lunes, 1 de abril de 2019

PÁJAROS EN LA CABEZA







OIGAMOS A LOS PROTAGONISTAS

RELATO DE UN "ENFERMO"

Reniego de mi enfermedad sin renegar de mí mismo // R. G. C.

   ¿Qué es la enfermedad mental? Desde mi experiencia con diagnóstico psiquiátrico desde los 18 años aproximadamente ―actualmente tengo 45 años―, la enfermedad mental es una patología ficticia cuya razón de ser es joder la vida a aquellos a los que se la asigna, para proteger a otros que se sitúan en posiciones de poder favorables y que toda su suciedad quede escondida. No tendría razón de ser el concepto de enfermedad mental en un contexto donde los intereses económicos y el ocultamiento de los diferentes tipos de abusos no fueran parte esencial del mismo.
   Que yo no me quiera considerar enfermo no quita que reconozca mis vulnerabilidades, que sea partícipe de mi locura de manera consciente y consecuente. Es, en cambio, adoptar una posición política frente a las concepciones dominantes sobre la salud mental. Debo decir que la discapacidad que es atribuida a los enfermos mentales es una condición puesta desde una perspectiva totalmente económica.
   La locura no es enfermedad porque no existen pruebas médicas. Además la recuperación, el empoderamiento, y la agencia de la persona que la vive pasan, en gran medida, por desvincularse de las creencias que se derivan de asumir el rol de enfermo mental; si soy enfermo derivo ciertas responsabilidades de otros y las mías a la enfermedad, faltándose a la realidad misma y constriñendo mi vida con pensamientos poco emancipatorios.
   Aceptar la enfermedad mental es renegar del daño que he sufrido y adoptar una posición afable frente al abusador, poniendo al fuego la dignidad que me atesora. Cuando uno acepta tener un diagnóstico psiquiátrico reniega de manifestar aquellos sentimientos llamados negativos asociados a las patologías mentales: no debo enfurecerme, odiar, gritar, enfadarme, llorar, etcétera, porque corro el peligro de ser juzgado como enfermo.
   Tener consciencia de enfermedad facilita la adhesión al tratamiento, pero también renuncias con ello a tu manera de haber manifestado el dolor recibido, asumiendo una culpa y renegando de ti mismo. Quizás uno no esté orgulloso de su manera de proceder en algunos casos, pero eso debe servir para restaurar y no para censurar. 
   Cuando asumes una enfermedad mental asumes la verdad de los demás, renunciando a la tuya y a los sentimientos que podrían dirigir tus pensamientos y acciones. En la mayoría de los casos esa verdad impuesta no favorece al enfermo, sino que se decide por él pero sin él. La persona diagnosticada necesita recuperar su propia credibilidad con ideas que le permitan pensarse de manera nueva, pero concebirse como enfermo no favorece esa credibilidad, ya que toda la realidad que hay construida en torno al enfermo, y que este asume como cierta, está desvirtuada. No existe peor enemigo de la salud mental que te desplacen de pensar por ti mismo o desde una perspectiva singular.
   Uno no puede asumir consecuentemente la pérdida de libertad como resultado de la asunción de una enfermedad mental, sin retorcerse del sufrimiento que produce la amputación de su credibilidad como consecuencia de esa falta de libertad. La mayor ilusión de un esclavo es recuperar su libertad, de la misma manera que para un enfermo mental lo es recuperar la suya.
   Catalogar a alguien de enfermo mental es desprenderlo de su subjetividad, para pasar a ser objeto de la pseudociencia psiquiátrica. La subjetividad es inherente a todo ser humano y necesaria para realizarse como persona.  
   La asunción de la enfermedad mental tiene un efecto tranquilizador para la sociedad en general, ya que ello sirve para silenciar el malestar del enfermo o no hacerlo creíble, quitándole el peso de la responsabilidad a dicha sociedad. 

COMENTARIO DE UNA "ENFERMA"  M. Iris T.  F.

    Para mí lo difícil ha sido aceptar la responsabilidad de mis acciones y de mis pensamientos y de los errores cometidos en mi vida.
   Salir de esa inercia de malestar del que es tan difícil salir. Esto se complica cuando están negando tu mente que sólo tiene que ver con errores, puesto que la locura es pura confusión. Entonces aparece el odio a aquel que te niega. Todo ello implica negarse a ser etiquetada cuando es negada la validez de la propia existencia. Para agarrarse a ser una persona y no un animal. Superado el odio, después viene una reconstrucción desde el aprendizaje de la experiencia. Esta reconstrucción es a través del compartir con los iguales y la reflexión y la lucha interna con una misma.
   Entonces el dolor del autoestigma y el rencor a los profesionales desaparece con la comprensión de la experiencia y el alejamiento del hábito de vivir en el sufrimiento.
   Es la labor de un superviviente porque nadie apuesta por la llamada recuperación. Ahora lamento que los compañeros estén en el camino y se les haga daño. Pero el camino es difícil y en solitario. Al menos de momento. Gracias por expresarlo tan bien Rodolfo.
A mí no me duele ya el mundo exterior y el profesional. He dejado de creer en la bondad del ser humano. Y aunque han cambiado ciertas cosas a mejor, creo que otras están empeorando gravísimamente.

   Nosotros luchamos por lo que creemos y nos apoyamos y estamos creando conciencia de colectivo, para que a otros no les pase y vivan la soledad del proceso como nosotros. 
Un abrazo.



OPINIÓN PERSONAL
   Como profesional de la Psiquiatría desde hace varios lustros (dicen que la experiencia es un grado), uno de mis objetivos más importantes en mi trabajo diario, es luchar contra la estigmatización de los enfermos mentales.
   Afortunadamente se ha avanzado bastante  en la normalización y aceptación sin prejuicios de la enfermedad mental grave, gracias al ímprobo esfuerzo de los distintos sectores implicados en la materia, aunque no cabe duda de que aún queda mucho por hacer. Pese a que pueda pecar de utópico albergo la ilusión de que, con el esfuerzo de todos, pueda ver cumplido algún día el objetivo de que se trate a los enfermos mentales de igual manera que a los que padecen otras patologías somáticas, no como a tarados peligrosos que hay que mantener apartados de la sociedad, ya sea en instituciones mentales decimonónicas de  crónicos, que no hacen más que perpetuar su proceso de enfermedad y robar todo atisbo de dignidad personal, o en un rincón de la morada familiar impidiéndoles cualquier contacto con personas "normales" del entorno vecinal o social.
   Las personas con enfermedad mental sufren además de las discapacidades y dificultades de integración derivadas directamente de la enfermedad, las consecuencias del desconocimiento social que existe hacia dichas patologías. El prejuicio social determina y amplifica las dificultades de integración social y laboral de los enfermos mentales y provoca un rechazo hacia ellos de todo punto inmerecido e injusto, lo que levanta barreras adicionales que aumentan el riesgo de aislamiento y marginación. Por ello es evidente que una atención integral a su problemática, no sólo tiene que cubrir sus necesidades de apoyo e integración, sino que simultáneamente también debe establecer acciones que disminuyan o eliminen las consecuencias negativas del estigma que tradicionalmente pesa sobre ellas.






                          https://www.youtube.com/watch?v=1qd2cnUzMgo


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