martes, 4 de diciembre de 2018

CRISTINA Y LA JIMAGUA (V)




     

   Ya por la mañana Armando, sorprendido por la parquedad de palabras de su esposa, empezó a contarle lo sucedido el día anterior: - Cuando estaba a punto de terminar mi jornada en el hospital, recibí la llamada de un superior del ministerio invitándome a asistir a la recepción oficial que en el Palacio Presidencial se iba a hacer a la delegación de Argelia, liderada por su primer ministro Ben Bella. La recepción se desarrolló en un ambiente solemne y de recíproca camaradería al mismo tiempo. En su discurso, Ben Bella ensalzó la heroica gesta de nuestro ejército al derrocar a la tiranía de Fulgencio Batista y agradeció la inestimable ayuda militar prestada en la guerra de la independencia contra Francia. Llegado su turno, Fidel dio la bienvenida a la comitiva argelina recordando las semejanzas entre las dos revoluciones y resaltó el valeroso y noble gesto del líder argelino al mostrar su amistad al pueblo cubano, enfrentándose a posibles represalias de los imperialistas yanquis -.

    Cristina siempre escuchaba con atención a su marido y admiraba su idealismo y entrega a la causa de la Revolución, pero en esta ocasión no podía abstraerse de sus premoniciones del día anterior y un torbellino de pensamientos cruzaban por su mente, intuía que la colaboración entre los dos países iba a tener consecuencias nefastas en su vida pero no había ninguna base racional en sus temores y no dijo nada a Armando. Se limitó a recoger la mesa donde habían desayunado y le despidió con un tímido beso en la mejilla.

    La reincorporación al trabajo en la escuela fue un bálsamo para el estado anímico de Cristina, José Manuel crecía sano y robusto y su marido siempre encontraba la manera de complacerla a pesar del poco tiempo que compartían. La noticia del segundo embarazo de Cristina llenó de júbilo a la joven pareja, era el mes de Abril de 1963 y el bebé nacería a mediados de Enero del año siguiente. Armando se comprometió a pasar más tiempo en casa, disminuyendo el número de guardias en el hospital, gesto que su esposa agradeció enormemente. 

     Pasaron unas semanas y Armando recibió en su consulta del hospital un telegrama en el que se requería su presencia, a la mañana siguiente, en el despacho del viceministro de Relaciones Exteriores. Tras un frío recibimiento, el Teniente Coronel Roberto Agromonte le leyó un comunicado oficial en el que se dictaba que había sido elegido para encabezar una misión médica que en quince días partiría en barco desde el puerto de La Habana con destino a Argelia. Ante el gesto de incredulidad inicial del galeno, Agromonte adoptó una actitud marcial que no dejaba lugar a réplica alguna y entregándole un dossier en un sobre lacrado, que contenía las instrucciones organizativas de la expedición, le indicó la puerta de salida. Desconcertado, Armando abandonó el edificio y se dirigió de nuevo al hospital, tenía una larga jornada de trabajo por delante pero no se sentía con fuerzas para afrontarla. Por mucho que quería ver la parte buena de la misión encomendada, no podía quitarse de la cabeza la reacción que podría tener Cristina al quedarse sola en su estado, habida cuenta que su regreso a la isla no se produciría, en el mejor de los casos, antes de un año. Era la primera vez que en su fuero interno se daba cuenta de la trascendencia de uno de los lemas repetidos pomposamente por los líderes de la Revolución: "Por encima de los intereses particulares de los individuos, están los intereses de la Nación". 

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