miércoles, 30 de enero de 2019

HECHA AÑICOS (I)




    Sara tiene 39 años y padece SIDA desde hace once. Fue diagnosticada tras sufrir una neumonía que no cedía con los antibióticos convencionales y le estaba provocando tos y expectoración desde hacía semanas, además de dolor en el pecho y un cansancio que limitaba casi todas sus tareas, tanto en casa como en su recién estrenado trabajo de maestra y que era la ilusión de su vida.

     Tras atiborrarla a tratamiento sintomático para la tos y la fiebre y ante la persistencia de su malestar, el médico de primaria decidió enviarla a urgencias del hospital. En el área de urgencias, acompañada por su novio permaneció largas horas, a la espera de analíticas, radiografías, toma de muestras para análisis microbiológico y resto de exploraciones rutinarias. Su aspecto era de abatimiento, su rictus triste, facies emaciada y un tinte en la piel que daba una idea bastante clara de la gravedad del caso. Se procedió a su ingreso en la planta de medicina interna no sin antes consultar con el médico intensivista, habida cuenta del marcado deterioro físico y la baja saturación de oxígeno.
  
      Permaneció ingresada durante unos interminables 39 días, “los mismos que años tiene”, comentó resignado Pedro, su pareja desde los 17 años. El diagnóstico al alta fue de Neumonía por Neumocistis Carinii. Iba a precisar un largo tiempo de recuperación pero, lo peor vino cuando la Doctora Cava, mirando con dolor el informe impreso, que temblaba en sus manos sudorosas, leyó las malditas palabras Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida. El desconcierto se apoderó de Sara, miró a Pedro con ojos escrutadores y a modo de lamento dijo: “no es posible, si yo nunca…”, segundos después se derrumbó en la cama que había sido su “refugio” durante el interminable ingreso.
  
    Las siguientes semanas fueron horribles, la tensión entre la joven pareja era indescriptible hasta que finalmente Pedro confesó entre lágrimas que, hace un tiempo, mientras Sara preparaba las oposiciones que la tuvieron “encerrada” durante dos largos años, él realizó un viaje relámpago con sus amigos a Tailandia, para celebrar la despedida de soltero de su amigo Guille, -“pero prácticamente no hice nada, sólo tonteé con una chica en un local de alterne…”-, su rostro expresaba al mismo tiempo incredulidad, vergüenza, pero sobre todo sentimientos de culpa, sólo pudo meter la cabeza entre los hombros mientras Sara retiraba la suya y miró hacia la mesita de noche que había junto a la cama, de un súbito manotazo tiró al suelo el jarrón de tiernas margaritas que Pedro le había obsequiado esa misma mañana a primera hora, cuando las luces del alba empezaban a iluminar la calle. Las flores quedaron esparcidas inconexas por el suelo, entremezcladas con los trozos de cristal del jarrón hecho añicos y el agua que milagrosamente había pasado de ser transparente y pura a tomar un tinte rojizo que semejaba la sangre dolorida de la chica.
  
    Aunque las fuerzas aún eran muy exiguas por la gravedad de su cuadro clínico, en un alarde de valentía y con voz ciertamente sonora, no exenta de asertividad y por qué no decirlo dolor, contrariedad y pena, invitó a “su chico” a que saliera de la habitación, quería asimilar en soledad el duro golpe recibido, nunca había dudado sobre él y tenía que meditar con serenidad sobre el camino a seguir, antes de tomar una decisión tan trascendental para su vida, máxime cuando sabía que el proceso de recuperación, si es que ésta había de producirse, iba a ser un calvario que a buen seguro él iba a suavizar con sus cuidados y mimos.


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