miércoles, 24 de julio de 2019

LECCIÓN DE VIDA





                    https://www.youtube.com/watch?v=b19yb1wutWs


   Por motivos no del todo claros Francesco sintió, una buena mañana de primavera, la necesidad de cambiar de aires por un tiempo, aunque sólo fuera por un par de meses, quizás necesitaba alejarse de un entorno que ahogaba su alma solidaria, quizás lo que alimentó su espíritu aventurero fue algo más mundano, digamos, huir de sus problemas maritales que empezaban a ponerle en un punto de no retorno en su larguísima relación con Silvia. En el fondo no quería perderla y la única vía que encontró fue poner tierra, y agua oceánica de por medio, para más adelante decidir si le merecía la pena reiniciar con nuevos bríos y alicientes su idilio con la que,  poco tiempo atrás, estaba convencido de que era su compañera para toda la vida.

   Sea por lo que fuere, contactó con una ONG de prestigio para que le indicaran los pasos a seguir de cara a pasar el verano colaborando allende los mares en actividades acordes a su profesión de médico. Sabía por un compañero de facultad que hacía unos años pasó por una tesitura parecida, que Perú podría ser un destino apropiado para sus fines, así que, lista en mano, en dos o tres días recopiló todo lo necesario para emprender el viaje. En el avión de ida, fletado por la organización, coincidió con varios colegas de distintas procedencias, un internista vasco, una médico de familia canaria y un belga que trabajaba en España como cardiólogo desde hacía un tiempo. También viajaba Esther, una guapísima y eficiente enfermera que parecía huir también de no se sabe qué situación personal opresiva.

   Aterrizaron en el aeropuerto de Lima el dos de Julio y desde allí fueron conducidos en un flamante Jeep hasta la aldea donde estaba el campo base de MSF. El viaje fue tan espectacular como extenuante, espectacular por los paisajes que se atisbaban a ambos lados de la polvorienta carretera por la que se desplazaba el todo terreno, especialmente en el último tramo que conducía al poblado de destino. Extenuante porque todos los viajeros necesitaron varias horas de sueño, una reconfortante ducha y una buena taza de café importado de la vecina Colombia, para ponerse a tono, aunque los efectos del Jet-lag no desaparecerían del todo hasta dos días después.

   El dossier de la primera jornada de trabajo, diseñada por el responsable de la ONG del área, le fue entregado en mano por Esther, la enfermera,  que había madrugado algo más que Francesco y además iba a ser su compañera de aventura durante los siguientes días. El galeno no pudo evitar una pícara mirada de satisfacción cuando ambos se sentaron en la parte de atrás del vehículo que, conducido por Mauricio, un lugareño robusto y amabilísimo, había de llevarles a los distintos destinos del día.

   Aquella mañana, en la aldea tropical, se le reveló a Francesco una humilde lección. Un brusco frenazo del destartalado vehículo fue el preludio de media hora libre mientras Mauricio cambiaba una  rueda. Francesco caminó sin rumbo por la zona. Un anciano, vestido de cielo y tierra, sentado bajo el sol a la derecha del camino, le pareció que se moría de miseria y soledad. Sus ojos ciegos, quizás no vieron más que un espejismo alucinado de esperanza al oir el tintineo de las monedas que Francesco depositó en la lata. Más adelante, la vida golpeó su corazón al contemplar a una niña escarbando en un basurero. Aquel rostro bellísimo y angelical se iluminaba cuando, al revolver la mugre, aparecía un residuo con forma de juguete descoyuntado. No servían para nada esos desechos, pero Francesco se emocionó al ver la alegría de la niña escrutando su mísero botín. Francesco recordó la frase con que sentenciaba cuando era niño el pleito de un hallazgo en la calle: “Arrullo, arrullo, el que se lo encuentre es suyo”.

   La penuria que contemplaba fue en aumento a medida que se adentraba en el lugar, aquello era la razón dándose de cabeza contra un muro y sintió ese escandaloso desacuerdo entre lo justo y lo injusto. Su lucidez clamaba por la justicia y se dolía, sin respuesta, de ese escándalo mudo. Aquellos infortunados sufrían sin protestar. A unos les engañó la buena fe; a otros la resignación, y a todos la injusticia legalmente establecida.

   Fue al regresar, aún lejos del coche y muerto de sed, cuando recibió la lección de su vida, nunca olvidará aquel vaso de agua que el anciano ciego le ofreció de su garrafa, la ternura con la que le llamaba hijo, la gallarda entereza con que desafiaba los golpes del destino y, la conversación relampagueante con la que fue leyendo la vida. Hermosa lección: confiar en el hombre, vivir en la solidaridad.

   Al llegar al coche saludó amablemente a Mauricio y a Esther y dijo circunspecto: ¿Proseguimos?

                    https://www.youtube.com/watch?v=dzXiACR8iHQ



1 comentario:

Thomas Verdhell dijo...

Intenso y a la vez desgarradora lección de vida: justicia y altruísmo; bondad y equidad para que converjan la humanidad inocencia y candor que aquí se narra. Gracias Petrus
Necesito seguir recargando energía positiva, mañana la parte 2