jueves, 21 de marzo de 2019

HASTA EL CULO



  
   Ayer recibí por whatsapp, como en otras muchas ocasiones, un artículo muy interesante, cuyo link expongo aquí, en él se relata una clase magistral de un profesor australiano recién llegado a una facultad española. No he podido evitar acordarme, no sin cierta nostalgia, de mis tiempos de Universidad, hace ya más de tres décadas. 
   No éramos pocos los que no asistíamos a clase, en parte porque no pocas de ellas eran burdamente tediosas, en ellas el profesor de turno se limitaba a leer, en unos folios amarillentos y ajados por el paso de los años, unos aburridísimos textos que como posesos transcribíamos los alumnos al dictado. Por otra parte, había una maravillosa comisión de apuntes que funcionaba “de puta madre”. Todos los viernes los alumnos nos arremolinábamos alrededor de la fotocopiadora-multicopista para comprarlos, y no precisamente a buen precio, recuerdo las frases de ELA cada vez que le pedía el dinero para costearlos: - "¿Otra vez dinero para apuntes, hijo? A ver si te metes tú en esa maravillosa comisión, ¿No me dijiste que a sus miembros les sale gratis?" -. A lo que yo contestaba: -"No te preocupes mamá, es una inversión de futuro, te devolveré con creces toda la ayuda que me está prestando"-. La verdad, nunca le estaré suficientemente agradecido, su abnegación desinteresada en la brega diaria era inconmensurable. 
   Bueno, que me voy por las ramas, había clases que nadie se perdía, algunos profesores, generalmente catedráticos, daban también “conferencias” magistrales, como el australiano del relato, de esas que no se olvidan por muchos años que transcurran. Recuerdo con especial emoción las de Anatomía del Profesor Domenech Rato, era capaz de dibujar en la pizarra y a dos manos, excelentes “fotografías” de distintas partes del cuerpo humano, utilizando tizas de distintos colores, todo ello mientras explicaba de memoria todo lo que iba plasmando en el “lienzo verde” incrustado en la pared del aula. Al final de la clase se quedaba allí, solitaria y efímera, durante el descanso de cinco minutos entra clase y clase,  su obra maestra. Qué pena que hubiera que borrar todo para que el siguiente profesor escribiera sus esquemas en la clase siguiente, alguna vez me tocó a mí cometer la herejía del borrado, porqué no decirlo, con alguna lagrimilla resbalando por mis mejillas. También me acuerdo del profesor Ortuño, que impartió muchas clases magistrales de Anatomía Patológica, su contenido no había que estudiarlo en casa, sólo con escuchar atentamente sus explicaciones, se quedaba  increíble e indeleblemente plasmado en la memoria y podías evocarlo para responder sin dificultad a las preguntas de los interminables exámenes de la asignatura. No quiero extenderme más en esta introducción, pero hubo un buen ramillete de profesores que nos enseñaron, no sólo contenidos curriculares, sino que influyeron de manera muy notoria en  nuestra formación humana como futuros médicos.

https://blogtanico.wordpress.com/2019/03/10/la-importancia-del-culo-en-la-evolución-humana/  


La importancia del Culo en la Evolución


Humana.
  
   ¿De qué modo los simios evolucionaron en humanos?
   El profesor de antropología, australiano, de mediana edad, encorbatado y vestido de traje, lanzó esa pregunta sobre los alumnos, en un castellano inteligible, pero con considerable acento aussi.
   El silencio reinó sobre el aula, nadie osó levantar la mano. El profesor era amable, pero imponía ante la audiencia estudiantil. Había comenzado la clase hablando de él mismo, contó, entre otras cosas, que tenía la titulación de médico, pero que no era un terapeuta, a la manera de los médicos de España, lo suyo eran los huesos humanos y cuanto más antiguos mejor. El exótico nuevo fichaje de la facultad generaba una enorme expectación y en su clase inaugural el lleno era total. Yo no estaba matriculado en su materia, “Evolución Humana” (los que cursábamos la especialidad de botánica no podíamos hacerlo, ¡que estupidez!), pero no pude evitar colarme en su clase, muerto de curiosidad.
– Bien, si nadie se atreve, comenzaré yo -dijo el profesor-. Os recuerdo que soy antropólogo, no antropófago -unas leves risas del alumnado distendieron el ambiente-. Quiero que participéis en la clase. Volvamos a la pregunta original: ¿Cómo surgió el género homo de entre los simios? La acción transcurre en África, hace varios centenares de miles de años. Un grupo de primates que viven en la selva sufren la transformación de su medio a consecuencia de un cambio climático. Los bosques ceden terreno a las sabanas, donde las especies arbóreas no están agrupadas y la hierba que separa un árbol del otro es considerablemente alta y espesa-.



    El orador hizo una larga pausa para beber agua y mirar a la cara a los alumnos.
   – Sigamos. Los primates se ven obligados a desplazarse a ras de suelo para ir de un árbol a otro. Increíblemente ágiles en los altos ramajes, son torpes en tierra y además las hierbas les impide tener una amplia visión del entorno- dicho esto, bajó de la tarima del aula y apoyando las manos sobre el suelo, recorrió como un cuadrúpedo los pasillos que separan las filas de pupitres donde estábamos sentados, ante el estupor general, mientras continuaba con su exposición -Son fácil presa de los terribles predadores cuando están lejos de su santuario arbóreo. Los simios necesitarán ser más altos que la vegetación del suelo y desplazarse, al mismo tiempo, a la suficiente velocidad para escapar de los predadores. ¿Cómo lo solucionaríais vosotros?


    Un alumno de la primera fila, con voz temblorosa, se animó a contestar:
   -Haciéndonos más grandes. La vegetación no nos tapará la vista y correremos más rápidos.
   -Demasiado gasto energético- contestó el profesor, regresando a la posición bípeda y dirigiéndose a la tarima-. La sabana aporta menos recursos que la selva. Aumentar de tamaño no es una respuesta ergonómica. Será más rentable ser más altos sin necesidad de aumentar el volumen.
   -Podemos caminar a dos patas- intervino otro alumno.
   -Los monos arborícolas, como habréis visto en los documentales, se desplazan con dificultad cuando van a dos patas- acto seguido, imitó el titubeante paso de un chimpancé, doblando las rodillas, agachado la espalda y dejando que sus brazos colgaran- Le falta algo al diseño. ¿Qué puede ser?



   Nadie intervino en esta ocasión.
   -Un buen culo, señores. Con un buen culo, todo tiene solución- dicho esto, se giró dando la espalda a la audiencia, palmeándose las nalgas varias veces y recuperando la posición vertical.
   La risa del alumnado no se hizo esperar. El estruendo debió escucharse en todo el edificio.
   -Os agradezco las risas, es bueno que venzáis la timidez, pero no es un chiste-. Dijo el profesor, que volvió a beber agua para continuar con su exposición.
-Supongamos que uno de nuestros monos nace con una mutación, consistente en la posesión de unos poderosos glúteos. Cuando se desarrolle, estos músculos lo elevarán sobre la vegetación que le tapaba la vista y permitirán que se desplace con facilidad sobre sus extremidades inferiores. El mutante tendrá descendencia y sus hijos heredarán las nuevas características. Generación tras generación, los no mutados, menos capacitados, no tardarán en extinguirse.



   Una chica que no cesaba de tomar notas, dejó el bolígrafo sobre la mesa y levantó la mano.
   -Habla- dijo el australiano.
   -¿Y qué pasa con el desarrollo del cerebro? ¿Acaso el culo es más importante que el cerebro?
Una voz, de origen indeterminado, dijo desde la última fila:
   -Por eso los modelos de ropa interior ganan más pasta que los biólogos.
   Volvieron las risas estruendosas, contagiando también al profesor, que cuando pudo recomponerse, contestó.
   -Una posición erguida permite que el cráneo pueda aumentar su masa y volumen. No es lo mismo colgar de la columna vertebral que estar apoyado sobre ella. Un cráneo mayor, podrá soportar mayor masa neuronal, permitiendo un cerebro más complejo. Un buen culo precede a un buen cerebro- dicho esto me señaló-. Usted, suba aquí y adopte la posición de cuadrúpedo.
Hice lo que me dijo, ante el regocijo general.
-¿Nota el esfuerzo necesario para sostener la cabeza?
Dije que sí.
-Ahora vuelva a la posición bípeda. ¿Percibe la diferencia?
-Es evidente.
Después de mi actuación, bastante sosa en comparación a las suyas, me indicó que volviera a mi sitio, yo completamente desinhibido, le pregunté mientras me dirigía a mi asiento:
-¿Las manos del género homo, distintas de las de los simios, algún papel jugarán en todo esto? No creo que sean menos importantes que los glúteos. Hay quien dice que si los delfines tuvieran manos como las humanas hubieran fundado civilizaciones semejantes a las nuestras.



  
   – ¡Vuelva aquí!- me ordenó. Cuando regresé a donde él estaba, cogió su botellín de agua medio lleno y me lo acercó para que lo cogiera.- Tome este envase en su mano y vuelva a la posición cuadrúpeda. No puede usar el pulgar para retenerla. Imagínese que un león le persigue. Usted es más rápido a cuatro patas. Intente huir sin derramar el líquido o sin perder el objeto.

   Mi nueva intervención resultó más patética que la primera, aunque intenté hacerlo de forma digna, me sentí bastante ridículo, pese a todo, no suscité la carcajada general. Por fortuna, la gente estaba más pendiente del australiano que de mi persona.

   -Esas manos, que para usted son tan importantes, también son consecuencia de los traseros primigenios. Cuando las extremidades superiores no fueron necesarias para desplazarse, las manos adquirieron protagonismo en la manipulación de objetos. Sin embargo, las mejoras no acabaron ahí. Vuelva a la posición vertical si soltar el objeto.

  Hice lo que me dijo.
  -Una mutación modificó más tarde el pulgar, proporcionándole la capacidad de oponerse a los restantes y trabajar como una pinza. Utilice ahora el pulgar para agarrar la botella.
   Seguí sus instrucciones.
   – Lléveselo a su sitio, por favor.- Mientras yo ejecutaba sus instrucciones, el siguió con su charla.- Es mucho más fácil evitar que se caiga el objeto o se derrame el líquido. Esas manos, como las de usted, pudieron fabricar herramientas, algunas de ellas, aptas para enfrentarse con los enemigos y en general destinadas a optimizar la obtención de recursos y la modificación del hábitat.
   – ¿Y los delfines?- intervine de nuevo.
   -Respecto a los delfines, la respuesta está clara. No necesitan manos, ni herramientas ni ciudades submarinas. No son seres desvalidos ante el entorno como los humanos y sobre todo mucho más felices. ¿Alguna cuestión más? ¿No? Nos vemos mañana.
  




No volví a asistir a sus clases, me coincidía con las de mi especialidad. No tuve la suerte de contar con una máquina del tiempo para compatibilizar horas, sin embargo, como habréis comprobado, nunca pude olvidar esa lección magistral. La ciencia no tiene motivos para ser aburrida.

   Aquel que quiera leer un poco más sobre la Evolución Humana le aconsejo este post: Homo planta, un nuevo salto evolutivo“.


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