lunes, 26 de noviembre de 2018

CRISTINA Y LA JIMAGUA (IV)


  Apenas dos semanas después ya se habían instalado en la nueva casa. Le costó alguna lágrima dejar el apartamento que hasta ahora había compartido con su amiga Clara, pero en un efusivo abrazo de despedida, se hicieron mutuamente la firme promesa de verse al menos una vez por semana fuera de la escuela. 

  El excelente gusto de Cristina para la decoración convirtió en pocos meses la vivienda en el hogar que siempre había soñado tener y con Armando a su lado, se sentía la mujer más  dichosa del mundo.

    En Junio de 1960 vino al mundo su primer hijo, José Manuel. Su nacimiento supuso un cambio importante en la vida de Cristina ya que le obligó temporalmente a dejar su trabajo en la escuela y Armando estaba, muy a su pesar según él mismo le aseguraba, cada vez más involucrado en actividades políticas, al margen del trabajo en el hospital, no en vano le habían dado un cargo relevante en el Ministerio de Leyes Revolucionarias. Con su optimismo y entrega de siempre, Cristina se hacía cargo de las tareas domésticas y la crianza de su hijo y apoyaba totalmente a Armando, el poco tiempo que compartían lo vivían de forma intensa y se sentía pletórica.

   Un día de Octubre de 1962, una noticia aparecida en el periódico “Noticias de Hoy”, que hojeaba cada noche mientras aguardaba la llegada de su marido, provocó en Cristina  un mal presagio. El diario recogía a cuádruple página la visita a La Habana del primer ministro de Argelia, Ahmed Ben Bella, el primero tras la consecución de la independencia de Francia del país norteafricano tres meses antes. José Manuel dormía plácidamente en su habitación y Cristina se preparó una infusión relajante a base de mate, valeriana y pasiflora. Tenía que calmar su desasosiego interior antes de la vuelta a casa de Armando, no tanto por no preocuparle como por no poder dar una explicación racional a su estado de crispación y nerviosismo. En su fuero interno estaba convencida de sus “habilidades premonitorias” y su intuición para prever eventos futuros, casi siempre luctuosos, pero nunca había hablado de ello a su marido y no lo iba a hacer ahora.


   Cuando finalmente llegó Armando a casa, pasada la medianoche, encontró a su esposa dormida en su mecedora favorita, la acompañó sin mediar palabra a la cama y se acostó a su lado. No sabía qué había ocurrido pero era la primera vez que no le esperaba despierta y por su pelo alborotado, el periódico hecho un amasijo de papel en el suelo y el desorden que pudo apreciar en la cocina al conducirla por el pasillo hasta el dormitorio, tenía la certeza de que su amada no había tenido un buen día.

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