viernes, 3 de mayo de 2019

ECOLOGISMO CONTROVERSIAS





             Documental- La Historia de GreenPeace




Como en otras ocasiones voy a exponer aquí un magnífico e ilustrativo artículo que me ha llegado por whatsapp, remitido por un científico en ciernes, un cerebrito cuya proyección es encomiable, aunque esté ahora tan lejos. Gracias Isi.

El progreso nos salvará del ecologismo

Déborah García Bello  (química y divulgadora científica)

   El ecologismo surgió en la década de 1960 como consecuencia de, primero, el conocimiento científico resultado de la ecología, las ciencias de la Tierra, la meteorología, la zoología, la botánica, etc. Y, segundo, de la romantización de la naturaleza. Esto tiene como origen la definición presocrática de la naturaleza, es decir, que la naturaleza es la totalidad de las cosas a excepción del hombre y de las cosas del hombre.
   En esencia, el ecologismo podría entenderse como una forma de progreso, ya que su prioridad es la salud del planeta. El planeta es nuestra casa, así que su mantenimiento es, a fin de cuentas, una garantía de evolución y bienestar humanos. Sin embargo, el movimiento ecologista tradicional se desmarca del progreso, precisamente por cómo define la naturaleza. Tanto es así, que para el ecologismo el progreso es una suerte de reiterados pecados contra la naturaleza. Así es el movimiento ecologista gestado en la década de 1970, esa ideología verde de activistas como Al Gore, el papa Francisco o Greenpeace.
   El ecologismo verde o ecologismo tradicional anhela una naturaleza prístina. Como si esa naturaleza hubiese sido mancillada por la humanidad. Es una visión infantilizada de la naturaleza. Esta idealización tiene sus consecuencias, en primer lugar intelectuales, que son las más graves, y en segundo lugar prácticas, que afectan a la economía, la política, la ciencia y la tecnología, entre otras.
   Algunas de las consecuencias intelectuales del ecologismo tradicional son el pesimismo y el nihilismo. El ecologismo es un movimiento apocalíptico: agotamiento de recursos, superpoblación, pobreza, enfermedad… Y, como la mayoría de movimientos apocalípticos, es misántropo. Culpa a la humanidad de la inevitable catástrofe, definiendo así a la humanidad como el cristianismo se refiere al pecado. Y no solo culpa a la humanidad, sino que solicita su retirada. Con frecuencia aluden a la humanidad como al cáncer de la naturaleza, y como tal, hay que combatir la enfermedad siguiendo una estrategia radical. La fantasía última es un planeta despoblado. En primer lugar pretenden el retroceso de las actividades humanas: la desindustrialización y el rechazo al progreso, a la ciencia y a la tecnología. Esto lo vemos en el ecologismo que rechaza la ingeniería genética, la síntesis química, la radiación wifi o la energía nuclear. Un movimiento que nació en parte como consecuencia del conocimiento científico, ahora lo contradice.



   
   El ecologismo tradicional incurre en una serie de errores precisamente por tratarse de un movimiento anticientífico, o contrailustrado, como quiera llamarse. Por ejemplo, la idealización de las reservas naturales. Este es un fenómeno curioso, ya que las llamadas reservas naturales no son santuarios naturales, sino producto de la civilización. Son espacios protegidos y controlados. Lo mismo ocurre con la llamada agricultura ecológica. Agricultura ecológica es un oxímoron. La agricultura, por definición, contradice a la ecología tradicional. La agricultura es una de las prácticas humanas que produce un mayor impacto medioambiental y supone un desequilibrio dirigido de los ecosistemas. No hay más que ver la parcelación del paisaje. Destrozamos el suelo, lo allanamos, lo inundamos y lo plagamos de monocultivos. Cultivos que, por cierto, son engendros genéticos que ni siquiera sobrevivirían sin el cuidado permanente que hacemos de ellos.
   La llamada agricultura ecológica genera más impacto que la llamada agricultura tradicional precisamente porque la agricultura ecológica rechaza el progreso científico y tecnológico. Necesita más terreno para producir la misma cantidad de alimento, tiene menor rendimiento, con lo cual es menos sostenible. Por ejemplo, la agricultura ecológica no contempla los cultivos hidropónicos, que ni siquiera necesitan suelo. Ni el uso de transgénicos, aunque ello suponga dejar de emplear pesticidas. Es como si la agricultura ecológica respondiese a una idealización nostálgica de lo que fue la agricultura hasta un momento concreto, congelado en el tiempo de forma arbitraria. Esa es la idea, aunque en la práctica ni siquiera es así de romántica. Los cultivos ecológicos a menudo se encuentran bajo invernadero y apenas se diferencian de la agricultura tradicional que simplemente se ha quedado anclada unas décadas atrás.
   El ecologismo tradicional se está convirtiendo en un movimiento meramente cosmético. Resulta muy ilustrativa la preocupación y el malestar que nos provoca encontrarnos con pequeños trozos de plástico en la playa, en contraposición con la indiferencia que nos producen los cantos de vidrio, cemento o ladrillo. Por si hay dudas, el impacto medioambiental de los materiales cerámicos es mayor que el de los plásticos. Otro ejemplo. Nos parece idílica y consecuente la vida en el campo, las casas antiguas con paredes de piedra. Efectivamente tienen un valor estético y arquitectónico, pero no ecológico. La vida en las ciudades, en edificios, además de dejar más espacio al campo, si se quiere, para las anheladas reservas naturales, necesita menos recursos para el desplazamiento, construcción y calefacción. El techo de uno es el suelo del otro. Otro ejemplo. Las cascadas artificiales de la energía hidráulica, los paneles solares de la energía fotovoltaica, los molinos de la energía eólica que abarcan inmensas extensiones de terreno. No los contemplamos como las perturbaciones del paisaje que de hecho son, sino como parte de la lucha contra el calentamiento global. Hemos aprendido a contemplar esas monstruosidades como ecologismo. Sin embargo, una central nuclear, que es más sostenible, genera mucha más energía a partir de menos recursos, con un menor impacto medioambiental, la apreciamos como lo contrario al ecologismo. Efectivamente el ecologismo es un movimiento cosmético.
  Por estas razones, otro tipo de ecologismo es posible. El ecologismo ilustrado. Se trata de un ecologismo que permanece ligado al conocimiento científico y, por tanto, entiende que los problemas medioambientales a los que nos enfrentamos sí tienen solución y esta vendrá de la mano del progreso. No es un movimiento apocalíptico, sino optimista y realista. No define a la naturaleza al estilo presocrático, sino que la humanidad entra dentro de la definición de la naturaleza que se pretende preservar. Por tanto, el bienestar humano es crucial.
   Las soluciones que propone el ecologismo ilustrado a los problemas medioambientales pasan por el uso de todo el conocimiento científico y tecnológico que hemos generado hasta ahora. De la ingeniería genética a la física nuclear.
   Escapar de la pobreza requiere energía y alimentos en abundancia. Escapar de la pobreza intelectual requiere ilustración. Escapar de la pobreza requiere progreso.


¿Cuál es la diferencia entre Ecologismo y ambientalismo?
El ecologismo es un movimiento social y/o socialpolítico cuyo objetivo es defender a la naturaleza y al hombre como parte de ella. Es hacer activismo a favor de la ecología, aquellos que son ecologistas pretenden aplicar varios conceptos para cuidar el medio ambiente, también se preocupan por lo que ocurre en la sociedad, por ejemplo, con el reciclado o el consumo inteligente de los recursos naturales. El ecologismo es una nueva manera de hacer política, y puede hasta implicar enfrentamientos (verbales, esperamos), con economistas y empresarios. Constituye a su vez una buena manera de crear un debate que sea beneficioso para toda la sociedad, sin importar a lo que se dedique cada persona.
El ambientalismo, en cambio, promueve la conservación o la recuperación del espacio natural. También puede ser llamado conservacionismo o bien política verde. También es un movimiento social que está centrado en evitar la degradación de los suelos, la tala indiscriminada de los árboles, los cambios en el ecosistema, la plantación industrial en ciertos lugares, la extinción de las especies animales y vegetales, etc. Hace una defensa del medio ambiente en cuanto a decisiones sociales, económicas y políticas se refiere.

Origen del ecologismo: cómo nace el movimiento ecologista

Gloria Martínez

   Son varios los factores que han contribuido al estado actual de concienciación sobre la cuestión medioambiental. Gracias a cada uno de ellos, se ha forjado el camino para cuidar la Tierra.
   Tal como escribió Daniel J. Keveles, historiador de la Universidad de Yale, "probablemente el libro de Rachel Carson (Primavera Silenciosa) influyó más que ninguna otra publicación o acontecimiento en el nacimiento del nuevo movimiento medioambiental que surgió durante los años 60"Gracias a este libro, se prohibió el uso del pesticida DDT, gran amenaza de numerosas aves.
   Otro de los libros a mencionar sería La Jungla de Upton Sinclair. El autor describió los métodos insalubres empleados en los mataderos. Gracias a su denuncia, se promulgaron leyes federales sobre la inspección de alimentos.
   Movimientos sociales y culturales: del romanticismo al ecologismo
Los movimientos sociales y culturales (los usos tradicionales -la relación directa del agricultor con la tierra-, el racionalismo ilustrado, el romanticismo -la presencia de la naturaleza como algo mágico-, el conservacionismo, el pacifismo, etc.) tienen un papel muy importante en la creación de una conciencia ambiental mundial.
   Como señala J. Martínez Alier en Ecologismo popular hubo casos históricos de resistencia antes de que se usara la palabra ecologismo. Por ejemplo, señala el autor, "en la minería de cobre en Ashio en Japón hace cien años con el líder Tanaka Shozo, o en Huelva contra la contaminación causada por la empresa Río Tinto, también en la minería de cobre, que culminó en la matanza a cargo del ejército el 4 de febrero del 1888".
   En la misma línea, habla de la confluencia entre el ecologismo de los pobres y corrientes políticas de izquierda "cuyo origen remoto está convencionalmente fechado en la época de la Primera Internacional, hacia 1870, y corrientes de pensamiento y prácticas alternativas, naturistas, pacifistas y feministas, desde el siglo XIX hasta nuestros días".
  Las iniciativas de los Organismos Internacionales, especialmente Naciones Unidas, son fundamentales en la creación de una conciencia ambiental mundial.
   Dos son los momentos claves: el primero es la Conferencia de Estocolmo (1972), las naciones participantes argumentan sobre si el desarrollo industrial, el crecimiento poblacional y la urbanización descontrolada son perturbadores del bienestar integral del ser humano. Se afirma la necesidad de mantener un ambiente saludable. Es en esta conferencia donde toma relevancia el concepto “desarrollo sustentable o sostenible” el cual pone énfasis en que el hombre forma parte del ambiente y en consecuencia no puede haber desarrollo en un ambiente contaminado.
   El segundo, la Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo (Cumbre de la Tierra) dado que marcó un hito al centrar la atención mundial en la idea de que los problemas medio ambientales del planeta están íntimamente relacionados con las condiciones económicas y los problemas de la justicia social. Definió el desarrollo sostenible como un objetivo factible en todo el mundo y consiguió un gran logro: el Programa 21 que exige nuevas formas de invertir en nuestro futuro para poder alcanzar el desarrollo sostenible.
Los desastres de Bhopal y Chernóbil
Parque de atracciones de Pripyat tras el accidente de la central nuclear de Chernóbyl.
 Pripyat fue abandonada por su población por los altos niveles de radiación, lobos,   caballos salvajes, castores, jabalíes y otros animales ocuparon la ciudad.

   La catástrofe de Bhopal en 1984 en la que mueren 2.800 personas a causa de un escape de gas pesticida, el accidente de Chernobil en 1986, los derrames de petroleros o “mareas negras” como en los casos de Exxon Váldez fueron acontecimientos que removieron la conciencia ciudadana.


Ciudad fantasma de Pripyat tras el accidente de la central nuclear de Chernóbyl

   Si echamos la vista atrás hasta el año 2002, vendrán a nuestra cabeza imágenes de miles de voluntarios ayudando a limpiar las costas gallegas tras la tragedia del Prestige.
Voluntarios trabajando en la limpieza de la marea negra provocada por el vertido del Prestige en las costas gallegas

 Todos y cada uno de estos factores han contribuido a la formación y desarrollo del movimiento ecologista, a la defensa del medio ambiente.

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Ecologismo y ambientalismo
Por Jorge Riechmann

Pensamiento político verde. Una nueva ideología para el siglo XXI
ANDREW DOBSON
Paidós, Barcelona, 1997
Trad. de José Pedro Tosaus

   De los escasos libros dedicados al análisis de las propuestas políticas de los movimientos ecologistas y los partidos verdes disponibles en castellano, éste es el único que realiza un análisis sistemático y exhaustivo del ideario ecologista desde la perspectiva de la filosofía política. Lo cual ya bastaría para saludar su traducción como un acontecimiento cultural importante. Si además consideramos que la gravedad de los problemas ecológicos a que hace frente la humanidad a finales del siglo XX es de tal magnitud que hoy no cabe imaginar una práctica política racional que no sitúe en un lugar central estas cuestiones, esta obra será doblemente bienvenida.
   El profesor Dobson, que enseña en la Universidad de Keele (Gran Bretaña), había consagrado sendos ensayos a las filosofías políticas de José Ortega y Gasset y Jean-Paul Sartre antes de dedicar lo mejor de sus esfuerzos –desde mediados de los años ochenta– al estudio del universo verde. La primera edición de Green Political Thought se publicó en 1990, y la segunda –que es la que se ha traducido al castellano–, corregida y revisada a fondo, en 1995. De la primera a la segunda edición, el autor puso más en claro sus intenciones y acentuó el hilo conductor del libro: quería primordialmente «asegurar al ecologismo un lugar en la lista de las ideologías políticas modernas» (pág. 15), diferenciándolo tajantemente del ambientalismo, con el que a menudo se lo confunde. En efecto, la distinción entre ecologismo y ambientalismo vertebra y organiza el libro. «El medioambientalismo aboga por una aproximación administrativa a los problemas medioambientales, convencido de que pueden ser resueltos sin cambios fundamentales en los actuales valores o modelos de producción y consumo, mientras que el ecologismo mantiene que una existencia sostenible y satisfactoria presupone cambios radicales en nuestra relación con el mundo natural no humano y en nuestra forma de vida social y política» (pág. 22). Para Dobson, las ideologías son sistemas de pensamiento que incluyen análisis y prescripciones para el mundo sociopolítico, así como una determinada concepción de la condición humana –es decir: elementos de una antropología metafísica–. Empleando este concepto de ideología, el autor sostiene que el ecologismo es una ideología política en sentido propio –lo que lo sitúa en un plano de igualdad con otras, como el liberalismo o el fascismo–, mientras que no lo es el ambientalismo, con su aproximación meramente administrativa, tecnocrática y poco sistemática a los problemas ecológicos. De acuerdo con el análisis de Dobson, hablar por ejemplo de «liberalismo ambientalista» o «socialismo ambientalista» tiene perfecto sentido, mientras que «socialismo ecologista» o «fascismo ecologista» serían construcciones internamente contradictorias.

   En este punto asaltan algunas dudas al lector (y más si había leído antes la primera edición del libro, donde la construcción dicotómica de la pareja ecologismo/ambientalismo no se acentuaba tanto). Digámoslo así: el esfuerzo por reconstruir la ideología política del ecologismo radical, diferenciándolo con total nitidez de los reformismos ambientalistas, aboca finalmente en un tipo ideal que deja fuera demasiadas cosas. A lo largo del libro van sugiriéndose las notas que compondrían ese tipo ideal: la tesis de los límites del crecimiento, es decir, la existencia de límites impuestos por la estructura de la biosfera a la expansión de los sistemas socioeconómicos humanos (págs. 37, 104, 140, 217); el rechazo de las soluciones exclusivamente tecnológicas para complejos problemas que son de índole social y ecológica (pág. 100); la filosofía moral ecocéntrica de la «ecología profunda», que reconoce valor intrínseco a todos los aspectos del mundo no humano, oponiéndose así al antropocentrismo según el cual sólo hay que tomar moralmente en consideración a los seres humanos (págs. 27-28, 71-72); la idea de que el mundo natural no humano proporciona modelos para decidir cuestiones de proyecto sociopolítico (pág. 109); la propuesta de reducción del consumo (págs. 115 y ss.); el ideal de una economía agraria descentralizada (pág. 29)...

   Pues bien: si se pretende que todas estas notas a la vez forman parte indisociable de la definición de «ecologismo», entonces tenemos un problema: es probable que la gran mayoría de los que en la vida real se consideran a sí mismos ecologistas, y participan activamente en el movimiento ecologista, no se reconozcan en el concepto. Por ejemplo, sólo una pequeña parte del movimiento profesa una filosofía moral ecocéntrica o biocéntrica extrema, o defiende una salida de la sociedad industrial para avanzar hacia economías agrarias descentralizadas. Sectores mucho mayores del ecologismo se ubicarán moralmente en el terreno común entre un biocentrismo moderado y un antropocentrismo débil, y propugnarán la reconstrucción ecológica de la sociedad industrial antes que su desmantelamiento. Aunque Dobson explícitamente disocia «la presente descripción del ecologismo de todo vínculo explícito con cualquier manifestación política suya de la vida real» (pág. 108), y declara sus intenciones de permanecer en terreno filosófico sin incurrir en deslices sociológicos, lo cierto es que la construcción del tipo ideal de una ideología política tiene implicaciones no sólo teóricas, sino también prácticas.

   Personalmente antes que proponer un tipo ideal del ideario ecologista tan restrictivo, yo haría hincapié sobre todo en dos características: la tesis de los límites del crecimiento y el cuestionamiento del antropocentrismo moral fuerte. Creo que no puede llamarse a nadie con sentido «ecologista» si no comparte estas dos posiciones; pero me parece que a partir de ahí el terreno de debate es muy amplio.

   En cualquier caso, Dobson ha escrito un libro con muchas virtudes: claridad de razonamiento típicamente anglosajona, rigor analítico, un notable esfuerzo de elaboración conceptual –por no poner sino un ejemplo, véase la importante distinción entre dos tipos de antropocentrismo que establece en las págs. 85 y ss.–, amena lectura, manejo de una amplia variedad de fuentes (que por ser en su inmensa mayoría anglosajonas resultan de mucho interés para el lector de lengua castellana curioso de saber qué se cuece en el mundo verde más allá de las fronteras de su propio país), y una objetividad en el juicio que no empaña la simpatía del autor por la ideología que analiza.
   El análisis nunca degenera en apologética, y el autor pone en práctica el buen criterio según el cual para hacer avanzar un ideario del que uno se siente cercano hay que señalar no sólo su lado bueno, sino también sus puntos débiles. Tiene mucho interés, por ejemplo, cómo Dobson destaca la tensión existente entre la naturaleza radical del cambio sociopolítico que propugna el ecologismo y la moderación gradualista de los medios democrático-liberales que suelen caracterizar la práctica de los partidos verdes; o cómo denuncia las falacias naturalistas que a menudo vician análisis ecologistas; o cómo calibra la ambigua relación con la tradición ilustrada del ecologismo, vacilante entre el rechazo postmoderno o una renovada «ilustración de la Ilustración»; o cómo cartografía las contradicciones verdes cuando se abordan los difíciles problemas planteados por el crecimiento demográfico y los movimientos migratorios; o cómo sugiere las trampas contra las mujeres que un ecofeminismo esencialista podría activar...
   Finalmente tengo que decir dos palabras sobre la traducción, y por desgracia no pueden ser positivas. Hay varios errores garrafales, que el lector sospecha causados por la falta de familiaridad del traductor con la terminología y los contenidos de los debates ecologistas. Se vierten de manera arbitraria conceptos con equivalentes bien asentados y vocablos que son casi términos técnicos. Así, troughput no puede ser nunca «productividad», como aparece en la página 115 (se trata de un término técnico de economía ecológica que puede traducirse por «flujo metabólico» o por el neologismo «transumo», y que designa el flujo de energía y materiales de baja entropía que entra desde la biosfera en el sistema económico, para abandonarlo luego convertido en residuos de alta entropía).

   Estos errores llegan en ocasiones hasta la inversión del sentido del texto, como cuando en la página 97 se traduce steady-state economics –¡título de uno de los clásicos del pensamiento económico-ecológico, debido a Herman E. Daly!– por «economía de creación continua» en lugar de «economía de estado estacionario»; o cuando a lo largo de todo el texto la pareja de términos técnicos needs/wants se traduce por «necesidades/carencias». La traducción de want, en el contexto del debate sobre las necesidades humanas, nunca puede ser «carencia», ya que el sentido del término es «deseo ilegítimo», «deseo moralmente cuestionable».

   Una colección prestigiosa como lo es «Estado y Sociedad» de la editorial Paidos no puede permitirse descuidos semejantes en la traducción u otros errores que desmerecen la edición de una obra importante (como remisiones bibliográficas al vacío: por no poner más que un ejemplo, en la pág. 104 se hace una referencia a «Myers y Simon 1994», publicación que luego el lector busca en vano en la bibliografía final).

   Todo esto habrá que corregirlo en la primera reedición del texto. Reedición que no debería tardar en producirse: pues el libro de Dobson tiene un papel importante que desempeñar en las aulas de las facultades de Ciencias Políticas y de Sociología, en la reflexión interna del movimiento ecologista y en la biblioteca de cualquier ciudadano o ciudadana con interés por la política. En este sentido, tenemos que felicitarnos por la próxima aparición en castellano de otra obra del mismo autor que complementa perfectamente su Pensamiento político verde: se trata de la excelente antología comentada de textos «clásicos» del ecologismo, titulada The Green Reader (André Deutsch, Londres, 1991), que la editorial Trotta hará llegar en breve a las librerías españolas. Atención a estos dos libros de Andrew Dobson, cuyo valor didáctico es considerable, y que pueden resultar muy útiles para el esclarecimiento de una práctica política a la altura de los retos ecológicos y sociales que afrontamos a las puertas del siglo XXI .



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