jueves, 28 de marzo de 2019

EL ESTIGMA

    

















  



   Como profesional de la Psiquiatría desde hace varios lustros (dicen que la experiencia es un grado), uno de mis objetivos más importantes en mi trabajo diario, es luchar contra la estigmatización de los enfermos mentales.



   
 Afortunadamente se ha avanzado bastante  en la normalización y aceptación sin prejuicios de la enfermedad mental grave, gracias al ímprobo esfuerzo de los distintos sectores implicados en la materia, aunque no cabe duda que aún queda mucho por hacer. Aunque pueda pecar de utópico albergo la ilusión de que, con el esfuerzo de todos, pueda ver cumplido algún día el objetivo de que se trate a los enfermos mentales de igual manera que a los que padecen otras patologías somáticas, no como a tarados peligrosos que hay que mantener apartados de la sociedad, ya sea en instituciones mentales decimonónicas de  crónicos, que no hacen más que perpetuar su proceso de enfermedad y robar todo atisbo de dignidad personal, o en un rincón de la morada familiar impidiéndoles cualquier contacto con personas "normales" del entorno vecinal o social.



   Las personas con enfermedad mental sufren además de las discapacidades y dificultades de integración derivadas directamente de la enfermedad, las consecuencias del desconocimiento social que existe hacia dichas patologías. El prejuicio social determina y amplifica las dificultades de integración social y laboral de los enfermos mentales y provoca un rechazo hacia ellos de todo punto inmerecido e injusto, lo que levanta barreras adicionales que aumentan el riesgo de aislamiento y marginación. Por ello es evidente que una atención integral a su problemática, no sólo tiene que cubrir sus necesidades de apoyo e integración, sino que simultáneamente también debe establecer acciones que disminuyan o eliminen las consecuencias negativas del estigma que tradicionalmente pesa sobre ellas.






Breve historia de Sarita  
  No hace mucho tiempo ingresó en nuestra Unidad Psiquiátrica de Agudos una chica de unos 23 años que había permanecido encerrada en una tétrica y oscura habitación de una casa de campo, como si fuera un animal "apestado", durante los últimos 16 años. Todo su "delito" consistió en presentar, en su más tierna infancia, unas voces interiores que la impelían a pegar a un hermano 10 años mayor  que había abusado de ella desde que su madre la sacó de la cuna.
   
 Caminaba encorvada apoyando las manos en el suelo cual simio embrutecido y comía con las manos los alimentos, casi siempre pasados de fecha, que su madre arrojaba a una jofaina desde el exterior, a través de una trampilla que había en la parte inferior de la puerta blindada que la aislaba del mundo exterior. El agua la bebía de una garrafa mal recortada, a modo de improvisado abrevadero, que la progenitora, que a buen seguro padecía de una discapacidad intelectual, llenaba desde el pasillo con una manguera cada 3 o 4 días. Sólo un minúsculo ventanuco en la pared opuesta dejaba entrar unos tímidos rayos de luz los días soleados.
   

   El olor del habitáculo era nauseabundo, según describió la trabajadora social de zona que  entró en la casa, acompañada por dos agentes de la policía local y un agente judicial, quien dio fe por escrito, en su informe pericial, de las deplorables condiciones higiénico-sanitarias de la casa en general y especialmente, de la habitación de Sarita. 

  La chica carecía de un lenguaje inteligible, se limitaba a emitir sonidos guturales que modulaba con dificultad en función de se estado emocional, aunque lo predominante eran los “aullidos” y gestos de rabia y hostilidad, cual animal salvaje privado de libertad, a lo largo de su largo cautiverio. A su llegada a la planta precisó de sedación química y contención mecánica, que realizó el personal de enfermería con el mayor cuidado y cariño que la situación permitía. A la mañana siguiente estaba bastante más calmada, tras un sueño reparador de no menos de 9 horas. Las auxiliares le dieron un cálido baño que la despojó de la “cubierta” costrosa de suciedad acumulada durante años, apareció tras la “operación” una piel suave y sedosa, su pelo, anteriormente enmarañado y ocre por la falta de higiene, se transformó en una cabellera resplandeciente y rubia que Ana desenredó no sin dificultad pero con un mimo especial. La actitud de Sarita había cambiado, de la hostilidad del día anterior no quedaba nada, por arte de birlibirloque se mostró sumisa y colaboradora, aunque no podía hablar, mostraba con gestos y medio sonrisas su agradecimiento por el trato recibido, como si hubiera descubierto que hay personas buenas en el mundo. Había mucho trabajo psicológico y rehabilitador que hacer con la paciente, pero esto, es otra historia…

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