dile al negro que venga acá-
      -¿Qué le van a hacer?-
      -Nada. Piensa un poco, chico vivo. ¿Qué le haríamos a un negro?-
      George abrió la portezuela de la cocina y llamó: -Sam, ven un minutito-
      El negro abrió la puerta de la cocina y salió.
      -¿Qué pasa?- preguntó. Los dos hombres lo miraron desde el mostrador.
      -Muy bien, negro- dijo Al. -Quédate ahí-
      El negro Sam, con el delantal puesto, miró a los hombres sentados al mostrador: -Sí, señor- dijo. Al bajó de su taburete.
      -Voy a la cocina con el negro y el chico vivo- dijo. -Vuelve a la cocina, negro-. -Tú también, chico vivo-
      El hombrecito entró a la cocina después de Nick y Sam, el cocinero. La puerta se cerró detrás de ellos. El que se llamaba Max se sentó al mostrador frente a George. No miraba a George sino al espejo que había tras el mostrador. Antes de ser un restaurante, lo de Henry había sido una taberna.
      -Bueno, chico vivo- dijo Max con la vista en el espejo. -¿Por qué no dices algo?-
      -¿De qué se trata todo esto?-
      -Ey, Al- gritó Max. -Aquí este chico vivo quiere saber de qué se trata todo esto-
      -¿Por qué no le cuentas?- se oyó la voz de Al desde la cocina.
      -¿De qué crees que se trata?-
      -No sé-
     -¿Qué piensas?-   Mientras hablaba, Max miraba todo el tiempo al espejo.
      -No lo diría-
      -Ey, Al, acá el chico vivo dice que no diría lo que piensa-
     -Está bien, puedo oírte- dijo Al desde la cocina, que con una botella de ketchup mantenía abierta la ventanilla por la que se pasaban los platos.
     -Escúchame, chico vivo- le dijo a George desde la cocina, -aléjate de la barra-. -Tú, Max, córrete un poquito a la izquierda- parecía un fotógrafo dando indicaciones para una toma grupal.
      -Dime, chico vivo- dijo Max. -¿Qué piensas que va a pasar?-
      George no respondió.
      -Yo te voy a contar- siguió Max. -Vamos a matar a un sueco. ¿Conoces a un sueco grandote que se llama Ole Andreson?-
      -Sí-.
      -Viene a comer todas las noches, ¿no?-
     -A veces-
      -A las seis en punto, ¿no?-
      -Si viene-
      -Ya sabemos, chico vivo- dijo Max. -Hablemos de otra cosa, ¿Vas al cine?-
      -De vez en cuando-
      -Tendrías que ir más a menudo. Para alguien tan vivo como tú, es bueno ir al cine-
      -¿Por qué van a matar a Ole Andreson? ¿Qué les hizo?-
      -Nunca tuvo la oportunidad de hacernos algo. Jamás nos vio-
      -Y nos va a ver una sola vez- dijo Al desde la cocina.
      -¿Entonces por qué lo van a matar?- preguntó George.
     --Lo hacemos para un amigo. Es un favor, chico vivo-
      -Cállate- dijo Al desde la cocina. -Hablas demasiado-
      -Bueno, tengo que divertir al chico vivo, ¿no, chico vivo?-
      -Hablas demasiado- dijo Al. -El negro y mi chico vivo se divierten solos.
 Los tengo atados como una pareja de amigas en el convento-
      -¿Tengo que suponer que estuviste en un convento?
      Uno nunca sabe-
      -En un convento judío. Ahí estuviste tú-
      George miró el reloj.
      —Si viene alguien, dile que el cocinero salió, si después de eso se queda, le dices que cocinas tú. ¿Entiendes, chico vivo?-
      -Sí- dijo George. - ¿Qué nos harán después?-
      Depende- respondió Max. -Esa es una de las cosas que uno nunca sabe en el momento-
      George miró el reloj. Eran las seis y cuarto. La puerta de la calle se abrió y entró un conductor de tranvía.
      -Hola, George- saludó. -¿Me sirves la cena?-
      -Sam salió- dijo George. -Volverá alrededor de una hora y media-
      -Mejor voy a la otra calle- dijo el chófer.
      George miró el reloj. Eran las seis y veinte.
      -Estuviste bien, chico vivo- le dijo Max. -Eres un verdadero caballero-
      -Sabía que le volaría la cabeza- dijo Al desde la cocina.
     -No- dijo Max, -no es eso. Lo que pasa es que es simpático. Me gusta el chico vivo-
        A las siete menos cinco George habló:-Ya no viene-
   Otras dos personas habían entrado al restaurante. En una oportunidad George fue a la cocina y preparó un sándwich jamón con huevos “para llevar”, como había pedido el cliente. En la cocina vio a Al, con su sombrero hongo hacia atrás, sentado en un taburete junto a la portezuela con el cañón de un arma recortada apoyado en un saliente. Nick y el cocinero estaban amarrados espalda con espalda con sendas toallas en sus bocas. George preparó el pedido, lo envolvió en papel manteca, lo puso en una bolsa y lo entregó, el cliente pagó y salió.
      -El chico vivo puede hacer de todo- dijo Max. -Cocina y hace de todo. Harías de alguna chica una linda esposa, chico vivo-
      -¿Sí?- dijo George. -Su amigo, Ole Andreson, no va a venir-
      -Le vamos a dar otros diez minutos- repuso Max.
    Max miró el espejo y el reloj. Las agujas marcaban las siete en punto, y luego las siete y cinco.
      -Vamos, Al- dijo Max. -Mejor nos vamos de acá. Ya no viene-
      -Mejor esperamos otros cinco minutos- dijo Al desde la cocina.
      En ese lapso entró un hombre, y George le explicó que el cocinero estaba enfermo.
      -¿Por qué carajo no consigues otro cocinero?- lo increpó el hombre. -¿Acaso no es un restaurante esto?- luego se marchó.
      -Vamos, Al- insistió Max.
      -¿Qué hacemos con los dos chicos vivos y el negro?-
     -No va a haber problemas con ellos-
      -¿Estás seguro?-
      -Sí, ya no tenemos nada que hacer acá-
      -No me gusta nada- dijo Al. -Es imprudente, tú hablas demasiado-
      -Uh, ¿qué te pasa?- replicó Max. -Tenemos que entretenernos de alguna manera, ¿no?-
      -Igual hablas demasiado- insistió Al. Éste salió de la cocina, la recortada le formaba un ligero bulto en la cintura, bajo el sobretodo demasiado ajustado que se arregló con sus manos enguantadas.
      -Adiós, chico vivo- le dijo a George. -La verdad es que tuviste suerte-
      -Es cierto- agregó Max, -deberías apostar en las carreras, chico vivo-
      Los dos hombres se retiraron. George, a través de la ventana, los vio pasar bajo el farol de la esquina y cruzar la calle. Con sus sobretodos ajustados y esos sombreros hongos parecían dos artistas de variedades. George volvió a la cocina y desató a Nick y al cocinero.
      -No quiero que esto vuelva a pasarme- dijo Sam. -Ya no quiero que vuelva a pasarme-
      Nick se incorporó. Nunca antes había tenido una toalla en su boca.
    -¿Qué carajo...?- dijo pretendiendo seguridad.
     -Querían matar a Ole Andreson- les contó George. -Lo iban a matar de un tiro en cuanto entrara a comer-
      -¿A Ole Andreson?-
      -Sí, a él-
      El cocinero se palpó los ángulos de la boca con los pulgares.
      -¿Ya se fueron?- preguntó.
      -Sí —respondió George-, -ya se fueron-
      No me gusta- dijo el cocinero. -No me gusta para nada-
    -Escucha- George se dirigió a Nick. -Tendrías que ir a ver a Ole Andreson-
     -Está bien-
     -Mejor que no tengas nada que ver con esto- le sugirió Sam, el cocinero. -No te conviene meterte-
      -Si no quieres no vayas- dijo George.
      -No vas a ganar nada involucrándote en esto- siguió el cocinero. -Mantente al margen-
      -Voy a ir a verlo- dijo Nick. -¿Dónde vive?- El cocinero se alejó.
      -Los jóvenes siempre saben que es lo que quieren hacer- dijo.
      -Vive en la pensión Hirsch- informó George  a Nick.
      -Voy para allá-
     Afuera, las luces de la calle brillaban por entre las ramas de un árbol desnudo de follaje. Nick caminó por el costado de la calzada y a la altura del siguiente poste de luz tomó por una calle lateral. La pensión Hirsch se hallaba a tres casas. Nick subió los escalones y tocó el timbre. Una mujer apareció en la entrada.
      -¿Está Ole Andreson?-
      -¿Quieres verlo?-
      -Sí, si está-
      Nick siguió a la mujer hasta un descanso de la escalera y luego al final de un pasillo. Ella llamó a la puerta.
      -¿Quién es?-
      -Alguien que viene a verlo, Sr. Andreson- respondió la mujer.
      -Soy Nick Adams-
      -Pasa-
      Nick abrió la puerta y entró al cuarto. Ole Andreson yacía en la cama con la ropa puesta. Había sido un boxeador peso pesado y la cama le quedaba chica. Estaba acostado con la cabeza sobre dos almohadas. No miró a Nick.
      -¿Qué pasa?- preguntó.
      -Estaba en lo de Henry- comenzó Nick, -cuando dos tipos entraron y nos ataron a mí y al cocinero, y dijeron que iban a matarle-
      Sonó tonto decirlo. Ole Andreson no dijo nada.
    -Nos metieron en la cocina- continuó Nick. --Iban a dispararle apenas entrara a cenar-
      Ole Andreson miró a la pared y siguió sin decir palabra.
      -George creyó que lo mejor era que yo viniera y le contase-
      -No hay nada que yo pueda hacer- Dijo Ole Andreson finalmente.
      -Le voy a decir cómo eran-
      -No quiero saber cómo eran- dijo Ole Andreson. Volvió a mirar hacia la pared: -Gracias por venir a avisarme-
      -No es nada-
      Nick miró al grandote que yacía en la cama. -¿No quiere que vaya a la policía?-
      -No- dijo Ole Andreson. -No sería buena idea-
      -¿No hay nada que yo pudiera hacer?-
      -No. No hay nada que hacer-
      -Tal vez no lo dijeron en serio-
      -No. Lo decían en serio-
      Ole Andreson se giró hacia la pared.
      -Lo que pasa- dijo hablándole a la pared, -es que no me decido a salir. Me quedé todo el día aquí-
      -¿No podría escapar de la ciudad?-
      -No- dijo Ole Andreson. -Estoy harto de escapar- Seguía mirando a la pared. -Ya no hay nada que hacer-
      -¿No tiene ninguna manera de solucionarlo?-
      -No. Me equivoqué- seguía hablando monótonamente.-No hay nada que hacer, dentro de un rato me voy a decidir a salir-
      -Mejor vuelvo a lo de George- dijo Nick.
      -Chao- dijo Ole Andreson sin mirar hacia Nick. -Gracias por venir-
    Nick se retiró. Mientras cerraba la puerta vio a Ole Andreson totalmente vestido, tirado en la cama y mirando a la pared.
     -Estuvo todo el día en su cuarto- le dijo la encargada cuando él bajó las escaleras. -No debe sentirse bien-.
   Yo le dije: -“Señor Andreson, debería salir a caminar en un día otoñal tan lindo como este”-, pero no tenía ganas.
      -No quiere salir-
  -Qué pena que se sienta mal -dijo la mujer. -Es un hombre buenísimo. Fue boxeador, ¿sabías?-
      -Sí, ya sabía-
     -Uno no se daría cuenta salvo por su cara- dijo la mujer. Estaban junto a la puerta principal. -Es tan amable-
      -Bueno, buenas noches, Señora Hirsch- saludó Nick.
      -Yo no soy la Señora Hirsch- dijo la mujer. -Ella es la dueña. Yo me encargo del lugar. Yo soy la Señora Bell-
      -Bueno, buenas noches, Señora Bell- dijo Nick.
      -Buenas noches- dijo la mujer.
    Nick caminó por la vereda a oscuras hasta la luz de la esquina, y luego por la calle hasta el restaurante. George estaba adentro, detrás del mostrador.
      -¿Viste a Ole?-
      -Sí- respondió Nick. -Está en su cuarto y no va a salir-
      El cocinero, al oír la voz de Nick, abrió la puerta desde la cocina. -No pienso escuchar nada- dijo y volvió a cerrar la puerta de la cocina.
      -¿Le contaste lo que pasó?- preguntó George.
      -Sí, le conté pero él ya sabe de qué se trata-
      -¿Qué va a hacer?-
      -Nada-
      -Lo van a matar-
      -Supongo que sí-
      -Debe haberse metido en algún lío en Chicago-
      -Supongo - dijo Nick.
      -Es terrible-
      -Horrible- dijo Nick.
      Se quedaron callados. George se agachó a buscar un paño y limpió el mostrador.
      -Me pregunto qué habrá hecho- dijo Nick.
      -Habrá traicionado a alguien. Por eso los matan-
      -Me voy a ir de este pueblo- dijo Nick.
      -Sí—dijo George-. -Es lo mejor que puedes hacer-
      -No soporto pensar en él esperando en su cuarto sabiendo lo que le va a pasar. Es realmente horrible-
      -Bueno- dijo George. -Mejor deja de pensar en eso-

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