viernes, 23 de noviembre de 2018

CRISTINA Y LA JIMAGUA (III)

   Las semanas siguientes transcurrieron a un ritmo vertiginoso. Cristina era una enamorada de su trabajo de maestra y a él se dedicaba en cuerpo y alma, pero ahora tenía que compaginarlo con la relación recién iniciada y que suponía un aliciente añadido, esperaba cada semana con  cierta turbación el momento en que se iba a encontrar con Armando, quien por su parte tenía un horario sobrecargado en el hospital y además participaba activamente en una comisión gubernamental que preparaba un ambicioso y renovador  Plan de Salud Pública.
   
     En las horas que compartían los fines de semana intentaban disfrutar al máximo, dejando al margen la política en sus temas de conversación, así como las dificultades cotidianas de sus trabajos respectivos. Asistían a eventos culturales, a reuniones con amigos en las que casi siempre estaba presente la música como elemento aglutinador y, por supuesto, siempre encontraban un hueco para citas más íntimas en lugares que tenían que ir improvisando, puesto  que ninguno de los dos disponía de vivienda propia. Ambos eran debutantes en el juego del amor pero cualquiera lo diría dada la intensidad de sus encuentros sexuales.

     La ajetreada vida en La Habana contrastaba con la melancólica quietud del pueblo y de la hacienda familiar. No había vuelto allá desde la muerte de su hermano Francisco pero, con periodicidad quincenal,  intercambiaba cartas con su querida hermana María, que expresaba en sus misivas lo mucho que la echaba de menos y le transmitía lo triste que estaba su madre desde el fallecimiento de Francisco pero sobre todo, desde su propia marcha a la capital. Doña Adela nunca se quejaba pero su empuje y optimismo de antaño habían tornado en una mezcla de ensimismamiento esporádico y actitudes de desesperanza. Embargada por los sentimientos de culpa, Cristina se prometió a sí misma pasar una temporada con ellas durante las siguientes vacaciones.

   Una calurosa tarde de Septiembre de 1959 y de forma sorpresiva, se presentó Armando en la puerta del colegio, sabedor de que su amada no andaba de muy buen humor últimamente por la añoranza de su familia. Lucía un aspecto radiante y portaba, en la parte trasera de su destartalado descapotable, los planos de un apartamento que había adquirido en el centro de la ciudad y que quería enseñar a Cristina. Llegaron a la puerta del edificio que, aunque antiguo, estaba recientemente remozado y tenía un aspecto deslumbrante. Subieron a la cuarta planta y allí estaba el piso que iban a compartir, amplio, luminoso, coqueto.  Emocionada, abrazó a Armando y susurrándole al oído, le preguntó:  - ¿Cuántos hijos vamos a tener? -.  A lo que él respondió:  - Los que tú quieras, princesa, si quieres encargamos hoy mismo el primero-.

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