martes, 12 de marzo de 2019

SOLEDAD



   El Dr. José Luis Carrasco, experto en suicidio y en comportamientos agresivos graves, desde su posición como Director de la Unidad de Trastornos de la Personalidad del Hospital Clínico, explica la difícil posición en la que se encuentra el médico-psiquiatra ante situaciones clínicas graves.

(Publicado en LA RAZÓN.ES el pasado día 5 de marzo de 2019).

Por una parte, la sociedad nos pide que impidamos el suicidio o cualquier otra conducta en la que el paciente se haga daño a sí mismo. También nos pide que impidamos que una persona con enfermedad mental pueda cometer actos agresivos contra los demás. Los medios de comunicación, ante actos criminales cometidos por personas con supuestos trastornos mentales, acusan con frecuencia a los psiquiatras de no haber sido previamente más intervencionistas. Pero por otra parte, cuando pretendemos ofrecer una medicación eficaz para la situación de riesgo, o cuando proponemos un ingreso hospitalario preventivo del riesgo de suicidio, o cuando se recomienda una opción terapéutica demostradamente eficaz como la Terapia Electroconvulsiva aparecen asociaciones de familiares y colectivos políticos que acusan de estar al servicio de las industrias farmacéuticas o bien de ser unos represores carentes de consideración por los derechos humanos del paciente”. “Si no actuamos se nos acusa. Y si lo hacemos también”.
“Es una situación injusta. Todos quieren que nos hagamos cargo del grave problema clínico pero parecen no confiar en nosotros” afirma José Luis Carrasco. “Ningún médico debería dejar de ingresar a una persona que se está destruyendo a sí misma o a los demás a causa de su enfermedad, aunque sea difícil para nosotros personalmente, pues no hacerlo significa lavarnos las manos y dejarle la carga a las familias. Nuestra ética hipocrática lo especifica muy claramente” “Debemos asistir con corazón y con valentía a quien nos pide ayuda médica”

“Y los que desconfían no son en concreto los familiares de los pacientes, quienes en el momento de la situación clínica grave apoyan e incluso promueven una acción intervencionista por parte del médico psiquiatra”. “Los ataques vienen sobre todo de asociaciones y colectivos que se mueven en lo retórico y en lo ideológico, sin el contacto crudo y directo con el sufrimiento y con la gravedad del paciente”. “Incluso entre nosotros tenemos colegas autodenominados “antipsiquiatras” que asumen posturas anticientíficas y demagógicas de lo que llaman la defensa de los derechos del ciudadano- paciente, y cuando se encuentran con un paciente grave en riesgo vital miran para otro lado, lo que suele acabar en desgracia del paciente o de otras personas”

   Estando totalmente de acuerdo con lo expresado muy sabiamente por el compañero Luis Carrasco quiero hacer alguna matización:
   
 Es verdad que muchas veces actuamos y tenemos que tomar decisiones rápidas en situaciones difíciles y ahí, el estilo motivacional tiene muy escasa cabida, es preciso en muchos casos seguir el estilo housiano que es directivo, persuasivo y a veces “agresivo” contra la dignidad y libertad del paciente pero, no podemos obviar que hay unos protocolos de actuación que hay que respetar para preservar esos derechos de los pacientes. Soy el primero que en alguna ocasión he tenido que saltarme esos protocolos por salvar lo más importante como es la integridad vital del paciente o de terceras personas: 

  Hace unos meses se presentó en el CSM donde trabajo una chica que no era de mi cupo, me avisó la auxiliar administrativo de que venía muy alterada y amenazaba con suicidarse, yo estaba atendiendo al último paciente de la larga lista que ese día me tocaba ver. Desde mi despacho se escuchaba los gritos, casi alaridos, que estaba profiriendo desde la sala de espera. Dada la hora, el centro estaba casi a punto de cerrar sus puertas y ya se había marchado todo el personal facultativo, las eficientes enfermeras que día a día “lidian” con todo tipo de pacientes de forma muy profesional y también el personal de seguridad. 

  De forma diligente me despedí de Antonio que comprendió que había una urgencia que atender, cogió el informe con las instrucciones sobre el tratamiento y estrategias a seguir y se marchó, no sin antes ofrecerse para echar una mano en la atención de Julia, que así me había dicho que se llamaba Pili, la auxiliar, hacía unos minutos. Al salir del umbral de la puerta de mi consulta divisé a Julia al final del largo pasillo, estaba descompuesta, con el pelo enmarañado por los restos de sangre que ya había dejado de brotar de su frente, su rostro mostraba las marcas que sus largas uñas habían dejado en lo que parecía un ataque brutal de a saber qué animal salvaje. Toda ella parecía una fiera enloquecida.
   
  Me acerqué sin vacilar hacia Julia, con paso seguro y a la vez cauteloso para no potenciar la rabia contenida que tenía en ese momento. La invité a pasar a mi despacho ofreciéndole una toalla mojada para que enjugara los fluidos sanguinolentos que impedían distinguir sus facciones. Al comprobar que podía volver a agitarse en cualquier momento, avisé por teléfono a la auxiliar que fuera rápidamente al botiquín y cargara una jeringuilla con una ampolla de medicación sedante, tuve que repetirle dos veces el nombre del fármaco a utilizar ya que entre el nerviosismo que tenía y su comprensible desconocimiento de la farmacopea psiquiátrica apenas atinaba a seguir mis indicaciones. 

  Cuando por fin entró en el despacho me vio que yo estaba sujetando a la paciente por detrás, intentando inmovilizarla (estaba muy agitada e inabordable a cualquier argumentación lógica y motivacional). Pili me preguntó si llamaba al 112 para solicitar ayuda, era lo protocolario en estos casos, le dije que lo hiciera desde su teléfono móvil. Sabía perfectamente que no daría tiempo a esperar la llegada de la ambulancia así que utilicé la mano derecha para coger la jeringuilla “milagrosa” mientras mi compañera bajaba no sin dificultades el pantalón de Julia lo justo para inyectar la medicación sedante en la zona glútea. Asumí el riesgo de provocar una ulterior infección o perforar un pequeño vaso sanguíneo provocando la consecuente hemorragia, el campo de visión era casi inexistente. El caso es que todo salió bien y en cuestión de pocos minutos la chica se calmó y tras superar un tiempo de sopor, me explicó con detenimiento los motivos por los que había tomado la determinación de acabar con su vida. Está claro que no había proporcionalidad entre esos motivos (bastante pueriles por cierto) y la intencionalidad autoagresiva, ciertamente con potencial letal, no en vano se había golpeado la cabeza contra la pared en la entrada del recinto y el bultoma provocado en la zona frontal era unos minutos después bastante evidente. 

  Media hora más tarde el aspecto de Julia era totalmente diferente, se aseó en el cuarto de baño, recolocó su cabellera con un peine que guardaba en los vaqueros y se sentó en la sala de espera mientras llegaba la unidad medicalizada que debía llevarla al hospital para valorar con más detenimiento si precisaba o no de un ingreso psiquiátrico y si había alguna lesión de importancia mediante las pertinentes exploraciones complementarias. El recuerdo de la expresión de alivio de Pili cuando la ambulancia marchó del CSM persistirá para siempre en mi memoria.
  
   Dejaré para una posterior entrada en este blog mi opinión sobre el “movimiento antipsiquiátrico” al que se refiere en su magnífico artículo el compañero Luis Carrasco, y al que contemplo con cierta ambivalencia. Quiero terminar esta entrada compartiendo el sentimiento de soledad que albergamos en muchas ocasiones los psiquiatras al afrontar nuestro trabajo diario, pero como no puedo desprenderme de mi carácter utópico posibilista tengo que decir que es siempre una soledad compartida, ¿Verdad ELA?


Romance  (SOLEDADES, Antonio Machado)
He andado muchos caminos,
he abierto muchas veredas;
he navegado en cien mares
y atracado en cien riberas.
En todas partes he visto
caravanas de tristeza,
soberbios y melancólicos
borrachos de sombra negra.
y pedantones al paño
que miran, callan, y piensan
que saben, por que no beben
el vino de las tabernas.
Mala gente que camina
y va apestando la tierra...
Y en todas partes he visto
gentes que danzan o juegan,
cuando pueden, y laboran
sus cuatro palmos de tierra.
Nunca, si llegan a un sitio,
preguntan adónde llegan.
Cuando caminan, cabalgan
a lomos de mula vieja.
y no conocen la prisa
ni aun en los días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino;
donde no hay vino, agua fresca.
Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos
descansan bajo la tierra. 








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