miércoles, 26 de junio de 2019

MITOLOGÍA MEXICANA



                                                          MITOLOGÁ MEXICANA

Mitos y leyendas del México prehispánico

   Los mitos y leyendas forman parte de la historia cultural de cada sociedad, su finalidad es explicar hechos o sucesos a partir de una visión mágica, alejada de los fríos razonamientos de la ciencia moderna; es por eso que al leer algún mito o leyenda de cualquier parte del mundo nos sentimos transportados a un mundo distinto, lleno de misterio y magia que nos hace desear que todo ello de alguna forma es real. A continuación presentamos cinco mitos y leyendas del México prehispánico.

La leyenda del Iztaccíhuatl y el Popocatépetl



      Cuenta una leyenda que el altivo y orgulloso pueblo Tlaxcalteca, cansados de la opresión por parte del imperio Azteca, decidieron enfrentárseles para obtener su libertad. Popocatépetl era un joven guerrero que estaba enamorado de Iztaccíhuatl, la hermosa hija del jefe de los Tlaxcaltecas, sentimiento que también ella sentía por él. La batalla que se avecinaba presagiaba graves dificultades por ser los aztecas superiores en número al ejército Tlaxcalteca. Antes de partir a la batalla, el joven guerreo pidió la mano de Iztaccíhuatl a su padre, a lo que éste accedió, asegurándole que a su regreso celebrarían el matrimonio de ambos, así como su victoria. Y así, Popocatépetl se marchó a pelear por el honor de su pueblo, llevando consigo la promesa de su amada de esperarlo sin importar cuánto tiempo tardase en llegar. El tiempo transcurría y en el asentamiento de los tlaxcaltecas no se tenían noticias de los avances en la guerra ni de Popocatépetl. Iztaccíhuatl  sufría mucho ante la incógnita del paradero del guerrero y, en ese estado de fragilidad, un antiguo rival de Popocatépetl la convenció de que éste había muerto en batalla. Fue un duro golpe para ella y muy pronto la tristeza y desolación la hicieron caer enferma llevándola en poco tiempo a la muerte. Tiempo después regresó Popocatépetl junto a los demás guerreros sobrevivientes, trayendo consigo la victoria. Pero la felicidad rápidamente se transformó en tristeza al enterarse de que su amada había muerto. Esa noche no hubo fiesta ni risas, sólo el lamento del gran guerrero Popocatépetl rompía el silencio. Tomó el cuerpo inerte de su amada y la llevó a lo alto de un monte cercano, allí recostó a su amada para que reposara en paz mientras él, hincado ante ella y con una antorcha humeante en sus manos, velaría por el sueño eterno de la hermosa Iztaccíhuatl.

La leyenda del maíz



   En un principio, el pueblo azteca luchaba por su supervivencia ante las difíciles condiciones de su nuevo hogar. Su comida era más bien escasa, los animales que cazaban eran muy pocos, por lo que tenían que recolectar raíces para intentar satisfacer su apetito aunque fuera escasamente. Ellos sabían de la existencia del maíz, alimento sagrado que, sin embargo, se encontraba oculto tras unas enormes montañas. Sus antiguos dioses, conscientes de las penalidades que sufría su pueblo, ya habían intentado abrir una brecha entre esas montañas, más sus esfuerzos siempre resultaban vanos. No fue sino hasta la llegada de Quetzalcóatl cuando todo esto cambió. Quetzalcóatl era un dios que aunaba a su sabiduría, la perspicacia y el ingenio necesarios para resolver este grave problema. A sabiendas del esfuerzo de los otros dioses en separar las montañas, él no gastó sus fuerzas en esta titánica labor, sino que se transformó en una pequeña hormiga negra y, haciéndose acompañar por otra hormiga roja emprendió el camino rumbo a las montañas. El camino que conducía hacía el tan anhelado maíz no era fácil, pero el amor que Quetzalcóatl sentía por su pueblo, lo impulsó a vencer todos los obstáculos. Al fin, Quetzalcóatl llegó hasta el sitio donde se encontraba el maíz y, tomando un dorado grano entre sus pequeñas mandíbulas, emprendió el camino de regreso. Al llegar a su pueblo entregó a los aztecas aquel pequeño grano de maíz, ellos lo plantaron y cuidaron con esmero hasta que éste broto de la tierra. Desde entonces el maíz fue la base alimenticia de los aztecas, alimento sagrado que ha nutrido a las generaciones.

 El flechador del sol


  La mitología mixteca habla de que en el principio de los tiempos, en la región de Apoala, existían dos árboles gigantescos que se profesaban un amor tan fuerte que, venciendo la distancia que los separaba, lograron entrelazar sus raíces y con sus ramas se fundieron en un abrazo eterno. De esta unión nacieron los primeros hombres y mujeres que poblaron la Tierra, y ellos y sus descendientes fundaron la ciudad de Achihutla. Con el paso del tiempo la población continúo creciendo hasta que la ciudad era insuficiente para albergarlos a todos, por esta razón, Tzauindanda, gran guerrero de este pueblo, decidió salir en busca de nuevas tierras donde pudieran erigir su ciudad, así que tomó su arco y sus flechas y salió de la ciudad en busca de aquel lugar deseado. Pasaron los días y el joven guerrero no encontraba ningún lugar digno hasta que cierto día llegó hasta una vasta extensión de tierra, ideal para su pueblo. Dejó correr la vista por todo el terreno, tratando de encontrar al poseedor del mismo para disputárselo, pero ahí no había nadie. De pronto, levantó la vista y vio al Sol, brillante y esplendoroso, cual si fuese el dueño de aquellas tierras. Y mientras lo contemplaba, sintió cómo sus rayos castigaban su piel morena como si se tratase de afiladas flechas que le lanzara desde la altura. Tzauindanda tensó su arco y lanzó todas las flechas que llevaba consigo, dispuesto a vencer a aquel poderoso contrincante. Al atardecer, Tzauindanda notó cómo el Sol se retiraba tras las montañas, herido y bañado en el rojo de su sangre; por fin había derrotado al Sol y proclamó a su pueblo poseedor de aquellas tierras. 


La leyenda del Sol y la Luna



   Cuando el mundo aún estaba siendo formado, los dioses se reunieron para decidir quiénes serían los encargados de iluminarlo, para así no mantenerlo sumido en las tinieblas.  

   Tecuciztécatl, uno de los dioses presentes, afirmó con arrogancia que sería él quien lo iluminaría. Todos los presentes aceptaron de buen grado, pero se necesitaba a alguien para complementar tal tarea y al no ofrecerse nadie más, los dioses decidieron designar a Nanahuatzin, un dios modesto y callado, quien aceptó tal tarea. Para llegar puros al sacrificio y ambos pudiesen ser quienes iluminaran al mundo, ambos se dedicaron a hacer penitencia. 

   El día del sacrificio llegó y ambos debían arrojarse al fuego para completar el proceso. El orgulloso Tecuciztécatl dudo en arrojarse al fuego, lo intentó varias veces pero no se decidía, por lo que los demás dioses le pidieron a Nanahuatzin que lo intentase, éste caminó decidido hacía el fuego y sin pensarlo dos veces cerró los ojos y entregó su cuerpo. Tecuciztécatl, avergonzado por sentir miedo, se arrojó inmediatamente después de Nanahuatzin. Y así, en el mismo orden en que se arrojaron, aparecieron ambos dioses en el cielo, convertidos en el Sol y la Luna.


La piel del venado



   Se dice que en un principio, los venados tenían una piel tan blanca que eran fácilmente vistos por los cazadores, quienes sentían predilección por su piel  gracias a la resistencia de ésta, perfecta para la fabricación de escudos, además del delicioso sabor de su carne. En cierta ocasión, un cervatillo que se había alejado de su madre se encontraba bebiendo agua de un arroyo cuando escuchó voces humanas, al girarse se percató de que eran cazadores que se aprestaban a disparar su flechas contra él, saltó a tiempo para esquivar una de las flechas y salió corriendo. Pero los cazadores eran muy ágiles y veloces y en más de una ocasión, las flechas lanzadas por estos pasaban silbando muy cerca de su cuerpo. Cuando una de aquellas flechas estaba a punto de herirlo, pisó un hoyo que había en la tierra y cayó dentro de una cueva que se mantenía oculta entre la maleza. Allí se encontró con tres entes mágicos que le aliviaron el dolor y lo mantuvieron a salvo mientras su pata se curaba. Después de haberse recuperado por completo, el pequeño ciervo agradeció la bondad de aquellos entes y, a punto de despedirse, ellos le concedieron un deseo. El ciervo pidió que lo protegieran a él y a su especie, de los hombres. Los entes accedieron y tomaron tierra entre sus manos y, vertiéndola sobre la piel del venado, pidieron al Sol que éste cambiara de color la piel de los venados para que se confundieran con la tierra. Desde entonces la piel de los venados cambió para protegerlos y se convirtió en una representación de El Mayab.


La leyenda del águila y el nopal

   La leyenda del águila y el nopal es sin duda uno de los relatos más valiosos y mejor conocidos por los mexicanos, ya que se trata nada más y nada menos que del mito sobre la fundación de la que hoy es la Ciudad de México, la gran Tenochtitlán, y a partir de la cual prosperaría el imperio que maravillaría a los conquistadores dos siglos más tarde.
  Esta leyenda de la cual también parte el origen del  escudo nacional mexicano, está basada en un texto que recuperó el historiador indígena Fernando de Alvarado Tezozómoc a partir de la tradición oral de los antiguos mexicanos durante la primera etapa del régimen colonial español,  se trata de la versión más antigua que existe sobre ella: la ”Crónica Mexicayotl”, escrita en el idioma náhuatl alrededor de 1598. 

El águila y el nopal







   
   Cuenta la leyenda que de Aztlán, sitio mítico que se cree está situado en el actual Nayarit o en alguna parte del norte de México, partieron siete tribus por órdenes de Huitzilopochtli, “el colibrí a la izquierda”, deidad nahua del Sol, quien les indicó que debían dirigirse hacia el oriente, en dirección contraria al atardecer, ya que ahí los aguardaba una tierra rica y fecunda en la cual hallarían su nuevo hogar. Entre las tribus se encontraban los tepanecas, que al llegar al Valle del Anáhuac fundarían la ciudad de Azcapotzalco; los culhuas elegirían la ribera oriente del gran lago de Texcoco y aún más lejos en la misma dirección se establecerían los chalas; los xochimilcas se instalarían en la ribera sur, y más abajo del cerro del Tepozteco habitarían los tlahuicas; por su parte, los tlaxcaltecas se decantarían por construir sus ciudades al otro lado de los volcanes.
   Pero de todos ellos, el pueblo preferido por Huitzilopochtli era el de los mexicas. Fue por eso que a ellos habló personalmente, eligiendo a dos de sus guardianes, Cuaucóhuatl y Axolohua. Los hizo llamar poco antes de enviar a las demás tribus a su largo peregrinaje, y a ellos dijo: “En donde la tierra aparezca rodeada de agua, entre cañas y juncias, ahí estaré de pie, ahí reinaré”. Sin dudarlo, con fe ciega en que Huitzilopochtli guiaría su caminar, los mexicas partieron mucho antes del amanecer.






   
   Durante su andar hallaron oyameles, pirules y cañaverales, así como algunos bichos, ranas y peces, todos teñidos de un blanco resplandor; emocionados, los mexicas comprendieron que su camino estaba siendo bendecido por la deidad del Sol, quien regalaba a sus ojos tan espléndido milagro de la naturaleza. Pero eso no era todo. Algunas noches después del blanco paraje, Huitzilopochtli visitó nuevamente a los mexicas, llamó a Cuaucóhuatl y a Axolohua, y así les habló:
   “Han estado ya entre las juncias y los cañaverales, pero aún a sus ojos falta una señal más… han de hallar el nopal que se eleva entre las aguas, y entre cuyas espinas a su vez se yergue un águila con las alas desplegadas, que mansa se bate las plumas, que reina donde la tierra está rodeada por agua, que reina entre las cañas y las juncias… y cuando encuentren el nopal que el águila ha convertido en trono, ahí se detendrán, ahí sobre esa tierra se asentarán, ahí en esa tierra del nopal reinarán ¡Ahí levantarán la gran Tenochtitlan! Y desde esa tierra elevarán sus pechos al Sol y blandirán su flecha y su escudo para conquistar todo el Anáhuac”.

   Acto seguido, Huitzilopochtli se desvaneció con la brisa. Cuaucóhuatl y Axolohua reunieron a todos los mexicas, ancianos, niños y jóvenes, y sin contener la alegría anunciaron las palabras exactas que acababan de escuchar de labios del propio Sol. Sin dudarlo un instante más, los mexicas apresuraron el paso, siguiendo el rastro blanco y la resolana del amanecer. El rumbo del oriente sonreía a los recién llegados de Aztlán: Como si el dador de vida hubiese extraído del más hermoso de sus sueños la imagen que con tanto ardor anhelaba encontrar el pueblo mexica, ahí, frente a ellos, sobre un islote bañado por las aguas de Texcoco, crecía un nopal, y sobre el nopal se alzaba poderosa un águila que cortando con garras y pico la piel de una culebra, comía de su carne. El águila, ante el asombro de los mexicas, inclinó su cabeza en gesto reverencial, como quien da la bienvenida, como quien reconoce la victoria. El águila continuó devorando al áspid mientras Huitzilopochtli hacía una última aparición y anunciaba con su potente voz: “¡Mexicas, aquí ha de ser, aquí será! ¡Admiren su nueva patria, su nuevo hogar! ¡Aquí han de construir la gran Tenochtitlan!”.  
  Así fue como, guiados desde Aztlán por Huitzilopochtli, los mexicas hallaron en un islote en pleno corazón del gran lago de Texcoco el águila que devorando a una serpiente sobre un nopal indicaba el sitio sobre el que habrían de erigir su nuevo hogar, la gran Tenochtitlan.








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