sábado, 10 de agosto de 2019

EL CLUB 21







 Terminé de vestirme y me miré al espejo. El vestido rojo me quedaba ceñido al cuerpo y el amplio escote de la espalda le daba un look muy sexy... calcé unas altas sandalias y sonreí complacida.

  Después de tantas semanas de estrés y depresión necesitaba alejarme un poco del silencio de mi apartamento y de la rutina de la oficina. Iría a dar una vuelta y tomar una copa en un bonito lugar. Recordé a Pierre y lo mal que se había portado conmigo. Luego de dejarme sin una explicación, se había dedicado a difamarme y alejarme de mis amistades. Con nostalgia recordé aquellas reuniones llenas de camaradería y alegría. Seguro que había hecho circular las fotos y videos que nos habíamos tomado en nuestros días de locura y pasión. Era un granuja que no merecía ni mi amor ni mi sufrimiento. Ninguno  de mis amigos me había dicho nada y se habían limitado a alejarse de mí cortésmente. Ninguno de ellos  merecía tampoco mi amistad, pero no podía evitar sentirme triste y desilusionada. En fin, suspiré, y cogiendo mi abrigo negro del armario salí la calle, que me recibió llena de entusiasmo y movimiento. La gente iba y venía presurosa, subían a los coches, entraban en los restaurantes y cines.

   Empecé a caminar entre los  transeúntes como dejándome llevar por la corriente. Poco a poco y sin darme cuenta me fui internando en un laberinto de callecitas angostas,  algo oscuras y de  construcciones bastante  desvencijadas. No me acordaba haber pasado por allí, o de repente sí lo había hecho pero ya  lo había olvidado. Caminé largo rato entre  esos viejos edificios de luces quejumbrosas y fachadas destartaladas, y cuando empezaba a sentirme algo abrumada de tanta soledad,  al volver por una esquina me topé con  una ancha fachada, de estilo belle époque  y  ostentoso cartel  iluminado -Club 21-, leí. El lugar se veía muy elegante, con sus vidrieras  art decó y su bella puerta de madera tallada tenía  una apariencia alegre y festiva, justo lo que estaba buscando para pasar un buen rato. ¿Pero, qué hacía un local así en aquel  lugar tan lúgubre y olvidado? Bueno quizás es un club privado o algo así, me dije empujando la puerta.



   Dentro el ambiente era agradable y muy animado, una orquesta tocaba lánguidos blues y muchas parejas bailaban lentamente al son de la música. –No está nada mal-, pensé, me acerqué a la barra y pedí un combinado. El barman puso delante de mí una copa con una mezcla ambarina coronada con una aceituna. Bebí lentamente perdida en mis pensamientos, cuando de pronto una voz varonil me sobresaltó, -¿bailamos?-, me di la vuelta y me topé con un rostro moreno con un hermoso par de ojos verdes que le hacían juego. - Encantada–, contesté, y nos mezclamos con las otras parejas, dejándonos seducir por la  melodía dulzona. Me dejé llevar por aquellos  brazos fuertes y aquella mirada que empezaba a hacerme sentir cosquillas en el estómago. Sin darme cuenta nos habíamos ido apartando de la pista de baile y nos encontrábamos en un lugar más apartado, fue entonces cuando sentí sus labios rozar los míos. Luego nos miramos y nos fundimos en un apasionado beso. Sentía su cuerpo musculoso pegado al mío y su cálido aliento embriagándome, entonces murmuré: -¿Por qué no nos sentamos un momentito?-. Él, galantemente, accedió y me llevó de la mano a una mesita con una lamparita de lo más coqueta. Rompiendo el hielo nos pusimos a conversar y me contó su tragedia: Hacía poco tiempo había perdido a su novia de una manera tonta y desde entonces daba vueltas todas las noches por aquel lugar con la esperanza de volver a verla. Me conmovió su voz apagada y el leve temblor de sus manos. Yo le conté mi desagradable experiencia con Pierre, el hombre que había destrozado mi corazón y mi confianza. Luego decidimos brindar por encontrar de nuevo la felicidad.


    El tiempo pasó rápidamente entre la charla y los brindis y cuando me di cuenta era ya medianoche. -Uh, mañana tengo que ir a trabajar-, le comenté y me dispuse a partir. Él se despidió de mí en la puerta, excusándose por no acompañarme.    

   - Es que no puedo salir de aquí -, me dijo bromeando y dándome el último beso de la noche. Con esa sensación cálida en mis labios y el corazón alborotado salí del edificio y me encontré de nuevo en esa sucesión de callecitas oscuras y apretadas. Debía buscar la avenida para tomar un taxi, caminando perdida en mis divagaciones,  me tropecé con un señor mayor que salía de uno de los portales, - lo siento señorita, venía usted muy distraída -, me dijo. Le sonreí y le pregunté cómo encontrar la avenida principal. -Dos calles hacia abajo y gire a la derecha -, me contestó, -Pero,  ¿Qué hace una mujer linda como usted por aquí? - Bueno es que me perdí y luego encontré el Club 21 y se me ocurrió tomar una copa allí -. -¿El Club 21? - me contestó. - Pero si ese lugar hace años que ya no existe. Éste era un barrio elegante, de gente fina, ya sabe usted, bueno, fíjese que hubo una tragedia allí, mataron a una linda chica, cosa de celos, creo. El asunto es que el lugar se desprestigió y cayó en desgracia -. Lo escuchaba  anonadada y sin decir más, le di las gracias y me fui a buscar mi taxi.
  
   Esa noche soñé con aquellos ojos seductores y esos besos robados. Al día siguiente, en la oficina, estuve bastante distraída y nada más dieron las 6 salí casi corriendo. La historia de aquel transeúnte se mezclaba en mi cabeza, con mi experiencia en aquel bar restaurante y así que, sin pensarlo dos veces, me dirigí de nuevo a aquel embrollo de callecitas y empecé a buscar ávidamente el  dichoso lugar. Después de dar varias vueltas durante un largo rato, me di de bruces con un destartalado local, con los cristales rotos y la puerta atravesada por unas toscas tablas. “Clausurado”, rezaba  un polvoriento cartel  entre los tablones. Sin saber qué decir ni pensar di media vuelta y volví a buscar un taxi.



                                            Los Secretos - Ojos De Gata






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