lunes, 19 de agosto de 2019

EL CALLEJÓN Y LA TRISTEZA




CALLEJÓN SIN SALIDA (I)

     
   Juana entró en la consulta con aspecto abatido, había sido entrevistada unos minutos antes por una de las enfermeras del hospital, y las lágrimas todavía recorrían sus mejillas. Entre sollozos daba muestras de querer controlarse, pero a duras penas lo conseguía, y balbuceando pidió disculpas al Dr. Rypff, éste le pidió que se sentara y mientras se tranquilizaba, ocupó unos minutos en la lectura de la espléndida historia realizada por su compañera, en ella recogía minuciosamente todos los datos de Juana, sus antecedentes personales, situación  basal, composición familiar, ocupación laboral, enfermedad actual y exploración psicopatológica, todo ello perfectamente descrito y ordenado. Mientras leía, de vez en cuando, levantaba la mirada hacia su paciente y pudo comprobar que el poco tiempo transcurrido le permitió serenarse un poco.

    En otras ocasiones su tarea inicial en la consulta, con un paciente que acude por primera vez, consiste en profundizar en los datos recogidos en la historia, por si algo se ha pasado por alto. Con Juana, enseguida se dio cuenta de que todo lo que le ocurría estaba relacionado con lo que le venía sucediendo desde hacía ya casi un año y en ello se centró la entrevista. Le explicó que estaba en baja laboral desde Diciembre a raíz de un accidente laboral en el que se produjo una fractura en el hombro, consultó con el traumatólogo de zona que desde el principio, con las exploraciones necesarias,  le advirtió de la gravedad de las lesiones. No se trataba de una fractura de las que se ven habitualmente, iba a necesitar un abordaje quirúrgico muy complejo y no podía darle muchas garantías de éxito. Fue este el primer mazazo para Juana, que veía peligrar su futuro laboral a sus 44 años, siendo ella como le explicó el principal sustento de su familia, ya que su marido, dos años mayor que ella, sufría una grave incapacidad por la que percibía una pensión muy pequeña y sus tres hijos estaban todavía en edad escolar. 
   
   En una de las revisiones, el traumatólogo, que en todo momento  tuvo una actuación compasiva, honesta y profesional con Juana, le habló de una técnica quirúrgica novedosa que estaba realizando un colega suyo en una clínica de Madrid y que se adecuaba a las características de su caso. Esta posibilidad iba a suponer unos gastos bastante onerosos para ella aunque se sintió aliviada cuando supo que la intervención en sí estaría cubierta por la Mutua de Accidentes de su empresa, de acreditada solvencia. Ilusionada, puso en marcha todos los trámites necesarios, asesorada por el Dr. Fernández. En un mes estaba ingresada en la clínica, acompañada en todo momento por su marido. Tras una amigable entrevista con el Dr. Juárez, que previamente había estudiado con detenimiento el dossier enviado por su colega, se realizó el examen preoperatorio de rigor. Al día siguiente, la intervención, aunque laboriosa y de varias horas de duración, transcurrió sin incidencias significativas. En una semana Juana estaba bastante recuperada, cada día el Dr. Juárez y su equipo había examinado la evolución de la herida quirúrgica y el estado de la articulación. Todo iba muy bien, sin signos de infección ni otras complicaciones, se le entregó un informe completo junto con el programa de rehabilitación que necesitaría para la recuperación funcional del hombro. El Dr. Fernández se ocuparía en su ciudad de origen de las revisiones pertinentes.
    
    Seis meses después, cuando Juana veía cerca su vuelta a la vida normal, incluida su reincorporación al trabajo en la fábrica, una noche se sintió indispuesta y con un fuerte dolor en el abdomen, unos días antes su hijo mayor le había advertido del color amarillento que tenía en los ojos y la piel de la cara. Alarmado su marido la llevó al Hospital Comarcal. En la Puerta de Urgencias, el médico de guardia se percató enseguida de la gravedad del cuadro y tras un examen físico, control analítico y una ecografía de urgencia, diagnosticó un fallo hepático hiperagudo, procediendo a su ingreso en la UCI. A los pocos días se le diagnosticó una Hepatitis C fulminante que a punto estuvo de costarle la vida. Una vez superada la situación crítica se encontró la posible causa de la infección cuando el médico intensivista leyó el informe de la intervención realizada en la clínica madrileña meses atrás, en la que precisó una transfusión sanguínea. Habida cuenta que Juana no tenía otros factores de riesgo y que hasta un mes antes de su fatídico accidente laboral había sido donante de sangre y por ende pasaba periódicamente controles analíticos, era bastante probable que la hepatitis la hubiera contraído a raíz de la transfusión.

 

    A lo largo de su relato Juana fue capaz de mantener la compostura bastante bien, su tono era un tanto apagado, su facies transmitía sentimientos de tristeza y más de una vez rompió a llorar, pero lo que quedaba patente sobre todo era su sinceridad y al Dr. Rypff le resultó bastante fácil empatizar con ella mediante una escucha reflexiva. 

    Tras su paso por la UCI, Juana permaneció otros diez días ingresada en la planta de Medicina Interna, el equipo médico y el personal de enfermería le proporcionó un trato exquisito y los parámetros analíticos fueron recuperándose paulatinamente, en pocos días estaba caminando sin el cansancio del principio, su ánimo también iba mejorando y su reactividad al medio era mayor cada día. Sin duda el mejor momento del día era para ella  la hora de la visita vespertina, sus tres hijos acudían al hospital cada tarde a las seis en punto, acompañados por la tía Cloti, pilar de la familia durante la larga ausencia de Juana y su marido, que a pesar de su precaria salud apenas se apartaba de ella desde que ingresó en el hospital. Todos juntos pasaban dos horas haciendo una piña no carente de emociones encontradas. A la semana del alta del hospital, Juana y su marido acudieron a una revisión en las Consultas Externas, seguía con astenia y no terminaba de recuperar el apetito. El Dr. Gimeno le habló de las posibilidades terapéuticas, él se decantaba por un fármaco, el interferón, como el más eficaz para tratar su Hepatitis pero le advirtió que dicho tratamiento no estaba exento de efectos secundarios. El galeno, al explicar a Juana su proceso de enfermedad, el tratamiento a seguir y las consecuencias que aquella podía tener en su futuro a nivel personal y laboral, estuvo de acuerdo con otros colegas en la relación causal entre la transfusión recibida en la operación de hombro y el mal que ahora la aquejaba y que por tanto, no estaría mal que contactara con un abogado para estudiar la posibilidad de  presentar una demanda contra la clínica donde la intervinieron, por daños y perjuicios.

    La respuesta al tratamiento no estaba siendo buena, cada día era un suplicio por su debilidad, inapetencia e incapacidad para enfrentarse a sus actividades domésticas. Por otro lado la situación económica era cada vez peor y apenas podían hacer frente a los gastos fijos de la casa. Los familiares también atravesaban por dificultades financieras y no podían ayudar demasiado.

   En cuanto a la posibilidad de la demanda, sugerida por el Dr. Gimeno, Juana y Pedro estaban muy desorientados ya que su experiencia en asuntos legales era inexistente e ignoraban si podría ser muy costoso para ellos. La tía Cloti tenía un conocido procurador en el juzgado de una localidad vecina al pueblo donde residían y propuso concertar una entrevista con él para que les informara de los pasos a seguir. Tras hablar con el procurador se dirigieron al despacho de un prestigioso abogado que tenía su bufete en la capital. En pocos días les recibió D. Raúl Domenech y Juana expuso con detalle todo lo acontecido en los últimos meses. Tras analizar mentalmente la información aportada, el abogado les explicó que parecía un caso claro de negligencia médica, pero el proceso, por su experiencia profesional, sería largo y costoso. Para empezar tendrían que abonar en concepto de minuta y gastos judiciales una cantidad que al matrimonio pareció desorbitada y totalmente inasumible para ellos, no obstante y con la cabeza baja dijeron al abogado que se lo pensarían y salieron del despacho con una amarga sensación de impotencia y amargura. Contaron por teléfono lo ocurrido al procurador y éste les propuso contactar con un abogado del turno de oficio, ofreciéndose él mismo para realizar las gestiones. 
   


Antón Chéjov
(Ucrania, 1860 - Alemania, 1904)
La tristeza 
(1886)
[Otro título en español: “Tristeza”]

(“Тоска”)


     La capital está envuelta en las penumbras vespertinas. La nieve cae lentamente en gruesos copos, gira alrededor de los faroles encendidos, se extiende, en fina, blanda capa, sobre los tejados, sobre los lomos de los caballos, sobre los hombros humanos, sobre los sombreros.

      El cochero Yona está todo blanco, como un aparecido. Sentado en el pescante de su trineo, encorvado el cuerpo cuanto puede estarlo un cuerpo humano, permanece inmóvil. Diríase que ni un alud de nieve que le cayese encima le sacaría de su quietud.

     Su caballo está también blanco e inmóvil. Por su inmovilidad, por las líneas rígidas de su cuerpo, por la tiesura de palos de sus patas, parece, aun mirado de cerca, un caballo de dulce de los que se les compran a los chiquillos por un copec. Hállase sumido en sus reflexiones: un hombre o un caballo, arrancados del trabajo campestre y lanzados al infierno de una gran ciudad, como Yona y su caballo, están siempre entregados a tristes pensamientos. Es demasiado grande la diferencia entre la apacible vida rústica y la vida agitada, toda ruido y angustia, de las ciudades relumbrantes de luces.

      Hace mucho tiempo que Yona y su caballo permanecen inmóviles. Han salido a la calle antes de almorzar; pero Yona no ha ganado nada.

     Las sombras se van adensando. La luz de los faroles se va haciendo más intensa, más brillante. El ruido aumenta.
    -¡Cochero!- oye de pronto Yona. -¡Llévame a Viborgskaya!-
  Yona se estremece. Al través de las pestañas cubiertas de nieve ve a un militar con impermeable.
    -¿Oyes? ¡A Viborgskaya! ¿Estás dormido?-
     Yona le da un latigazo al caballo, que se sacude la nieve del lomo. El militar toma asiento en el trineo. El cochero arrea al caballo, estira el cuello como un cisne y agita el látigo. El caballo también estira el cuello, levanta las patas, y, sin apresurarse, se pone en marcha.
      -¡Ten cuidado!- grita otro cochero invisible, con cólera. -¡Nos vas a atropellar, imbécil! ¡A la derecha!-
      -¡Vaya un cochero!- dice el militar. -¡A la derecha!-
      
   Siguen oyéndose los juramentos del cochero invisible. Un transeúnte que tropieza con el caballo de Yona gruñe amenazador. Yona, confuso, avergonzado, descarga algunos latigazos sobre el lomo del caballo. Parece aturdido, atontado, y mira alrededor como si acabase de despertarse de un sueño profundo.
     -¡Se diría que todo el mundo ha organizado una conspiración contra ti!- dice con tono irónico el militar. -Todos procuran fastidiarte, meterse entre las patas de tu caballo. ¡Una verdadera conspiración!-
      
     Yona vuelve la cabeza y abre la boca. Se ve que quiere decir algo; pero sus labios están como paralizados, y no puede pronunciar una palabra.

    El cliente advierte sus esfuerzos y pregunta:
    -¿Qué hay?-
    Yona hace un nuevo esfuerzo y contesta con voz ahogada:
    -Ya ve usted, señor... He perdido a mi hijo... Murió la semana pasada...
    -¿De veras?... ¿Y de qué murió?-
    Yona, alentado por esta pregunta, se vuelve aún más hacia el cliente y dice:
     -No lo sé... De una de tantas enfermedades... Ha estado tres meses en el hospital y a la postre... Dios que lo ha querido-
     -¡A la derecha!- óyese de nuevo gritar furiosamente. -¡Parece que estás ciego, imbécil!-
      -¡A ver!- dice el militar. -Ve un poco más aprisa. A este paso no llegaremos nunca. ¡Dale algún latigazo al caballo!-
      Yona estira de nuevo el cuello como un cisne, se levanta un poco, y de un modo torpe, pesado, agita el látigo.  Se vuelve repetidas veces hacia su cliente, deseoso de seguir la conversación; pero el otro ha cerrado los ojos y no parece dispuesto a escuchale.

      Por fin, llegan a Viborgskaya. El cochero se detiene ante la casa indicada; el cliente se apea. Yona vuelve a quedarse solo con su caballo. Se estaciona ante una taberna y espera, sentado en el pescante, encorvado, inmóvil. De nuevo la nieve cubre su cuerpo y envuelve en un blanco cendal caballo y trineo.

      Una hora, dos... ¡Nadie! ¡Ni un cliente!
      Mas he aquí que Yona vuelve a estremecerse: ve detenerse ante él a tres jóvenes. Dos son altos, delgados; el tercero, bajo y chepudo.      
     -¡Cochero, llévanos al puesto de policía! ¡Veinte copecs por los tres!
     Yona coge las riendas, se endereza. Veinte copecs es demasiado poco; pero, no obstante, acepta; lo que a él le importa es tener clientes.
     Los tres jóvenes, tropezando y jurando, se acercan al trineo. Como sólo hay dos asientos, discuten largamente cuál de los tres ha de ir de pie. Por fin se decide que vaya de pie el jorobado.
     -¡Bueno; en marcha!- le grita el jorobado a Yona, colocándose a su espalda-. -¡Qué gorro llevas, muchacho! Me apuesto cualquier cosa a que en toda la capital no se puede encontrar un gorro más feo...-
      -¡El señor está de buen humor!- dice Yona con risa forzada. -Mi gorro...-
      -¡Bueno, bueno! Arrea un poco a tu caballo. A este paso no llegaremos nunca. Si no andas más aprisa te administraré unos cuantos sopapos-
     -Me duele la cabeza- dice uno de los jóvenes.
     -Ayer, yo y Vaska nos bebimos en casa de Dukmasov cuatro botellas de caña-
      -¡Eso no es verdad!- responde el otro. -Eres un embustero, amigo, y sabes que nadie te cree-
      -¡Palabra de honor!-
      -¡Oh, tu honor! No daría yo por él ni un céntimo-
      Yona, deseoso de entablar conversación, vuelve la cabeza, y, enseñando los dientes, ríe atipladamente.
      -¡Ji, ji, ji!... ¡Qué buen humor!-
      -¡Vamos, vejestorio!- grita enojado el chepudo. -¿Quieres ir más aprisa o no? Dale de firme al gandul de tu caballo. ¡Qué diablo!-
      
      Yona agita su látigo, agita las manos, agita todo el cuerpo. A pesar de todo, está contento; no está solo. Le riñen, le insultan; pero, al menos, oye voces humanas. Los jóvenes gritan, juran, hablan de mujeres. En un momento que se le antoja oportuno, Yona se vuelve de nuevo hacia los clientes y dice:
      -Y yo, señores, acabo de perder a mi hijo. Murió la semana pasada-
      -¡Todos nos hemos de morir!- contesta el chepudo. -¿Pero quieres ir más aprisa? ¡Esto es insoportable! Prefiero ir a pie-
      -Si quieres que vaya más aprisa dale un sopapo- le aconseja uno de sus camaradas.
      -¿Oyes, viejo estafermo?- grita el chepudo. -Te la vas a ganar si esto continúa-
      Y, hablando así, le da un puñetazo en la espalda.
       -¡Ji, ji, ji!- ríe, sin ganas, Yona. -¡Dios les conserve el buen humor, señores!-
      -Cochero, ¿eres casado?- pregunta uno de los clientes.
      -¿Yo? !Ji, ji, ji! ¡Qué señores más alegres! No, no tengo a nadie, sólo me espera la sepultura... Mi hijo ha muerto; pero a mí la muerte no me quiere. Se ha equivocado, y en lugar de cargar conmigo ha cargado con mi hijo-
      Y vuelve de nuevo la cabeza para contar cómo ha muerto su hijo; pero en este momento el chepudo, lanzando un suspiro de satisfacción, exclama:
      -¡Por fin, hemos llegado!-
      Yona recibe los veinte copecs convenidos y los clientes se apean. Les sigue con los ojos hasta que desaparecen en un portal.
  
     Vuelve a quedarse sólo con su caballo. La tristeza invade de nuevo, más dura, más cruel, su fatigado corazón. Observa a la multitud que pasa por la calle, como buscando entre los miles de transeúntes alguien que quiera escucharle. Pero la gente parece tener prisa y pasa sin fijarse en él.
    Su tristeza a cada momento es más intensa. Enorme, infinita, si pudiera salir de su pecho inundaría el mundo entero.
    Yona ve a un portero que se asoma a la puerta con un paquete y trata de entablar con él conversación.
    -¿Qué hora es?- le pregunta, melifluo.
  -Van a dar las diez- contesta el otro. -Aléjese un poco: no debe usted permanecer delante de la puerta-
  Yona avanza un poco, se encorva de nuevo y se sume en sus tristes pensamientos. Se ha convencido de que es inútil dirigirse a la gente.
 
   Pasa otra hora. Se siente muy mal y decide retirarse. Se yergue, agita el látigo.
    -No puedo más- murmura. Hay que irse a acostar.

    El caballo, como si hubiera entendido las palabras de su viejo amo, emprende un presuroso trote.

  Una hora después Yona está en su casa, es decir, en una vasta y sucia habitación, donde, acostados en el suelo o en bancos, duermen docenas de cocheros. La atmósfera es pesada, irrespirable. Suenan ronquidos.

   Yona se arrepiente de haber vuelto, tan pronto. Además, no ha ganado casi nada. Quizá por eso, piensa, se siente tan desgraciado.
     
    En un rincón, un joven cochero se incorpora. Se rasca el seno y la cabeza y busca algo con la mirada.
     -¿Quieres beber?- le pregunta Yona.
     -Sí-
     -Aquí tienes agua... He perdido a mi hijo... ¿Lo sabías?... La semana pasada, en el hospital... ¡Qué desgracia!-

      Pero sus palabras no han producido efecto alguno. El cochero no le ha hecho caso, se ha vuelto a acostar, se ha tapado la cabeza con la colcha y momentos después se le oye roncar.

      Yona exhala un suspiro. Experimenta una necesidad imperiosa, irresistible, de hablar de su desgracia. Casi ha transcurrido una semana desde la muerte de su hijo; pero no ha tenido aún ocasión de hablar de ella con una persona de corazón. Quisiera hablar de ella largamente, contarla con todos sus detalles. Necesita referir cómo enfermó su hijo, lo que ha sufrido, las palabras que ha pronunciado al morir. Quisiera también referir cómo ha sido el entierro... Su difunto hijo ha dejado en la aldea una niña de la que también quisiera hablar. ¡Tiene tantas cosas que contar! ¡Qué no daría él por encontrar alguien que se prestase a escucharle, sacudiendo compasivamente la cabeza, suspirando, compadeciéndole! Lo mejor sería contárselo todo a cualquier mujer de su aldea; a las mujeres, aunque sean tontas, les gusta eso, y basta decirles dos palabras para que viertan torrentes de lágrimas.
    Yona decide ir a ver a su caballo. Se viste y sale a la cuadra. El caballo, inmóvil, come heno.
    -¿Comes?- le dice Yona, dándole palmaditas en el lomo. -¿Qué se le va a hacer, muchacho? Como no hemos ganado para comprar avena hay que contentarse con heno... Soy ya demasiado viejo para ganar mucho... A decir verdad, yo no debía ya trabajar; mi hijo me hubiera reemplazado. Era un verdadero, un soberbio cochero; conocía su oficio como pocos. Desgraciadamente, ha muerto-
    Tras una corta pausa, Yona continúa:
    -Sí, amigo..., ha muerto... ¿Comprendes? Es como si tú tuvieras un hijo y se muriera... Naturalmente, sufrirías, ¿verdad?-
      
     El caballo sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y exhala un aliento húmedo y cálido.
  Yona, escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su corazón contándoselo todo.




No hay comentarios: