martes, 27 de noviembre de 2018

CALLEJÓN SIN SALIDA (II)

      A lo largo de su relato Juana fue capaz de mantener la compostura bastante bien, su tono era un tanto apagado, su facies transmitía sentimientos de tristeza y más de una vez rompió a llorar, pero lo que quedaba patente sobre todo era su sinceridad y al Dr. Rypff le resultó bastante fácil empatizar con ella mediante una escucha reflexiva. 

     Tras su paso por la UCI, Juana permaneció otros diez días ingresada en la planta de Medicina Interna, el equipo médico y el personal de enfermería le proporcionó un trato exquisito y los parámetros analíticos fueron recuperándose paulatinamente, en pocos días estaba caminando sin el cansancio del principio, su ánimo también iba mejorando y su reactividad al medio era mayor cada día. Sin duda el mejor momento del día era para ella  la hora de la visita vespertina, sus tres hijos acudían al hospital cada tarde a las seis en punto, acompañados por la tía Cloti, pilar de la familia durante la larga ausencia de Juana y su marido, que a pesar de su precaria salud apenas se apartaba de ella desde que ingresó en el hospital. Todos juntos pasaban dos horas haciendo una piña no carente de emociones encontradas. A la semana del alta del hospital, Juana y su marido acudieron a una revisión en las Consultas Externas, seguía con astenia y no terminaba de recuperar el apetito. El Dr.Gimeno le habló de las posibilidades terapeuticas, él se decantaba por un fármaco, el interferón, como el más eficaz para tratar su Hepatitis pero le advirtió que dicho tratamiento no estaba exento de efectos secundarios. El galeno, al explicar a Juana su proceso de enfermedad, el tratamiento a seguir y las consecuencias que aquella podía tener en su futuro a nivel personal y laboral, estuvo de acuerdo con otros colegas en la relación causal entre la transfusión recibida en la operación de hombro y el mal que ahora la aquejaba y que por tanto, no estaría mal que contactara con un abogado para estudiar la posibilidad de  presentar una demanda contra la clínica donde la intervinieron, por daños y perjuicios.

      La respuesta al tratamiento no estaba siendo buena, cada día era un suplicio por su debilidad, inapetencia e incapacidad para enfrentarse a sus actividades domésticas. Por otro lado la situación económica era cada vez peor y apenas podían hacer frente a los gastos fijos de la casa. Los familiares también atravesaban por dificultades financieras y no podían ayudar demasiado.

     En cuanto a la posibilidad de la demanda, sugerida por el Dr. Gimeno, Juana y Pedro estaban muy desorientados ya que su experiencia en asuntos legales era inexistente e ignoraban si podría ser muy costoso para ellos. La tía Cloti tenía un conocido procurador en el juzgado de una localidad vecina al pueblo donde residían y propuso concertar una entrevista con él para que les informara de los pasos a seguir. Tras hablar con el procurador se dirigieron al despacho de un prestigioso abogado que tenía su bufete en la capital. En pocos días les recibió D. Raúl Domenech y Juana expuso con detalle todo lo acontecido en los últimos meses. Tras analizar mentalmente la información aportada, el abogado les explicó que parecía un caso claro de negligencia médica, pero el proceso, por su experiencia profesional, sería largo y costoso. Para empezar tendrían que abonar en concepto de minuta y gastos judiciales una cantidad que al matrimonio pareció desorbitada y totalmente inasumible para ellos, no obstante y con la cabeza baja dijeron al abogado que se lo pensarían y salieron del despacho con una amarga sensación de impotencia y amargura. Contaron por teléfono lo ocurrido al procurador y éste les propuso contactar con un abogado del turno de oficio, ofreciéndose él mismo para realizar las gestiones. 

     Pocos días después acudieron al pequeño despacho de D. Pedro Rodríguez, mucho más modesto que el de su colega. Juana, con cierta desconfianza, por lo desangelado del local y la bisoñez mostrada por el abogado, aunque sólo fuera por su aparente corta edad, repitió el mismo discurso que días ante había verbalizado al ilustre abogado D. Raúl. El joven letrado fue tomando nota del los detalles más significativos del relato de Juana y con mucha amabilidad indicó al matrimonio que estudiaría el caso y les llamaría en unos días para ver qué se podía hacer. Pasaron tres semanas y la llamada no se producía. Pedro pedía a Juana que tuviera calma, le decía que seguramente estaría muy ocupado, la zozobra de Juana era cada vez mayor y la desesperanza invadía sus pensamientos contínuamente, alterándole el sueño, cada vez estaba más emaciada y apenas le salía la voz del cuerpo. 

     Preocupada, la tía Cloti visitó a D. Pedro que la atendió de mala gana y con premura, le dijo que era un caso muy complicado y en un alarde de sinceridad, confesó a Cloti que nunca había llevado un caso de negligencia médica, pero que se estaba informando sobre la estrategia más conveniente y que haría lo que pudiera, pero para nada podía garantizar que el contencioso fuera exitoso ya que las compañías aseguradoras eran muy poderosas y difícilmente se les puede ganar un pleito como este. Cloti, anonadada por  la respuesta del abogado, se dirigió a la casa de su hermana sin saber muy bien como iba a explicarle lo ocurrido sin hundirla más todavía. 

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