miércoles, 7 de noviembre de 2018

AL LIMITE

    Lola me recibió en su habitación del hospital con gesto poco amigable, acababa de tener una fuerte discusión con su madre y pensé si era buen momento para intervenir, pero lo había prometido a mi compañero cirujano y decidí que no era buena opción posponer la visita. Cuando se calmó un poco se disculpó (cosa muy extraña en ella porque raramente muestra intención de cambiar su posicionamiento, generalmente obstinado) y me dijo que la guerra no iba conmigo, me halagó que me confesara que yo era una de las pocas personas en quién confiaba. Llevaba varios días negándose a comer con el pretexto de que no le "pasaba" ningún alimento.
  
  Por la historia clínica sabía que no había ninguna obstrucción que justificara su queja. Me dijo que no perdiera el tiempo con ella porque lo que quería era morirse ya que la convivencia con su madre era insostenible y no tenía a nadie más que pudiera ayudarle.
    
   Le propuse que ya resolveríamos el problema de su posterior "ubicación" pero que ahora se hacía necesario que empezara a alimentarse para no poner en peligro lo único que le quedaba, su vida. Insistió en que esa era la salida que había elegido y me volvió a decir que la dejara en paz. Tenía un poco de prisa porque en la consulta aguardaban varios pacientes y no avanzábamos demasiado. No obstante mantuvimos una dura "negociación" durante otros 20 minutos tras los cuales se comprometió a que reconsideraría su postura.
    
    Quedamos finalmente para el día siguiente y me despedí de ella, se quedó postrada en su cama con los ojos rasos y mirada aliviada, cuando estaba a punto de cruzar el umbral de la puerta me pidió que me acercara y al hacerlo me plantó un beso tierno en la mejilla y en un susurro casi imperceptible, creí entender que me daba las gracias. Por el pasillo avancé reconfortado, diciendo para mis adentros: "Bien hecho".

    El ingreso de Lola se prolongó otras dos semanas y los avances conseguidos eran mínimos, empezó a tolerar un poco los líquidos y algunos lácteos, a pesar de ello seguía quejándose de molestias abdominales y presentaba vómitos de repetición cuando intentaba comer otras cosas. 

   En las exploraciones realizadas por los cirujanos, el by-pass gástrico realizado un año antes mostraba una ligerísima estenosis que no justificaba la intolerancia alimenticia. Algún miembro del equipo se planteó deshacer el by-pass. La opinión de mi amigo cirujano era contraria a ello y prestó más atención a un problema biliar encontrado casualmente en el TAC practicado, este hallazgo podía ser la causa de la intolerancia. Yo solicitaba calma a todos porque veía que iba avanzando en la terapia casi diaria. La actitud de Lola sí que había mejorado. Se había pactado con ella y con su madre que la visitara sólo 30 minutos por las tardes, para que la segunda descansara y para evitar las discusiones contínuas que mantenían cada día. Los accesos de ira y comportamientos disruptivos con el personal de la planta casi habían desaparecido, y los cirujanos me comentaban que cada una de mis visitas proporcionaba un bálsamo sobre la hostilidad basal de Lola. 

   Tras analizar la situación clínica global y revisar todas las exploraciones complementarias se decidió dar el alta a la paciente y programar, para dos semanas después, una intervención de vesícula. Antes de este segundo ingreso recibí en mi consulta a Lola y a su madre en tres ocasiones. Aunque había habido alguna discusión doméstica, la convivencia era más llevadera, las actitudes violentas ya no reinaban en la casa y el estilo de comunicación había mejorado ostensiblemente.

   Llegó el día del ingreso y la operación transcurrió sin incidencias. Los cirujanos confirmaron que había un problema de litiasis que indicaba claramente la intervención. El post-operatorio fue bastante bueno y aunque un poco dolorida, Lola había cambiado el semblante, con frecuencia esbozaba una sonrisa, máxime cuando comprobó que podía comer sólido sin problemas, sólo siete días después de pasar por el quirófano.

   Al poco tiempo fue dada de alta. Cada encuentro con los cirujanos era una pequeña celebración ya que ninguno de ellos apostaba porque todo pudiera salir tan bien. Mi amigo cirujano y yo nos hicimos un guiño de reconocimiento mutuo, sabíamos que habíamos sido los más implicados en el caso, muy complejo eso sí,  era patente que había un claro componente somático que escondía una sintomatología psiquiátrica larvada muchos años que sólo podía aflorar y mejorar con un abordaje motivacional plagado de paciencia, escucha activa y actitud empática.

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