viernes, 21 de diciembre de 2018

EL MANIFIESTO




    Nuestro mundo está en crisis, los economistas, políticos y sociólogos no son optimistas en cuanto al futuro.  Algunos  incluso apuntan hacia un trágico empeoramiento de la situación mundial, que puede desembocar en una catástrofe.
    Otros, sin ser catastrofistas, afirman que los más de seis mil millones de personas que habitarán la tierra tampoco disfrutarán de una calidad de vida mejor ni tendrán ningún seguro de felicidad.  Vivimos  según Galbraith  en la Era de la incertidumbre.
    Este es un mundo en crisis, en el cual prepararse para la guerra es más importante que alimentar a la mitad de la población mundial que sigue desnutrida o alfabetizar al 30% de los seres humanos que no saben leer ni escribir.  Un mundo que gasta un millón de dólares cada minuto en asuntos bélicos, es evidentemente un mundo en crisis.
   Es un mundo en crisis, no solamente por los problemas de la contaminación, falta de alimentos, paro, injusticia social, pérdida de los derechos humanos, miedo a una guerra nuclear, incremento de la población toxicómana, sino mayormente por las grandes crisis internas que afectan directamente a la vida de  los hombres y mujeres que las sufren.  Crisis de familia, de identidad, de valores.  Crisis de esperanza.  El orgullo, el egocentrismo y la envidia están muy por encima de la solidaridad y del «usted primero».
   Este es un mundo en crisis, donde proliferan las ofertas de evasión y escapismo más extrañas.  Hay catalogados más de cinco mil libros sobre el suicidio.  En Francia circula un manual donde se ofrecen 160 maneras distintas de quitarse la vida.  Se dice que el suicidio es hoy más frecuente que el asesinato. Sectas, ocultismo y negocios  para mitigar la soledad, la depresión y el aburrimiento se ofrecen diariamente en el mercado de los grandes desengaños.

    ¿Las crisis y los problemas son ya irreversibles? Me resisto a creerlo, pero se hace necesario un cambio de paradigma, nuestros "representantes" políticos y los de más arriba, los que realmente mueven los hilos de la macroeconomía, nos culpabilizan de la crisis y dan por terminada la sociedad del bienestar. Ellos nos han llevado a la situación actual y queda claro que no nos quieren devolver al punto de partida. Les interesa un sistema en el que primen las desigualdades, el bienestar debe ser sólo para una élite. ¿Se lo vamos a permitir? Espero que no.
    Hace un tiempo recibí a través de una red social el siguiente texto, me ha parecido muy sugerente e interesante y por ello quiero compartirlo aquí.

«Última llamada»

"Esto es más que una crisis económica y de régimen: es una crisis de civilización"


Los ciudadanos y ciudadanas europeos, en su gran mayoría, asumen la idea de que la sociedad de consumo actual puede “mejorar” hacia el futuro (y que debería hacerlo). Mientras tanto, buena parte de los habitantes del planeta esperan ir acercándose a nuestros niveles de bienestar material. Sin embargo, el nivel de producción y consumo se ha conseguido a costa de agotar los recursos naturales y energéticos, y romper los equilibrios ecológicos de la Tierra.

Nada de esto es nuevo. Los investigadores y los científicos más lúcidos llevan dándonos fundadas señales de alarma desde principios de los años setenta del siglo XX: de proseguir con las tendencias de crecimiento vigentes (económico, demográfico, en el uso de recursos, generación de contaminantes e incremento de desigualdades) el resultado más probable para el siglo XXI es un colapso de la civilización.

Hoy se acumulan las noticias que indican que la vía del crecimiento es ya un genocidio a cámara lenta. El declive en la disponibilidad de energía barata, los escenarios catastróficos del cambio climático y las tensiones geopolíticas por los recursos muestran que las tendencias de progreso del pasado se están quebrando.

Frente a este desafío no bastan los mantras cosméticos del desarrollo sostenible, ni la mera apuesta por tecnologías ecoeficientes, ni una supuesta “economía verde” que encubre la mercantilización generalizada de bienes naturales y servicios ecosistémicos. Las soluciones tecnológicas, tanto a la crisis ambiental como al declive energético, son insuficientes. Además, la crisis ecológica no es un tema parcial sino que determina todos los aspectos de la sociedad: alimentación, transporte, industria, urbanización, conflictos bélicos… Se trata, en definitiva, de la base de nuestra economía y de nuestras vidas.

Estamos atrapados en la dinámica perversa de una civilización que si no crece no funciona, y si crece destruye las bases naturales que la hacen posible. Nuestra cultura, tecnólatra y mercadólatra, olvida que somos, de raíz, dependientes de los ecosistemas e interdependientes.

La sociedad productivista y consumista no puede ser sustentada por el planeta. Necesitamos construir una nueva civilización capaz de asegurar una vida digna a una enorme población humana (hoy más de 7.200 millones), aún creciente, que habita un mundo de recursos menguantes. Para ello van a ser necesarios cambios radicales en los modos de vida, las formas de producción, el diseño de las ciudades y la organización territorial: y sobre todo en los valores que guían todo lo anterior. Necesitamos una sociedad que tenga como objetivo recuperar el equilibrio con la biosfera, y utilice la investigación, la tecnología, la cultura, la economía y la política para avanzar hacia ese fin. Necesitaremos para ello toda la imaginación política, generosidad moral y creatividad técnica que logremos desplegar.

Pero esta Gran Transformación se topa con dos obstáculos titánicos: la inercia del modo de vida capitalista y los intereses de los grupos privilegiados. Para evitar el caos y la barbarie hacia donde hoy estamos dirigiéndonos, necesitamos una ruptura política profunda con la hegemonía vigente, y una economía que tenga como fin la satisfacción de necesidades sociales dentro de los límites que impone la biosfera, y no el incremento del beneficio privado.

Sin embargo, es fundamental que los proyectos alternativos tomen conciencia de las implicaciones que suponen los límites del crecimiento y diseñen propuestas de cambio mucho más audaces. La crisis de régimen y la crisis económica sólo se podrán superar si al mismo tiempo se supera la crisis ecológica. En este sentido, no bastan políticas que vuelvan a las recetas del capitalismo keynesiano. Estas políticas nos llevaron, en los decenios que siguieron a la segunda guerra mundial, a un ciclo de expansión que nos colocó en el umbral de los límites del planeta. Un nuevo ciclo de expansión es inviable: no hay base material, ni espacio ecológico y recursos naturales que pudieran sustentarlo.

El siglo XXI será el siglo más decisivo de la historia de la humanidad. Supondrá una gran prueba para todas las culturas y sociedades, y para la especie en su conjunto. Una prueba donde se dirimirá nuestra continuidad en la Tierra y la posibilidad de llamar “humana” a la vida que seamos capaces de organizar después. Tenemos ante nosotros el reto de una transformación de calibre análogo al de grandes acontecimientos históricos como la revolución neolítica o la revolución industrial.

Atención: la ventana de oportunidad se está cerrando. Es cierto que hay muchos movimientos de resistencia alrededor del mundo en pro de la justicia ambiental (la organización Global Witness ha registrado casi mil ambientalistas muertos sólo en los últimos diez años, en sus luchas contra proyectos mineros o petroleros, defendiendo sus tierras y sus aguas). Pero a lo sumo tenemos un lustro para asentar un debate amplio y transversal sobre los límites del crecimiento, y para construir democráticamente alternativas ecológicas y energéticas que sean a la vez rigurosas y viables. Deberíamos ser capaces de ganar grandes mayorías para un cambio de modelo económico, energético, social y cultural. Además de combatir las injusticias originadas por el ejercicio de la dominación y la acumulación de riqueza, hablamos de un modelo que asuma la realidad, haga las paces con la naturaleza y posibilite la vida buena dentro de los límites ecológicos de la Tierra.

Una civilización se acaba y hemos de construir otra nueva. Las consecuencias de no hacer nada —o hacer demasiado poco— nos llevan directamente al colapso social, económico y ecológico. Pero si empezamos hoy, todavía podemos ser las y los protagonistas de una sociedad solidaria, democrática y en paz con el planeta.    Ilustración de El Roto
Ante un mundo inmovilista y conservador, que se resiste a aceptar cualquier iniciativa que se salga de los cánones establecidos, a veces surgen voces disonantes que provocan perplejidad e incluso consternación en los acomodados al sistema. El siguiente vídeo es un ejemplo divertido de ello:




    Por suerte, cada vez más gente está reaccionando ante los intentos de las elites de hacerles pagar los platos rotos. Hace unos años, en el Estado español, el despertar de dignidad y democracia que supuso el 15M (desde la primavera de 2011) hizo pensar que se estaba gestando un proceso constituyente que abría posibilidades para otras formas de organización social. Lo lamentable es que una opción política como PODEMOS (populista donde las haya) se apoderó miserablemente de ese sentir romántico y renovador, ilusionado e ilusionante y todo se disolvió súbitamente como un azucarillo. Muy recientemente se ha comprobado que lo que parecía un proceso imparable, impulsado por jóvenes formados y hastiados por el devenir de los acontecimientos de las últimas décadas, ha desaparecido y, lejos de devolvernos al desilusionante y perverso punto de partida, ha empeorado aún más la situación. Podemos fastidió el mencionado proceso y con ello ha conseguido enervar a propios y extraños, sus propuestas, tan ramplonas como oportunistas y demagogas han despertado a la extrema derecha y han cabreado a una amplia franja de la sociedad en todo el territorio de la piel de toro que, harta de las execrables y casi generalizadas corruptelas de los grandes partidos de siempre, ha demostrado su enfado en las recientes elecciones de Andalucía, apoyando a un emergente “partido” llamado VOX (un buen amigo ha frivolizado con el nombrecito, hay que tomarse las cosas  con sentido del humor, diciendo que son las siglas de “cine X en versión original”, por supuesto, no apto para todos los públicos).
Con este nuevo “alumbramiento” de una opción política, claramente antidemocrática como VOX, junto la sosez e inoperante aportación, al menos hasta ahora, del partido naranja  bautizado como CIUDADANOS hace unos años y la bochornosa deriva de PODEMOS, el panorama es claramente peor que el de los tiempos del bipartidismo. Uno que yo me sé ha apostado siempre por la pluralidad de partidos, porque haya muchas cabezas pensantes que sean capaces de debatir y llegar a conclusiones y acuerdos beneficiosos para todos, pero, como en varias ocasiones ha apuntado en tiempos muy recientes la HONORABLE diputada de Coalición Canaria,  Ana Oramas, para un “brain storming” en condiciones hace falta neuronas y no cabezas huecas como las de Rufián y compañía.
A pesar del deplorable estado de cosas, de la crispación creciente, de la peligrosa polarización de la población entre “rojos y “fachas” que parecía olvidada hace muchos años, y la división lamentable entre “independentistas” y “nacionalistas españoles”, “fascistas” y “golpistas”, el que escribe sigue definiéndose como UTÓPICO, PACIFISTA BELIGERANTE, PESIMISTA POSITIVO y últimamente y de forma jocosa, ADOLESCENTE CON EXPERIENCIA.


https://youtu.be/188sEwDgnbY

https://www.google.com/url?sa=t&rct=j&q=&esrc=s&source=web&cd=4&cad=rja&uact=8&ved=2ahUKEwiK2Zea2LDfAhVGQRoKHZ3fC4kQtwIwA3oECAYQAQ&url=https%3A%2F%2Fwww.youtube.com%2Fwatch%3Fv%3DUIEx3IU_hwQ&usg=AOvVaw0KLcPt-R4kJBgs834TWlcr

  

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