lunes, 7 de enero de 2019

CON PASO TRÉMULO

Esta entrada ya apareció en el blog en junio de 2014, 

la repongo a petición de nuevos seguidores.



   Hace apenas unas semanas tuve la oportunidad de visitar por primera vez la ciudad de los rascacielos, me vine con una buena impresión en general, por la majestuosidad de sus edificios, lo variopinto de sus gentes, la grandeza de Central Park, las magníficas colecciones de arte reunidas en el MOMA y el Museo Metropolitano...Por falta de tiempo, o quizás para justificar una visita más tranquila en el futuro, dejé algunos lugares sin ver. Quiero reflejar aquí lo desagradable que resultan los exhaustivos controles de seguridad que realizan las "autoridades" aeroportuarias, tratan a todos los viajeros como potenciales terroristas, total por dos torres que cayeron hace unos años en un atentado que todavía hay quien duda si fue autoinfligido para cargar dentro y fuera de tierras norteamericanas contra todo lo que huela a islamista. Lo más bochornoso es el documento que te hacen firmar, en él tienes que declarar que no eres un asesino ni perteneces a ninguna organización política subversiva, lo hacen así porque si cometes algún acto punible en su territorio, castigan con mayor gravedad el hecho de haber mentido que el comportamiento delictivo en sí, ¿Hipocresía, cinismo...?.

    Dejaré para otra entrada de este blog mi opinión sobre la "Inteligencia" americana, sus prácticas "protectoras" en lugares conflictivos del globo terráqueo y  su participación en el Nuevo Orden Mundial que algunas élites internacionales promueven desde hace muchos años.

   Tras un largo, tedioso y agotador viaje de vuelta desde el aeropuerto JFK hasta la Terminal 4 de Barajas, me desplacé en un tren de cercanías hasta la estación de Atocha, bellamente remodelada a raíz de los atentados de hace unos años. Tenía que esperar allí unas horas hasta la llegada de una amiga que volvía de Nueva York en otro vuelo más tardío, para viajar juntos en AVE a nuestra ciudad de destino. Los primeros efectos del jet lag empezaban a manifestarse, así que, me acomodé en una silla para devorar un suculento desayuno preparado con esmero por una simpática señorita en uno de los bares de la estación, me dijo que era su primer día de trabajo, quizás por ello suplía su inexperiencia con una amabilidad inusitada en este tipo de establecimientos.

   Eran las siete y cuarto de la mañana y ya había en la estación bastante movimiento de viajeros, tenía que permanecer vigilante del equipaje, una cabezada podía resultar peligrosa para la seguridad de mis pertenencias. Tras una hora de descanso, que aproveché para hojear el periódico matutino y contestar algunos correos electrónicos, cargué con los bártulos y salí al exterior del edificio para fumar el primer cigarrillo después de más de doce horas. A falta de bancos me senté en un poyete de cemento que bordeaba una pequeña zona ajardinada, no era muy cómodo pero las piernas apenas me sostenían. El ir y venir de gente era incesante, muchas personas pasaban por mi lado apresuradamente haciendo rodar sus maletas, para no perder el tren que les llevaría a saber qué destino, otros se arremolinaban a mi alrededor, imitando el gesto que yo había hecho unos segundos antes, de encender un pitillo, algunos mendigos se acercaban con mirada victimosa a los allí presentes solicitando alguna moneda que les permitiera desayunar algo. A lo lejos divisé a un hombre bien vestido, espalda encorvada y de edad avanzada, iba también demandando algo a los transeúntes, pero estos apenas reparaban en su presencia y seguían su camino esquivándole como si formara parte del mobiliario. Con paso trémulo, el anciano fue acercándose hasta donde yo estaba, finalmente se dejó caer en el mismo poyete, a apenas dos metros de mí. Con mano temblorosa se rebuscaba en los bolsillos interiores de su chaqueta, sacó un ajado mechero y su temblor aumentó al comprobar que no le quedaba tabaco en  la cajetilla metálica que extrajo de otro bolsillo, con gesto de contrariedad cruzó su mirada con la mía. Le extendí uno de mis cigarrillos y lo tomó esbozando una sonrisa, con dificultad reculó hacia mí y me dio las gracias, encendió el pitillo y dio una profunda calada y me dijo: - Cuánto tiempo sin saborear uno de éstos, mi esposa sólo me permite comprar tabaco de liar y del más barato-. Sin dudarlo le ofrecí mi paquete para que lo guardara, al principio lo rechazó pero lo pensó mejor y con gesto pícaro lo introdujo en el bolsillo del pantalón junto con el encendedor. Sin que yo le dijera nada empezó a explicarme con todo lujo de detalles sus circunstancias personales: 

   - No crea que me resulta agradable salir cada mañana a pedir limosna, pero es que mi esposa y yo lo estamos pasando muy mal, ella tiene Alzheimer y una artrosis que apenas le permite moverse. Vinimos de Argentina hace siete años, allí hemos vivido cincuenta años y no nos iba mal, yo daba clases en un instituto de secundaria y ella tenía un puesto de secretaria en una empresa cárnica. Con el corralito perdimos todos nuestros ahorros, y entre las pensiones de ambos apenas tenemos para comer. Vivimos en la tercera planta de un edificio sin ascensor. A mis setenta y nueve me cuesta trabajo andar y mi Parkinson incipiente me dificulta realizar muchas tareas. Al principio de llegar a Madrid, mi nuera nos echaba una mano o nos mandaba de tanto en tanto una asistenta que hacía la limpieza y preparaba comida para varios días, pero hace dos años que se trasladaron a La Coruña donde a mi hijo le ofrecieron un buen trabajo, bastante tienen los pobres, siempre estaremos agradecidos a él y a Lola, su mujer, nos llaman casi todos los días por teléfono y nos mandan algo de dinero cuando pueden. Tengo otra hija en Argentina, en Rosario concretamente, se llama Isadora, por Isadora Duncan, mi esposa siempre fue una enamorada de la danza, la idolatratraba desde niña. De hecho mi hija estudió nueve años en el conservatorio y baila muy bien, pero nunca lo ha hecho de forma profesional, se casó muy pronto y a su marido no le gustaba que se exhibiera en público, se separaron hace quince años y vive de forma un tanto precaria allá -.
Aunque le escuchaba atentamente, no en vano su discurso me resultaba muy interesante, creyó que me estaba dando mucho la tabarra y no sin esfuerzo se levantó y me dijo:
- Ha sido usted muy amable, no encuentra uno con frecuencia personas tan generosas, y hablar con usted me ha reconfortado. Ahora tengo que proseguir con mi tarea, a ver si consigo al menos cinco o seis euros y puedo comprar algo para comer-.
Sin decir nada, saqué un billete de diez euros de mi cartera y  se los ofrecí.  Nuevamente intentó rehusar mi ayuda pero ante mi insistencia los guardó en su chaqueta y emprendió la marcha hacia la calle, cuando había recorrido unos cuantos pasos, se giró sobre sí mismo y me dijo: 
- Con lo que usted me ha dado, tengo suficiente para dos días, así que me vuelvo a casa que mi señora me lo agradecerá. Adiós señor, y que Dios le bendiga-.
Me despedí de él y cuando vine a darme cuenta se había alejado tanto, a pesar de su lento y trémulo paso, que no alcanzó a oírme cuando le requerí que me dijera su nombre, así que lo recordaré como "el argentino de Atocha".

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