miércoles, 10 de abril de 2019

INCÓMODAS CORRIENTES


  
   Pedro Ángel  tiene 26 años y vive solo en un pequeño apartamento alquilado que sufraga con ayuda de los servicios sociales municipales, percibe una Pensión no contributiva que le gestionó su padre a través del trabajador social de su centro de salud mental. Hasta hace un  año y medio trabajó como empleado en una ferretería ubicada cerca del domicilio familiar.

   Recientemente ha estado ingresado por segunda vez en la Unidad de hospitalización psiquiátrica del Hospital General de la capital, en esta ocasión por un episodio depresivo que empezó a manifestarse tres meses antes.

  Casi a diario permanecía largas horas encerrado en su habitación sin contacto con el exterior y un día,  cuando su padre fue a visitarlo encontró una soga sobre la mesa de la cocina, Pedro admitió que planeaba ahorcarse, llegó a confesar a su padre: “Papá, es que no te puedes imaginar lo que estoy sufriendo, vosotros no os lo creéis, las voces martillean continuamente mi cabeza, la gente me mira mal, les tengo miedo y yo les doy miedo, se apartan cuando camino por la calle, la televisión me habla, los personajes de las películas se mofan de mí, los vecinos me increpan, hablan entre ellos, un día de éstos vienen a por mí, me quieren eliminar como si fuera escoria y vosotros no hacéis nada, lo mío no tiene solución, ¿Es que no lo ves?”. Su padre, entre lágrimas, lo llevó inmediatamente a Urgencias del hospital de referencia  y quedó  ingresado. Ocho meses antes había estado internado en el mismo hospital por un episodio psicótico. Durante el año anterior se había vuelto progresivamente introvertido y se recluía en su habitación de la casa paterna. Dijo que tenía la sensación de que sus compañeros de trabajo lo vigilaban y hablaban de él a sus espaldas. Tenía dificultad para concentrarse y a menudo se retiraba por mucho tiempo al baño. En la calle la gente lo miraba de manera poco usual y tenía la impresión de que lo creían homosexual.

   Sentía que su teléfono estaba intervenido. Cuando estaba en su cuarto escuchaba a sus vecinos  hablar acerca de lo que él hacía y pensaban “ahora está yendo nuevamente al baño, seguro que es homosexual,  trataremos de deshacernos de él”. Un día, sin justificación, dejó de ir al trabajo y fue despedido. Después de ello se encerró en su habitación y sólo salía de noche. Tenía la sensación de que sus vecinos trataban de molestarlo, enviando corrientes eléctricas que afectaban sus genitales, por lo que finalmente se mudó a un hotel. Aún allí oía las voces procedentes de las habitaciones contiguas y sentía la influencia de la electricidad que mandaban; finalmente fue a la policía. Desde la comisaría llamaron a su padre quien manifestó haber estado preocupado por su hijo desde hacía tiempo. Dijo que éste se había vuelto tan poco comunicativo que se negaba a contestar el teléfono. Su padre lo llevó al hospital y fue internado de urgencia.

   En el hospital se lo trató con Risperidona (6 mg./día) y después de un mes mejoró como para ser dado alta. Siguió en tratamiento ambulatorio con el mismo fármaco a dosis de 4.5mg/día y pudo continuar viviendo solo en su departamento con un subsidio social. Aún oía voces que hablaban de él casi a diario pero ahora se daba cuenta de que eran parte de su enfermedad y no le daba demasiada importancia. Nada lo entusiasmaba y pasaba gran parte del tiempo sin hacer nada, mirando por la ventana, o fumando. Concurría regularmente a sus citas de seguimiento y tomaba sus medicamentos según prescripción médica. Según su ficha de evaluación aparecía apático e hipoafectivo, pero aparte de eso, se lo veía en estado de remisión. Para tratar efectos colaterales, recibía biperideno (4mg /día).

    Antecedentes: El paciente nació y creció en una ciudad donde su padre era contable en una compañía importante. Era el cuarto de cuatro hermanos. Después de terminar la escuela secundaria optó por un ciclo formativo de grado medio de informática y poco después comenzó a trabajar en una ferretería. No era ambicioso y se contentaba con ser empleado. Había sido buen alumno en la escuela y tenía muchos amigos con los que se mantuvo en contacto los primeros años después de finalizarla.

   Más adelante se apartó de sus amigos y cada vez se encerró más en sí mismo. Al terminar la escuela salió con una chica, pero luego perdió interés, y ella lo dejó por otro. Después de ello no tuvo más interés en conocer otras mujeres. En la ferretería era un empleado responsable aunque tenía una peculiar falta de ambición e interés. Trabajaba mecánicamente y a veces los clientes se quejaban de que no entendía lo que le pedían. Su padre había notado el cambio y su familia había tratado de sacarlo de su aislamiento. Debido a que respondió agresivamente lo dejaron solo aunque se mantuvieron en contacto por teléfono. Los últimos años el paciente había vivido solo en un apartamento alquilado, ya que parecía capaz de manejarse bien de esta manera. No había información alguna de enfermedad mental en su familia. Su salud siempre había sido buena y nunca había sido ingresado.

    Al ser internado por segunda vez, se lo notó moderadamente deprimido. Contestaba en forma dubitativa y con frases cortas, y admitió que hacía tiempo que pensaba en suicidarse pues creía que su situación no era nada halagüeña. Admitió que desde hacía tiempo no se interesaba por nada, no sentía placer por ninguna actividad y había perdido la confianza en sí mismo. Recientemente su sueño se había visto alterado, y se despertaba muy temprano. No tenía mucho apetito y había perdido algo de peso. Aún oía las voces que lo aludían pero no tan frecuentemente, y aseguró que ya no les prestaba tanta atención. Se dio cuenta de que tenía una enfermedad mental pero no pensaba en ella y no la usaba como excusa para sentirse desamparado. El examen físico, incluyendo el neurológico no revelaron anormalidades. En su internamiento previo le habían realizado pruebas EEG y un TAC,  que resultaron normales y no se consideró necesario repetirlas en el segundo ingreso. Las pruebas de laboratorio de rutina fueron normales.

    El paciente fue diagnosticado de Trastorno Depresivo que reunía los criterios para un episodio depresivo moderado: con humor depresivo, pérdida de interés y placer, baja confianza en sí mismo, pensamientos suicidas recurrentes, dificultad para pensar (probablemente debido a discreta inhibición psicomotriz), perturbación del sueño y pérdida de peso por disminución del apetito. El episodio depresivo apareció once meses después de haber sido internado por primera vez con signos de trastorno esquizofrénico, manifestado por voces que comentaban sus actos, experiencias somáticas pasivas, delirio de perjuicio y retraimiento social, los que se desarrollaron insidiosamente mas allá de los últimos seis meses. No había evidencia de trastorno cerebral orgánico o de abuso de sustancias psicoactivas. En su primer internamiento sus síntomas coincidían con los de una esquizofrenia paranoide (F20.0). Al ser tratado con Risperidona obtuvo una remisión parcial, aunque aún sentía la presencia de voces y tenía síntomas negativos como falta de iniciativa, embotamiento afectivo y retraimiento social. Al aparecer un episodio depresivo moderadamente severo dentro de los doce meses posteriores al diagnóstico de esquizofrenia, el episodio actual responde a los criterios diagnósticos para depresión post-esquizofrénica (F20.4). Es de destacar que el paciente demostró tener cierta conciencia de enfermedad, respecto de su esquizofrenia, pero no consideraba que tuviera relación con su actual depresión. Nosotros, en cambio, sí la vemos como una manifestación esquizofrénica, catalogada como F20.4 Depresión post-esquizofrénica.

  A mi juicio, y me consta que muchos colegas opinan como yo, la “etiqueta” diagnóstica es importante para establecer un pronóstico y prescribir el tratamiento más adecuado, y aunque el paciente y los familiares tienen todo el derecho a conocer el nombre de la enfermedad, es más importante el reconocimiento de que tiene un problema de salud mental que hay que seguir en el tiempo para conseguir una normalización de su funcionamiento a todos los niveles: personal, familiar, social y laboral, intentando evitar que el impacto de esa “enfermedad” sea un mazazo estigmatizador para él y su entorno. El abordaje debe ser interdisciplinar, implicando a todos los profesionales que van a acompañar al paciente en el proceso, a buen seguro durante años, pero el objetivo debe ser conseguir la integración completa en su medio socio-familiar.

   Es controvertido el hecho de que la persona afectada pueda decidir si debe llevar o no un tratamiento farmacológico a largo plazo, como defienden últimamente las emergentes Asociaciones en Primera Persona, es decir, asociaciones integradas únicamente por enfermos mentales. Mi opinión es que el tratamiento, individualizado a cada persona y revisado con la continuidad apropiada, garantiza un mejor funcionamiento y reduce la tasa de recaídas e internamientos que, sin duda, agravarían el pronóstico y supondrían un enorme sufrimiento en el paciente y su familia. Existe un consenso, basado en estudios rigurosamente científicos, según el cual ,el tratamiento farmacológico, optimizado y revisado de forma continua y por supuesto, complementado por abordaje psicoterapéutico y las medidas rehabilitadoras necesarias y adaptadas a cada individuo, asegura un mejor pronóstico a largo plazo, el paciente aprende a funcionar mucho mejor, acepta la medicación como un eslabón “salvador”, no como un castigo divino ni impuesto y VIVE  su vida de una manera natural, sin temor a interpretaciones estigmatizadoras de una sociedad que,  a día de hoy, tiene mucho que aprender de los enfermos mentales, capaces, como cualquier otra persona, de mantener un comportamiento civilizado, productivo y nada peligroso.

1 comentario:

Alexander Poysky dijo...

MUY interesante este articulo. Leo estos articulos cada vez que salen y este en particular me ha llamado mucho la atencion.

Somos muy robustos, a la vez de muy fragiles, y esa dualidad nos hace ser unicos. Espero que esta persona logre hallar la ayuda que necesita, y pueda disfrutar de nuevo de la vida.

Le deseo lo mejor