viernes, 9 de agosto de 2019

LA NOCHE DE FIN DE AÑO




   En comparación con el aire caliente y viciado de la sala, el aire de aquel pequeño patio detrás del bar le pareció un lugar fresco y tranquilo. 

  Se recostó perezosamente en la pared tapizada de viejos posters y mugre, aspirando lentamente el humo de su cigarro e inundando sus pulmones de un bálsamo reconfortante. De pronto había sentido la necesidad de salir de aquella sala atestada de gente, de sentir el silencio de aquella última noche del año; pero sobre de todo de saborear en la intimidad de sus pensamientos la excitante voz de la cantante.
   
  Ella había interpretado sus más sentidas y ardientes melodías con una voz tan  cadenciosa y sensual, que había acariciado cada pedacito de su cuerpo, despertando viejos y olvidados deseos. El público también había brincado literalmente de sus asientos al oírla cantar, dejando atrás sus oscuras y miserables vidas.

  Pero ahora, lejos de todo aquel barullo, en la soledad de aquel rincón, recordaba como en un "flash back" todos los meses anteriores del año, se daba cuenta de la necesidad de un cambio y aquella cantante se le había metido entre ceja y ceja; desarrolló unas ansías enfermizas de tenerla sólo para él y así, un nuevo comienzo se dibujó en su mente.

   En medio de esos existenciales pensamientos sintió una presencia detrás de él. Esa sensación lo turbó y un inesperado escalofrío recorrió su cuerpo. Sobresaltado se dio la vuelta, pero sólo se encontró con un olvidado bote de basura y un hambriento gato escarbando en él. Pero esa sensación de sentirse siempre observado siguió por un rato carcomiéndole la piel, devanándole los sesos y volviéndolo loco, como si un ente invisible lo acosara siempre desde las sombras.

    Desconcertado, entró de nuevo en el bar y aquel asfixiante ambiente lo envolvió de nuevo, el escenario ya estaba vacío y sólo una débil lucecita quedaba de la cantante, su adorada presencia ahora brillaba por su ausencia. Entonces caminó casi a tientas buscándola en aquella semipenumbra, pero ya no la vió. Entre la gruesa capa de humo y el barrullo de la gente le fue casi imposible hallar su rastro, sin embargo, empecinado en encontrarla, se abrió paso como pudo entre la gente y trató de verla entre la multitud; en su camino alguien se le acercó insinuante pidiéndole un cigarrillo, pero él la apartó bruscamente, solo tenía un pensamiento en la cabeza: la cantante.

   En su alborotada búsqueda siguió recorriendo el lugar, tratando de verla en medio de aquel laberinto, tratando de adivinar cada recoveco donde pudiera estar y finalmente la vio allí, parada junto a la puerta trasera del bar, justo en el callejoncito donde él había acariciado su sueño de tenerla. De repente sintió su carne vibrar otra vez de lujuria y desesperado, quiso alcanzarla. Entonces se vio batallando con innumerables brazos y piernas, que como interminables tentáculos de medusas babosas, trataban de atraparlo e impedirle llegar a ella. Finalmente, como un héroe que vence sus batallas, llegó a su victoria, y se abalanzó sobre ella. Aspiró su piel olorosa, tan distinta a toda aquella podredumbre. Cerró los ojos para sentirla con más intensidad, para por fin  poseerla allí, en la oscuridad de aquel pestilente rincón. Súbitamente, en las tinieblas de sus párpados cerrados ya no la sintió, sólo respiró el vacío de su ausencia. Quiso abrir los ojos, mirarla de nuevo, pero pareciera que sus párpados se hubieran soldado por algún negro conjuro. Trató de buscarla a tientas en la oscuridad, como un ciego  buscando su lazarillo, o como un naufrago aferrándose a la última esperanza, pero con pesar presintió que ella ya no estaba, que se había desvanecido en el aire, como parte del juego malévolo de algún desquiciado mago.

  Fue entonces que, como en un sueño, se encontró solo y tirado sobre algo blando y esponjoso, con las manos enredadas en una delgada cadenita. Habló de ella y una luz amarillenta le golpeó la cara. Justo en ese instante, vio la sombra de aquella mujer magnífica desaparecer por una esquina de la habitación, y se quedó solo con la frialdad de la muerte desgarrándole el pecho. Un grito ahogado salió de su garganta, y en medio de su locura pensó que esa habitación y ese sillón que lo cobijaban ahora, eran sólo una mala pasada de su imaginación, que pronto despertaría y la tendría a ella de nuevo entre sus brazos, haciéndole estremecer de placer y dicha. Sí,  porque lo real era la cantante y aquel pequeño bar perdido en la periferia de la ciudad, no aquel sucio cuartucho de hotel en donde se encontraba ahora, tan deslucido como el año que se acababa.

   De repente, en medio de sus desvaríos, vio en la pared un sobado espejo y una mirada perversa reflejada en él. A lo lejos sonaron los miles de fuegos artificiales, que con una cascada de colores anunciaban el año nuevo, mientras en el espejo el tiempo se había detenido para él.



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