sábado, 27 de julio de 2019

¿NOS OBSESIONA EL TIEMPO? I


                       Jarabe De Palo - Tiempo




   En la sociedad actual en la que vivimos nos obsesiona el tiempo. Nos obsesiona aprovecharlo al máximo, que el tiempo sea siempre "productivo". Nos damos el permiso de las vacaciones estivales, pero llega septiembre y volvemos a las andadas de inmediato. La propia sociedad y las personas de nuestro alrededor nos hacen sentir inútiles o poco valiosos si no tenemos la agenda apretada.



   Al final tenemos tantas cosas que hacer y las hacemos tan deprisa que no podemos paladearlas y se nos escapan, se escurren entre los dedos y perdemos su esencia, aquella que nos puede enseñar cosas. No nos paramos a sentir, ni siquiera a pensar de una manera productiva, la acción nos atrapa.
   Todo ello, desde una perspectiva psicológica tiene consecuencias:
·               Los pensamientos obsesivos o las rumiaciones son más frecuentes, nuestro organismo está hiperactivado y es menos probable pensar con serenidad.

·                          La percepción del paso del tiempo es mucho más acelerada, sentimos que el tiempo pasa más rápido y tenemos la sensación de no haberlo vivido con intensidad. Esto nos puede general vacío e insatisfacción.

·              No tomamos contacto con nuestras emociones y nuestro cuerpo, la atención está en otra cosa, por ello es más difícil identificar lo que nos conviene o no desde una perspectiva emocional, lo que nos agrada, nos gusta, nos aporta, frente a lo que no. Es más difícil que podamos identificar sucesos emocionalmente relevantes. Y esto puede derivar en decisiones precipitadas y erróneas para nosotros y de igual manera, vacío e insatisfacción, ya que los estados emocionales pasan desapercibidos.
    
·                          Los estados emocionales pasan desapercibidos, pero nuestro organismo sigue sintiendo aunque sea de manera no consciente y este conjunto de emociones no expresadas, no resueltas, no vividas, se acumulan provocando un exceso de tensión, ansiedad y estrés.
   
·                        Desperdiciamos mil instantes meditativos en los aconteceres cotidianos que nos puedan ayudar a desconectar, relajarnos, estar en el presente. simplemente, disfrutar del café de la mañana, del camino al trabajo, de una sensación fresca en la cara al salir a la calle, de la sonrisa de alguien...

·                 Todo esto nos agota y acudimos a desconectarnos con actividades que quizá nos desenchufan pero no nos aportan: exceso de televisión, de redes sociales, de móvil...

¿Qué podemos hacer para no ser esclavos del tiempo?


1.       No te satures de tareas. en tu tiempo libre escoge dos o tres cosas por hacer, intenta dejar tiempo suficiente para esas actividades y poderlas hacer con calma.
2.       De las obligaciones o actividades que debes cumplir intenta buscar algo que te agrade, que te haga sentir bien y focaliza tu atención en lo positivo de esas cosas.
3.            Deja tiempo sin planificar, para descansar o dejarte llevar.
4.         Busca dos o tres cosas al día para ser muy consciente y vivir plenamente el presente: la ducha diaria, el camino a casa, el desayuno, el ratito de estar ayudando en los deberes a tus hijos...
5.            Intenta disfrutar del proceso más que del resultado.
6.         Recuerda que las mejores cosas de la vida no son cosas.

¡Que se pare el mundo que me bajo! 
   ¡Nunca es tarde para aprender y, lo que son las cosas de la vida, hoy he aprendido algo nuevo! Me alegro porque estaba equivocado. ¡Qué gran invento es internet! En lo que a mí respecta, ha venido a suplir a don MMM que cuando yo era un crío, me enseñó muchas cosas, a él le debo, por ejemplo, haber leído las aventuras y desventuras del «ingenioso hidalgo» de don Miguel de Cervantes, «El Quijote», cuando apenas si tenía 7 u 8 años y vestía pantalones cortos. Resulta que, desde hace años, tenía el convencimiento de que la máxima «¡Que se pare el mundo, que yo me bajo!» tenía su «copyright» en el movimiento estudiantil, inconformista y revolucionario que convulsionó el mundo y sirvió para romper con algunos estereotipos de una sociedad burguesa, rancia y decadente, y que tuvo su origen en la Universidad de la Sorbona parisina, durante el famoso mayo francés del 68, ¡y resulta que no!. ¡Nunca es tarde si la dicha es buena!.  
    Hace un tiempo, no mucho, descubrí que el padre de la «criatura» -expresión- es el gran Groucho Marx, el mismo que dijo lo de «Nunca pertenecería a un club en el que admitiese a gente como yo» o lo que figura, como epitafio, en su lápida mortuoria: «Disculpen que no me levante», aunque hay quien asegura que no está enterrado en ningún cementerio sino que sus cenizas se esparcieron por Central Park, en Nueva York. Recordemos también aquella frase lapidaria suya: “Si no te gustan mis principios, tengo otros”. Hay quien, incluso, atribuye la «frasecica» de marras a Mafalda, lo que dudo porque «el papá» de la niña «inconformista y progre», Quino, era argentino y la filosofía de los argentinos es menos socarrona. Me inclino más por Groucho. En el mayo francés también se «decretó» el «estado de felicidad permanente», aunque el tiempo se ha encargado de demostrar que eso es una utopía. En aquella revuelta, los estudiantes abogaban por el «prohibido prohibir», porque -decían- «la libertad comienza por una prohibición». 
   Esta máxima, la de - Que se pare el mundo, que me bajo-, viene a decir que estamos hasta los «pelendengues» de cómo se gestiona una determinada situación y que no comulgamos con las alternativas que nos ofrecen quienes deben solucionar un desaguisado, de ahí que nos gustaría el imposible de bajarnos de un mundo en constante movimiento para poner en orden algunas cosas, sobre todo ideas, ya que, por nuestras convicciones -seguramente más simples que el mecanismo de un botijo-, consideramos que esas alternativas no se corresponden con lo que contemplamos como idóneo, aunque eso no quiere decir que estemos en posesión de la verdad absoluta, sino todo lo contrario, porque cada uno somos de un padre y una madre y vemos las cosas desde distintas perspectivas, porque, como dijo don Ramón de Campoamor, «en este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira». 
   Al final me he «liao», ¿verdad?, por lo que voy a ver si remato esta historia de la mejor manera posible, no vaya a ser que mi amigo Juan Francisco, «Cartrile», me llame para quejarse, una vez más y con razón, de que no se entera de «na» de lo que escribo, mientras él tiene la «considerasión» de perder unos minutillos leyéndome.
   Pues mira, Juan Francisco, esta historia viene a «colasión» de que el personal «parese» estar más perdío que un pulpo en un garaje y más «colgao» que un abrigo en verano, puesto que confunde con una facilidad pasmosa lo que deben ser prioridades, por mucho que figuren en unos papeles, también conocidos como programas electorales. 

   Reconozco que no soy de los que se lee los programas con los que los partidos se presentan a las elecciones, sean del color que sean -los partidos, no los papeles-, pero sí que soy de los que se patea la calle cada día y, por ende, soy de los que ve los problemas y necesidades que tiene la gente. Problemas para los que los ciudadanos demandan soluciones con las que -bajo mi más que discutible punto de vista- se conseguiría una sociedad más habitable, más «vivible», pero que, sin embargo, se quiera o no, se desangra viendo como su patrimonio cultural se va por ese sumidero que se lo traga todo y que se llama desidia/dejadez. Me consta, porque lo he visto, que nuestros gobernantes pasean por las calles, pero en el bolsillo no llevan «una libretica» para apuntar las carencias/anomalías que, a buen seguro, ven, por lo que, cuando llegan a casa, se les han «olvidao». Así es que, ¡qué se pare el mundo, que yo me bajo!. ¿Lo comprendes ahora, Juan Francisco!

"Una Décima de Segundo"
Un momento en una agenda,
una décima de segundo más
vuela,
va saltando de hoja en hoja,
mil millones de instantes de que hablar…

Y es que no hay nada mejor que remover
el tiempo con el café…”
Antonio Vega

                                        Antonio Vega - Una Décima De Segundo


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