martes, 13 de agosto de 2019

EL LIBRO...LOS LIBROS


                       


El Libro
   Era el momento, había que subir al ático y buscar el libro. Salí al patio y subí los treinta y nueve escalones de piedra fría. En el camino me topé con el polvo y las largas telas tejidas pacientemente por las arañas. Pero nada me detendría, ni las arañas ni la inercia. Debía encontrar de nuevo el camino a casa o moriría en este mundo perdido en la nada. Poco a poco, conforme fui subiendo, el aire se hizo menos enrarecido y un vientecito helado empezó a golpear mis oídos y mi memoria. Al final me topé con la maciza puerta de hierro. Con mano temblorosa giré la perilla y esta cedió fácilmente, sólo protestó con un crujido doloroso, producto del moho y del tiempo.
  -Seguro que ya ni recuerdan esta puerta - pensé, pues la llave no está puesta. Al llegar a la amplia azotea me golpeó el viento ululante de la tarde y sin pensarlo dos veces busqué la puerta del ático. Con cuidado entré en ese recinto oscuro, donde el tiempo pareciera haberse detenido. Había baúles por doquier, restos de vidas pasadas, ropas y enseres en desuso. Entre todo ese laberinto de objetos me abrí paso y al final tirado entre varias vasijas, antaño pequeñas ánforas sumergidas, ahora medio rotas, encontré el libro. Había sido un largo camino y al cogerlo entre mis manos recordé cómo era cuando lo vi por vez  primera, nuevo y reluciente. Ahora lucía viejo y ajado, con las páginas sueltas y desvancijadas, con las huellas de haber sido leído miles de veces. Pero no importaba, allí estaba. Lo abrí en cualquier página y de pronto una luz resplandeciente lo inundó todo y el cuartucho me pareció menos oscuro y lúgubre. Poco a poco me sumergí en ella y mi cuerpo se fue desvaneciendo y al fin me fui alejando de aquel lugar, de aquel mundo. ¿Adónde me conduciría?...

Los Libros

   Generalmente los libros elevan. Por eso también calzan mesas cojas y sofás desvencijados.  Para algunos la montaña de libros tan sólo forma parte del muro que les impide ver la realidad. Árboles que no dejan ver el bosque.

   Depende de los libros. Algunos, más que elevar, sólo cavan fosas comunes a los pies: Mein Kämpf de Adolf Hitler, Técnica del colpo di Stato de Curzio Malaparte, o El libro rojo (毛主席語錄Máo zhǔxí yǔlù) de Mao. Son libros plagados de errores intelectuales, morales y éticos, y de ideas criminógenas sobradamente comprobadas por la historia.

   El Corán o la Biblia, si son el único libro, también han llegado a justificar los crímenes más horrendos de las mentes más oscuras.
  
   No bastan un puñado de libros para ver por encima del muro de la ignorancia, del odio, de la violencia.

   Sin compasión, sin razón, no somos nada por muy enanos a hombros de gigantes que nos sintamos, tras leer tan sólo unos pocos libros. Pero por unos pocos libros se empieza…y la vida es larga.


La estantería

  Siendo aún pre-adolescente me pasaba horas en la librería del pueblo, sentado con mi pantalón corto en el suelo, para alcanzar los libros de las baldas más bajas de las estanterías, que eran mis favoritos. Miguel los ponía allí, al final del pasillo para que no estorbara a los pocos clientes que entraban en la tienda, a sabiendas de que mis visitas no eran para poco tiempo. Recuerdo que  un día entró una señora muy bien vestida, o al menos eso pensaría ella porque yo la veía como un adefesio. La buena señora pidió a mi amigo Miguel, el librero, dos metros y medio de libros. Miguel quedó anonadado pues, como me contó después, era la primera vez en 35  años que le hacían una petición tan extraña, pero, como el cliente siempre tiene la razón, preguntó a la señora sobre el tipo de libros que quería, si le interesaban de novela, poesía, historia, teatro, relatos, cuentos, viajes...La señora interrumpió al librero y dijo: - ¡Dios Santo!, ¿Hay libros de tantas clases?, mire, a mí me interesan sólo las portadas, los lomos o como se llame esa parte de los libros que se ve si miras de frente la estantería. Es que me acaban de poner los muebles en la sala de estar de casa, son de color caoba, sabe usted, y las paredes son de color salmón, así que usted verá, los quiero todos del mismo tamaño y que queden a juego con esos colores, ¿me ha entendido? -

 - Sí señora, perfectamente - Miguel rió para sus adentros y tomó buena nota del pedido de la señora, se acordó de una enciclopedia que aguardaba a ser vendida varios años, una Expasa descatalogada, editada hace no menos de tres décadas. La consiguió en un anticuario de Madrid por cuatro duros y ahora iba a ser su gran oportunidad de lucir en una casa de postín. La longitud de todos los libros, apilados uno junto a otro, quizás sobrepasaba la medida solicitada por la señora, pero como a ella le daría igual, con quitar algunos tomos del final el problema quedaría resuelto. Dirigiéndose a la buena e "ilustrada" señora le dijo:

  -Tendrá su encargo en casa a eso de las seis esta misma tarde, mi aprendiz y yo le dejaremos los libros perfectamente colocados en esa magnífica estantería que con tanto gusto ha comprado usted -. 

  No sabía que Miguel tuviera ningún aprendiz de librero pero, al mirarme con una sonrisa pícara, caí en la cuenta.




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