lunes, 19 de agosto de 2019

EL ENCANTADOR Y LA CHICA PERFECTA



 Rancho Cotton-Cow  - AMARILLO-TEXAS 





EL ENCANTADOR DE SERPIENTES IV



Rancho Cotton-Cow  
AMARILLO-TEXAS, Condado de Potter.    

   Un año después ...
   
   La hacienda que Francesco Corleone compró hace cuatro años a los herederos de Cornelia Wadsworth es, sin duda, una de las más grandes del estado de Texas. Ocupa 3500 Hectáreas ( algo más de 8400 acres) y se divide en dos partes claramente diferenciadas. En la parte Este se sitúa una enorme plantación de algodón, altamente mecanizada, cuya producción se destina casi en su totalidad a la exportación. La parte Oeste es una explotación ganadera de más de diez mil cabezas de vacuno, en su mayoría de la raza Bradford.

   La cuenta de resultados del rancho no termina de dar muchas alegrías a Corleone, a pesar de la contrastada dedicación mostrada por toda la plantilla de trabajadores, que supera la centena. Con la llegada de Theo Schwann (Joe Barlow en realidad) como capataz general, las cifras que se reciben en la sede central de ACE en Los Ángeles, lejos de mejorar, han sufrido un ligero retroceso, pero lo que más preocupa al magnate son los rumores que  desde hace meses traducen el creciente descontento que muestran los empleados de la plantación algodonera, cuya gobernanta es su antigua secretaria, Lucy Berkley, quien desde la sombra, dirige los hilos de todo y "obliga" a su marido a tapar sus fechorías y a amedrentar a los trabajadores que no le bailan el agua. Esta situación ha provocado, sin que trascienda demasiado, más de un rifirrafe entre ellos, que ya no tienen la idílica relación de los primeros meses. Lo cierto es que el carácter bonachón, apacible, ecuánime, desinteresado y colaborador del Schwann (Barlow) de siempre, ha dado paso a un hombre irascible, obstinado, caprichoso, injusto y avasallador, conminado a no contradecir nunca en público a la arpía de su esposa a costa de quedar muchas veces como el don nadie que ha  sido toda su vida.
   
   Corleone decide mandar un emisario para que investigue in situ lo que está sucediendo. Para esta labor se decanta por Frank Medeiros, el secretario del Departamento de Personal. Haciendo un repaso a sus recuerdos del viaje a la India, a modo de flash-back, le vienen imágenes de la cena en el Restaurante Ahdoos en Srinagar y de la parte trasera del avión donde iban sentados Lucy y Theo como dos tortolitos. Llevado por su intuición y su sagacidad, llama a David Huxley, el jefe de seguridad de ACE, le pide que intente recuperar las grabaciones de las cámaras del interior del avión durante el viaje de vuelta de Shangai a Los Ángeles de hace un año.

   Frank y David son citados para el siguiente jueves en el despacho de Corleone. Sabedores de lo recto y exigente que es su jefe cuando manda personalmente un cometido como el actual, se presentan en las oficinas centrales de ACE una hora ante de la señalada en la misiva que se les envió días atrás. Sentados en la sala de espera uno junto a otro, no parece que haya una relación muy buena entre ellos, sin cruzar sus miradas en ningún momento, hablan de cosas vanales, sin querer hacer mención a la información recopilada. Medeiros parece esconder el dossier que porta bajo el brazo y Huxley guarda el DVD con la grabación solicitada en el bolsillo interior de su americana.

   A las nueve en punto la secretaria de Corleone hace pasar en primer lugar al jefe de seguridad. Tras el saludo protocolario, David coloca el DVD en el reproductor que hay junto a la elegante mesa de despacho del magnate, a los pocos segundos aparece en la pantalla del monitor la escena que Corleone esperaba con intriga, tras un cariñoso arrumaco de Lucy, el encantador de serpientes revela su verdadera identidad. Tras parar la reproducción, Corleone ordena a Huxley que investigue el pasado de Joe Barlow, utilizando todos los medios necesarios para ello. Antes de despedirse, David advierte a su jefe que no se fíe demasiado de lo que le diga el informador que aguarda fuera, sabedor de la complicidad pasada entre la antigua secretaria y Medeiros. Francesco agradece la profesionalidad de Huxley y se despiden con un afectuoso apretón de manos.


   Pasados unos minutos llega el turno de Medeiros, que entra en el despacho con claros signos de ansiedad, un ligero temblor de manos y unas gotas de sudor que se deslizan por su frente, delatan su inseguridad. Deposita el dossier mecanografiado sobre la mesa y se sienta sobre el borde del sillón confidente. Corleone coge la carpeta tras un frío saludo y empieza a leer el escrito. Cuando termina, se queda mirando fija e inquisitivamente a Medeiros y le pregunta: -¿Esto es todo?-. El secretario de Personal se aclara la garganta y responde: - He interrogado uno por uno a los 28 trabajadores de la plantación, a la Señorita Berkley y a Theo Schwann, están transcritas en el informe todas las declaraciones,  de forma literal, creo que se ha exagerado todo mucho, además, pienso que Schwann es un buen hombre, incapaz de obrar como dicen las acusaciones de los cinco operarios marcados con un asterisco, ya se sabe, en todos los grupos de trabajo hay rencillas y envidias, usted me ha pedido mi opinión y yo se la he dado, señor-. Corleone se toma su tiempo para responder, gira su sillón de director y mira por la cristalera que deja ver el puerto naútico de Los Ángeles al fondo y los rascacielos del WTC en un plano mas cercano. Recuerda la llamada desesperada de una trabajadora de Cotton-Cow el día anterior, en ella decía estar siendo víctima de una situación de acoso muy grave por parte de Lucy y Schwann, que esto no era nuevo pero que la violencia de este último se había vuelto insoportable los últimos días. De forma solemne, pero sin aspavientos, Corleone dice a Medeiros que se puede marchar y así lo hace. El magnate llama por el teléfono interior a su secretaria y le ordena que prepare todo lo necesario para volar en helicóptero al día siguiente hasta Amarillo.

   La aeronave de ACE toma tierra en el helipuerto del rancho Cotton-Cow, que se utiliza por primera vez en varios años. La llegada de Corleone coge por sorpresa al capataz jefe, avisado por radio sólo unos minutos antes por el piloto. Sujetándose con la mano el sombrero de cowboy, para evitar que el viento generado por las aspas del aparato lo arranque de su cabeza. Schwann saluda a su jefe y le pide que le acompañe a la oficina que es una dependencia de la casa colonial donde vive con su esposa, en el centro de la hacienda. Francesco agradece el refrigerio que le ofrece uno de los trabajadores y, dirigiéndose al capataz, le dice: - Y bien Barlow, quiero que me explique lo que está pasando aquí, y evítese los rodeos, excusas y pamplinas-. El capataz, desconcertado al escuchar de Corleone su verdadero apellido piensa: - Nadie salvo Lucy conoce mi verdadero nombre en este lado del país, ¿habrá sido capaz de traicionarme?-. Ante el silencio de Barlow, Corleone dice, levantando un poco la voz: - ¿Vas a hablar o llamamos a tu esposa y lo aclaramos todo de una vez?-. Casualmente, se abre la puerta y entra en el despacho Lucy, ataviada con un elegante traje de cowboy de corte femenino, saluda a su jefe: - Hola, Francesco, digo...Sr. Corleone, ¿Qué le trae por aquí, su casa?-.   Su voz denota nerviosismo. El magnate dice sin ambajes: - Tengo información que compromete seriamente vuestra continuidad aquí, quiero escuchar una por una las versiones de los trabajadores de la plantación que figuran en esta lista. Espero que no se confirmen mis sospechas, por vuestro bien y la buena marcha del rancho. Mucho me temo que os habéis pasado de la raya y habéis traicionado de largo mi confianza-. La pareja da una explicación nada convincente para Corleone, plagada de contradicciones y excusas "baratas", intentando culpabilizar a un grupo de operarios a los que tachan de envidiosos, polémicos, vagos e ineficientes, todo lo cual no parece ser otra cosa sino la proyección de sus propias deficiencias, por no hablar de su corruptibilidad, reflejada claramente en la contabilidad del rancho, examinada con lupa por el equipo de economistas de ACE mes a mes, que encontró asientos sospechosos, facturas falsas de proveedores inexistentes, gastos sin justificar en mobiliario y herramientas que no está en ningún sitio de la hacienda y un largo etcétera de irregularidades. El informe emitido por dicho equipo es demoledor y no deja lugar a dudas.

   De los trabajadores de la lista entregada por Corleone a Barlow, la segunda en entrar es Tania Seighmour. Cuando empieza a hablar, con voz un poco entrecortada debido a la presencia del capataz al otro lado de la sala, Francesco reconoce a la persona que le llamó por teléfono unos días atrás. Entre sollozos cuenta una serie de tropelías cometidas por Barlow hacia ella y otras compañeras. Su discurso es tan coherente y parece tan sincero a la vista del magnate que, la interrumpe, se acerca a ella para consolarla y le pide que salga y comunique al resto de compañeros que ya no hará falta más declaraciones. La decisión está tomada, pide a Barlow que se siente frente a él y le plantea tres posibilidades, ahorrándole otras consideraciones, porque no es su intención abochornarlo: La primera es rescindir el contrato y devolverlo a Cachemira para que siga encantando serpientes allá. La segunda es que siga en la nómina de la empresa, trasladándole a Washington, para que, durante doce horas al día, haga sonar su flauta en el cementerio de Arlintong, delante de la tumba de su tío abuelo, Don Vito Corleone, para deleitar su alma con sus dulces melodías. La tercera es que coja sus bártulos, como ya hizo en Srinagar y se largue de Amarillo, eso sí, después de comunicar a las autoridades su verdadero nombre, lo que a buen seguro no le daría oportunidad de ir muy lejos, ya que es el único de su antigua banda que permanece en paradero desconocido.

   La intención de Corleone era meterle el miedo en el cuerpo, en realidad pensaba dejarlo ir sin denunciarle, como así hizo finalmente después de que el encantador declinara las dos primeras opciones.
  El helicóptero despegó de Cotton-Cow a las 20:30 con dirección a Palm Spring. La noche para Joe y Lucy fue larga y tensa, acabaron con una bronca monumental que hizo a Barlow tomar la decisión de marchar solo, a pesar de las súplicas de Lucy para que le permitiera ir con él e intentar arreglar las cosas. 

   A primera hora de la mañana, el Range Rover de Barlow salió del Rancho Cotton-Cow hacia el norte por la conocida Ruta 66. A unas cincuenta millas de Amarillo paró en un bar de carretera a desayunar. Mientras apuraba el último sorbo de su taza de café entró en el local una patrulla de policía y uno de sus miembros, dirigiéndose a él dijo: - Joe Barlow, queda usted detenido-. Le puso unas esposas al tiempo que su compañero le leía sus derechos. Mientras los tres se dirigían hacia el todo terreno aparcado junto al suyo, Joe giró la cabeza hacia el sur y pensó: - Esto no es cosa de Corleone, es demasiado elegante para hacer algo así, no hay duda, mi pesadilla finalmente se ha hecho realidad, aquella boa constrictor era mi bella Lucy....



Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta una

bella mañana de abril

(Haruki Murakami)

cuento de Haruki Murakami

   Los relatos de Haruki Murakami nadan entre la soledad y ansia de amor que destilan sus personajes enmarcados en situaciones oníricas, surrealistas, que hacen que sus historias sean tan atrayentes y su estilo tan personal.
   En  El hombre de hielo, fiel reflejo de su personalidad literaria, narrado en primera persona, la protagonista, cuyo nombre no es revelado, nos conduce a un extraño pasado donde el azar, conjurado humorísticamente por Haruki en un hotel para esquiadores, hizo que conociera a un hombre de hielo. El comienzo del relato no puede ser más categórico: “Me casé con un hombre de hielo”. Luego, se toma todo el tiempo para destejer esta madeja helada hasta el irónico y lógico final.

Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta una bella mañana de abril:

   Una bella mañana de abril, en una callecita lateral del elegante barrio de Harajuku en Tokio, me crucé con la chica 100% perfecta.

   A decir verdad, no era tan guapa. No sobresalía de ninguna manera. Su ropa no era nada especial. En la nuca su cabello tenía las marcas de haber acabado de despertar. Tampoco era joven –debía andar alrededor de los treinta, ni siquiera cerca de lo que comúnmente se considera una “chica”. Aún así, a quince metros sé que ella es la chica 100% perfecta para mí. Desde el momento que la vi algo retumbó en mi pecho y mi boca quedó seca como un desierto. Quizá tú tienes tu propio tipo de chica favorita: digamos, la de tobillos delgados, o grandes ojos, o delicados dedos, o sin tener una buena razón te enloquecen las chicas que se toman su tiempo en terminar su merienda. Yo tengo mis propias preferencias, por supuesto. A veces en un restaurante me descubro mirando a la chica de la mesa de al lado porque me gusta la forma de su nariz.

  Pero nadie puede asegurar que su chica 100% perfecta corresponde a un tipo preconcebido. Por mucho que me gusten las narices, no puedo recordar la forma de la de ella –ni siquiera si tenía una. Todo lo que puedo recordar de forma segura es que no era una gran belleza. Extraño.

–Ayer me crucé en la calle con la chica 100% perfecta –le digo a alguien.
–¿Sí? –dice él– ¿Era guapa?
–No realmente.
–De tu tipo entonces.
–No lo sé. Me parece que no puedo recordar nada de ella, la forma de sus ojos o el tamaño de su pecho.
–Raro.
–Sí. Raro.
–Bueno, como sea –me dice ya aburrido–, ¿qué hiciste? ¿Le hablaste? ¿La seguiste?
–Nah, sólo me crucé con ella en la calle.

  Ella caminaba de este a oeste y yo de oeste a este. Era una bella mañana de abril.

  Ojalá hubiera hablado con ella. Media hora sería suficiente: sólo para preguntarle acerca de ella misma, contarle algo acerca de mí, y –lo que realmente me gustaría hacer– explicarle las complejidades del destino que nos llevaron a cruzarnos uno con el otro en esa calle en Harajuku en una bella mañana de abril de 1981. Algo que seguro nos llenaría de tibios secretos, como un antiguo reloj construido cuando la paz reinaba en el mundo.

  Después de hablar, almorzaríamos en algún lugar, quizá veríamos una película de Woody Allen, entrar en el bar de un hotel para tomar unos cócteles. Con un poco de suerte, terminaríamos en la cama. La posibilidad toca en la puerta de mi corazón.

 Ahora la distancia entre nosotros es de apenas 15 metros. ¿Cómo acercarme? ¿Qué debería decirle?

–Buenos días, señorita, ¿podría compartir conmigo media hora para conversar? Ridículo. Sonaría como un vendedor de seguros.
–Discúlpeme, ¿sabría usted si hay en el barrio alguna lavandería 24 horas?No, simplemente ridículo. No cargo nada que lavar, ¿quién me creería en una línea como esa?

   Quizá simplemente sirva la verdad: Buenos días, tú eres la chica 100% perfecta para mí. No, no se lo creería. Aunque lo dijera es posible que no quisiera hablar conmigo. Perdóname, podría decir, es posible que yo sea la chica 100% perfecta para ti, pero tú no eres el chico 100% perfecto para mí. Podría suceder, y de encontrarme en esa situación me rompería en mil pedazos, jamás me recuperaría del golpe, tengo treinta y dos años, y de eso se trata madurar.

   Pasamos frente a una floristería. Un tibio airecito toca mi piel. La acera está húmeda y percibo el olor de las rosas. No puedo hablar con ella. Ella lleva un suéter blanco y en su mano derecha estruja un sobre blanco con una sola estampilla. Así que ella le ha escrito una carta a alguien, a juzgar por su mirada adormecida quizá pasó toda la noche escribiendo. El sobre puede guardar todos sus secretos.

   Doy algunas zancadas y giro: ella se pierde en la multitud. Ahora, por supuesto, sé exactamente qué tendría que haberle dicho. Tendría que haber sido un largo discurso, pienso, demasiado tarde como para decirlo ahora. Se me ocurren las ideas cuando ya no son prácticas.

   Bueno, no importa, hubiera empezado “Érase una vez” y terminado con “Una historia triste, ¿no crees?”

  Érase una vez un muchacho y una muchacha. El muchacho tenía dieciocho y la muchacha dieciséis. Él no era notablemente apuesto y ella no era especialmente bella. Eran solamente un ordinario muchacho solitario y una ordinaria muchacha solitaria, como todos los demás. Pero ellos creían con todo su corazón que en algún lugar del mundo vivía el muchacho 100% perfecto y la muchacha 100% perfecta. Sí, creían en el milagro. Y ese milagro sucedió.

   Un día se encontraron en una esquina de la calle.
–Esto es maravilloso –dijo él–. Te he estado buscando toda mi vida. Puede que no creas esto, pero eres la chica 100% perfecta para mí.
–Y tú –le respondió ella– eres el chico 100% perfecto para mí, exactamente como te he imaginado en cada detalle. Es como un sueño.

  Se sentaron en el banco de un parque, se tomaron de las manos y contaron sus historias hora tras hora. Ya no estaban solos. Qué cosa maravillosa encontrar y ser encontrado por tu otro 100% perfecto. Un milagro, un milagro cósmico.

 Sin embargo, mientras se sentaron y hablaron, una pequeña, pequeñísima astilla de duda echó raíces en sus corazones: ¿estaba bien si los sueños de uno se cumplen tan fácilmente?

   Y así, tras una pausa en su conversación, el chico le dijo a la chica: Vamos a probarnos, sólo una vez. Si realmente somos los amantes 100% perfectos, entonces, alguna vez, en algún lugar, nos volveremos a encontrar sin duda alguna y cuando eso suceda y sepamos que somos los 100% perfectos, nos casaremos ahí y entonces, ¿cómo ves?
–Sí –dijo ella – eso es exactamente lo que debemos hacer. Y así partieron, ella al este y él hacia el oeste.

  Sin embargo, la prueba en que estuvieron de acuerdo era absolutamente innecesaria, nunca debieron someterse a ella porque en verdad eran el amante 100% perfecto el uno para el otro y era un milagro que se hubieran conocido. Pero era imposible para ellos saberlo, jóvenes como eran. Las frías, indiferentes olas del destino procederían a agitarlos sin piedad.

  Un invierno, ambos, el chico y la chica se enfermaron de influenza, y tras pasar semanas entre la vida y la muerte, perdieron toda memoria de los primeros años. Cuando despertaron sus cabezas estaban vacías como la alcancía del joven D. H. Lawrence.

 Eran dos jóvenes brillantes y determinados, a través de esfuerzos continuos pudieron adquirir de nuevo el conocimiento y la sensación que los calificaba para volver como miembros hechos y derechos de la sociedad. Bendito el cielo, se convirtieron en ciudadanos modelo, sabían transbordar de una línea del subterráneo a otra, eran capaces de enviar una carta de entrega especial en la oficina de correos. De hecho, incluso experimentaron otra vez el amor, a veces el 75% o aún el 85% del amor.

  El tiempo pasó veloz y pronto el chico tuvo treinta y dos, la chica treinta. Una bella mañana de abril, en búsqueda de una taza de café para empezar el día, el chico caminaba de este a oeste, mientras que la chica lo hacía de oeste a este, ambos a lo largo de la callecita del barrio de Harajuku de Tokio. Pasaron uno al lado del otro justo en el centro de la calle. El débil destello de sus memorias perdidas brilló tenue y breve en sus corazones. Cada uno sintió retumbar su pecho. Y supieron:
Ella es la chica 100% perfecta para mí.
Él es el chico 100% perfecto para mí.

   Pero el resplandor de sus recuerdos era tan débil y sus pensamientos no tenían ya la claridad de hace catorce años. Sin una palabra, se pasaron de largo, uno al otro, desapareciendo en la multitud. Para siempre.
Una historia triste, ¿no crees?

   Sí, eso es, eso es lo que tendría que haberle dicho.


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